Inútil

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Summary

Chris se muda a una nueva ciudad y se hace amigo de su vecina Kira. Aunque nunca estudian juntos, su amistad crece hasta que llegan a la misma escuela y conocen a Nico, el mejor amigo de Chris y el amor de Kira. Kira se enamora de Nico, pero él acepta a Valeria, otra chica que se declara. Destrozada, Kira huye y toma una decisión desesperada. Chris enfrenta el dolor de un amor callado y la culpa de no haber dicho lo que sentía a tiempo. “Inútil” es una historia sobre amores no correspondidos, pérdidas y la lucha por encontrar esperanza en medio del dolor.

Status
Complete
Chapters
13
Rating
n/a
Age Rating
16+

📖 Capítulo 1 — La ventana de al lado

Me acuerdo del primer día que llegamos.

Todo era ruido: motores, bocinas, cajas chocando entre sí, puertas que se abrían y cerraban sin control.

El barrio era nuevo, pero no se sentía especial. Las casas eran todas iguales, como si las hubieran copiado y pegado. El cielo estaba gris, pero no de lluvia. Gris de ciudad.

Mi madre intentaba sonar optimista.

—Una nueva etapa —dijo, como si decirlo hiciera que fuera cierto.

Mi padre solo bajaba cajas del baúl, sin decir nada. Yo lo entendía. A veces es mejor no hablar cuando uno no quiere estar en un lugar.

No me quejé. Pero tampoco sonreí.

Había dejado a mis amigos atrás, mis rincones conocidos, incluso a mi gato, que se quedó con mi abuela.

Y ahora, tenía un cuarto con paredes blancas, una cama sin armar y una ventana sin cortinas que daba directo a otra casa.

Y fue ahí donde la vi.

Era media tarde. Yo estaba entre cajas, buscando mis audífonos, cuando alcé la mirada por accidente.

Y ahí estaba ella.

Sentada en el borde de su ventana, con los pies colgando y los auriculares puestos. Se movía ligeramente, como si la música le recorriera la piel.

Llevaba puesta una camiseta enorme con un dibujo de anime —uno que no reconocí, pero parecía viejo— y shorts de un verde chillón.

Sus calcetines no combinaban. Uno tenía dibujos de gatos rosados. El otro parecía sacado de una piña tropical.

Y aun así… se veía feliz.

Sonreía para ella misma, como si acabara de recordar algo bonito.

Era como ver una escena que no me pertenecía, pero que me dejaba mirarla por un segundo.

No sé por qué, pero me quedé quieto.

No la conocía. No sabía su nombre. Pero hubo algo en esa imagen que se me quedó clavado en la garganta.

No dormí bien esa noche.

No por la incomodidad del colchón sin sábanas ni por el calor de agosto.

Fue por ella.

Por esa chica de la ventana, que parecía no necesitar nada para brillar.

Me pregunté si todos los días la vería ahí.

Dos días después, mi mamá me pidió que devolviera un tupper.

—Es de la vecina. Fue amable al traernos comida. Anda, Chris. No te va a comer.

—¿Y si no está?

—Pues tocas la puerta como cualquier ser humano.

Caminé hasta su casa como si fuera a rendir un examen.

Toqué el timbre.

Esperé.

Conté hasta siete.

Y entonces, la puerta se abrió.

Era ella.

Y aunque ya la había visto antes, esta vez fue diferente.

Tenía el cabello recogido en dos coletas flojas, otra camiseta de anime, esta vez de colores fuertes, y unos shorts con un estampado de galaxias.

Los calcetines… seguían desparejados. Uno con jirafas. El otro con hamburguesas.

Y aun así, todo tenía sentido en ella.

—¿Eres el nuevo vecino? —me preguntó, con esa voz suave que parecía invitar a quedarse.

—Sí… Soy Chris.

—Kira —respondió, con una sonrisa tan fácil, tan natural, que por poco me olvidé de hablar.

Hubo una pausa torpe, en la que solo le extendí el tupper.

Ella lo tomó con una mano, y con la otra me hizo una seña para que entrara.

—¿Quieres pasar?

No pensé. Solo asentí.

Entré como quien entra a otro mundo. Literal.

Su casa no se parecía en nada a la mía.

Donde la nuestra era ordenada, neutra, silenciosa… la suya era pura vida.

Había posters de anime en las paredes, luces enredadas en las estanterías, y plantas por todas partes: en latas recicladas, en tazas, en frascos de vidrio.

Sobre la mesa había una figura de colección maltratada, y un cuaderno lleno de dibujos a medio terminar.

—No juzgues el desorden —dijo, riendo—. Es parte del estilo.

Me senté en una alfombra con forma de estrella, y ella se puso a buscar algo en su celular.

Pronto empezó a sonar una canción. Japonés. Sonaba animada, pero con un fondo nostálgico.

No entendí nada de la letra, pero me atrapó igual.

—Es de uno de mis animes favoritos —me dijo, con emoción—. Seguro te va a encantar. Tiene amistad, peleas, traumas existenciales y ramen.

—Perfecto combo —le dije.

Y por primera vez, me vi sonriendo de verdad desde que llegué a esta ciudad.

—¿Te gusta el anime?

—Un poco. Vi algunos, pero no sé mucho.

—Tranqui, te hago una lista.

—¿De diez o de cien títulos?

—Depende de cuánto confíes en mí.

Pasamos una hora hablando de cosas que no creí que diría en voz alta tan rápido.

Ella no forzaba nada. Solo era así: espontánea, rápida, brillante.

Y cada vez que hablaba, me daban más ganas de quedarme un poco más.

Me contó que sus padres casi no estaban en casa, pero lo dijo sin tristeza.

—Me dejan comida en la nevera y plata para el almuerzo. Yo me arreglo.

Y lo decía sonriendo, como si no necesitara a nadie para estar bien.

—¿Y tú? ¿Extrañas tu antigua casa?

—Un poco. Todo es nuevo acá.

—Lo bueno de lo nuevo es que nadie te conoce —me dijo—. Puedes ser quien quieras.

Esa frase… me la guardé.

Cuando salí de su casa, el cielo estaba más claro.

El aire más tibio.

Y por alguna razón, ese lugar ya no se sentía tan ajeno.

Esa noche, antes de dormir, me acerqué a mi ventana.

Ella estaba ahí, otra vez.

Sentada, auriculares puestos, bailando apenas, como si el mundo entero fuera su escenario.

Y yo…

Yo solo pensé que jamás había visto a alguien tan feliz.