EL COMIENZO DE LA LLAMA
Año 1,000,002,002 d.C.
El fin de la Tierra ya no era una amenaza lejana. Era un murmullo constante, un zumbido en los oídos de todos. Aunque la humanidad había aprendido a exprimir la energía de los vientos, del sol moribundo, del mar que ya no cantaba, y aunque las ciudades brillaban con avances tecnológicos que alguna vez parecieron divinos… la verdad era ineludible:
Nada era suficiente.
La escasez de materia prima había superado todos los umbrales de crisis. Las frutas eran un recuerdo. El agua, un químico sintético que apenas recordaba su sabor original. Ya nadie sabía cómo era el cielo azul. Las partículas tóxicas bailaban eternamente en la atmósfera, cubriendo la bóveda celeste con un gris perpetuo.
Y si todo eso no bastaba para condenar a la especie humana, el Sol lo haría.
Lo que los antiguos científicos habían predicho millones de años atrás estaba a punto de cumplirse: la expansión final del Sol, su rugido agónico, consumiría todo a su paso. La Tierra sería devorada.
—Tenemos todo... y a la vez, nada —exclamó un comentarista en la transmisión global—. Alcubierre nos dio una salida: la nave que curva el espacio y el tiempo. Pero nuestros frágiles cuerpos no están hechos para viajes interestelares.
—La mente humana es un milagro —añadió alguien más—. Si construimos la forma de escapar, también construiremos la forma de sobrevivir al viaje.
Muy lejos de esos debates científicos, en un barrio marginado formado por esqueletos de autos reciclados y láminas oxidadas, una voz familiar rompía la rutina:
—¡Nikté, ve por un tarro de agua! —gritó su madre desde dentro de la casa.
—¡Agh! —chasqueó la niña de ocho años con fastidio—. Siempre sola, siempre yo... Si al menos tuviera un hermano que me acompañara… o ayudara a mamá con los gastos...
Nikté Ha, descendiente de una de las últimas comunidades mayas aún vivas, caminaba con los pies descalzos sobre el suelo caliente y áspero. Vivía en la pobreza más extrema, y su madre —limpiadora en casas de ricos— era su único sustento, su único refugio, su única compañía.
Esa tarde, mientras preparaba lo poco que tenía para cenar, su madre se agachó y le acarició el rostro con ternura.
—Hija, te dejé la comida en la mesa. No abras la puerta a nadie, ¿sí? Hoy hago turno de 12 horas. Vuelvo mañana temprano.
—Está bien, mamá… Pero… si puedes… ¿me traes un dulce? Hace tanto que no como uno…
—Haré lo posible, depende de cuánto me paguen hoy...
La madre de Nikté caminaba rumbo a la estación del metro, bajo un cielo que parecía un techo de humo sólido. Los edificios corporativos brillaban con luces de neón, y las sombras humanas —los invisibles, los olvidados— comenzaban a ocultarse entre cartones y estructuras improvisadas.
Sabía lo que le esperaba. En aquella residencia del piso 22, ella no podía usar el elevador. Las escaleras eran su camino, siempre. Por eso salía con dos horas de anticipación. No era solo cuestión de puntualidad: era su dignidad la que estaba en juego.
Al llegar, se vistió con el uniforme y comenzó a limpiar. Desde los suelos de mármol hasta los lujosos zapatos del clóset, todo debía brillar. Pero a las 2:00 am, algo cambió.
Un grito rasgó la quietud de la casa.
Corrió hacia la habitación principal. La señora había roto fuente.
—¿¡Qué haces parada ahí como idiota!? ¡No puedo esperar 30 minutos más! —vociferó la mujer, con ojos desorbitados.
—S-se suponía que n-no nacería hasta el fin de semana...
—¡O haces algo, o te mato yo misma!
Aterrada, la madre de Nikté obedeció. Buscó toallas, agua, recipientes. Los gritos eran opacados por el estruendo de una tormenta que azotaba la ciudad con furia. La naturaleza misma lloraba.
Finalmente, el llanto del bebé llenó la habitación. Un llanto nuevo, puro, que contrastaba con la podredumbre de todo lo demás.
La madre de Nikté lo envolvió con cuidado. Por un instante, el recuerdo del nacimiento de su propia hija la desbordó de emoción.
—Mi amor... Bienvenido a tu maravillosa vida —dijo la madre rica, con lágrimas en los ojos—. No te preocupes. Estos errores no pasarán contigo. Solo tendrás lo mejor.
—No se preocupe. Ambos están bien. Descanse —susurró la madre de Nikté con dulzura.
Pero esa dulzura fue recibida con veneno.
—Empezando por ti. No quiero volver a verte. Por tu culpa casi muero. Lárgate. Y ni esperes que te pague este turno.
Las enfermeras llegaron en ese momento. La madre de Nikté no discutió. Ya no importaba.
Salió de la casa con la misma dignidad con la que entró. Caminó sin rumbo bajo la llovizna grisácea. No quería llegar a casa con el rostro lleno de lágrimas. Se sentó en una banca oxidada y observó cómo el cielo comenzaba a aclararse, sin mostrar ningún azul.
—¿Cómo voy a mantenernos ahora...? ¿Cómo le explico esto a una niña de 8 años...? —murmuró entre sollozos.
—¿Dios... nos has abandonado? ¿No somos lo bastante valiosos para seguir existiendo? ¿Cómo un simple signo de precio puede definir nuestro destino…?
La pobreza era una enfermedad incurable en esa era. La automatización había desplazado a millones. Las máquinas hacían todo. No quedaban tareas humanas. No quedaba propósito.
“Las estrellas no son solo puntos de luz. Son recordatorios de que aún hay caminos por recorrer, incluso cuando todo lo que nos rodea colapsa.”
— Ethan Tomson, director de CEE
El mundo se estaba desmoronando.
No en un cataclismo repentino, sino como una herida abierta que nunca deja de sangrar. La civilización avanzaba hacia las estrellas, pero dejaba atrás a millones que nunca conocerían siquiera el sabor del agua pura. Los niños morían de frío bajo el resplandor de ciudades que nunca dormirían.
Ethan Tomson lo sabía. Lo veía cada día desde su oficina en el piso 77 de la torre CEE, un edificio de acero y vidrio que se alzaba como un dios sobre la miseria.
Había sido un niño brillante, obsesionado con los escritos prohibidos de un tal Jacobo Grinberg un neurocientífico mexicano que afirmaba que la realidad no se percibe: se construye. Se burlaban de él en la academia, por sus ideas locas. Pero con el paso del tiempo, los avances en neurociencia cuántica y la desesperación de los gobiernos por encontrar soluciones… lo volvieron un nombre respetado y exitoso, pero aún con el dinero no le quitaba su pasión por la ciencia.
“La mente humana no es un espejo de lo que ve. Es una lámpara. Una fuente. Una posibilidad.”
—¿Señora, puedo entregarle una tarjeta? —dijo Ethan, bajando del auto junto a su secretaria
La mujer volteó. Llevaba el cabello atado con una cinta vieja. Ojeras profundas. Su ropa empapada por la tormenta.
—¿Qué? ¿Quién es usted? —preguntó con voz alerta.
—He visto cómo sale de esa residencia de la zona alta. Si trabaja allí, es porque es de confianza. Estamos contratando personas como usted. Si algún día quiere cambiar de empleo… llámenos.
—¿Qué clase de trabajo es?
—Uno que podría cambiarle la vida. Pero requiere seriedad.
Y sin esperar respuesta, Ethan le entregó una tarjeta con letras plateadas:
CEE — Ciencia de Energía Especial.
Toda la noche, la madre de Nikté no pudo dormir. La tarjeta brillaba en la mesa como un portal a lo desconocido.
“Tal vez es una señal... No puedo darme el lujo de rechazarla. Si esto fuera lo último que hiciera en mi vida, al menos lo habría intentado… por Nikté.”
Al día siguiente, llegó puntual al edificio. Era tan imponente con tanta tecnología. Fue recibida por una secretaria elegante, y poco después, por el mismo hombre del traje.
—Gracias por venir. Vamos a un lugar más privado —dijo Ethan, con una mirada cálida que no dejaba de examinarla.
La llevó a una oficina luminosa, con ventanales que dejaban pasar una luz casi artificial. La ciudad, vista desde ahí, parecía otro mundo.
—Mi nombre es Ethan Tomson. Soy el director de este proyecto. Seré claro con usted —dijo, mientras ponía una hoja frente a ella—. Este es un acuerdo de confidencialidad. Si acepta, trabajará con nosotros por al menos cinco años. Sabemos que tiene un hijo por lo menos. Queremos integrarlo a un programa de entrenamiento especial.
—¿Qué clase de entrenamiento? ¿Por qué mi hija? —preguntó, poniéndose de pie.
—Sabemos que muchas familias como la suya sobreviven con lo mínimo. No queremos obligar a nadie. Sabemos que los niños responden mejor cuando están con alguien de confianza. No buscamos esclavizar, sino abrir puertas. Actualmente sabemos que son de un sector vulnerable, el gobierno puede arrebatarles a los infantes, pero eso no funciona para nosotros así.
Colocó un sobre sobre la mesa.
—Le ofrecemos quinientos dólares semanales. Su hija recibirá atención médica, alimento, y entrenará en habilidades poco convencionales… pensamiento expandido, comunicación extrasensorial, percepción no local. Tómelo como una beca. Pero primero… debe firmar.
—Déjeme pensarlo… no sólo puedo dejarla venir hasta aquí sola con ustedes—dijo con firmeza—.
—De hecho, no es la única niña de su comunidad, ya hay uno entrenando con nosotros y van haber ocasiones en las que los entrenamientos se lleven a cabo en su comunidad.
—Quiero supervisar todo —dijo con firmeza—. Quiero educación para mi hija. En mi comunidad no hay escuelas. Solo habla maya. Quiero que le enseñen español.
Ethan sonrió.
—Está hecho. Empezamos con lo básico. Aprenderá rápido. Los niños como ella tienen una energía... especial.
Ella firmó y recibió el primer pago.
Ese mismo día, compró los dulces favoritos de Nikté. La dulcería tenía luces cálidas y música antigua. Por primera vez en años, no sentía miedo al pensar en el futuro para Nikté.
Una semana después, Nikté comenzó su entrenamiento.
Al principio, eran solo ejercicios de respiración. Luego, meditaciones guiadas. Después, desafíos más raros: leer libros con los ojos vendados. Sentir el calor de una vela sin tocarla. Comunicar ideas con imágenes mentales.
—Mamá no me gusta que me lleves siempre, puedo irme con Akbal, así trabajas más en la recolección.
—Si, ya hablé con la mamá de Akbal, para que vayan juntos cuando los entrenamientos sean en la ciudad.
“Cuando estoy con Xikin, mi insecto, me siento acompañada” —pensaba Nikté. Los drones flotaban alrededor de los niños como mascotas electrónicas. Medían apenas 14 pulgadas, pero sabían todo. Lo registraban todo.
“Una vez supe que un niño vio en su mente un tronco grande donde jugábamos en mi comunidad, pero no lo estaba viendo el… lo estaba viendo Akbal desde la comunidad. Fue como si él otro niño lo sintiera porque Akbal se lo mostró sin palabras.”
Algunos niños ya podían comunicarse sin hablar. Nikté apenas aprendía a transmitir emociones. Pero era la más constante.
Ethan observaba desde la sala de control. En las pantallas, cientos de niños entrenaban. Cada uno con su propio “insecto”.
—¿Ella es la nueva? —preguntó uno de los científicos.
—Sí. Su nombre es Nikté Ha. Su perfil es perfecto. conectada a su entorno, mente aún sin contaminar.
—¿Y si logra conectar…?
Ethan observó en silencio.
—¡Hola Nikté! Soy AST256 (Aerial Survey Technology) ahora estoy registrando todos tus entrenamientos en mi base de datos en la nube y…
—JAJAJA eres un Xikinil Kab—Sin contenerse interrumpió entre carcajadas
—¿Un qué? Oh… habían mencionado que hablas Maya y me parece que estás hablándome en Maya
—Te llamarás Xikin, es más divertido que AST… y lo demás—Aún entre risas apuntando al robot como si lo estuviera bautizando.
—Nikté tienes que cargarlo cada vez que termines de entrenar y encenderlo cada vez que llegues a las instalaciones—Dijo el científico al acercarse a Nikté—El será como tu guía, tienes que aprender a ser responsable y cuídarlo… y no, no es como una mascota.
—pues parece…—murmurando entre los dientes