El Ocaso de los Nueve [EON]

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Summary

Nuevo capítulo cada semana. Los Nueve Reinos ya han sufrido el paso del Ragnarok y solo el sacrificio del Padre de Todos y los asgardianos consiguió detener la destrucción total. Con Asgard reducido a cenizas y el resto de Reinos recuperándose cada uno por su cuenta, solo Freya y las últimas valquirias protegen a los humanos de quienes quieren dominarlos. Nairi ha crecido con la resistencia que vela por la seguridad de los humanos. Y es sobre ella que recae la responsabilidad de encontrar al último de los aesir y convencerlo para que se una a ella en una épica aventura para salvar a los Nueve Reinos de algo peor que el pasado Ragnarok.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Folkvangr

Frejya nos ha reunido a todas en la parte trasera del jardín.

Como de costumbre me he colocado al lado de Kára, porque para mí es como una hermana mayor. La miro de soslayo y veo como mira al viejo sauce al final del jardín. Hay una tristeza pausada que me obliga a apartar la mirada y apretar los labios. Busco los ojos de nuestra reina, y cuando los encuentro me devuelven una mirada preocupada que me deja la boca seca.

Algo va mal, es evidente. Me devano los sesos tratando de encontrar una explicación antes de escucharla de boca de Freya. Pero no sé que puede ser peor que estar encerradas en aquí, en ninguna parte.

Cuando Freyja habla noto como el corazón se detiene un instante.

—Yggdrasil se muere —nos dice, sin rodeos ni adornos.

Se instala un silencio asfixiante en Folkvangr. Durante un segundo todas contenemos la respiración.

Puedo sentir como incluso los Reinos notan nuestra conmoción, que viaja a través de las raíces y las ramas de nuestro sauce. Sé que también los mortales de Midgard la han sentido. Las palabras de mi Reina son un golpe asestado directamente en el plexo solar de la realidad. Y nos deja sin aliento.

Las valquirias murmuran entre ellas, agitadas por la noticia.

Yo miro al viejo sauce sin dejar de apretar los labios. Ahora que lo sé puedo ver sin problema su malestar. Las ramas cuelgan más curvadas, y apenas tiene unas pocas hojas verdes en ellas. La corteza esta agrietada y oscurecida, sin la lustrosidad que tenía tiempo atrás.

Miro a Frejya con los ojos húmedos y veo que ella no esta mucho mejor que el sauce.Su cabello antes del color del trigo, brillante y sedoso, ahora luce mechones enteros grises y apelmazados. Sus ojos del azul del cielo se muestran cansados. Cuando intenta sonreír se le marcan unas finas arrugas en la comisura de sus labios.

Brynhildr, la líder de las valquirias es la primera en tomar la palabra.

—Eso es imposible, Frejya —es la única residente en Folkvangr, nuestro hogar en ninguna parte, que se dirige a ella por su nombre.

La Señora de los Nueve le dedica sonrisa velada. No se me escapa el dolor que esconde detrás de esa expresión.

—¿Acaso bromearía con algo tan grave, Bryn?

—Algo podréis hacer, Mi Señora —repone Kára a mi lado.

Noto como le tiembla ligeramente la voz. Opino como ella. Algo puede hacer.

Frejya es la última de regente de Asgard y el resto de los Reinos. Es la más poderosa y antigua de todos. Conoce hechizos con los que Hécate solo puede soñar. Debe tener al menos un plan, por imposiblemente complejo que fuera de llevar a cabo. Una forma de detener el final de todo.

Es la encargada de salvaguardar la vida en los Nueve Reinos. Aunque eso tenía más valor hace un par de siglos; antes de la caída de Asgard, la muerte del Padre de Todos, todos los demás asgardianos y la mayoría de las valquirias.

Aún era una elfa joven para los estándares de mi raza cuando comenzó el Ragnarok. Fui la única de mi comunidad que sobrevivió a la guerra. Una niña asustada entre un montón de humo, cenizas y muerte.

Me recorre un escalofrío y al momento siento la mano suave y cálida de Kára buscando la mía. La sujeto con fuerza.

Vivir un final de todo es suficiente, ¿por qué se empeñaba el universo en borrarlos de la existencia?

—Solo tenemos una opción. Encontrar al asgardiano que posee la llave al Byfrost.

Un zumbido de murmullos se eleva en cuanto Freyja termina la frase. Todas sabemos que no quedan asgardianos, y mucho menos podíamos esperar la ayuda de Heimdall. La Muerte lo tiene bien custodiado, igual que a Odín y el resto.

A mi lado una voz fría y hueca me sorprende.

—Lo he encontrado, Su Excelencia —dice Mist a nuestra reina.

¿Cuándo se ha puesto a mi lado?, me pregunto sobresaltada.

La bruma blanquecina que envuelve su cuerpo solo me deja verle los ojos, grises e intensos. Me devuelve la mirada y siento como es capaz de ver lo que pienso, como si fuera un libro y estuviera pasando las páginas más recientes. Le cierro las puertas, tal como me ha enseñado y la expulso de mi mente. Veo una sonrisa orgullosa detrás de la bruma, antes de que se vuelva para mirar a Freyja.

—Buen trabajo, Mist —la felicitó, giró el cuerpo para dirigirse al sauce—. Munin, ¿lo has escuchado?

Desde las ramas altas del árbol un ave de plumaje azabache hace un suave descenso hasta colocarse en el hombro derecho de Freyja. Noto como sus ojos dorados nos miran con atención antes de hacer una reverencia a su señora.

—Estoy a su servicio, Su Excelencia —le dice a nuestra reina.

Munin nunca me ha gustado. Era uno de los Ojos de Odín, un espía del Padre de Todos. Si algo tenía claro sobre los aesir es que nunca juegan limpio y que por encima de todo siempre planean a futuro. Que uno de los Ojos de Odín estuviera al servicio de Freyja me daba mala espina.

—Acompañarás a Nairi en su busqueda del aesir —su forma de mirarme con tanta amabilidad, no reflejaba la autoridad de sus palabras.

No me estaba dando elección. Aprieto la mano de Kára sin darme cuenta de que lo estoy haciendo, hasta que la valquiria me la aprieta de vuelta. Al momento me invade una sensación de tranquilidad y aunque sé que es artificial, la dejo entrar de buen grado.

—Necesitaré los detalles, Mi Señora —le digo a Freyja.

—Munin te los facilitará —asegura y hace un gesto con el hombro para que el cuervo levante el vuelo hacia mí.

Tengo que controlarme para no darle un manotazo al aterrizar en mi hombro. El peso y las garras que se me clavan en la piel me incomodan, pero no tanto como escucharlo hablar directamente en mi oído con esa voz rasposa y aguda.

—Estoy deseando trabajar contigo —me dice, y me enfada comprobar que es sincero.

Le respondo con un bufido y procedo a ignorar que lo tengo invadiendo mi espacio personal. Al menos lo hago hasta que no este Freyja delante. No le gusta que entre aliados haya rencillas, pero para mi ese cuervo metomentodo no es un aliado.

—Podéis retiraros, Nairi —nos dice Freyja haciendo un movimiento suave con la mano— Hermanas, quedaos. Tenemos otros asuntos que tratar.

Hago una reverencia a nuestra reina, más inclinada de lo que debería porque intento tirar de mi hombro al entrometido cuervo. Pero en lugar de caerse, la mala criatura metomentodo clava las garras con más fuerza y me hace apretar los dientes para no maldecirlo delante de Freyja y las valquirias.

Para empeorar la situación noto las miradas de todas ellas cuando me retiro hacia la casa. Me hacen sentir pequeña y débil. Ellas son leyendas consumadas y han protagonizado infinidad de gestas en todos los Reinos. Y yo soy una simple huérfana que ha sobrevivido gracias a la casualidad. Mi enfado se extiende a ellas y a Freyja por mantenerme al margen. Por no contar conmigo para el resto de la reunión.¿Si el mundo está en peligro por qué no cuentan conmigo? ¿Qué intentan ocultarme?

Llevo más de doscientos años entrenando con ellas. Ya no soy la niña indefensa que rescataron de una aldea en llamas. Lo único que he conseguido en ese tiempo es que me den trabajos monótonos y sin sentido. Seguro que creen que pueden mantenerme a salvo de los peligros que acechan Midgard.

Por más que les demuestro que puedo hacer de sobra lo que me asignan, siempre me toca ir acompañada. Normalmente Hécate mi es “protectora”, y no es que me queje, es mi mejor amiga. Con ella me lo paso bien, aunque sea una cascarrabias. Pero esta vez me encasquetan al estúpido de Munin. ¿Habrán puesto otro encargo a Hécate?

Estoy frustrada porque sé que puedo hacer más de lo que creen.

Al entrar en la gran casa donde hacemos vida le doy un manotazo suave a Munin para sacármelo de encima.

—Usa las alas —le digo intencionalmente borde.

—¿Puedo preguntar porqué tanto desdén hacia mí? —tiene el valor de preguntar el cuervo.

No le respondo y camino hacia mi habitación para prepararme antes de viajar. Escucho a Munin aletear cerca mío, pero mantiene una distancia prudencial porque sabe lo que le conviene. Recorro el pasillo de la planta baja, aguzando el oído por si escucho a Hécate en el salón principal o en la cocina. Quiero hablar con ella, pero sé que no tengo tiempo que perder. Munin le contará a Freyja todo lo que haga, estoy segura, y no quiero que se le pase por la cabeza que pierdo el tiempo o no me tomo enserio el encargo.

Aunque creo que me han mandado a buscar a alguien que no existe.

Quieren quitarme de en medio.

La idea me golpea tan fuerte que me detengo un instante, con un pie puesto en el primer escalón que sube al primer piso. El aleteo del cuervo entrometido hace que apriete los puños. Contengo las ganas de darle un puñetazo y le pregunto:

—¿Qué sabes del supuesto aesir?

Munin se posa en el pomo de madera de la barandilla y me mira con esos ojos oscuros que tanta desconfianza me despiertan.

—Vive aquí, en Midgard —responde, ladeando la cabeza.

—Eso ya me lo figuraba, ¿dónde exactamente?

—En la ciudad conocida como Barcelona, sabemos que trabaja en una cafetería llamada Rosa y Pluma.

—¿Nada más?

Se encoge de alas y sigue mirándome, en silencio.—Sé que sabes más, desembucha.

Munin picotea con suavidad el aire. Siempre hace eso cuando está incómodo.

—Su Excelencia ha prohibido expresamente que divulgue información del aesir. Espero que lo comprenda.

Contengo otra oleada de ganas de arrancarle las plumas, respiro hondo y comienzo a subir las escaleras de dos en dos. Antes de que al pajarraco se le ocurra seguirme, le advierto.

—Deja de seguirme. Bajaré cuando esté preparada.

—Como desees, Nairi —me responde.

Me parece notar sarcasmo en su tono, pero decido dejarlo estar. Tengo la mente ocupada imaginando porqué Freyja no me permite saber más sobre ese supuesto aesir. Mi teoría de que me están excluyendo y aprovechan la excusa de que debo ir a buscar a nuestra última esperanza para quitarme de en medio se refuerza. Si no estuviera obligada a servir a Freyja consideraría saltarme su orden y espiar la reunión desde el balcón del primer piso. Pero sé que no puedo.Y también sé que si me comporto como una cría me tratarán como tal. Por eso les seguiré el juego, para que confíen en mí de una vez. Aunque seguirles el juego no implica hacerlo bajo sus reglas, me digo mientras entro en mi habitación.

Como está ubicada en una de las buhardillas de la casa es tranquila y desde las ventanas abiertas entra el dulce olor a naturaleza. Nada más entrar cierro la puerta y me quedo con la mano en el pomo y el oído aguzado por si escucho un aleteo al otro lado. Cuando me aseguro que Munin no me ha seguido voy hasta el armario donde guardo mi ropa. La mayor parte de la ropa la compré en Midgard, por eso no tengo problema en encontrar un conjunto discreto para moverme entre humanos.

Después de vestirme me miro en el espejo. Mi reflejo me devuelve los gestos mientras termino de ajustarme los pantalones tejanos y me pongo la camisa blanca por dentro, dejándola algo holgada a la altura del ombligo. Me deshago la trenza y me dejó suelto el pelo, de color caoba, para esconder mis orejas ligeramente picudas. Veo mi mueca de desagrado en el espejo y eso me arranca una sonrisa irónica.

—Es solo por unas horas —me digo, para sobreponerme a la molestia de tener que ir con el pelo suelto.

Entre las muchas cosas que cambiaría si fuera Freyja, la primera sería levantar el velo. Revelar a los humanos la existencia de los otros reinos y las otras razas. De la magia y los problemas. Pero la voluntad de Odín era que sus mascotas jamás supieran que existimos. Y Freyja por algún motivo lo sigue respetando a pesar de todos los problemas que nos causa mantener el secreto.

Suspiro.

De nada sirve quejarse.

Lista para salir al mundo de los humanos, sólo me queda una cosa por hacer: esquivar al entrometido de Munin e irme por el portal que está en el sótano. No será un problema. Una de las ventajas de ser amiga de una hechicera del nivel de Hécate es que puedes pedirle favores. Gracias a ella tengo varios artefactos encantados, como el que estaba a punto de utilizar.

Paso la mano por el borde del espejo y murmuro unas palabras arcanas específicas. Una secuencia de runas se marca en la madera al contacto con mi mano. Termino de preparar la puerta dimensional y, antes de cruzarla, tomo una bocanada de aire. Después cierro los ojos y doy un paso para entrar en el espejo.