PRÓLOGO
Yugyeom me dio un hijo y luego lo maté. Afortunados fueron los bastardos que aprendieron lecciones de vida de personas cercanas. Envidiaba a esos afortunados bastardos.
― No bebas esta noche. Quiero que pongas otro bebé dentro de mí ―susurró mi esposo mientras su mano se deslizaba por mi pierna debajo de la mesa rodeada de doce de nuestros familiares y amigos más cercanos. Yugyeom eligió mi restaurante de carnes favorito en Omaha y reservó la sala de fiestas para mi día especial. No tenía ni idea hasta que todos gritaron sorpresa.
Lo amaba más allá de las palabras.
― ¿Y para el cumpleañero? ―La mesera morena me guiñó un ojo, preparando su bolígrafo contra el bloc de papel que tenía en la mano.
― Whisky puro. ―Yugyeom frunció el ceño.
Agarré su mano y la apreté contra mi erección.
― No voy a tener ningún problema para acceder a tu solicitud.
― Ya veremos. ―Su respuesta cortante fue poco confiada.
Mis padres llegaron desde Denver para sorprenderme, pero mi hijo de dos años, Jimin, se robó el show. Se turnaron con la mamá de Yugyeom para consentirlo. No esperaba ser padre antes de graduarme de la universidad, tampoco anticipé conocer al hombre sin el que no podría vivir en el momento exacto en que más lo necesitaba.
Él era un estudiante de enfermería en el hospital al que me enviaron el día en que una lesión del ligamento cruzado anterior destrozó mi carrera futbolística. Yo lo llamé ángel, Yugyeom insistió en que fueron los medicamentos que me dieron para el dolor.
― Yoongi dijo que serás su agente cuando se convierta en profesional.―Mi papá me miró con curiosidad.
― Yoongi está lleno de mierda, ningún equipo en su sano juicio seleccionará a Pretty Boy. Él será profesor, eso te demuestra que es demasiado maricón para tener una oportunidad seria en la NFL.
El joven mariscal de campo de Min me lanzó una sonrisa desde el otro extremo de la mesa. Ambos sabíamos que se convertiría en profesional, pero no iba a inflar su ego en mi cumpleaños.
― Lenguaje, Jeon ―advirtió Yugyeom.
Cuando me llamó por mi apellido, me retorcí en mi silla. Siempre significaba que seguiría un castigo y todos sus castigos se repartían en el dormitorio.
Lo amaba más allá de las palabras.
La noche avanzó sin perder un latido perfecto. Cena. Amigos. Familia. Comida. Bebidas.
Mi esposo se superó a sí mismo, él se destacaba en hacer que todos los días fueran perfectos. También se destacaba por hacerme sentir irresponsable por beber. Cada vez que la mesera ponía otra bebida frente a mí, los labios de Yugyeom se fruncían en un ceño de desaprobación.
Lo dejé pasar sin discutir. Antes de morir, su padre bebía mucho alcohol y era abusivo. Cuando nos conocimos, pensó que yo no bebía. En ese momento, era cierto. El fútbol era mi vida, traté mi cuerpo como un templo, pero después de mi lesión, me instalé en una vida en la que mi cuerpo ya no era un templo y la bebida ocasional era exactamente lo que necesitaba para aliviar el dolor de los sueños perdidos.
Yugyeom pensaba que todos los hombres que bebían eran alcohólicos abusivos. Mi misión era demostrarle que estaba equivocado, así tal vez algún día él también se relajaría un poco y tomaría una copa en ocasiones especiales.
― Feliz cumpleaños, Jungkook. Cuida a mis bebés. ―Mi suegra, Hyo-ri, me abrazó mientras todos decían sus últimos deseos de cumpleaños y nos daban las buenas noches.
― Ese es el código para entregarle las llaves a tu esposo. ―Yugyeom me dio un codazo con una sonrisa juguetona que sabía que no tenía la intención de ser divertida.
Hyo-ri apretó mis mejillas y me miró a los ojos.
― Creo que él está bien, cariño. Nada como lo que tu padre era, así que suéltale un poco la cuerda.
Le di a Yugyeom una mirada de te lo dije. Su madre me amaba. Yo era todo lo que su padre no había sido, Yugyeom odiaba que yo no pudiera hacer nada malo a los ojos de Hyo-ri, pero a mí me encantaba. Un orgullo peligroso venía con tanta confianza.
Después de sujetar a Jimin en su asiento de seguridad, Yugyeom me tendió la mano.
― Estoy bien. ―Abrí la puerta del conductor.
― No lo estás, bebiste bastante esta noche.
― Yo aguanto bastante.
― Jungkook.
Me deslicé en el asiento del conductor.
― Llámame Jeon, cariño. Me gusta a dónde lleva eso.
― Jungkook, lo digo en serio. Nuestro hijo está en el asiento trasero. ―Él se paró entre la puerta y yo, así que no pude cerrarla.
― Quiero estar contigo como Dios me trajo al mundo. Entra para que podamos llevar a Jimin a la cama.
Él cruzó los brazos sobre el pecho, su cabello negro azabache fluía en todas direcciones y sus ojos azules perforaban los míos.
― Estoy. Bien.
Yugyeom se encogió de hombros.
― Genial, entonces no seas un cerdo machista y déjame conducir.
El trueno retumbó en la distancia mientras unas gotas de lluvia caían en el cielo nocturno.
― Te vas a mojar.
Él resopló y pisoteó yendo hacia el otro lado del auto.
― Idiota testarudo ―murmuró mientras se abrochaba el cinturón.
― Lenguaje, papi. ―Me reí entre dientes mientras encendía el auto.
― Habrá un lugar especial en el infierno para ti, Jeon Jungkook, si nos matas a nosotros o a cualquier otra persona con tu conducción ebria.
Puse el auto en marcha y tomé la parte de atrás de su cabeza, tirando de su frente hacia la mía antes de soltar el freno.
― Tu eres mi mundo, yo nunca te lastimaría, te amo más allá de las palabras.
― Jesús, Jungkook... ―susurró―. Tu aliento huele a whisky. Te lo ruego, déjame conducir.
Lo solté y solté el freno. Por mucho que amara a mi esposo, también amaba ser hombre y un hombre fuerte conocía sus límites y no era necesario que le dijeran cuándo era o no capaz de hacer algo.

Tres días después enterré a mi esposo en un cementerio a dos cuadras de nuestra casa.