Diario de un corazón adolescente

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Summary

Sofía Martínez, una chica de 16 años nacida en Texas de madre argentina y padre estadounidense, se ve obligada a mudarse a Buenos Aires tras el divorcio de sus padres. Entre once hermanos repartidos en dos familias caóticas, una madre médica siempre ocupada y un padre chef internacionalmente famoso, Sofía intenta encontrar su lugar.

Genre
Romance
Author
Tara
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

1 de enero de 2014, Texas

Ubicación: Condado de Travis, Texas – Residencia Martínez

Hora: 07:15 a.m.

Temperatura: 34 °C (un calor sofocante para la época)

El sol de Texas se levantaba como una hoguera gigante en el horizonte, tiñendo de naranja los campos secos que rodeaban la granja Martínez. El aire ya estaba espeso y tibio, como si alguien hubiese encendido un horno invisible sobre todo el condado. Las cigarras cantaban desde temprano, y el polvo del camino se levantaba con el paso de los pocos vehículos que se aventuraban a circular en ese amanecer caluroso de Año Nuevo.

Sofía Martínez, con apenas dieciséis años, estaba en medio del corral, arrodillada junto a “Luna”, su vaca lechera favorita. La vaca, de un blanco salpicado de manchas negras, masticaba lentamente heno mientras la joven intentaba colocar el cubo y acomodar sus manos para ordeñar. Un pañuelo rojo sostenía su cabello castaño claro en una coleta alta, y una camiseta blanca con manchas de barro dejaba claro que el trabajo había comenzado desde antes de que el resto de la casa despertara.

Sofía tenía una manera de mirar el mundo que combinaba paciencia y curiosidad. Era dulce, sensible, y con una tendencia a perderse en sus pensamientos. A veces, en pleno ordeño, imaginaba que en vez de estar sacando leche de Luna, estaba preparando la crema más suave para una tarta de limón en la cocina de su futuro restaurante. Porque ese era su sueño: tener su propio lugar, con mesas de madera cálida, olor a pan recién horneado y un menú lleno de recetas que fusionaran lo mejor de Texas con sabores del sur de Argentina, el país donde vivía su padre.

—Vamos, Luna… no me mires así —susurró, acariciando el costado del animal—. No es mi culpa que haga tanto calor.

La vaca resopló, como si respondiera, y Sofía sonrió.

En ese momento, un ruido inusual interrumpió la paz matinal: cacareos frenéticos y un golpe seco de madera. Sofía giró la cabeza a tiempo para ver cómo una gallina blanca, “Rosalía”, empujaba la puerta del corral de aves y salía disparada hacia el campo.

—¡Ay, no! —exclamó, soltando el cubo de leche que, por suerte, no se volcó—. ¡Rosalía, vuelve aquí!

Corrió tras la gallina, levantando polvo con sus botas. Rosalía avanzaba como un proyectil emplumado, esquivando piedras y hierbas secas, mientras Sofía intentaba no tropezar.

—¡Te prometo que si vuelves, te daré el maíz amarillo que te gusta! —gritó, aunque sabía que negociar con una gallina no funcionaba.

La persecución terminó junto a la cerca del terreno, donde Rosalía se detuvo para picotear algo invisible en el suelo. Sofía, jadeando y con las mejillas encendidas, logró atraparla.

—Tú y yo vamos a tener una charla seria —dijo, sosteniéndola contra su pecho—. El corral es por tu seguridad, ¿entiendes?

Volvió al establo con la gallina bajo el brazo, y mientras la dejaba dentro, escuchó pasos detrás de ella. Era Camila, su hermana de dieciséis años, con el cabello oscuro despeinado y una jarra de limonada en la mano.

—Feliz Año Nuevo, Sofi —dijo con una sonrisa perezosa—. Mamá dice que no trabajes tanto hoy.

—Feliz Año, Cami. Y dile a mamá que las vacas no saben lo que es feriado —respondió Sofía, sacudiéndose el polvo de las rodillas.

Camila se encogió de hombros y bebió un sorbo de la limonada.

—Por cierto, Isabela está preparando algo en la cocina. Creo que son panecillos dulces.

El solo hecho de escuchar la palabra “panecillos” encendió la imaginación de Sofía. La cocina era su refugio, el lugar donde podía olvidarse de cualquier problema. Esa pasión la había heredado de su padre, Javier Martínez, un chef profesional que había construido un imperio culinario con diez restaurantes repartidos entre Argentina y otros países de Sudamérica. Sofía lo admiraba profundamente, aunque las cosas entre sus padres se habían complicado mucho.

El divorcio había sido duro, sobre todo porque Javier se había vuelto a casar y vivía ahora en Buenos Aires, con una mujer que Sofía apenas conocía. A veces, las llamadas por videollamada eran alegres; otras, incómodas. A pesar de todo, ella nunca dejó de sentir ese hilo invisible que los unía a través de la cocina.

En la casa, el resto del “batallón Martínez” comenzaba a despertar. Isabela, la mayor con diecinueve años, estaba organizando el desayuno. Diego, de diecisiete, discutía con Matías, de quince, sobre quién usaría primero el viejo televisor de la sala. Emiliano, de catorce, cantaba a todo pulmón en la ducha, y Bruno, de doce, corría detrás de Marina, de diez, intentando quitarle un juguete. Valentina, de catorce, aún no aparecía; probablemente seguía durmiendo.

Era un caos. Pero un caos que Sofía, en el fondo, adoraba.

Subió al porche de madera, dejando sus botas junto a la puerta, y entró en la cocina. El olor a panecillos recién horneados le golpeó como una ola cálida y reconfortante. Isabela estaba retirando una bandeja del horno.

—Cuidado, están calientes —advirtió la mayor, colocando la bandeja sobre la mesa.

—Se ven perfectos —dijo Sofía, inclinándose para admirar el dorado parejo de la masa—. ¿Puedo ayudar a glasearlos?

—Claro, pero que no se te caiga el azúcar esta vez —bromeó Isabela.

Mientras Sofía tomaba una espátula y comenzaba a esparcir el glaseado, pensó que esos momentos eran pequeños ensayos para el futuro. Cada receta, cada mezcla de aromas, era un paso más hacia su sueño: abrir su propio restaurante. Imaginaba un local con paredes color crema, mesas de madera y un gran ventanal que dejara entrar la luz de la mañana. Vería a clientes sonriendo, disfrutando de su comida, y sentiría que todo valió la pena.

Pero ese futuro todavía parecía lejano. Primero, había que terminar el colegio, sobrevivir al calor de Texas y, de alguna manera, aprender a vivir con un padre a miles de kilómetros.

En medio de sus pensamientos, escuchó la voz firme de su madre desde el pasillo.

—Sofía, ¿puedes venir un momento? —preguntó la doctora Marta Martínez, con ese tono que mezclaba afecto y autoridad.

Sofía dejó la espátula y salió. Su madre estaba vestida con ropa clara y el cabello recogido en un moño. Tenía un estetoscopio colgado al cuello, a pesar de ser Año Nuevo.

—Me llamaron del hospital. Hay una urgencia y debo ir.

—¿Otra vez? —preguntó Sofía, sin enojo, pero con una ligera sombra de decepción.

—Es mi trabajo, cariño. Volveré tarde. Cuida de tus hermanos, ¿sí?

—Claro, mamá.

Su madre le dio un beso rápido en la frente y salió por la puerta principal. Sofía la vio subir a la camioneta y desaparecer por el camino. El calor parecía aumentar con cada minuto, y un grupo de nubes blancas comenzaba a formarse en el cielo.

Volvió a la cocina, decidida a terminar los panecillos. Esa mañana, más que nunca, pensó que la cocina era el único lugar donde podía controlar algo en medio de tantas cosas que escapaban a su alcance.

Y así, entre olor a azúcar y el eco de sus propios pensamientos, el 1 de enero de 2014 comenzaba para Sofía Martínez.