Aún en el silencio 《Única parte》
El reloj de la cocina marcaba las 3:17 a. m. cuando Jungkook dejó los papeles sobre la mesa. La tinta aún fresca del bolígrafo temblaba ligeramente en su firma. Sus dedos estaban fríos. Su pecho, aún más. Observó en silencio la taza de café humeante que había preparado para Jimin. Sabía que él bajaría en cualquier momento; el insomnio se había vuelto un visitante frecuente desde hacía meses.
Pasaron cuatro minutos.
Siete.
Nueve.
Y entonces, los pasos suaves bajando las escaleras.
—¿Estás despierto? —preguntó Jimin con voz ronca, usando la manga de su suéter para frotarse los ojos.
Jungkook no respondió al principio. Se limitó a señalar la taza humeante y los papeles frente a él.
Jimin frunció el ceño, se acercó con cautela y se sentó.
—¿Qué es esto?
Silencio. Sólo el débil zumbido del refrigerador y el ritmo irregular del corazón de Jungkook.
—¿Jungkook?
—Son papeles de divorcio.
Las palabras colapsaron sobre la habitación como una avalancha. Jimin parpadeó dos veces, incapaz de reaccionar. Cuando finalmente lo hizo, fue solo para reír suavemente, confundido.
—¿Una broma? No tiene gracia.
—No es una broma —dijo Jungkook, sin mirarlo.
—¿Qué... qué estás diciendo? ¿Por qué?
Pero Jungkook solo se levantó. Caminó hacia la ventana, como si pudiera esconderse tras la oscuridad que reinaba afuera.
—No puedo darte una razón. Solo… firmalo, por favor.
Jimin se quedó quieto. La taza de café, olvidada. La rabia tardó en llegar, pero cuando lo hizo, ardió como fuego.
—¿Eso es todo? ¿Después de cinco años? ¿Solo un “fírmalo, por favor”? ¿Crees que soy un maldito trámite?
—Jimin, no quiero pelear.
—¡Pues entonces habla conmigo! ¡Dame una maldita explicación!
Pero Jungkook no lo hizo.
Una semana después, Jimin aún no había firmado. El silencio entre ambos se volvió más denso, más cruel. Vivían bajo el mismo techo, dormían en la misma cama, pero estaban más distantes que nunca.
Jungkook se odiaba por cada momento en que lo veía llorar en silencio. Se odiaba más aún por no consolarlo.
Porque quería hacerlo. Quería abrazarlo hasta que el mundo desapareciera.
Pero no podía.
Había tomado una decisión. No porque dejara de amarlo… sino porque lo amaba demasiado.
Había recibido los resultados hacía apenas un mes. Una enfermedad degenerativa, silenciosa, progresiva. No tenía cura. Podía mantenerla a raya un tiempo, pero no siempre.
Y él no quería que Jimin lo viera apagarse poco a poco.
—¿Sabes qué duele más que el silencio? —le dijo Jimin una noche, con los ojos vidriosos—. El saber que aún me miras como si me amaras.
Jungkook tragó saliva.
—No deberías decir eso.
—¿Por qué no? ¿Es mentira?
Jungkook cerró los ojos.
—Por favor, solo... olvídame.
—¡No puedo olvidarte! —gritó Jimin, rompiéndose por completo—. ¿Acaso tú ya me olvidaste?
Jungkook se levantó y salió de la habitación.
Porque no podía seguir mintiéndole.
Días después, Jimin se mudó a casa de un amigo.
Dejó sus llaves en el frasco de vidrio al lado de la puerta.
Y finalmente, firmó los papeles.
Jungkook los encontró una mañana. Solo. El apartamento se sentía como un mausoleo.
El silencio era absoluto.
Y por primera vez desde todo esto comenzó… lloró.
Se dejó caer al suelo, abrazando los papeles como si fueran los restos de un cadáver.
Porque en cierto modo, lo eran. Su matrimonio. Su vida con Jimin. Su única felicidad verdadera.
Todo lo había destruido con sus propias manos.
Pasaron tres meses.
Jungkook estaba cada vez más delgado. Su médico le insistía en empezar con un tratamiento más agresivo, pero él siempre lo postergaba.
"No hoy", decía. "Tal vez mañana".
Su madre lo visitaba de vez en cuando. Pero nadie llenaba el vacío como lo hacía Jimin.
Una noche, mientras caminaba por el parque —el mismo donde solían alimentar a las aves en otoño—, vio una figura familiar sentada en una banca.
Era él.
Jimin.
Solitario, con una bufanda gruesa cubriéndole la boca, las manos temblando de frío.
Y Jungkook no pudo evitar acercarse.
—¿Puedo sentarme?
Jimin lo miró. No dijo nada al principio. Pero asintió.
Ambos permanecieron en silencio por largos minutos.
—¿Estás bien? —preguntó finalmente Jimin, sin mirarlo.
Jungkook dudó.
—No del todo.
Jimin asintió lentamente.
—Yo tampoco.
Las luces del parque parpadeaban. Un niño reía a lo lejos. Una pareja caminaba de la mano.
—¿Por qué viniste aquí? —preguntó Jungkook.
—Siempre veníamos en otoño. Me gustaba este lugar.
—A mí también.
Más silencio.
Y entonces, Jimin giró el rostro hacia él.
—Dime la verdad, Jungkook. ¿Me dejaste por otra persona?
—No.
—¿Me dejaste porque hice algo mal?
—No.
—¿Entonces por qué?
Los ojos de Jimin brillaban con lágrimas contenidas.
Y Jungkook no pudo seguir mintiendo.
—Estoy enfermo.
Jimin se congeló.
—¿Qué?
—Estoy enfermo, Jimin. Hace meses lo sé. Es degenerativo. No tiene cura. Solo tratamientos que quizás… retrasen lo inevitable. Y no quería que tu vida se redujera a eso.
Jimin cubrió su boca con la mano, ahogando un sollozo.
—¿Por eso te fuiste?
—No quería que me vieras así. No quería que cuidaras de alguien que va a olvidar tu nombre. Que no va a poder caminar. Que no va a poder… amarte como mereces.
Jimin se levantó de golpe.
—¡¿Y quién carajos te dio el derecho de decidir eso por mí?!
Jungkook lo miró, sorprendido.
—¡No soy un espectador en esta historia, Jungkook! ¡Yo también tenía derecho a elegir! ¿De verdad crees que me habría importado? ¡¿Que no habría querido estar contigo incluso en tu peor momento?!
Las lágrimas corrían por sus mejillas.
—Te amo, idiota. Incluso ahora. Aunque me rompiste el corazón. Aunque me dejaste solo. Te amo.
Jungkook también lloraba ya.
—Lo sé. Yo también te amo.
Se miraron.
Y entonces, sin pensarlo, sin razón, sin lógica… Jimin se arrojó a sus brazos. Lo abrazó con fuerza. Como si quisiera volver a unir todo lo roto. Jungkook temblaba entre sus brazos. Por el frío. Por el miedo. Por el amor.
—No me importa si no hay cura —susurró Jimin—. Me quedaré. Incluso si un día no sabes quién soy. Yo sabré quién eres tú.
Una semana después, Jimin regresó a casa.
Las paredes ya no estaban vacías. Los retratos, antes escondidos, volvían a colgar. Jungkook comenzó el tratamiento. No porque creyera en milagros… sino porque Jimin lo hacía.
Iban al parque cada domingo.
Leían juntos cada noche.
Y aunque el futuro era incierto, el presente era suyo.
Jungkook a veces despertaba asustado. Temía que Jimin se fuera de nuevo.
Pero él siempre estaba ahí. Con una taza de café caliente. Con una sonrisa. Con amor en los ojos.
Y eso bastaba.
Bastaba para seguir.
Fin.