Flores para Dara

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Summary

Gloria tiene 77 años y vive rodeada de recuerdos, papeles desperdigados y flores marchitas. Su casa es un caos que apenas soporta. Y, sin embargo, cada día compra margaritas frescas. Flores que siempre lleva a Dara. Entre visitas al cementerio y conversaciones con fantasmas, Gloria recorre su historia de amor: desde la primera cita llena de nervios hasta los días de promesas y ramos infinitos. Porque a veces, para seguir adelante, no basta con esconderse: hay que mirar de frente a los monstruos que nos acompañan.

Genre
Romance
Author
Cande
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Mis monstruos

Tengo que coger el autobús. Las piernas me duelen, así que voy a la parada más cercana, que está completamente desierta. Según el reloj, solo faltan dos minutos para que llegue el vehículo. 

Me siento y una paloma se posa en el suelo, frente a mí. Tengo que admitir que no es muy agraciada. El ojo que puedo ver está medio cerrado, como si hubiera tenido una gran pelea y no fuera capaz de abrirlo entero. Además, sus plumas están despeinadas, sus patas llenas de barro y parece ser bastante mayor.

Me recuerda un poco a mí: el pelo despeinado, los zapatos sucios y arrugas hasta en las pestañas.

De repente, noto su pupila posada en mí, devolviéndome la mirada. Siento que se compadece, que piensa lo mismo que yo de ella: “Pobre, mírala, sola y triste.”

Siento que todos cuando me miran piensan eso. ¿Qué van a pensar si no?

“Oh, mira que ojeras. Combinan genial con esa cara arrugada y pálida”

“Y esa mancha del pantalón, ¡que toque tan moderno! Tendrían que venderlos así”.

Resoplo. Debería cambiarme de pantalones. Llevo con los mismos unos tres días y no tengo muy claro de dónde ni cuándo ha salido la mancha.

El autobús llega y la paloma sale volando antes de ser atropellada. Yo me subo al autobús y me siento en la primera fila. Aun así, un mareo terrible empieza a apoderarse de mí. Miro muy quieta hacia delante, como si la vida me fuera en ello. Las curvas de esta calle me matan. No sé quién ha sido el encargado, pero deberían despedirlo.

Cuando las curvas comienzan a desaparecer, decido mirar por la ventana: un terrible error. Y no solo porque la poca comida que he ingerido hoy me sube hasta la garganta, sino también porque el reflejo en el cristal me hace ser realmente consciente de mi aspecto.

“Estás peor que la paloma”, me suelta esa vocecita tan cansina que apareció en mi cabeza hace unos meses.

“Gracias”, me respondo.

Últimamente no paro de verme, aunque intente no hacerlo. Estoy por todos lados, a todas horas. Y cada vez que me encuentro, un pequeño bicho aparece. Yo los llamo monstruos. Son los pequeños seres que habitan en mi cabeza. Al final, se les pilla cariño, aunque a veces quisiera desconectarlos. Ojalá hubiera un botón que dijera: “descanso” y que mi cabeza se callara. Que todos esos monstruos se relajaran y me dijeran: “Gloria, te dejamos que respires tranquila un rato”. Sobre todo por las noches, cuando no me dejan dormir.

Lo he intentado, pero nunca he sido muy manitas, así que la idea de fabricar un botón silencia-monstruos la he descartado. Tenía hasta el nombre pensado. Una lástima, porque sé que hubiera triunfado.

Respiro hondo, oliendo el aroma de las flores. Eso me tranquiliza y noto cómo la comida vuelve a su debido lugar: mi estómago. El bus poco a poco se va parando. Ya solo quedan dos paradas más. Varias personas se suben y se sientan a pocos sitios de distancia de mí. Ese breve descanso quietos me hace recomponerme del todo.

Oigo las voces de dos jóvenes. No me gusta admitirlo, pero agudizo el oído para escuchar lo que dicen. A esta edad, pocas cosas más divertidas que esta puedo hacer. Escucho sus voces débiles, pero logro distinguir algunas frases.

Me sorprende la cantidad de palabras que no entiendo, no porque no las escuche, sino porque están fuera de mi vocabulario. Es como si hablaran un idioma completamente diferente.

Después de unos minutos prestando mi máxima atención, creando mi propio diccionario e imaginándome una definición que seguramente no coincida con la real, me levanto de mi asiento. Ya he llegado.

Bajo los tres escalones escuchando el crujido de mis rodillas, hasta que por fin mis pies tocan el suelo. Añoraba la tierra firme. Ando hasta la gran puerta de rejas que hay a unos pocos metros y me paro en ella. La primera vez que vine aquí, pensé que iba a ser terrorífico. Como en las películas. Pero aquí lo único que se siente es pesadez. Como si entraras y te pusieran ladrillos encima. Y cada vez que sales, sientes que algunos de los ladrillos siguen ahí. Los pasos son más largos, más difíciles; notas como las palabras cada vez se arrastran más y cómo la cabeza, por muy cansada que esté, se empeña en seguir molestando.

Cuando entro, un ladrillo se posa en mi espalda. A cada paso, uno nuevo: las manos, atados a mis pies, en mi pecho… Siempre imagino que un día de estos, me convierto en un gran edificio. Espero que sea uno bonito, que para algo aguanto esto.

Entre todas las lápidas desiertas, hay una que brilla. Está llena de margaritas. Algunas ya marchitas, otras vivas y con un color vibrante. Con un pequeño esfuerzo me siento en el suelo, apoyándome en mi abrigo, y me quedo callada. Aquí es donde los ladrillos se notan más.

—Hola, Dara —hago una pequeña pausa —. Te he traído nuevas flores, iba a innovar pero hay tantas… Ya sabes como soy yo eligiendo. Contigo era más fácil. Llegábamos, abrías la puerta y elegías. Parecía sencillo.

—Hoy he estado hablando un poco con Sergio. Dice que su madre está de viaje, unos días libres. Pero la mujer no quiere dejar el trabajo. Recuerdo el día de mi jubilación. Lo celebré por lo alto. Esta manía de querer trabajar tanto no la entiendo. Pero no entiendo tantas cosas que tal vez el problema no sea de los demás. Yo no le he dicho nada. Estoy vieja y cascarrabias pero todavía tengo modales.

—Mañana creo que vendré por la tarde. Han dicho que hay una reunión de la comunidad, de esas que no sirven para nada. Siempre me decías que había que escuchar todo lo que hablaban, que seguro que había algo importante. Pero no sé muy bien qué hay de importante en cambiar los buzones de color. Si total, ya nadie recibe correo. Creo que el mío se ha convertido en la casa de unas arañas. Son una familia bastante grande, aunque no he vuelto a abrirlo desde hace meses. No me apasionan las arañas, no te voy a engañar. Espero que no se molesten por no hacerles una visita de vez en cuando.

Me quedo sentada un rato, como esperando una respuesta. Nunca llega. Y menos mal, si una muerta me respondiera, me preocuparía. Antes de irme, dejo las flores lo mejor puestas posible. Es difícil conseguir que quede bonito, las lápidas son horriblemente feas. “Seguro que no hacen reuniones para ver el color de estas piedras”, pienso.

—Hasta mañana, Dari. Te informaré sobre los buzones, que seguro que estás deseando saber el veredicto final.

Acaricio las letras talladas a modo de despedida y cierro los ojos. A veces cuando hago eso, parece que sigue aquí, parece que todo está bien.