Obsesión kookmin

Summary

Un profesor dominante, un estudiante sumiso, un amor que rompe todas las reglas. Sigue a Jungkook y Jimin en un torbellino de deseo rudo, emociones intensas y romance prohibido que desafía al mundo. ¿Te atreves a entrar?

Genre
Erotica
Author
Tatu
Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Unico 1

El Instituto Seúl se erguía como un bastión de hormigón y vidrio en el bullicioso corazón de la ciudad, un lugar donde miles de jóvenes soñaban con futuros brillantes mientras navegaban por los laberintos de exámenes, amistades y primeros amores. Era un edificio de varios pisos, con pasillos amplios flanqueados por lockers metálicos abollados, aulas iluminadas por fluorescentes parpadeantes y un patio central donde el ruido de las conversaciones adolescentes se mezclaba con el aroma de la comida callejera que se filtraba desde las afueras. En el aula 203, dedicada a las clases de matemáticas avanzadas, el aire estaba cargado de una tensión palpable, no solo por la complejidad de los temas, sino por la presencia dominante del profesor Jeon Jungkook.

Jungkook, a sus 35 años, era una figura que inspiraba tanto admiración como temor. Su cabello negro azabache, cortado con precisión militar y peinado hacia atrás con un toque de gel que lo hacía brillar bajo la luz artificial, revelaba una frente amplia y una mandíbula cuadrada que hablaba de determinación inquebrantable. Sus ojos negros, profundos como pozos sin fondo, parecían capaces de leer los pensamientos más ocultos de sus alumnos, penetrando a través de cualquier fachada de indiferencia. Su piel blanca, casi translúcida, contrastaba con la intensidad de su mirada, dándole un aire etéreo pero intimidante. Jungkook no era solo un profesor; era un hombre forjado en la disciplina. Su cuerpo musculoso —bíceps que se marcaban bajo las mangas enrolladas de su camisa blanca impecable, un pecho amplio que tensaba el tejido y un abdomen definido que se adivinaba bajo la tela— era el resultado de rutinas rigurosas en el gimnasio, sesiones matutinas donde canalizaba su energía contenida en pesas y cardio, buscando siempre el control absoluto sobre su físico y, por extensión, sobre su vida.

Vestido con pantalones negros ajustados que delineaban sus piernas fuertes y una corbata delgada que colgaba perfectamente alineada, Jungkook se movía por el aula con la gracia de un depredador. Su voz, grave y resonante, cortaba el aire como un látigo cuando explicaba ecuaciones, exigiendo atención total. "Las matemáticas no son un juego", solía decir, su tono no admitiendo réplicas. "Son el lenguaje del universo, y si no lo dominan, el universo los dominará a ustedes." Los estudiantes lo respetaban por su conocimiento enciclopédico, pero lo temían por su intolerancia a la pereza. Había rumores de que había sido un prodigio en su juventud, graduándose con honores en una universidad prestigiosa, pero que algo —un secreto no revelado— lo había llevado a la enseñanza en lugar de una carrera corporativa. Nadie se atrevía a preguntar; Jungkook mantenía su vida personal bajo llave, un misterio que solo avivaba su aura de autoridad.

Ese lunes por la mañana, el sol de finales de verano se filtraba a través de las persianas entreabiertas, proyectando rayas doradas sobre los pupitres rayados y el pizarrón cubierto de ecuaciones complejas garabateadas con marcador azul. La clase estaba a media capacidad, con unos veinte estudiantes de último año dispersos en las filas, algunos tomando notas diligentemente, otros luchando por mantener los ojos abiertos después de un fin de semana agitado. Jungkook estaba en medio de una explicación sobre el teorema de límites, su marcador volando sobre el pizarrón con precisión quirúrgica. "Recuerden", decía, girándose hacia la clase con ojos entrecerrados, "un límite no es sobre llegar, sino sobre acercarse infinitamente. Es la promesa de algo que nunca se toca del todo... a menos que fuerces el encuentro."

Fue en ese momento cuando la puerta del aula se abrió con un chirrido suave, interrumpiendo el flujo de su lección. Todos los ojos se volvieron hacia el recién llegado, pero para Jungkook, el mundo pareció detenerse. Park Jimin, de apenas 18 años, entró con pasos apresurados y tímidos, murmurando una disculpa barely audible: "Lo siento, profesor. El autobús se retrasó." Jimin era una visión de delicadeza y curva sutil, una presencia que desarmaba sin esfuerzo. Su cabello rubio, teñido en tonos dorados que capturaban la luz como hilos de sol tejidos por un artista, caía en ondas suaves y desordenadas sobre su frente, rozando sus cejas arqueadas. Enmarcaban unos ojos grises que recordaban a nubes tormentosas antes de una lluvia, ojos llenos de una vulnerabilidad inocente, como si el mundo aún no hubiera endurecido su alma. Eran ojos que miraban al suelo más que a los rostros, reflejando su naturaleza sumisa, siempre dispuesto a ceder el paso, a pedir permiso antes de hablar.

Jimin era delgado y esbelto, con una complexión que bordeaba lo etéreo: hombros estrechos que se curvaban en una espalda recta pero frágil, una cintura fina —tan delgada que parecía poder rodearse con una sola mano grande— que se ensanchaba dramáticamente en caderas anchas, creando una silueta que muchos envidiaban y otros deseaban en secreto. Sus nalgas, redondas y firmes, tensaban el tejido de sus pantalones escolares grises de manera casi indecente, un detalle que no pasaba desapercibido en los pasillos donde los rumores sobre su "figura femenina" circulaban en susurros. Caminaba con una gracia natural, casi felina, sus pasos ligeros y medidos, como si temiera ocupar demasiado espacio. Vestido con el uniforme estándar —camisa blanca metida en los pantalones, corbata azul floja alrededor del cuello— Jimin exudaba una sensualidad inconsciente, una mezcla de inocencia y tentación que lo hacía destacar en una multitud de adolescentes uniformados.

Se sentó en la tercera fila, cerca de la ventana, sacando su cuaderno y lápiz con movimientos precisos pero nerviosos. Mordisqueó su labio inferior rosado, un hábito que revelaba su ansiedad ante las materias difíciles como las matemáticas, donde sus notas eran promedio en el mejor de los casos. Jungkook, que había pausado su explicación, sintió un tirón visceral en el estómago, un calor que se extendió por su pecho y bajó hasta su entrepierna. *¿Qué es esto?*, pensó, su mente acelerándose mientras forzaba una expresión neutral. *Ese chico... ese rubio con ojos grises. Su cintura fina, esas caderas anchas, esas nalgas que invitan a ser agarradas. Es como si estuviera hecho para ser moldeado, para arquearse bajo manos fuertes. Mías. Es vulnerable, sumiso por naturaleza. Lo veo en cómo baja la mirada, en cómo se mueve. Lo quiero. No, lo necesito. Esta obsesión... acaba de nacer.*

El resto de la clase pasó en una niebla para Jungkook. Continuó explicando límites y funciones, pero sus ojos se desviaban constantemente a Jimin, observándolo de reojo con una intensidad que rayaba en lo predatorio. Notaba cada detalle: cómo Jimin fruncía el ceño ante un problema complicado, sus cejas rubias uniéndose en concentración; cómo sus dedos delgados, con uñas cortas y limpias, jugueteaban con el lápiz, girándolo entre ellos como un tic nervioso; cómo su postura sumisa lo hacía inclinarse ligeramente hacia adelante, como si pidiera permiso para existir en el espacio. *Es perfecto*, pensaba Jungkook, su pulso acelerándose. *Imagínalo en mi cama, con esa cintura fina arqueándose mientras lo domino. Sus ojos grises suplicando por más, su cuerpo rindiéndose a mi control. La diferencia de edad... 17 años. Es tabú, prohibido. Pero eso solo lo hace más irresistible. Haré lo imposible por tenerlo.*

Jimin, ajeno a la tormenta que había desatado, luchaba por seguir la lección. Las matemáticas siempre habían sido su punto débil; prefería las artes, donde podía expresar sus emociones a través de dibujos y baile en secreto. *El profesor Jeon es tan estricto*, pensaba, robando miradas ocasionales a la figura imponente al frente. *Sus ojos negros me dan escalofríos. Es guapo, musculoso... pero intimidante. ¿Por qué siento que me observa más que a los demás? Me hace sentir expuesto, como si viera a través de mí.* Un rubor sutil subió por sus mejillas, y bajó la mirada rápidamente, enfocándose en garabatear ecuaciones que no entendía del todo.

Al final de la hora, cuando el timbre sonó como un salvavidas, los estudiantes comenzaron a recoger sus cosas con el habitual bullicio: sillas chirriando, mochilas cerrándose, conversaciones estallando sobre planes para el almuerzo. Jimin se levantó lentamente, metiendo sus libros en su mochila desgastada, pero antes de que pudiera salir, levantó la mano tímidamente. "Profesor Jeon, ¿podría explicar de nuevo el concepto de límite en infinito? No lo entiendo del todo", preguntó con voz suave, casi un susurro, sus ojos grises evitando el contacto directo por miedo a la reprimenda.

Jungkook sintió una oleada de excitación al oír su voz, suave y sumisa. Se acercó al pupitre de Jimin, inclinándose más de lo necesario, su cuerpo musculoso proyectando una sombra sobre el chico. Su aliento cálido rozó la oreja de Jimin mientras señalaba el cuaderno. "Claro, Park. Los límites en infinito son sobre lo que pasa cuando las variables se escapan al control. Se acercan a algo eterno, pero nunca lo tocan... a menos que intervengas." Su voz era un ronroneo bajo, cargado de subtexto que solo él entendía. Extendió la mano y rozó accidentalmente —o no— el brazo de Jimin al apuntar a una ecuación, enviando una chispa de electricidad que hizo que el chico jadee internamente.

Jimin se sonrojó intensamente, un rubor rosado subiendo por sus mejillas pálidas y extendiéndose a su cuello. "S-sí, profesor. Lo intentaré mejor en casa. Gracias", murmuró, su corazón latiendo con fuerza. *Su cercanía... su olor a colonia fuerte, como madera quemada y algo masculino. Me hace sentir débil en las rodillas. ¿Por qué mi cuerpo reacciona así? Es solo un profesor, mayor que yo. Debería irme.* Pero se quedó un segundo más, inhalando su presencia antes de recoger su mochila y salir apresuradamente, dejando a Jungkook solo con sus pensamientos turbulentos.

Una vez que el aula quedó vacía, Jungkook se sentó en su escritorio, su mente racing. *Jimin. Park Jimin. Ese nombre se siente bien en mi lengua. Lo investigaré, lo atraeré. Usaré mi posición, chantaje si es necesario. Lo tocaré, lo haré mío.* La obsesión había arraigado profundo, un fuego que quemaba desde adentro, prometiendo consumir todo a su paso. Fuera del aula, Jimin caminaba por el pasillo, ajeno al destino que se cernía sobre él, pero sintiendo un escalofrío inexplicable, como si alguien lo observara desde las sombras.

Los días posteriores al primer encuentro en el aula 203 se convirtieron en un torbellino de tensión y deseo reprimido para Jeon Jungkook. El Instituto Seúl, con sus pasillos abarrotados y aulas impregnadas del olor a tiza y sudor adolescente, se transformó en el escenario de un juego de poder que él mismo había orquestado. Cada mañana, al cruzar las puertas de vidrio del edificio, Jungkook sentía una corriente eléctrica recorrer su cuerpo al pensar en Park Jimin. El chico rubio de ojos grises se había convertido en una fijación, una obsesión que lo perseguía incluso en los momentos más mundanos: mientras corregía exámenes, tomaba café en la sala de profesores o conducía hacia su apartamento minimalista en las afueras de Seúl. *Es mío*, pensaba, apretando el volante hasta que sus nudillos se ponían blancos. *Ese cuerpo, esa sumisión natural... lo moldearé hasta que me pertenezca por completo.*

Jimin, por su parte, vivía en un estado de confusión constante. Las clases de matemáticas, que antes eran solo una fuente de frustración académica, ahora eran un campo minado de emociones contradictorias. Cada vez que Jungkook lo miraba desde el frente del aula, con esos ojos negros que parecían desnudarlo capa por capa, Jimin sentía un nudo en el estómago, una mezcla de miedo y un calor inexplicable que se asentaba en su bajo vientre. *¿Por qué me observa tanto?*, se preguntaba, mientras garabateaba círculos sin sentido en los márgenes de su cuaderno. *Es estricto con todos, pero conmigo... es diferente. Sus miradas son intensas, como si quisiera algo más que mis respuestas correctas. Me hace sentir pequeño, pero... también deseado.* El pensamiento lo avergonzaba, haciendo que sus mejillas se tiñeran de un rosa pálido que no pasaba desapercibido para sus amigos.

El comedor de la escuela, un espacio ruidoso con mesas largas cubiertas de bandejas de plástico y el olor persistente a arroz recalentado y kimchi fermentado, era el lugar donde Jimin intentaba escapar de sus pensamientos. Sentado con Kim Taehyung y Jung Hoseok, sus mejores amigos desde el primer año, intentaba mantener una fachada de normalidad. Taehyung, con su cabello castaño ondulado que caía sobre sus ojos marrones cálidos y su sonrisa boxy que desarmaba a cualquiera, era el más observador de los dos. Hoseok, más delgado y con una energía que parecía inagotable, siempre estaba moviendo las piernas bajo la mesa, su risa llenando el aire como un estallido de luz. Ese día, mientras Jimin picoteaba su sopa de miso con la mirada perdida, Tae lo pinchó con un codo juguetón.

"Oye, Minnie, ¿qué te pasa? Estás como en la luna", dijo Tae, inclinándose para mirarlo de cerca, sus ojos chispeando con curiosidad. "Y no me vengas con que es solo cansancio. El profesor Jeon te tiene en la mira, ¿verdad? Te mira como si fueras el postre en el menú."

Hoseok soltó una risita, casi escupiendo su jugo de manzana. "¡Sí, hyung! ¿Qué onda con eso? Cada vez que estás en su clase, te pone a resolver problemas en el pizarrón o te hace preguntas raras. Y tú te pones rojo como tomate. ¿Te gusta el viejo? ¡Tiene como 35 años, eso sería un escándalo total!"

Jimin negó con la cabeza vehementemente, sus dedos apretando la cuchara hasta que los nudillos se le pusieron blancos. "No es nada de eso, chicos. Solo es estricto porque mis notas en mates son un desastre. No hay nada más." Pero su voz tembló, traicionando el torbellino en su interior. *No es solo que sea estricto. Es la forma en que me mira, como si me viera por dentro. Su voz grave, su cercanía... me hace sentir cosas que no entiendo. ¿Es miedo? ¿Es atracción? No debería sentir esto por un profesor.* El rubor en sus mejillas se intensificó, y Tae alzó una ceja, claramente no convencido.

"Claro, Minnie. Pero si te sigue mirando como lobo hambriento, ten cuidado. Ese tipo no es de los que se rinden fácil", dijo Tae, su tono medio broma, medio advertencia.

Jungkook, mientras tanto, estaba tejiendo su red con precisión calculada. En la sala de profesores, un espacio estrecho con muebles desparejados y una máquina de café que siempre goteaba, aprovechó un momento de calma para revisar el expediente de Jimin en el sistema informático de la escuela. Era un abuso de poder, lo sabía, pero la obsesión lo cegaba. Descubrió que Jimin vivía con su madre en un apartamento modesto en el centro de Seúl, que su padre los había abandonado cuando Jimin era niño, dejando a su madre trabajando turnos dobles como enfermera para mantenerlos. *Vulnerable*, pensó Jungkook, una sonrisa oscura curvando sus labios. *Perfecto para ser controlado. Si no cede por deseo, lo hará por miedo a decepcionar a su madre.* La información era un arma, y Jungkook estaba dispuesto a usarla.

En las clases siguientes, comenzó a ejercer presión. Retenía a Jimin después del timbre, siempre con una excusa académica. "Park, tu tarea está llena de errores básicos. Quédate después de clase para corregirla", decía, su tono firme pero con un trasfondo de algo más, algo que hacía que Jimin se estremeciera. En el aula vacía, con el sol poniente tiñendo las paredes de naranja, Jungkook se acercaba demasiado, su cuerpo imponente proyectando una sombra sobre el pupitre de Jimin. Rozaba su brazo al señalar un problema, dejaba que su mano descansara un segundo más de lo necesario en el respaldo de la silla del chico, o se inclinaba hasta que su aliento cálido rozaba la nuca de Jimin, oliendo a menta y algo más masculino, como cuero quemado.

"Si no mejoras, Park, tendré que informar a la dirección. No querrás que eso afecte tu graduación, ¿verdad?" decía Jungkook, su voz baja y peligrosa, sus ojos negros clavados en los grises de Jimin, que parecían atrapados en un torbellino de emociones.

Jimin tragaba saliva, su corazón latiendo tan fuerte que temía que Jungkook lo oyera. "No, profesor. Haré lo que sea para mejorar. Por favor, deme otra oportunidad." *Su cercanía me asfixia. Su mano en mi silla... siento su calor a través de la ropa. Debería odiar esto, pero mi piel se eriza, mi cuerpo reacciona. ¿Qué me está pasando?* La vulnerabilidad en su voz era genuina, pero también había un matiz de rendición, una chispa de deseo que ni él mismo entendía.

Jungkook lo notó, y su sonrisa depredadora se ensanchó. "Buen chico. Tal vez necesites tutorías privadas. Podríamos trabajar en eso... en un lugar más privado." Sus dedos rozaron el hombro de Jimin, un toque ligero pero cargado de intención, enviando una corriente eléctrica que hizo que Jimin jadeara suavemente, un sonido que resonó en el aula silenciosa.

"Yo... lo pensaré, profesor", balbuceó Jimin, levantándose apresuradamente y casi tropezando con su mochila al salir. *Necesito salir de aquí antes de hacer algo estúpido. Su toque... fue como fuego. Quiero correr, pero también quiero quedarme.*

Fuera del aula, los pasillos estaban casi vacíos, salvo por algunos estudiantes rezagados y el eco de los casilleros cerrándose. Jimin caminó rápido, su rostro ardiendo, intentando ignorar la sensación de los ojos de Jungkook siguiéndolo incluso a través de las paredes. Pero Jungkook no lo siguió físicamente; en cambio, se quedó en el aula, apoyado contra el pizarrón, su mente trabajando a toda velocidad. *Está cayendo. Lo siento en su temblor, en cómo no se aparta de mis toques. Pero no es suficiente. Lo quiero rogando, suplicando. Lo chantajearé si es necesario.*

Una semana después, la presión aumentó. Jungkook había preparado el terreno, observando cada movimiento de Jimin, memorizando sus horarios, sus hábitos. Sabía que Jimin llegaba temprano los lunes para practicar danza en secreto en el salón de artes, un detalle que lo excitaba aún más. *Ese cuerpo moviéndose, flexible, sumiso... lo imaginaré bailando para mí, solo para mí.* Un viernes por la tarde, mientras el cielo se teñía de púrpura y los estudiantes abandonaban la escuela, Jungkook lo interceptó en el pasillo cerca de los lockers, donde el olor a metal y sudor adolescente aún flotaba.

"Park, un momento", dijo Jungkook, su voz cortante pero calmada, deteniendo a Jimin en seco. El chico se giró, sus ojos grises amplios y nerviosos, su mochila colgando de un hombro. "Tus notas son un desastre absoluto. He revisado tu expediente, y no estás en posición de fallar mi clase. Si no quieres que hagas un informe oficial a la dirección —o peor, que llame a tu madre y le cuente cómo estás descuidando tus estudios, lo que podría afectarla mucho considerando lo duro que trabaja—, vendrás a mi casa mañana por la noche para una tutoría obligatoria."

Jimin palideció, sus labios temblando ligeramente mientras procesaba las palabras. *¿Mi madre? No, no puedo dejar que se entere. Trabaja tanto, se preocupa tanto por mí. Pero... ir a su casa. Solo con él. Me da miedo, pero también... hay algo en mí que lo desea.* "Profesor, por favor, no le diga a mi mamá. Ella no tiene la culpa. Haré lo que sea, pero no la involucre", suplicó, su voz quebrándose, sus ojos grises brillando con lágrimas contenidas.

Jungkook sintió un rush de poder, su pene endureciéndose ligeramente bajo sus pantalones ante la visión de Jimin tan vulnerable. "Eso pensé", dijo, acercándose un paso, su cuerpo imponente llenando el espacio entre ellos. Le entregó un papel con su dirección escrita en tinta negra, sus dedos rozando los de Jimin deliberadamente, un contacto que duró un segundo de más. "Mañana, 8 en punto. No llegues tarde, o las consecuencias serán peores." Su tono era firme, pero sus ojos negros destellaban con una promesa oscura, una mezcla de dominación y deseo que hizo que Jimin se estremeciera.

"Entendido, profesor", murmuró Jimin, apretando el papel en su mano temblorosa antes de girarse y casi correr hacia la salida. *Estoy atrapado. No tengo opción. Pero... ¿por qué una parte de mí quiere ir? ¿Por qué mi corazón late tan rápido cuando está cerca? Esto está mal, pero no puedo evitarlo.*

Jungkook lo observó irse, sus ojos siguiendo las curvas de las caderas de Jimin, la forma en que sus nalgas se movían bajo los pantalones. *Mañana, Park. Mañana comenzarás a ser mío.* La obsesión había pasado de un deseo ardiente a un plan meticuloso, y Jungkook estaba dispuesto a romper todas las reglas para hacer realidad su fantasía. En el silencio del pasillo, el eco de sus propios pasos resonó como un tambor de guerra, marcando el inicio de una cacería que no tenía marcha atrás.

El cielo sobre Seúl estaba cubierto de nubes grises, una llovizna fina cayendo como un velo sobre las calles iluminadas por farolas anaranjadas. Park Jimin, de 18 años, caminaba con pasos rápidos y nerviosos hacia la dirección garabateada en el papel que aún apretaba en su mano, el cual había releído tantas veces que la tinta empezaba a desvanecerse bajo sus dedos sudorosos. Su corazón latía con una mezcla de ansiedad, miedo y una emoción inexplicable que no quería nombrar. *Esto es una tutoría, solo una tutoría*, se repetía, intentando convencerse mientras el viento húmedo le alborotaba el cabello rubio. Pero en el fondo, sabía que no era solo eso. La amenaza de Jungkook —el chantaje implícito sobre contarle a su madre, sobre arruinar su futuro académico— lo había acorralado, pero había algo más, algo en la forma en que los ojos negros de su profesor lo devoraban, que lo hacía temblar de anticipación. *¿Qué quiero realmente?*, pensó, sus ojos grises nublados por la confusión. *Debería odiarlo por obligarme, pero mi cuerpo... mi cuerpo quiere saber qué pasa después.*

La casa de Jeon Jungkook estaba en un barrio tranquilo en las afueras de Seúl, un edificio moderno de apartamentos con fachadas de vidrio y líneas limpias. Jimin se detuvo frente a la puerta del número 7B, su dedo dudando sobre el timbre. La lluvia había empapado su sudadera gris y los pantalones vaqueros que había elegido en lugar del uniforme escolar, haciendo que la tela se pegara a su cuerpo, delineando su cintura fina, sus caderas anchas y las nalgas redondas que siempre atraían miradas indiscretas. Finalmente, presionó el timbre, el sonido agudo cortando el silencio de la noche. La puerta se abrió casi de inmediato, como si Jungkook hubiera estado esperando justo detrás.

"Park. Llegas puntual. Bien", dijo Jungkook, su voz grave resonando como un tambor en el pecho de Jimin. Estaba descalzo, vestido con jeans negros ajustados que marcaban sus muslos musculosos y una camiseta negra que se adhería a su torso definido, revelando cada línea de sus pectorales y abdomen. Su cabello negro estaba ligeramente desordenado, como si hubiera pasado los dedos por él, y sus ojos negros brillaban con una intensidad que hizo que Jimin tragara saliva. "Entra. No muerdo... a menos que lo pidas", agregó con una sonrisa ladeada, un destello depredador en su mirada que prometía más de lo que decía.

Jimin entró, sus zapatillas mojadas chirriando contra el suelo de madera pulida. El apartamento era un reflejo de Jungkook: minimalista, controlado, impecable. Las paredes blancas estaban desnudas salvo por un cuadro abstracto en tonos oscuros, el sofá de cuero negro en la sala parecía más una declaración de poder que un lugar para descansar, y una mesa de centro de vidrio sostenía un par de libros de matemáticas estratégicamente colocados, junto a una taza de café humeante que llenaba el aire con un aroma cálido. Pero lo que más llamó la atención de Jimin fue el silencio, roto solo por el leve tamborileo de la lluvia contra los ventanales. *Este lugar es tan... él. Frío, pero intenso. Como si cada detalle gritara control.* Se quitó la sudadera empapada, quedando en una camiseta blanca que se pegaba a su piel, revelando el contorno de su cintura y los pezones rosados que se marcaban bajo la tela húmeda.

"Sitúate en el sofá, Park. Vamos a trabajar en esas ecuaciones tuyas", dijo Jungkook, señalando el mueble con un gesto de la mano. Pero su tono tenía un matiz burlón, como si las matemáticas fueran lo último en su mente. Jimin obedeció, sentándose con las piernas juntas, sus manos nerviosas entrelazadas sobre los muslos. Jungkook se sentó a su lado, demasiado cerca, su muslo musculoso rozando el de Jimin, enviando una corriente eléctrica que hizo que el chico contuviera un jadeo. *Está tan cerca. Su calor me quema a través de la ropa. Debería moverme, pero no quiero.*

Jungkook sacó un cuaderno y un lápiz, abriendo una página llena de problemas de límites. "Empecemos con esto. Resuelve el primero, y explícame tu proceso", ordenó, su voz autoritaria pero con un trasfondo seductor que hacía que las palabras sonaran más como una invitación que como una instrucción. Jimin intentó concentrarse, garabateando números con manos temblorosas, pero la presencia de Jungkook lo distraía. Cada vez que el profesor se inclinaba para "corregir" algo, su brazo rozaba el de Jimin, o su mano descansaba brevemente en la rodilla del chico, subiendo un poco más cada vez, hasta que los dedos de Jungkook se detuvieron en la parte interna de su muslo, a centímetros de su entrepierna.

"Profesor... esto no es una tutoría, ¿verdad?", susurró Jimin, su voz temblorosa, sus ojos grises buscando los de Jungkook, llenos de miedo y deseo a partes iguales. *Su mano está tan cerca. Siento mi pene endurecerse, traicionándome. Debería detenerlo, pero mi cuerpo no obedece.*

Jungkook sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa que no llegó a sus ojos. "Es lo que ambos queremos, Jimin. No finjas que no lo sientes. Te he visto en clase, sonrojándote, bajando la mirada cuando te hablo. Eres sumiso, y yo soy quien te va a dominar." Su mano subió más, rozando el bulto creciente bajo los jeans de Jimin, quien dejó escapar un jadeo suave, sus caderas moviéndose instintivamente hacia el toque.

"Esto está mal... eres mi profesor", protestó Jimin débilmente, pero sus palabras carecían de convicción. *Se siente tan bien. Su mano es fuerte, segura. Me hace sentir vulnerable, pero protegido al mismo tiempo. Quiero más, aunque me asuste.*

Jungkook no esperó más. Con un movimiento fluido, empujó a Jimin contra el sofá, su cuerpo musculoso cubriendo el delgado del chico como una sombra posesiva. "Dilo. Di que lo quieres, o pararé y mañana tu madre sabrá todo sobre tus ‘fracasos’", amenazó, su voz un gruñido bajo mientras mordisqueaba la oreja de Jimin, sus dientes rozando el lóbulo sensible.

Jimin lloriqueó, lágrimas de frustración y deseo acumulándose en sus ojos grises. "Sí... lo quiero. Tócame, profesor. Por favor", admitió, rindiéndose por completo. *Me rindo. Su chantaje me obliga, pero el deseo es real. Quiero ser suyo, aunque me asuste.*

Sus labios se encontraron en un beso rudo, Jungkook dominando por completo, su lengua invadiendo la boca de Jimin con posesión feroz, explorando cada rincón mientras sus manos comenzaban a desvestirlo. Arrancó la camiseta de Jimin, revelando su torso pálido y delgado, la cintura fina que parecía esculpida, los pezones rosados que se endurecieron al contacto con el aire frío. "Eres perfecto", gruñó Jungkook, sus ojos negros recorriendo cada centímetro de piel expuesta. Sus manos grandes acariciaron las caderas anchas de Jimin, apretando sus nalgas firmes a través de los jeans. "Hecho para mí. Para ser mío."

Jimin gimió, sus manos temblorosas aferrándose a los hombros musculosos de Jungkook. *Su beso es como un incendio. Me consume, me hace olvidar lo incorrecto que es esto.* "Profesor... por favor", susurró, sin saber exactamente qué pedía, pero necesitando más.

Jungkook lo desvistió por completo, dejando a Jimin desnudo sobre el sofá de cuero, su pene delgado pero erecto goteando pre-semen, el glande rosado brillando bajo la luz tenue. Jungkook lamió su cuello, dejando un rastro de mordidas suaves que bajaban hasta sus pezones. Mordió uno, luego el otro, succionándolos hasta que se convirtieron en picos duros, haciendo que Jimin se arqueara y gimiera alto. "Ah... profesor... duele, pero se siente tan bien", jadeó, sus pensamientos un torbellino. *Sus dientes en mis tetillas... el placer va directo a mi pene. Estoy tan duro, goteando. Nunca me he sentido así.*

Jungkook sonrió contra su piel, su mano bajando para envolver el pene de Jimin, masturbándolo lentamente al principio, luego con más rudeza, bombeando mientras observaba el rostro del chico contorsionado de placer. "Mírate, tan sensible. Vas a correrte en mi mano como el sumiso que eres", gruñó, acelerando el ritmo hasta que Jimin lloriqueó, sus caderas empujando desesperadamente.

"¡Sí! Más rápido... por favor", suplicó Jimin, sus ojos grises nublados por el éxtasis. *El placer es intenso, su agarre perfecto. Me siento al borde, vulnerable bajo su control.*

Pero Jungkook tenía otros planes. Lo volteó con brusquedad, posicionando a Jimin a cuatro patas, sus nalgas redondas expuestas. "Voy a devorarte", prometió, su lengua lamiendo el pliegue rosado de su ano, circundándolo antes de penetrar con la punta húmeda. Jimin gritó, arqueándose, fluidos pre-seminales goteando de su pene mientras se masturbaba instintivamente. *Su lengua en mi ano... es sucio, pero el placer me hace temblar. Me prepara para más, y lo quiero todo.*

"¡Jungkook-ssi! Por favor... es demasiado", suplicó, pero su voz era un gemido de éxtasis. Jungkook continuó, lamiendo y chupando hasta que el ano de Jimin estuvo húmedo y relajado. Luego se puso de pie, desabrochando sus jeans para revelar su pene grueso y venoso, el glande hinchado y rojo, goteando pre-semen. Era intimidante, mucho más grande que el de Jimin, una herramienta de dominación pura.

"Tócame, sumiso. Muéstrame cuánto me deseas", ordenó Jungkook, su voz ronca. Jimin obedeció, arrodillándose frente a él, su mano delgada envolviendo el miembro caliente, bombeando lentamente mientras lamía el glande, saboreando el sabor salado y musgoso. Jungkook gemió, enredando sus dedos en el cabello rubio de Jimin y empujando en su boca, follando su garganta con rudeza. "Traga, buen chico. Toma todo de mí", gruñó, sus ojos negros llenos de posesión.

Jimin se atragantó ligeramente, lágrimas rodando por sus mejillas, pero el placer de someterse lo inundaba. *Su pene en mi boca... me llena, me hace sentir usado, pero amado en su rudeza. Quiero complacerlo.* Chupó con más ímpetu, su lengua girando alrededor del glande, hasta que Jungkook lo apartó, jadeando.

"Enough. Quiero estar dentro de ti", dijo, levantando a Jimin y llevándolo a la cama king size en su habitación. Lo posicionó en misionera, aplicando lubricante en su pene y en el ano de Jimin. Penetró lentamente al principio, estirando el músculo apretado, gruñendo ante la resistencia. "Estás tan apretado... hecho para mi pene", jadeó, embistiendo más fuerte, golpeando la próstata de Jimin con cada thrust.

Jimin lloriqueó, lágrimas de placer y dolor mezcladas. "¡Más duro! Me llena tanto... golpea justo ahí", pensó en voz alta, *el dolor se mezcla con éxtasis abrumador. Su pene me estira, me posee. Me siento completo.* Sus manos se aferraron a las sábanas, su cuerpo temblando mientras Jungkook lo follaba con rudeza, el sonido de piel contra piel llenando la habitación.

Llegaron al clímax juntos, Jungkook eyaculando profundo en el ano de Jimin, llenándolo de semen caliente, mientras Jimin eyaculaba entre sus cuerpos, manchando sus abdómenes. Exhaustos, colapsaron, pero el silencio posterior estaba cargado de emociones no dichas.

Jungkook miró a Jimin, sus ojos suavizándose por un instante. *Lo amo. No es solo deseo. Quiero protegerlo, poseerlo para siempre.* Pero no lo dijo, temiendo su propia vulnerabilidad.

Jimin, con el corazón acelerado, pensó: *¿Qué he hecho? Esto está mal, pero se sintió tan bien. Lo deseo, pero... ¿qué significa esto para mí?*

La mañana siguiente al encuentro en el apartamento de Jungkook amaneció con un cielo plomizo que parecía reflejar el torbellino emocional de Park Jimin. El chico de 18 años se despertó en su cama, en el pequeño apartamento que compartía con su madre en el corazón de Seúl, con el cuerpo todavía sensible y la mente enredada en un torbellino de culpa, deseo y confusión. El colchón estrecho bajo él crujió cuando se giró, mirando el techo agrietado de su habitación, donde un ventilador viejo giraba perezosamente. El olor a café rancio y arroz cocido de la cocina se filtraba por la puerta entreabierta, un recordatorio de la vida humilde que llevaba con su madre, quien trabajaba incansablemente para mantenerlos a flote. Jimin tocó su cuello, donde aún sentía el eco de las mordidas de Jungkook, y su mano bajó instintivamente a sus caderas, recordando las manos grandes y posesivas que las habían apretado. *¿Qué hice anoche?*, pensó, su corazón acelerándose. *Fui a su casa, me rendí a él. Su cuerpo, su voz, su dominación... fue abrumador, pero se sintió tan bien. Pero es mi profesor, 17 años mayor. Esto está mal. La sociedad nos destruiría si lo supiera. Entonces, ¿por qué quiero volver a verlo?*

Se levantó con dificultad, su ano aún sensible por la intensidad de la noche anterior, un recordatorio físico de su rendición. Frente al espejo de su baño estrecho, con azulejos desportillados y un tubo fluorescente que parpadeaba, Jimin se miró. Su cabello rubio estaba desordenado, cayendo en mechones sobre sus ojos grises, que parecían más tormentosos que nunca, cargados de emociones contradictorias. Su piel pálida mostraba marcas sutiles: un leve moretón en el cuello, un enrojecimiento en sus pezones donde Jungkook los había mordido. *Soy un desastre*, pensó, pasando los dedos por las marcas. *Me siento sucio, pero... también vivo. Él me hizo sentir cosas que nunca imaginé. Pero, ¿y si alguien se entera? Mi mamá, mis amigos, la escuela...* El miedo lo golpeó como una ola, pero debajo, latía un deseo persistente que lo avergonzaba.

En el Instituto Seúl, la rutina escolar continuó, pero para Jimin, todo había cambiado. Los pasillos abarrotados, llenos de risas y el eco de casilleros metálicos, parecían más opresivos. Cada vez que pasaba por el aula 203, su corazón se aceleraba, temiendo y esperando ver a Jungkook. En la clase de matemáticas, se sentó en su lugar habitual, tercera fila junto a la ventana, con el cuaderno abierto pero la mente en cualquier parte menos en las ecuaciones. Jungkook, impecable como siempre con su camisa blanca ajustada y corbata negra, explicaba derivadas con su voz grave y autoritaria, pero sus ojos negros se desviaban constantemente hacia Jimin. Cada mirada era como un toque físico, haciendo que el chico se sonrojara y bajara la vista, sus dedos temblando alrededor del lápiz. *Me está mirando otra vez. Sabe lo que pasó anoche. Sabe que me rendí. ¿Qué quiere de mí ahora?*

Jungkook, por su parte, estaba lidiando con su propio conflicto interno. Sentado en su escritorio durante el receso, corrigiendo exámenes con una precisión mecánica, su mente estaba consumida por Jimin. *Lo tuve anoche. Ese cuerpo, esa sumisión... fue todo lo que imaginé y más. Pero no es suficiente. No es solo sexo. Quiero poseerlo por completo, protegerlo, hacerlo mío en todos los sentidos.* La idea de amor lo desconcertaba; Jungkook siempre había sido un hombre de control, de relaciones físicas sin ataduras, pero Jimin había roto algo en él. La vulnerabilidad del chico, su entrega, lo hacían sentir un instinto protector que nunca había experimentado. Pero también sabía que su relación era un campo minado: la diferencia de edad, su posición como profesor, la sociedad que los juzgaría sin piedad. *No me importa el mundo. Lo protegeré, aunque tenga que romper todas las reglas.*

En el comedor, Jimin intentó mantener la normalidad con sus amigos, Kim Taehyung y Jung Hoseok. El espacio era un caos organizado, con mesas largas llenas de bandejas de plástico, el olor a sopa de miso y el ruido de conversaciones adolescentes. Tae, con su cabello castaño cayendo sobre sus ojos marrones y su sonrisa boxy, notó de inmediato la palidez de Jimin. "Minnie, ¿qué te pasa? Pareces un fantasma. ¿No dormiste o qué?", preguntó, empujando su bandeja para mirarlo de cerca.

Hoseok, siempre vibrante con su energía hiperactiva, agregó: "Sí, hyung, estás raro desde hace días. ¿Es por el profesor Jeon? Te tiene trabajando duro, ¿eh?" Su risa era juguetona, pero había un matiz de preocupación en sus ojos.

Jimin forzó una sonrisa, removiendo su arroz con los palillos. "Solo estoy cansado. Las mates me están matando, eso es todo." *No puedo decirles la verdad. ¿Qué diría? ¿Que dejé que mi profesor me tocara, me follara? ¿Que lo deseé tanto como él a mí? Me odiarían.* Pero su voz tembló, y Tae entrecerró los ojos, sospechando.

"Minnie, si algo pasa, nos lo cuentas, ¿sí? No dejes que Jeon te presione demasiado. Ese tipo es intenso", dijo Tae, su tono protector.

Jungkook, mientras tanto, comenzó a mostrar su lado protector de una manera más activa. En los pasillos, había notado cómo algunos estudiantes, chicos mayores con más músculos que cerebro, se burlaban de Jimin por su figura "femenina", haciendo comentarios sobre sus caderas anchas y sus nalgas. Una tarde, mientras Jimin recogía sus libros en su casillero, un grupo de tres chicos lo rodeó, riendo y lanzando indirectas. "Oye, Park, ¿te perdiste camino al club de baile? Esas caderas no son para mates, ¿sabes?"

Jimin se encogió, sus ojos grises bajando al suelo. *Ignóralos. Siempre hacen esto. Pero duele.* Antes de que pudiera responder, una voz cortante atravesó el aire.

"¿Tienen algo mejor que hacer, o solo saben molestar a los demás?" Jungkook apareció al final del pasillo, su figura imponente llenando el espacio. Sus ojos negros eran fríos, su mandíbula tensa. Los chicos se congelaron, balbuceando excusas antes de dispersarse como cucarachas bajo la luz.

Jimin lo miró, sorprendido, su corazón latiendo rápido. "Gracias, profesor", murmuró, su voz suave.

Jungkook se acercó, su mano rozando el brazo de Jimin brevemente. "No dejes que te afecten. Eres mejor que ellos", dijo, su tono más suave de lo habitual, pero sus ojos seguían siendo intensos. *Nadie toca lo que es mío. Nadie te lastima, Jimin.*

Esa noche, Jungkook no pudo resistirse más. Sabía que la madre de Jimin estaría en su turno nocturno, así que condujo hasta el apartamento del chico, un edificio viejo con escaleras crujientes y paredes amarillentas. Tocó la puerta, y Jimin abrió, sus ojos grises ampliándose con sorpresa. "Profesor... ¿qué hace aquí?"

"Vine a verte. No podía esperar", dijo Jungkook, entrando sin esperar invitación. El apartamento era pequeño, con muebles desgastados y el olor a comida casera persistente. La habitación de Jimin era aún más modesta: una cama individual, un escritorio abarrotado, posters de grupos de K-pop pegados con cinta adhesiva.