Prólogo
—Déjeme ver si entendí, reencarnaste en mi prometida después de la muerte, ¿verdad?
—Sí. Así es.
—¿Es en serio, Audrey? —él se ríe sin mucho humor—. ¿Realmente quieres que me crea esa tontería? Oh, claro, esta es la excusa perfecta para no casarte, ¿no?
—No me creas si no quieres, sé quién soy y quién quiero ser.
—No sé a lo que estés jugando, Audrey... o como te quieras llamar —dio un paso frente a mí—. Pero no toleraré esta farsa.
—No me importa —posé mi dedo índice sobre su pecho—. No necesito que me creas nada, el tiempo dejará ver más de lo que piensas.
Él se quedó callado observando mi actitud, una pelea en sus ojos de si creerme o no, parece que no soy igual que su prometida, ¿cómo era esa chica que me observa así? Por cómo es su aura podría apostar con los ojos cerrados que su tipo es una mujer sumisa y callada, qué irónico es el destino; lo que más me falta a mí es obediencia.
«Si este tipo cree que puede conmigo, puede ir bajándose de su nuecita.»
—¿A dónde vas? —él pregunta, notando como me acercaba a la puerta.
—Buscare al tipo que me asesino.
—¿Sigues con eso? —me sigue y me toma de la mano—. Te pregunté, ¿a dónde vas? No pienso repetirlo.
—No me toques.
Su agarre se apretó sobre mi mano, su toque no era doloroso, pero sí abrumador. Duró unos segundos procesando la orden que había dictado, pero se sintieron como horas para mí. Cuando estaba a punto de volver a hablar para actuar y quitar su mano de la mía, simplemente la soltó.
—No llegues a casa muy tarde. Llamaré al chofer para que te lleve.
—¿Es una advertencia? —chasqueé la lengua, con burla—. Puedo ir sola.
—No. Es una petición —su voz bajó, pero seguía siendo severa—. Eres mi prometida, no permitiré que te pase algo.
—Ja, ahora resulta que la princesa se preocupa por mí —sonreí con desprecio—. Lo agradezco, pero deseo ir sola.
Salí de la habitación, pero cuando estaba todavía por el pasillo, solté una risa hipnótica.
—Y si tengo tiempo, volveré temprano. Nadie sabrá si la suerte te acompaña.
Escuché una voz a mis espaldas, ardiendo a fuego lento. Lo ignoré por completo, pero solo pude sonreír para mí misma. Sin duda, es divertido joderle la vida a un hombre.
Ahora, tengo un objetivo nuevo: encontrarlo; hallar a Steban. Y cuando al fin lo encuentre, sacarle los ojos a ese cuervo traidor. ¿Cómo se atrevió a matarme? Esta vez, cuando lo ubique, seré yo quien lo entierre bajo tres metros de tierra.
En ese momento, me detuve en seco, miré a mi alrededor notando dónde estaba y fue ahí donde me di cuenta de todo, yo no estaba hablando con mi mismo acento, las calles eran ruidosas y había tiendas por doquier. Nada de esto sonaba como mi país. Nada era lo mismo.
«Maldición...»
—¿En dónde estoy?