🌔La llegada
Isabella apoyó la frente en el vidrio frío de la ventana mientras el autobús recorría la carretera.
Afuera, la niebla era tan espesa que parecía tragarlo todo, los árboles, las señales, el tiempo, Llevaba horas sin ver un rayo de sol, como si hubieran cruzado alguna frontera invisible donde la claridad ya no estaba permitida.
Se preguntó por enésima vez si había sido un error, dejar su ciudad, su habitación pintada de azul claro, sus amigos con quienes compartía risas y promesas que ahora sentía tan lejanas, dejar a su padre que a pesar de todo seguía siendo su refugio cuando la vida se volvía demasiado grande.
Pero su madre no había querido dar marcha atrás.
"Es un nuevo comienzo Isa"
le dijo su madre aquella noche por teléfono mientras isa empacaba las últimas cajas
"Aquí tendremos otra oportunidad."
Otra oportunidad, aquella frase se le quedó clavada como una astilla.
¿Otra oportunidad para quién?.
¿Para ella que ahora tenía que inventarse una vida nueva?
¿O para su madre, que se esforzaba tanto en parecer fuerte mientras escondía su tristeza en turnos de trabajo interminables?.
El autobús se detuvo con un gemido en la estación isabella bajó con la maleta arrastrándose detrás de ella pesada como su corazón.
El andén estaba casi vacío un hombre con un impermeable viejo fumaba en silencio y un gato cruzó corriendo bajo un banco.
El aire olía a tierra húmeda y a hojas podridas.
Greyhollow así se llamaba este lugar.
Su madre lo describía como un pueblo tranquilo donde todo el mundo se conocía, pero a Isabella le pareció demasiado silencioso, demasiado inmóvil como si cada casa se limitara a observarla sin pestañear.
Cuando su madre llegó a recogerla, traía el uniforme de la cafetería donde había conseguido trabajo la abrazó con fuerza, pero Isabella sintió que aquella calidez duró apenas un instante.
___Te va a gustar, ya verás____insistió mientras subían al auto.
____Seguro ____murmuró Isabella, aunque no creía ni una palabra.
Recorrieron calles angostas bordeadas por casas de madera con ventanas opacas, no había niños jugando, ni bicicletas en los porches solo un silencio espeso, como si el pueblo estuviera dormido o vigilando.
La casa que les habían alquilado estaba al final de una calle sin salida era pequeña y vieja, con un tejado negro y un jardín descuidado su madre la miró con determinación y apretó su mano.
____Es nuestra casa ahora ___dijo.
____Sí ___respondió Isabella, mientras se preguntaba cuántas veces más tendría que empezar de cero.
Al bajar del auto un escalofrío le recorrió la espalda, no supo si era por el viento frío o por la certeza de que en ese lugar donde el sol no salía nada volvería a ser igual.
La lluvia no tardó en aparecer
No era un aguacero ruidoso, ni una lluvia fuerte, era persistente, como si cada gota murmurara algo que Isabella aún no entendía.
Desde la ventana de su habitación, observaba las calles vacías, desdibujadas por el agua que resbalaba por el cristal.
Todo parecía detenido sin coches, sin voces, sin luces.
Un pueblo sin sol y ahora también sin vida.
Suspiró abrazando sus rodillas sobre la cama, aún le dolía haber dejado a sus amigos, su colegio, su antigua vida.
Le costaba entender por qué su madre eligió este lugar como su nuevo comienzo.
Pero allí estaba en una casa vieja con olor a madera húmeda y recuerdos ajenos, tratando de encontrar consuelo en un silencio que no la dejaba pensar.
Su madre había salido al lugar de trabajo, aún no regresaba.
Y la noche comenzaba a sentirse más larga de lo normal.
De pronto escuchó un crujido.
No de la casa sino del exterior.
Como si algo, o alguien caminara lentamente por la calle.
Se acercó a la ventana con cuidado y apartó la cortina, con el corazón acelerado.
Ahí estaba.
Una figura solitaria, un chico de espalda bajo la lluvia de negro, sin paraguas caminando con calma, como si no sintiera el agua ni el frío.
Aquel chico se detuvo por unos segundos Isabella contuvo la respiración.
Él giró levemente el rostro y por un instante fugaz sus miradas se cruzaron.
Sus ojos oscuros intensos casi melancólicos se fijaron en los suyos y luego sin decir nada siguió caminando hasta perderse en la niebla.
Isabella se quedó quieta sin saber si aquello fue real o producto del cansancio.
Pero esa noche no durmió.
No por la lluvia, ni por la soledad sino por él.