La oscuridad de Whitechapel.
La noche caía sobre Londres como un velo de seda negra. Las luces de las farolas se reflejaban en el pavimento húmedo, creando un laberinto de sombras y destellos.
Lillian se envolvió en su capa y salió de su pequeño apartamento en Whitechapel. El aire era frío y húmedo, y podía ver el vapor de su aliento flotar ante ella.
Hoy había recibido una carta que cambiaría su vida: aceptaban su solicitud para trabajar como doncella en Ravenscar Hall, una mansión imponente a las afueras de Londres. Pero mientras caminaba por las calles empedradas, la emoción se mezclaba con una inquietud que no lograba disipar.
—¡Señorita! —una voz masculina la sacó de sus pensamientos. Levantó la cabeza y vio al hombre que la llevaría cerca de la mansión. Solo pudo asentir, y él abrió la puerta del carruaje, permitiéndole entrar. Su mirada, cargada de desdén, le produjo un escalofrío.
—¿Cuánto tiempo nos tardaremos? Debo llegar mañana temprano a la mansión —preguntó Lillian, tratando de sonar confiada.
—No se preocupe, señorita. Llegaremos a tiempo. No tenga prisa… —respondió él en un murmullo, con un tono que helaba la sangre.
Lillian se estremeció y guardó silencio, observando el cielo nocturno a través de la ventana. La incertidumbre la envolvía: ¿había tomado el camino correcto? ¿Qué secretos la esperaban en Ravenscar Hall? Finalmente, se resignó y cerró los ojos, dejando que el cansancio la venciera.
—¡Señorita, señorita! —una voz la despertó bruscamente. La brisa fría y el aroma a tierra mojada la hicieron incorporarse. Delante de ella, el hombre la miraba con seriedad, la capucha cubriendo parcialmente su rostro.
—Lo siento, dígame —respondió, aún aturdida por el sueño.
—Ya llegamos. De aquí puede tomar una carreta que la llevará a la entrada de Ravenscar.
Lillian sacó algunas monedas de su bolso y se las entregó antes de descender. El frío le secaba la garganta mientras caminaba hacia un hombre que parecía estar esperando. Él la observó de arriba abajo, asintió con la cabeza y señaló una carreta cercana. Cuando ella subió, tomó su bolso y lo colocó a su lado. Al observar su mano, Lillian notó cicatrices que la hicieron estremecerse. Sus ojos se cruzaron por un instante, llenos de enfado, y rápidamente miró hacia otro lado.
Solo se dispuso a subir en silencio, respiró profundamente, su piel se erizaba con el toque suave de la brisa fresca, observaba a su alrededor con mirada perdida, su corazón latía rápidamente; su alrededor era como si se desvaneciera.
Volvió aquel día donde todo comenzó.
El frío que congelaba su espinazo, su rostro tenso, un azote, dos azotes, tres azotes, miraba desolada y con gritos ahogados.
Lillian salió del trance al darse cuenta de que estaba rasgando su vestido con sus uñas. Su mandíbula, que dolía por la tensión, dio un bocado de aire; se sentía ahogada entre tantos recuerdos que la hacían sentir tanta ansiedad. Cerró sus ojos y respiró profundamente para tranquilizarse.
Lillian observaba con atención a su alrededor; la carreta avanzaba lentamente por un sendero algo estrecho, flanqueado por los altos robles, cuyas ramas se entrelazaban entre sí. La luz se filtraba a través de las ramas. Tocaba con las yemas de los dedos la áspera madera de la carreta, y oía el crujir de las ruedas sobre las piedras que estaban por el camino; cada bache del camino hacía vibrar toda la carreta.
—Usted no es de por aquí, ¿verdad? Decía aquel hombre que observaba el camino con una mirada algo indiferente.
—No, vengo de Londres. Lillian daba una mirada reservada, algo seca; solo deseaba llegar a su destino. Antes que ella produjera otra palabra más, el hombre la interrumpió.
—Llegamos, señorita.
Observaba al gran portón de hierro, adornado con imponentes caballos en sus esquinas; los rayos de luz del amanecer se reflejaban en el. Lillian solo podía mirar con asombro, una voz masculina la sacó de sus pensamientos.
—Buenos días, ¿qué necesitan? Un hombre de mediana edad lo miraba con una evidente desconfianza; era al parecer el guardia.
Lillian se dispuso a hablar, mientras sostenía con la mano izquierda la falda y con la derecha el borde de la carreta para no caer, para así descender lentamente, midiendo cada paso para no tropezar.
—Soy Lillian Lennox, vengo por el trabajo como doncella para la mansión Ravenscar Hall. Lillian se dispuso a acercarse al portón con su maleta; de su bolsillo sacó una carta, ofreciéndola al guardia.
—Aquí está mi autorización, señor —dijo Lillian con voz temblorosa y mirada cabizbaja.
El señor tomó con su mano derecha la carta, la inspeccionó de arriba hacia abajo, miraba el sello con detalle.
—Espere un poco. Dijo el guardia con sequedad, su mirada ambigua y desconfiada; se alejó con la carta entre sus manos. Pasaban los minutos, que para Lillian eran eternos; solo podía mirar a su alrededor con admiración, hasta que una voz masculina interrumpió sus pensamientos. Atrás de ella estaba aquel hombre que la había llevado en la carreta; algo enfadado la observaba. Se le había olvidado por completo; Lillian de inmediato sacó un par de monedas de su bolsillo para luego entregárselas. Él movió su cabeza con asentimiento y se marchó en silencio; se podía oír el cabalguear de los caballos alejarse.
—Señorita, puede entrar. El guardia había regresado; las grandes rejas del portón se abrían lentamente con el chillido del hierro algo oxidado. Lillian dio un bocado de aire antes de dar el primer paso.
Lillian avanzó con cuidado; su mano derecha sujetaba su falda para no tropezar. El crujido de las hojas secas resonaba por el pisar los imponentes robles donde sus ramas sin hojas estaban. El viento susurraba en su oído, se sentía observada hasta por la naturaleza que la rodeaba mientras caminaba hacia la mansión, hasta que llegó a la entrada. Tomaba el llamador de bronce. Lillian dio un suspiro antes de levantarlo ligeramente y dar pequeños golpes que hicieron retumbar ligeramente la puerta, con un eco que quedó plasmado en el lugar. De pronto la puerta se abría lentamente, y ahí estaba un hombre algo entrado en edad.
—La señorita Lennox, ¿verdad? Decía aquel hombre de cabello encanecido y mirada cansada.
—Sí, vengo por el trabajo. Dije, intentando guardar la compostura y una sonrisa amable en su rostro.
-Entre, por favor. Abría paso, y así Lillian entró con paso decidido con su pequeña maleta en mano. Deslumbrada estaba por el hall de entrada: techos altos y majestuosas columnas de mármol, un delicado tapiz que adornaba las paredes.
Un nuevo inicio que la llevaba a preguntarse muchas cosas, pero que pronto resolvería.