Bajo el Manto de la Mafia
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Bajo el Manto de la Mafia

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Zusammenfassung

Sicilia 1904, dos mujeres marcadas por su pasado se ven arrastradas a un mundo de poder, violencia y lealtades rotas. Entre fiestas bañadas en vino, misiones imposibles y heridas que no cicatrizan, descubrirán que la línea entre el odio y el deseo es más delgada de lo que jamás imaginaron. Un relato de pasiones prohibidas, traiciones familiares y la búsqueda desesperada de libertad en un lugar donde amar puede ser el mayor de los peligros.

Genre:
Lgbtq
Autor:
RoyalAero
Status:
vor einem Jahr
Kapitel:
2
Rating
n/a
Altersfreigabe
16+

Capítulo 1 - Bautizo de Sangre

Las campanas de la iglesia repicaban con fuerza, vibrando en el aire tibio de la tarde. El sonido metálico se expandía por el valle de viñedos que rodeaba el pequeño pueblo siciliano, cruzando colinas y piedras centenarias. Para la gente de la región, era un día de fiesta. No todos los días se bautizaba a la hija de Don Rafaello Caruso, el hombre más temido y respetado de aquellas tierras.

Las calles estaban adornadas con flores, el aroma a albahaca y a pan recién horneado se mezclaba con el incienso que escapaba por las puertas del templo. Mujeres con mantillas oscuras murmuraban oraciones mientras entraban a la iglesia. Hombres con trajes de lino y sombreros de ala ancha aguardaban en silencio, vigilando. Algunos tenían las manos ocultas bajo las chaquetas, y más de uno acariciaba el mango de un revólver como quien acaricia un rosario.

Dentro del templo, la luz dorada de los cirios iluminaba los vitrales con santos y ángeles, proyectando sombras que parecían moverse con vida propia. En el altar, el padre Giulio se acomodaba la estola, nervioso. Nadie quería cometer un error frente a los Caruso.

Don Rafaello estaba de pie en primera fila. Un hombre alto, de mandíbula cuadrada, cabello negro azabache y ojos oscuros como pozos de lava. Vestía un traje impecable, de corte extranjero, que lo distinguía de los campesinos de la isla. En sus brazos sostenía a la pequeña Isabella, envuelta en encajes blancos. Sus labios esbozaban una sonrisa orgullosa, pero sus ojos estaban fijos, alerta, como si incluso en aquel día sagrado supiera que el peligro nunca estaba lejos.

A su lado estaba su esposa, Giulietta Caruso, una mujer de belleza serena. Su cabello castaño estaba recogido bajo un velo de encaje. Su presencia irradiaba calma, como si fuera el único ser capaz de templar la violencia que habitaba en el corazón de Rafaello.

La misa comenzó con solemnidad. Los cánticos en latín resonaban entre los muros de piedra. La niña lloró al sentir el agua bendita en su frente, y Giulietta rió con ternura mientras el cura trazaba la señal de la cruz. Rafaello se permitió relajar los hombros. En aquel instante, por primera vez en años, pensó que la vida aún podía darle paz.

Pero la paz en Sicilia es un espejismo.

El primer disparo se escuchó desde el atrio. Un estallido seco que hizo temblar a las palomas que dormían en los techos. Después, un grito desgarrador. Y enseguida, otro disparo. El murmullo del templo se quebró. Los fieles se miraron, pálidos. Rafaello cerró los ojos por un segundo y supo lo que estaba ocurriendo.

Las puertas de la iglesia se abrieron de golpe, y la luz de la tarde se tiñó de humo. Una docena de hombres irrumpió en el lugar con escopetas y pistolas en mano. Traían pañuelos oscuros cubriendo parte del rostro. Los gritos estallaron. El padre Giulio dejó caer el misal.

-¡Los Romano! -rugió uno de los hombres Caruso, alzando su arma.

El eco de los disparos retumbó en las bóvedas. El suelo se manchó de rojo en cuestión de segundos. Hombres y mujeres corrían buscando refugio detrás de los bancos, pero las balas no perdonaban.

Rafaello apretó a Isabella contra su pecho. Giulietta gritaba, intentando cubrirla también con su cuerpo.

-¡Atrás de mí! -ordenó Rafaello, con la voz rota de furia.

Sacó su pistola, y disparó hacia la entrada. Un Romano cayó de inmediato, pero otros avanzaban. El olor a pólvora llenó la iglesia como un demonio invisible.

Fue entonces cuando ocurrió: un disparo certero atravesó el aire y alcanzó a Giulietta en el pecho. El blanco de su vestido se tiñó de rojo. Sus labios temblaron y sus ojos se abrieron con sorpresa antes de que un gemido escapara de su garganta.

-¡No! -rugió Rafaello, atrapándola entre sus brazos mientras aún sostenía a la bebé.

Giulietta lo miró por última vez, su mano manchada de sangre acariciando la mejilla del Don. Luego, se desplomó.

El mundo de Rafaello Caruso se quebró en un segundo.

Isabella lloraba desconsolada, su llanto se confundía con los gritos y la violencia que devoraban el templo. Pero la tragedia aún no había terminado. Uno de los Romano lanzó un pequeño artefacto metálico que rodó hasta detenerse junto al altar. Nadie tuvo tiempo de reaccionar.

La explosión sacudió la iglesia. Los vitrales estallaron en mil fragmentos de colores. El humo y las astillas volaron como cuchillas. Rafaello sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies, y un dolor punzante atravesó su oído.

Cuando el polvo se disipó, los Caruso que aún quedaban en pie lograron repeler a los atacantes. Los Romano se retiraban, dejando un rastro de cadáveres tras de sí. El padre Giulio lloraba entre escombros, con la sotana desgarrada.

Rafaello buscó desesperado a su hija entre los restos. Finalmente, la encontró. La niña estaba viva, cubierta de hollín y con pequeñas astillas clavadas en su piel. Pero sus ojos... sus ojos, antes tan brillantes, estaban opacos, cubiertos de sangre y lágrimas.

Isabella nunca volvería a ver.

Rafaello cayó de rodillas, con el cuerpo de su esposa en un lado y a su hija en el otro. En su rostro ya no había lágrimas: solo un odio denso, infinito, que quemaba más que cualquier fuego.

Ese día, entre las paredes sagradas de una iglesia profanada, se selló el destino de Sicilia.

Los Caruso y los Romano jamás conocerían la paz.

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