Prólogo
La primera vez que Cameron fue abusado, era tan solo un niño. La edad exacta no la recordaba, pero fue una especie de “felicitación” por comenzar el preescolar; también recordaba que había dolido.
Es el tipo de dolor que no es comparable con ninguna otra cosa. El tipo de dolor que no le desearías a absolutamente nadie. El tipo de dolor… que te rompe.
No tenía amigos, pues pensaba que todos querían hacerle lo mismo. Luego apareció aquel chico, quién rápidamente se convirtió en su todo; le había confesado lo ocurrido, solo para que una noche fuese usado en su contra. Confió en él y le hizo exactamente lo mismo.
Aquel horrible día, vomitó y corrió a contarle a su abuela; se sentó frente a su lápida y le gritó todo entre lágrimas. Se estiró sus ropas con asco, se frotó el rostro hasta irritarlo.
… Luego volvió a su hogar, donde por primera vez, no sintió los toques indebidos de su tutor. Su propio tío.
Había soportado durante mucho tiempo y siempre sintió que fue más del que debió de quedarse callado, pero cuando el abuso se volvió rutina, Cameron lo veía normal. Hasta que recordó que no era normal.
A la edad de veintitrés años, se sabía de memoria aquel puente de piedra donde estaba parado. Era invierno, el agua no tardaría en congelarse y sus restos se quedarían al fondo hasta que alguien recordara que siquiera existía. Tal vez su madre —si aún viviera— se hubiese preocupado, o su desaparecido padre, ¿Alguna vez se detuvo a pensar en el hijo que había dejado atrás o estaba muy ocupado con su nueva vida?
Cameron miró sus manos, siempre le había gustado como sus uñas se ponían moradas con el contacto al frío y esperaba que si su cadáver era encontrado, sus manos se quedaran así, como le gustaban. Al menos quería que ese pequeño detalle en su muerte, pudiera controlarlo.
Su rojizo cabello se alborotó con el aire. Sus ojos grises dieron un último vistazo alrededor para asegurarse que no hubiera nadie que pudiese detenerlo, porque ya se imaginaba llegando a su hogar de nuevo.
“—Cameroooon –odiaba como cantaba su nombre—, mi precioso Cameron, te has vuelto a portar mal, ¿no?, no pensaste que tu muerte iba a dolerle a tu querido tío”.
Y saltó.Había sentido el agua llenar sus pulmones, el escozor por el agua que él no luchó por expulsar y de pronto… todo fue paz. Una tranquilidad y calma que Cameron nunca experimentó estando en vida, pero, entonces, ¿Qué hacía despertando en una habitación?
Miró alrededor, un lugar que estaba detenido en el tiempo, o eso lo hicieron pensar todas las decoraciones victorianas que había en todo el lugar.
“¿Reencarne?, ¿no morí?”, se cuestionó mientras se tocaba todo el torso. Su ropa empapada.
Se puso de pie, acercándose al hermoso espejo de cuerpo completo que había al lado de la cama. Llevaba la misma ropa, su mismo aspecto asqueroso y las mismas cicatrices de los abusos sufridos.
—Me alegro que hayas despertado –escuchó decir a su lado. Se giró, observando a un hombre de pie en el umbral de la puerta. Le sonreía con amabilidad, mientras sus dedos se movían un poco frenéticos para el gusto del pelirrojo—, bueno, no me alegro tanto, pensé que habías muerto. Te vi cuando estabas planeando saltar, pero tardaste tanto que supuse que te habías… retractado. Me di media vuelta y ¡Splash!, escuché el sonido del agua.
Cameron retrocedió cuando lo vió acercarse.
—Calculé el tiempo necesario para que murieras, pero tal vez no querías morir y… –se vió interrumpido.
—Tal vez fuiste tan idiota que fallaste.
—Sí, eso también, pero ahora, ¿Puedes morirte?
El pelirrojo observó al contrario, como sus ojos ámbar brillaban de forma juguetona, mientras se acercaba de forma cada vez más ansiosa.
—Eso quería hacer. No te daré las gracias por salvarme.
El otro sujeto, alto y de largo cabello azabache se detuvo de pronto, mirándolo con cierto… dolor.
—¿Me dejarías beber tu sangre entonces?