prologo
El alcohol no apaga el dolor. Solo lo ahoga hasta que olvidas cómo respirar sin él.
Lo sé porque llevo diecisiete días intentándolo. Diecisiete mañanas despertando con el sabor a cobre y menta podrida en la boca. Diecisiete noches ahogando los recuerdos en whisky barato que ni siquiera me gusta. Pero el sabor no importa cuando lo que buscas es desaparecer.
Desde que Aitana apareció en el cementerio con esos malditos tulipanes violetas, mirándome con esos ojos verdes que todavía creen ver algo bueno en mí. Como si no supiera que lo mejor de mí se fue bajo tierra junto a Elena Mercer cuando el cáncer gano la batalla y a mí me arranco el corazón.
No lo hay. Nada bueno. Solo esta casa vacía que ya no huele a café con canela ni a galletas quemadas. Solo silencio. Solo botellas vacías y la camiseta número 14 tirada en un rincón, tan abandonada como yo.
Por eso esta mañana, cuando el sol se cuela entre las cortinas como un intruso, rompo la primera regla de mi nueva vida: no mirar el teléfono. El brillo de la pantalla lastima mis ojos, pero no tanto como los números que veo. Veintidós mensajes sin leer. Veintiuno de Aitana. El otro es del entrenador, tan corto y directo como un golpe bajo: “Presentación hoy a las 3 PM o fuera del equipo”.
El vaso de whisky vacío golpea la mesa con más fuerza de la que me gustaría admitir. Mis nudillos están magullados (otra regla rota: no pelear con las paredes) pero el dolor físico es un alivio en comparación con este vacío en el pecho que nada puede llenar.
En el reflejo de la ventana, un extraño me mira de vuelta. Ojos enrojecidos, cabello grasiento, mandíbula cubierta de una barba de días. Este no es Theo Mercer, el capitán de los Titanes. Este es un fantasma que se ha apoderado de mi piel.
“¿Cuánto tiempo más?”, me pregunto mientras las luces de la ciudad parpadean. ¿Cuánto tiempo más puedo seguir fingiendo que no me importa? ¿Que no escucho a mamá susurrándome al oído que esto no es lo que quería para mí? ¿Que no veo los tulipanes marchitos en el jarrón, los mismos que arranqué del cementerio después de que Aitana se fue?
El teléfono vibra de nuevo. No necesito mirar para saber quién es. Aitana nunca aprende. Aitana nunca se rinde.
Y quizás, solo quizás, eso sea lo que más amo y odio de ella.