La noche que no recuerdo
Abrí los ojos lentamente, como si cada parpadeo pesara una tonelada. El dolor de cabeza me taladraba la frente, haciéndome difícil distinguir dónde terminaba el sueño y comenzaba la realidad. La habitación era desconocida, con cortinas gruesas que apenas dejaban entrar un hilo de luz, un aire cargado con la mezcla de desinfectante barato y perfume ajeno.
A mi lado, un hombre dormía profundamente, y su respiración regular desentonaba con el caos que empezaba a invadirme por dentro.
No me atreví a mirarlo, no tenia tiempo para procesar quién era o por qué estaba ahí. Sentí que hacerlo sería aceptar una realidad que en ese momento no estaba dispuesta a enfrentar. El pánico me empujó a la acción. Me incorporé torpemente, tanteando en buscar mi ropa dispersa en el suelo, y tomé mi teléfono con mis manos temblorosas. La pantalla iluminó mi rostro cansado: faltaban apenas dos horas para mi entrevista de trabajo, esa oportunidad que llevaba semanas esperando.
Con el corazón acelerado y sin detenerme a pensar, recogí mis cosas a toda prisa y salí de la habitación, dejando atrás el murmullo sereno de alguien que nunca llegué a conocer. El pasillo del hotel me recibió con un frío cortante, y en cada paso sentía la urgencia de recomponerme, llegar a casa, vestirme, maquillar el cansancio… y fingir que nada de esto había pasado.
Horas más tarde, aún con la sombra de aquella mañana persiguiéndome, me encontraba frente a la oficina con mi verdadera prueba: la entrevista. En cuanto crucé la puerta, un hombre que se presentó como Damián, me indicó con un gesto seco que me sentara. La entrevista comenzó de inmediato, sin siquiera darme tiempo a acomodarme. Su primera pregunta me golpeó de manera inesperada, como si fuera un ataque disfrazado de cordialidad.
—¿Y además de irte sin despedirte, cuáles son tus otros defectos? —disparó, con una voz cargada de reproche.
Me quedé inmóvil, como si las palabras hubieran atravesado el aire y golpeado directo en mi pecho. Sentí cómo la sangre me abandonaba el rostro. Luego respondí:
—Disculpe, señor Damián… —mi voz salió apenas como un murmullo— no sé a qué se refiere.
Él arqueó las cejas, incrédulo ante mi timidez. Sus ojos grises se encendieron con un destello de ira contenida.
—¿No sabe a qué me refiero? —replicó, cada palabra impregnada de desdén—. Estás aquí porque abandonaste nuestro proyecto. ¿No recuerdas nada?
La palabra ‘recuerdas’ me atraviesa como un eco lejano. Una vibración incómoda, como si algo oculto intentara abrirse paso desde lo más profundo de mi mente. Busqué en mi memoria, desesperada, pero todo lo que encontré fue un vacío. Ningún proyecto. Ningún vínculo con ese hombre. Solo la firme convicción de que estaba ahí para una entrevista, nada más.
Sus ojos grises brillaban como acero bajo la luz tenue del despacho, fijos en mí con una mezcla de rabia y desafío, como si él supiera cosas sobre mí que yo misma desconocía.
—Dime —insistió, inclinándose ligeramente hacia adelante, con la voz cargada de una paciencia tensa—, ¿Qué fue lo que te impulsó a dejarlo todo atrás sin decir palabra?
Sentí un nudo en la garganta. El aire me pesaba en los pulmones y mis manos se aferraban al borde de la silla para no temblar.
—Señor Damián… realmente no estoy comprendiendo —murmuré, con un temblor en la voz que no pude disimular.
Su rostro permaneció inmóvil, pero sus ojos me perforaron como agujas. Cerré los míos un instante, desesperada revolviendo mi memoria, intentando encontrar entre imágenes dispersas, rostros desdibujados, fragmentos de sueños… algún vestigio conocido, algún recuerdo que lo anclara a mi pasado. Pero nada surgía. Él seguía siendo un extraño.
Abrí nuevamente los ojos, tratando de mantener la calma. Con la garganta seca añadí:
—Yo vine a este lugar a presentar una entrevista para el cargo de secretaria administrativa. No sé a qué proyecto se refiere.
Un silencio espeso cayó entre los dos. Y en ese instante, tuve la certeza de que, aunque yo no lo recordara, Damián sí me conocía demasiado bien. El exhaló profundamente, como si soltara un peso invisible. Su expresión se relajó apenas, un leve respiro en medio de la tensión.
—Sí, claro —dijo al fin, con una voz grave que parecía resonar más de lo debido en la sala—. La entrevista para la secretaría administrativa.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando sus manos. Había en ese gesto un aire de dominio, de alguien que no buscaba solo entrevistar, sino revelar algo más.
—Pero antes… —su mirada se afiló— necesito saber qué pasó exactamente. Recuerdo que eras nuestra mejor colaboradora hasta aquel momento.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Tragué saliva antes de responder, intentando sonar firme.
—Hace un mes renuncié a mi trabajo como analista de datos en otra empresa. Esta es la primera vez que solicito empleo aquí. —Mi voz tembló levemente— Le ofrezco nuevamente mis disculpas, señor Damián, pero no recuerdo que usted haya sido uno de mis superiores.
Una sombra se deslizó sobre su rostro, como una nube cubriendo el sol. Guardó silencio unos segundos, sus ojos fijos en los míos, estudiándome con una intensidad que me incomodaba y, al mismo tiempo, me atrapaba.
—Entiendo ahora —murmuró, ladeando la cabeza apenas—. No éramos superiores ni inferiores. — su tono ahora estaba cargado de algo más que un simple recuerdo— Simplemente… trabajábamos juntos en el mismo equipo.
Mi estómago se revolvió.
—Señor Damián… —intenté reunir recuerdos, escarbar en lo profundo de mi memoria, pero no había nada—. En mi trabajo anterior no tenía contacto directo con mis compañeros. Solo correos electrónicos, únicamente por asuntos laborales. Y siendo honesta… no recuerdo haber leído jamás su nombre.
Damián asintió lentamente, pero su mirada se desvió, fija en un punto indeterminado detrás de mí. Pero podía ver en sus ojos grises, que se agitaba varios sentimientos: nostalgia, deseo, rencor.
—Comprendo. —dijo en un tono neutro, aunque su voz vibraba como si escondiera una herida—. Quizás tenías un papel más especial de lo que piensas. Tal vez por eso resulta tan extraño que ahora apenas nos reconozcamos.
Un escalofrío me recorrió la piel. Inspiré hondo, tratando de contener el peso que se agolpaba en mi pecho.
—Yo no diría eso —repliqué, bajando la mirada—. A la empresa le fue fácil empujarme a renunciar… después de cinco años. Me desecharon por rumores, como si nunca hubiera importado.
Al decirlo, me levanté despacio, con un movimiento casi ritual, y me incliné en una breve reverencia.
—Creo que esta entrevista ha perdido su propósito. Si no le molesta, me retiro, señor Damián.
El roce de la silla contra el suelo marcó mi decisión. Pero apenas di un paso hacia la salida, sentí sus movimientos tras de mí. Damián se levantó con decisión y en segundos me interceptó. Su cercanía era sofocante; su mirada, un filo entre el reproche y una atracción peligrosa.
—No, Anna. No puedes irte así. Aún tengo demasiadas preguntas.
Contuve la respiración.
—¿Preguntas? ¿Sobre mis capacidades para la vacante… o sobre esa supuesta colaboración que insiste en recordarme?
Una sonrisa sesgada se dibujó en sus labios, más cercana a la ironía que a la amabilidad.
—Por supuesto, sobre tus habilidades para el puesto —Su voz bajó, acariciándome en un susurro—. Pero también… sobre ese misterioso caso de memoria perdida que parece envolverte.
Avanzó un paso más, invadiendo mi espacio hasta rozar el límite de lo prohibido. Podía sentir el calor de su presencia, el magnetismo extraño que me repelía y me atraía al mismo tiempo. Pero su cercanía me hacía pensar que lo que menos le interesaba era el puesto.
—Muy bien —respondí, bajando la mirada, temerosa de que descubriera la impaciencia, la vulnerabilidad… y quizá algo más—. Si es sobre la vacante… ¿Qué dudas tiene? Todo está consignado en mi currículum.
Negó con la cabeza sin apartarse, su postura seguía cercana y dominante.
—Eso es lo que dice tu currículum, sí. Pero hay mucho más detrás de unas cuantas hojas de papel, Anna. Detrás de los hechos, de las decisiones que tomamos.
—¿Leyó mi currículum? Ya sé que estoy sobrecalificada, pero le aseguro que no tengo inconveniente en desempeñar un cargo menor al que tuve antes. Si eso es un problema, dígamelo y terminamos esta entrevista aquí mismo. Llevaré mi currículum a otro lugar.
Damián soltó una risita burlona; sin embargo, su expresión permaneció seria.
—Oh, no, no es eso. Tienes demasiado talento para pasarlo por alto. Lo que me preocupa es que… parece que has olvidado quién soy yo. Y eso no puede ser casualidad.
Con mi última gota de paciencia, intenté sonar calmada. Podría estar hablando con mi futuro jefe, pensé.
—Señor Damián, ¿podría decirme qué es exactamente eso que olvidé de nuestra supuesta relación laboral?
Me dio la espalda y caminó hasta la ventana. La ciudad parecía un tablero de ajedrez desde allí. Luego volvió a girarse hacia mí con esa mirada fría y distante.
—Nuestros proyectos eran altamente clasificados. Tú trabajabas en inteligencia artificial y yo en seguridad nacional. Era crucial mantener ciertas operaciones fuera del radar público.
—¿Inteligencia artificial? ¿Seguridad nacional? Los datos que analizaba no tenían relación con eso.
Un destello de ira cruzó fugazmente sus ojos antes de calmarse. Se sentó de nuevo, cruzando los brazos sobre el escritorio.
—También trabajabas en patrones de comportamiento humano, análisis de redes sociales, predicciones demográficas…
—Exacto. ¿Qué relación puede tener todo eso con lo que usted menciona?
Sonrió de manera extraña, como si estuviera destapando un secreto peligroso.
—Muchísima. Patrones de comportamiento, redes sociales, predicciones… todo es parte de un gran rompecabezas. Un rompecabezas que involucra a muchos jugadores, algunos que no quieren ser identificados.
Solté un suspiro de frustración.
—A ver si le entiendo. ¿Me está diciendo que pasé cinco años trabajando para una empresa que tenía motivos ocultos para analizar esa información?
Asintió lentamente, clavándome los ojos.
—Así es. Ese fue tu rol en el equipo: analizar datos para beneficio de nuestros clientes, quienes los usaban para tomar decisiones críticas en política, economía y sociedad.
Comencé a caminar por la sala intentando procesarlo, luego volví a sentarme.
—Todo este tiempo pensé que esa información solo servía para mercadeo, para vender productos y ya.
Después de unos segundos, continué:
—Y en todo esto, ¿por qué se supone que debo recordarlo?
Se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando de interés.
—Porque tú y yo, Anna, formamos parte de un pequeño grupo clave. Éramos quienes obteníamos los datos más sensibles, los que hacíamos las conexiones más importantes entre los distintos flujos de información.
—¿Debo asustarme? ¿Alguna vez nos vimos? No lo recuerdo de ningún lugar.
Damián entrecerró los ojos, su expresión tensa.
—Claro que nos vimos, Anna. Muchas veces. En reuniones, en llamadas, incluso en ocasiones personales…
Se levantó bruscamente y se acercó a mí, su voz bajó hasta un murmullo amenazador.
Adopté un tono irónico.
—Bien. Entonces dígame: si compartimos tantos eventos, ¿por qué no lo recuerdo?
Su respiración se volvió pesada; sus ojos ardían con una furia contenida.
—Porque alguien te manipuló, Anna. Alguien borró esos recuerdos de tu mente. Y ahora, quiero saber quién fue.
—Genial. Ya somos dos. No sabía que existía gente por ahí borrando recuerdos.
Las pupilas de Damián se dilataron ante mi sarcasmo, pero pronto se recompuso. Su expresión volvió a ser fría y determinada.
—No hay humor en esto. Esto es vida o muerte. Y tú ya perteneces a este mundo, aunque creas que lo has olvidado.
—Al único mundo al que pertenezco ahora es al del desempleo. ¿Puedo irme? Tengo necesidades reales que cubrir con un empleo real.
Adiós a mi oportunidad en esta empresa, pensé mientras me levantaba y caminaba hacia la puerta.
Damián corrió, cerró la puerta con fuerza y bloqueó mi salida con su cuerpo. Se inclinó hasta mi rostro; sus palabras eran un susurro áspero y urgente.
—No puedes irte, Anna. No hasta que sepamos la verdad.
—No me interesa. Averiguar la verdad es asunto suyo. Yo solo quiero irme. ¿Va a obligarme a quedarme?
Damián retrocedió un paso sin apartar su mirada. Su voz, grave y autoritaria, se volvió casi un ruego.
—No te preocupes, no te retendré en contra de tu voluntad. Pero debes entender: esto es mucho más grande de lo que piensas. Tu memoria es crucial para nosotros.
—Debieron pensarlo antes de sugerirme renunciar.
Exhaló con frustración.
—Lo sé, fue un error. Pero no podemos permitir que sigas adelante sin recuperar tus recuerdos. Hay demasiado en juego.
Avanzó hacia mí y extendió una mano hacia mi hombro, casi implorante.
—Anna, por favor. Regresa conmigo.
—¿Regresar a dónde?
Su expresión se ensombreció; sus ojos, profundos, parecían escarbar en mi interior.
—A tu pasado, Anna. A la persona que eras antes de que alguien decidiera borrar tus recuerdos. A reencontrarte para que podamos seguir adelante juntos en esto.
—¿Te has puesto a pensar que quizá no quiero recordar? —mi voz ya sonaba alterada.
Damián parpadeó, sorprendido por mi insinuación.
—No… no es eso. Quiero decir… quizás no seas consciente de cómo tu memoria afecta tu presente y tu futuro. Tenemos recursos para ayudarte a recuperarla, si así lo deseas.
—Ya tengo suficiente por hoy, Señor Damián. Le dejé mi número de teléfono en el currículum.
Me giré y comencé a caminar por el pasillo hacia el ascensor. Solo quiero estar en mi cama. Quizá lo que me falta son unas cuantas horas de sueño, pensé.
Damián quedó anclado en la habitación, su mirada me persiguió hasta el último segundo, justo antes de que las puertas del ascensor se juntaran en un silencio metálico.