CAPÍTULO 1 Luna
Habíamos estado esperando la lluvia. Llevábamos meses anhelando un poco de agua para las siembras. Era una sequía terrible, nos estaba afectando de sobremanera. Las pocas frutas y vegetales que podíamos conseguir costaban una fortuna, y nuestros animales estaban tan flacos que se estaban muriendo. Muchas personas ya ni siquiera tenían dinero para comprar comida y se estaban arriesgando a robar. A la mayoría los descubría la guardia real y eran castigados por sus acciones. La guardia real estaba compuesta por inmortales inferiores para poner orden en el lado humano, y para que no olvidáramos quién tenía realmente el poder sobre nosotros.Estaba segura que nada podía ser peor, pero me equivocaba.
Estábamos esperando la lluvia, hasta que por fin vino una noche y nos inundó. Fue tanta la lluvia que desbordó el río, las casas más cercanas quedaron inhabitables, todo se transformó en barro y escombros, gritos y llantos de las personas en medio de la noche. Fue difícil poder ayudar sin arriesgarse a resbalar en el barro y terminar en el río.
Cuando al fin vino la mañana y el sol salió, pudimos darnos cuenta del real desastre que quedó. Fue como si la lluvia hubiese estado conteniéndose por demasiados meses y de pronto se liberara todo en una noche. Muchas personas perdieron todo. A otras personas se las llevó el río. Algunas tantas quedaron lastimadas y recurrieron a mí en busca de ayuda. De un momento a otro me vi atiborrada de trabajo, pero no un trabajo donde me pagaran. Yo no podía cobrarles a esas pobres personas que habían perdido todo. Me moví de un lugar a otro, ayudando con mis medicinas de hierbas y mis básicos conocimientos de curación. Las personas me agradecieron mucho y yo me di por pagada con eso.
En el pueblo me conocían como una sanadora. Y la gente que recurría a mí, no solo en catástrofes, me decían que era una buena sanadora porque la mayoría de las veces, había podido curarlos. Yo pensaba que también la suerte estaba de mi lado a la hora de ayudar a la gente, porque fue poco el conocimiento que pude adquirir ya que no pude terminar mis estudios en la escuela del pueblo, estudios que eran precisamente para eso, para ser una buena sanadora con conocimiento más amplios en hierbas medicinales. Pero ya no podíamos seguir pagando porque la pobreza nos afectó a todos en el lado humano. A unos más que otros, pero a todos al fin y al cabo, aunque las personas ricas del lado humano jamás admitirían sus pérdidas.
Los inmortales muchas veces venían a divertirse, según ellos, al lado humano. Nos atemorizaban, nos robaban y hasta mataban. Al menos eso ya no ocurría porque su rey, les había ordenado que ya no volvieran a este lado y que nos dejaran en paz. Y al parecer se lo tomaron muy literal porque desde entonces el comercio ha disminuido en este lugar y la pobreza atacó. Tres años han pasado desde eso. Tres años en que tuve que abandonar mis estudios y dedicarme a trabajar en cualquier cosa para obtener unas monedas extras y sobrevivir junto a mi padre.
Me esforzaba mucho para poder conseguir unas monedas extras, sobre todo desde que a mi padre le comenzaron a pagar mucho menos, debido a la crisis. Él me pedía que no trabajara tanto, que él podía arreglarse, pero eso no era cierto. Mi padre había intentado encontrar otro trabajo, pero nadie quería contratar a una persona vieja y enferma. Yo no tenía a nadie más en el mundo que a mi padre, así que también por eso me esforzaba demás para que él pudiera descansar y quizás sanar. Llevaba meses tosiendo sin parar, últimamente su tos venía acompañada de sangre. Yo había leído demasiados libros buscando una cura, pero había poca información al respecto. Me sentía impotente y lo único que me quedaba era seguir trabajando para ayudarle.
- Ven cariño, se te está escapando un mechón de cabello. – Dijo mi padre ayudándome a acomodar mi cabello debajo del pañuelo. Siempre tenía cuidado de que ningún cabello quedara a la vista de los demás, las pocas personas que me habían visto sin mi pañuelo, se habían sorprendido demasiado y no para bien. Así que siempre lo usaba cuando estaba fuera de mi casa. A la gente parecía no importarle verme cubriendo mi cabeza, por lo tanto yo no le daba mayor importancia.
- ¿Ya quedó? – Le pregunté a mi padre. – Ya me tengo que ir, se me hace tarde. Recuerda tomar tu medicina y por favor, descansa. – Tomé mi bolso y un abrigo. Besé la coronilla de mi padre y me dispuse a salir de casa. – Quizás hoy llegue un poco más tarde, no me esperes para cenar. Te amo papá. Nos vemos luego. –
- Hija, no es necesario que te mates trabajando. –
- Ya no volvamos a hablar de lo mismo por favor. Adiós papá. – Salí de casa hacia la gélida mañana. Me puse el abrigo y caminé hacia mi trabajo.
Para llegar a mi trabajo, tenía que cruzar casi todo el pueblo, era como una hora completa caminando hacia las casas de los humanos ricos. Todos ellos habían decidido vivir en un mismo sector, como si mezclarse con la gente pobre los pudieran contagiar de sus miserias. Yo había conseguido ese trabajo gracias a una amiga que era una de los pocos empleados que había en la casa de Los Johnson. Mi labor era cocinar, limpiar y lo que se requiriera en realidad, eso incluía hacer compras y también jardinería. Al menos, nos llevábamos bien todos los empleados, eso hacía más ameno estar trabajando tantas horas. A mitad de camino me encontraba con Natt, mi amiga, y nos íbamos juntas al trabajo.
En cuanto llegábamos a la casa de Los Johnson empezaba el caos. La señora Johnson era una persona un poco histérica y quisquillosa. Siempre nos estaba mandando hacer de todo, aunque ya sabíamos cuáles eran nuestras funciones, y el señor Johnson era un poco más amigable aunque muy estricto. Todo siempre tenía que ser perfecto.
- Qué bueno que llegan. – Nos dijo la señora Johnson apenas entramos en la cocina. – Esta noche habrá una pequeña reunión, vendrán personas muy importantes y necesito que todo esté perfecto. Deben preparar un banquete y también tendrán que quedarse hasta que todos los invitados se hayan ido, quizás pase de la media noche. – Nos miró con algo de arrogancia a Natt y a mí. – De esta noche depende si siguen trabajando o no en mi casa, así que más les vale hacer de esta noche algo espectacular. –
La señora Johnson salió de la cocina sin dejarnos responder nada. Con Natt nos miramos resignadas. Necesitábamos el trabajo, así que no nos quedaba más opción que obedecer.
- Vaya manera de mierda para empezar el día. Tendremos que trabajar 16 horas hoy, si es que más y mañana debemos volver a trabajar frescas como una lechuga. – Dijo Natt cubriéndose la frente con una mano. – Además, no sé cómo espera que hagamos un banquete si tenemos ingredientes tan limitados. –
- Ni yo, pero tendremos que hacerlo. – Le respondí. – Pongámonos a trabajar mejor. –
El día pasó rápido con tantas cosas que hacer, junto con un par de empleados más preparamos todo. Cuando llegó la hora de la dichosa reunión, atendimos a todos los invitados con una sonrisa en los labios. Pasada la media noche, habíamos terminado al fin de limpiar todo. Me dolían los pies y la cara de tanto forzar una sonrisa. Cogí mis cosas y con Natt caminamos hasta nuestras casas. Había unas pocas antorchas encendidas en las calles que iluminaban nuestro camino. Sentí miedo para cuando Natt llegó a su casa y yo tuve que continuar sola mi camino. Apuré el paso hasta casi correr. Por suerte no sucedió nada y llegué a salvo a casa.
Transcurrió la semana demasiado rápido para mi suerte y me encontré en uno de mis dos días libres. Mi padre fue a hacer un trabajo extra de carpintero. No sé de dónde sacó fuerzas para hacer todo eso. Me quedé sola en casa, así que decidí ir al mercado a hacer unas compras con el dinero que me pagaron por esa semana de trabajo. Cubrí mi cabello, me puse mi abrigo y tomé una canasta para compras, luego salí de casa.
En el mercado había poca variedad de alimentos. Muchas de las frutas y vegetales no estaban en muy buen estado, sin embargo debía comprar para abastecernos durante una semana. Estaba en un puesto del mercado comprando un trozo de pan cuando sentí un olor delicioso, como a azúcar y vainilla. Se me antojó lo que fuera que estaban cocinando, y de manera casi hipnótica, comencé a seguir el olor. Caminé hasta salirme del mercado y hasta de los senderos que usábamos para cruzar el bosque. Me sumergí en el bosque casi sin darme cuenta, incluso aún más adentro de lo que nunca había entrado para buscar hiervas medicinales. El olor me tenía en un trance. Cuando al fin pude reaccionar, me encontraba en un camino de grava. Mierda. No sabía dónde estaba y no estaba segura de cómo regresar. Lo más sensato hubiera sido dar la media vuelta e intentar volver. Pero el olor…
Decidí que podía adentrarme un poco más y al menos averiguar de dónde veía el olor. A medida que iba avanzando, comencé a oír pasos. Eso fue todo. Me di la media vuelta para volver, pero me encontré de frente con un hombre. Era hermoso y muy alto. Tenía el cabello negro y corto, ojos color miel, mandíbula marcada y labios carnosos. Piel clara y un cuerpo musculoso que no podía esconderlo con su ropa. Estaba serio y tenía el entrecejo marcado. Me observaba de pies a cabeza.
- Creo que te has perdido. Estás en un sector privado. – Me dijo el hombre.
- Sí, lo siento. Me iré ahora mismo. – Le respondí y comencé a alejarme de él.
- Espera. – Me tomó del antebrazo, pero sin presionar. – Creo que nos hemos visto antes. –
- No… no estoy segura. – Le dije un poco nerviosa.
- ¿Cuál es tu nombre? –
- Luna. – Dije tragando saliva. - ¿Cuál es el tuyo? –
- Da… Ed, Ed es mi nombre. – Pareció dudar. - ¿Estabas buscando algo? Te veías muy curiosa. –
- En realidad no sé qué buscaba, sólo seguí un olor. Sin darme cuenta me encontré aquí. –
- Un olor ¿Eh? –
- Sí, como a azúcar y vainilla. – Su cara fue de sorprendido total.
- Esto sonará extraño, pero yo salí de mi hogar sintiendo el mismo olor, luego me encontré contigo y ya no lo huelo más. –
- Bueno, sí que es bastante extraño. Yo tampoco lo huelo ahora. – Nos quedamos mirando a los ojos unos cuantos segundos. – Ya debo irme. –
- ¿Debes irte tan pronto? Si me permites, podría mostrarte un lugar y luego te acompaño hasta tu casa. ¿Qué dices? – Me preguntó.
- Es que… no te conozco. –
- Cierto. Puedo prometerte que no hay nada que temer. – Lo miré fijamente otra vez. No sabía cómo, pero estaba segura de sus palabras. Así que confié.
- Está bien. Vamos. – Le respondí y él me ofreció una sonrisa.
Me llevó por entremedio de unos árboles y unas flores que yo jamás había visto en el lado humano. Quizás sólo crecían en las profundidades del bosque, justo donde estaba yo, pero por alguna razón no tenía miedo. Llegamos a un lago y me invitó a tomar asiento cerca del agua. Acomodé mi canasta a un lado y me senté a contemplar el hermoso paisaje. Ed se sentó junto a mí.
- Entonces Luna, ¿Qué me puedes contar? – Preguntó Ed.
- Creo que prefiero que comiences tú a contarme sobre ti. –
- Está bien. Vivo cerca de aquí, no tengo padres y tengo un par de posesiones. Ahora es tu turno. –
- Esa es poca información. – Sonreí. – Yo vivo un poco más lejos, vivo con mi padre y soy empleada en una casa.
- ¿Y tu madre? –
- Ella murió dándome a luz. –
- Lamento oír eso. – Hizo una pausa. – Mis padres murieron hace algunos años, es extraño no tenerlos, pero si soy sincero, me siento libre, al menos, más libre de lo que era antes.
- También lamento lo de tus padres. –
- Oh, no lo lamentes. Eso ocurrió hace mucho tiempo. – Se quedó pensando un momento. Cuando creí que ya no diría nada más, volvió a hablar. - ¿Por qué cubres tu cabeza? –
- No es nada. –
- No creo que no sea nada. – Suspiré.
- Tengo el cabello blanco, completamente blanco y las pocas personas que lo han visto se impresionan, pero no para bien. –
- ¿Puedo verlo? –
- Está bien. Solo, no te marches luego. – No sé por qué estaba confiando en alguien que apenas acaba de conocer y le estaba contando cosas tan privadas, pero absurdamente me sentía cómoda.
- No lo haré, lo prometo. – Con movimientos hábiles, desaté el nudo del pañuelo, dejé mi cabello suelto y esperé. – Es… magnífico. De seguro por eso tu nombre es Luna, por el color de tu cabello. –
- Eso es justamente lo que me dijo mi padre. –
- Te queda muy bien. -
Nos quedamos en silencio un buen rato mirando el lago, pero no era incómodo. Ed se recostó un rato poniendo sus antebrazos detrás de su cabeza y yo me quedé junto a él observando alrededor. Sin darme cuenta comenzó a atardecer. Tenía que irme o me encontraría sola en el bosque de noche y no quería encontrarme con los horrores que ahí habitaban.
- Perdí la noción del tiempo. Tengo que irme ya. – Dije poniéndome de pie y tomando mi canasta.
- Claro, te acompaño a casa. Déjame ayudarte con tu canasta. – Dijo Ed.
- No es necesario. –
- Insisto. – Tomó la canasta y con delicadeza la sacó de mis manos. – Por cierto, ¿Qué llevas? Hay algo que no huele bien. – Abrió la canasta sin que le diera permiso. – Esos tomates no tienen buen aspecto. ¿Por qué llevarías tomates así? –
- Es lo único que pude conseguir en el mercado. No han llegado buenos alimentos y toca comprar lo que hay. – Me encogí de hombros.
- ¿En el mercado… de los humanos? - Preguntó Ed, escéptico.
- Claro, ¿Es que tú no compras ahí? – En cuanto terminé de hacer la pregunta me di cuenta de que Ed no era humano y al parecer él se había dado cuenta de que yo sí lo era.
- Eres humana. Yo no te olí como una. No hueles a humana para nada. Creí que eras una de las inmortales inferiores. –
- Vaya. No sé si tomarme eso como un cumplido o una ofensa. – Le quité la canasta de las manos y comencé a caminar por donde vinimos.
- Espera un momento, Luna. No te vayas aún. – Me detuve y lo miré a los ojos. – Lamento si te ofendí, no fue con intención. Solo… déjame arreglarlo. – Tomó mi canasta nuevamente, la abrió e hizo algo con sus dedos. Frente a mis ojos había unos tomates frescos y el resto de alimentos también lo parecían. – Lo siento, no me importa si eres humana realmente. ¿Puedo acompañarte ahora a casa para que no corras peligro en medio del bosque?
- ¿Cómo hiciste eso? –
- Magia. Algunos inmortales tenemos dones. Quizás habías oído hablar de eso. –
- Ajá, es solo que nunca había visto algo parecido. ¿Qué se supone que eres? –
- Creo que eso te lo diré la próxima vez que te vea, así me aseguro que vuelvas.
- ¿Quieres verme otra vez? –
- Me gustaría, pero creo que tú no. ¿Tienes miedo? –
- No… es que aún estoy en shock. –
- Está bien. Te acompaño de vuelta. -
El camino de regreso al lado humano se hizo breve. Cuando ya empecé a ver los senderos, me detuve y acomodé mi cabello bajo el pañuelo.
- Creo que será mejor que me acompañes hasta aquí. – Le dije a Ed. – Ya puedes devolver mi canasta. –
- ¿Nos veremos otra vez mañana? –
- ¿Mañana? –
- Sí, después del amanecer. Te estaré esperando aquí mismo. – Me devolvió la canasta.
- Está bien, te veré mañana. Y gracias por arreglar esto. – Señalé la canasta. Me sonrió y le correspondí, luego me di la vuelta y caminé hasta mi casa.
Cuando llegué a casa dejé la canasta sobre la mesa y fui a lavarme las manos. Mi padre no llegaba aun así que preparé la cena para ambos mientras lo esperaba.
Pasada una hora, mi padre llegó a casa. Se veía terriblemente agotado. Lo ayudé a quitarse el abrigo y a dejar su pequeño bolso sobre una silla.
- Te ves demasiado cansado, papá. No debiste aceptar ese trabajo, no es necesario que trabajes tanto. – Le dije ayudándole a sentarse.
- Es necesario, hija, todo el dinero que podamos juntar para estos tiempos de crisis. – Respondió mi padre.
- Ya sé a quién salí tan terca. – Sonrió. – Te serviré la cena enseguida. Puse a calentar agua para que puedas darte un baño luego. –
- Gracias, hija mía. –
Después de cenar, limpié la cocina. Luego me di un baño y fui a mi pequeña habitación. Traté de dormir, pero no podía. Lo que había sucedido durante el día fue muy extraño. Conocí a alguien, a un inmortal y me sentí cómoda y en confianza, como si lo conociera de toda la vida. Luego él se aseguró que regresara a salvo. Nada de eso tenía lógica. Ellos nos gobernaban, no interactuaban con nosotros porque éramos demasiado poca cosa para prestarnos más atención de la que merecíamos, según ellos. Sin embargo, hace más de tres años sí que les servíamos. Éramos mano de obra barata, cosechábamos sus alimentos y podíamos proporcionarles lo necesario para que pudieran tener una muy buena calidad de vida, incluso para los inmortales inferiores. Nosotros también salíamos provechosos de eso, porque nos facilitaban lo necesario para producir sus alimentos, desde semillas, abono y muchas veces, hasta el agua. Nos daban ganado para alimentarlos y mantenerlos hasta que ellos los pidieran de vuelta, faenados. Producíamos sus muebles, ropa, hasta perfumes. Cuando se rompió el contacto, todo eso cesó y bueno, la crisis y la pobreza vinieron para quedarse.
Unos golpes en la puerta de mi casa me sacaron de mis pensamientos. Me cubrí el cabello y puse una manta sobre mi cuerpo para tapar mi ropa de pijama e ir a abrir la puerta. Cuando salí de mi habitación, me encontré con mi padre que también salía de su habitación. Siempre que golpeaban la puerta de esa manera y de noche, sabíamos que se trataba de alguien enfermo buscando a la sanadora. Mi padre siempre iba conmigo porque temía que pudiera ser otra cosa, alguien con malas intenciones.
- Sanadora Luna, lamento molestarla, pero mi hijo ha estado muy mal, apenas puede respirar y su piel está ardiendo. – Dice una madre con las mejillas mojadas en lágrimas, parada en mi puerta con su hijo pequeño en brazos. Inmediatamente le hago espacio para que puedan entrar.
- Adelante, entren. Acomodemos al pequeño en el sofá. – Teníamos un pequeño sofá junto a la chimenea. El mismo sofá que yo conocía desde que nací. – Déjeme revisarlo. – La madre me ayudó a quitarle la ropa y yo revisé al niño de la cabeza a los pies. Realmente le dificultaba respirar. Me dirigí a mi padre. – Papá, necesito que me prepares paños húmedos para bajar su fiebre. –
- Dígame por favor, sanadora Luna ¿Mi niño se pondrá bien? –
- Haré todo lo posible para que esté bien. Prepararé unas hierbas que le ayudarán. Ya vengo. – Fui hasta la cocina y comencé a mezclar unas hierbas. Al cabo de un rato volví con ellos. – Ayúdeme a sentar al pequeño para que pueda beber esto. – Le di las hierbas y comencé a ponerle paños húmedos en su cuerpo, asegurándome de humedecerlos nuevamente cada cierto rato. Después de dos horas, el niño comenzó a respirar con normalidad y su fiebre había cedido.
- Gracias, gracias por ayudar a mi niño. – Me dijo la madre llorando cuando se dio cuenta de la mejoría de su hijo. Solo le sonreí porque también estaba conmovida. Mi padre me miraba con el orgullo reflejado en su rostro, al otro lado de la habitación.
Cuando me aseguré de que el niño realmente había mejorado y podía respirar bien, dejé que se marcharan él y su madre. La madre quiso pagarme con monedas y me negué rotundamente. A pesar de que éste también lo consideraba un trabajo, no podía cobrarles por algo así. Ella prometió darme alguna compensación aunque volví a negarme. Al final accedí para que pudieran ir a descansar y yo también. Cuando volví a mi cama, el sueño me reclamó al instante.
La luz del sol se filtraba por las partes que la cortina no cubría. Me había quedado dormida. Ed me estaría esperando en el bosque después del amanecer, esperé que no fuera demasiado tarde. Me vestí en tiempo record. Ni siquiera busqué algo para comer en la cocina, pero de todos modos me detuve frente a la mesa a leer una nota que había dejado mi padre. La nota decía que había ido nuevamente a trabajar y que quizás llegaría tarde. Y que no había querido despertarme para que pudiera descansar. Guardé la nota en el bolsillo de mi abrigo y me apresuré a salir.
Aún era muy temprano y a pesar del sol, hacía mucho frío. Si algo odiaba de este pueblo era que el clima era extremo, en invierno el frío penetraba hasta los huesos y el verano era un verdadero infierno. La primavera y el otoño pasaban desapercibidos. Así que todos estábamos condenados. Apresuré el paso hasta el bosque. Apenas puse un pie en un sendero, lo vi.
- Viniste. Pensé que en realidad no querías volver a verme. – Dijo Ed a modo de saludo.
- Me quedé dormida, lo siento. Ed, no deberías estar tan cerca de los senderos, los otros humanos podrían verte. –
- Lo sé, es que estaba un poco ansioso. Incluso creí que quizás te perdiste y quise ir en tu ayuda. – Le sonreí.
- Gracias por eso. –
- ¿Estás lista? Tengo algo preparado para hoy. –
- Estoy lista. Vamos, te sigo. –
Caminamos por el bosque, uno cerca del otro. A pesar de haberlo visto el día anterior, no pude no impresionarme con su persona nuevamente, con su altura. Yo apenas le llegaba a los hombros. Y ni hablar de sus facciones y su aspecto. Era hermoso. Definitivamente, todo su ser gritaba que no era humano. No sé cómo no pude notarlo inmediatamente. Estaba tan absorta en mis pensamientos que no noté que habíamos llegado al mismo lago del día anterior, pero esta vez había una manta extendida sobre el suelo y una canasta.
- Me he tomado el atrevimiento de preparar algunas cosas para comer. Espero que te gusten. – Ed me ofreció su mano para poder sentarme sobre la manta. Luego abrió la canasta y comenzó a sacar platos con comida. Quesos, pan, frutas, pasteles y algunas golosinas. Además de una jarra con jugo de frutas. Mi estómago aprovechó la ocasión para rugir y Ed pareció oírlo porque se rio. – Supongo que no comiste nada aún. Adelante, prueba lo que quieras. –
- Eres muy amable. Gracias por preparar esto. – Estiré mi mano para probar uno de los pasteles. Parecía que era de chocolate. Al primer bocado sentí que mi boca explotó en sabor. No pude evitar gemir.
- Creo que deberé comer uno de esos también. Parece estar muy bueno. – Dijo Ed.
- Lo está. ¿Es chocolate, verdad? –
- Lo es. ¿Habías comido chocolate antes? – Preguntó Ed.
- Nunca. No creí que fuera así. Jamás pudimos darnos el lujo de comprar chocolate. Antes de la crisis, no nos sobraba el dinero como para darnos gustos, ni siquiera de vez en cuando, aunque tampoco nos faltaba para vivir decentemente. – Mi mente recordó el tiempo hace más de tres años, cuando estábamos bien. – Ahora por supuesto, esas cosas son impensables. –
- Eso es lamentable. ¿Desde cuándo están en crisis? Ayer ya no pude preguntarte bien cuando mencionaste lo de las compras en el mercado. –
- Poco más de tres años. Tu rey les ordenó a algunos inmortales que se alejaran de nosotros porque la mayoría del tiempo ellos solo hacían daño, y eso desencadenó que se cortaran los lazos con los humanos. Nos dejaron a nuestra suerte, junto con eso la sequía. Los alimentos escasean, todo subió su valor. Hay menos trabajo y en fin, las cosas no parecen mejorar. – Me encogí de hombros.
- Eso es terrible. No recuerdo haber ordenado, digo, que el rey haya ordenado cortar esos lazos. Eso explica por qué de pronto los inmortales inferiores trabajan tanto y en cosas que habitualmente no hacían, porque están supliendo el trabajo que antes hacían los humanos.– Ed se puso serio.
- Eso quiere decir que tú no eres un inmortal inferior ¿o sí? ¿Me dirás hoy qué eres? – Le pregunté con curiosidad.
- Cierto. Prometí que te lo diría. Digamos que soy un poco de muchas cosas. Tengo varios dones y definitivamente eso no me hace un inmortal inferior. Soy lo contrario a eso. –
- Entonces eres… ¿un superior? – Le dije un poco nerviosa. Aunque era obvia su respuesta, su afirmación debería provocarme miedo. Sabía que podía hacerme daño con el mínimo esfuerzo y sin embargo, ahí estaba yo. Confiando en él sin tener razones y sin tener miedo, solo un poco de nerviosismo.
- Lo soy. Pero no pienses que soy un desalmado. No lo soy, salvo cuando tengo que serlo. –
- ¿Eso qué quiere decir? –
- He vivido mucho tiempo, Luna. He visto demasiadas cosas, cosas horribles y he tenido que luchar unas cuantas veces en algunas guerras. He hecho cosas innombrables para mantener la paz bajo la orden del rey, del antiguo rey. – Me miró fijo a los ojos como evaluándome. – No he sido piadoso, no he sido bueno. Soy un inmortal superior muy poderoso…
- Definitivamente lo eres. – Le dije sin darme cuenta.
- Pero todo eso no es lo que quiero ser en realidad. No quiero ser lo que el antiguo rey decía que podía ser. Quiero ser un inmortal bueno, que vele por las paz de todos. –
- Creo que tienes el potencial para ser lo que tú quieras. No sé qué podría frenarte. –
- Son demasiadas cosas, demasiadas presiones. –
- Supongo que no es momento de hablar de eso ¿Cierto? –
- Es cierto. Apenas nos conocimos ayer y ya te estoy contando mi vida. – Ambos sonreímos.
- Entonces ¿al menos me dirás tu edad? – Pregunté intentado cambiar un poco el tema.
- Seiscientos catorce años. Espero que eso no te moleste. – Pude divisar susto en sus ojos, pero desapareció rápido.
- No, si a ti no molesta mi edad. – Respondí a modo de broma.
- Por supuesto que no. ¿Cuántos años tienes? –
- Veintisiete. –
- Vaya. Sí que eres vieja. – Empezó a reírse y yo le arrojé un par de uvas que él agarró sin problemas.
- En cierto modo lo soy. Los humanos envejecemos más rápido. –
- Sí, pero creo que eso no se aplica a ti. Te ves menor de veinte años. -
- Gracias. La edad no es importante para mí en realidad, si no lo que uno es y logra hacer en esta vida. –
- Eso es cierto. – Me miró con ternura. - Creo que deberíamos dejar de hablar y comer más. Tu estómago ha estado reclamando desde hace rato. –
- ¿Tanto ruido hace? Apenas lo escucho yo. –
- Tenemos el oído más agudizado. –
- Vaya. Son muchas cosas. Ustedes son realmente interesantes. –
- Yo diría que tú eres la interesante. Aun no puedo olerte como humana, eso es extraño. ¿Estás segura que eres sólo humana? –
- Lo soy. Soy hija de dos padres humanos. Nací y he vivido siempre del lado humano al igual que mis padres. Quizás tu olfato está fallando. Esas cosas ocurren en la vejez. – Bromeé y él soltó una carcajada.
Después de comer como si no hubiera mañana. Nos recostamos en silencio sobre la manta. Cerré los ojos un momento. Ed tocó mi hombro con suavidad y dijo mi nombre un par de veces.
- Creo que ya es hora de despertar, dormilona. – Me había quedado dormida sin darme cuenta.
- Lo siento. No me di cuenta. – Me incorporé y mi pañuelo se salió de mi cabello, dejándolo libre. Intenté cubrirlo nuevamente, pero una mano de Ed me detuvo.
- Déjalo, así lo puedo admirar. Y no hay problema, solo fueron un par de horas. Debes estar muy cansada supongo.
- Un poco. Anoche ayudé a un niño pequeño, le costaba respirar y tenía fiebre. Su madre acudió a mí en busca de ayuda. –
- ¿Eres una especie de sanadora o curandera? –
- Algo así como una sanadora. Al menos así me dice la gente. Estaba estudiando en la escuela del pueblo para ser una sanadora real, pero no pude terminar. –
- Entiendo. Quizás en un futuro puedas terminar con los estudios, aunque creo que si la gente recurre a ti aun sin tener el máximo de conocimientos, dice más de ti de lo que crees. Quizás es como un don, en el sentido humano por supuesto. –
- Ed, ¿por qué me dices esas cosas? Apenas nos conocimos ayer y hoy estamos hablando con total confianza como si nos conociéramos de toda la vida. Dime, ¿estás usando alguno de tus dones conmigo? – Le pregunté.
- No. Ningún don. Yo también estoy sorprendido. No tengo explicación para esto, solo sé que quería tu compañía otra vez. –
- Aun no me dices lo que eres. –
- Cierto. Ya te dije que tengo varios dones, eso es porque soy una mezcla de los inmortales más poderosos. Lo que quiero decir, es que en realidad… - Hasta ahí quedó su confesión porque nos vimos interrumpidos por la guardia real.
- ¡Aléjate del rey, bruja! – Gritó uno de los guardias, mientras que el resto de la guardia real nos rodeaba. – Su majestad, ¿Se encuentra bien? – Miré a mí alrededor para ver a quién le hablaba. Le hablada a Ed. Ed era su rey y un par de soldados lo estaban ayudando a ponerse de pie y a alejarlo de mí. Como si yo pudiera realmente lastimarlo. Aunque al parecer ellos creían que sí podía hacerle daño porque me llamaron bruja. Pero se equivocaban, yo no era una bruja, solo era humana. O quizás eso creía la guardia por mi cabello. Me giré en dirección a Ed para que explicara la situación, pero se lo estaban llevando, alejando de mí. Yo me había quedado sola, de pie sobre la manta que había traído Ed.
- No soy una bruja, solo soy una humana. Ed… su rey me ha invitado. Él puede decirles. – Le dije al guardia que se acercaba a mí.
- ¿Cómo te atreves a mencionar al rey? – Quise explicarme de nuevo, pero cuando lo iba a intentar, sentí que me agarraron por atrás, ataron mis manos a mi espalda y vendaron mis ojos. – Camina, bruja. – Me llevaron todo el camino a empujones. Ahora sí estaba asustada.








