Capitulo 1
— Hace cientos de miles de años — comenzó el bardo —, cuando los dragones aún no surcaban los cielos y los agudos ojos de los fénix no escudriñaban cada región, existió un desequilibrio.
»Antes de que ninguna raza pisara la tierra, las energías del caos y el orden estaban en conflicto. La Diosa Primigenia, al ver el desastre que el disturbio había causado en los cielos, encapsuló las energías en un cristal mágico que, según cuentan, fue lanzado a la tierra y escondido ante los ojos de humanos y dioses codiciosos.
» Para evitar que el cristal cayera en manos equivocadas, la Diosa Primigenia creó a los dragones; quienes servirían como celadores junto a los fénix. Se dice que el cristal está en el velo entre lo real y lo irreal. Y quien lo obtenga conseguirá distintos poderes que nuestra mente sería incapaz de imaginar.
El bardo finalizó y recibió una oleada de aplausos.
— Esto es absurdo — interrumpió la duquesa Claire.
— Tiene razón — Está vez la voz vino de un hombre de mediana edad — Los dioses no son tan tontos como para dejar un cristal de ese calibre en manos de los humanos.
El bardo frunció la boca, pensativo, antes de chasquear los dedos y responder con calma:
— Los humanos no son la única raza avariciosa. La Diosa Primigenia quería evitar un conflicto mayor y ocultó el cristal tanto de los mortales como de los inmortales.
—¿Está diciendo que los otros dioses también hubieran querido ese poder?— prosiguió Claire.
— En efecto — zanjó el bardo con un asentimiento leve.
El gran salón quedó en silencio por unos momentos antes de que la reina fénix se pusiera de pie para evitar que un escándalo se desbordara.
— Fue una excelente historia— dijo la mujer. Las miradas de todos ahora estaban clavados en ella y en su cabello icónico; rojizo y ondulante como suaves olas del mar — Agradezco su presencia.
El bardo hizo una reverencia solemne y se retiró en silencio del palacio dejando murmullos detrás de si; algunos cuestionando la credibilidad de sus palabras y otros entusiastas ante la incertidumbre que dejó.
La historia era fascinante. La había leído unas cuantas veces durante mi infancia, Pero jamás la había escuchado de la boca de un bardo. La emoción con la que la narró era indescriptible y maravillosa. Era increíble como ellos lograban sumergir a una persona enteramente en un mundo ficticio.
Es por eso que los admiraba.
La reina fénix aplaudió un par de veces y el banquete regresó a ser el tumulto que era antes. La reina abandonó su trono y arrastró su capa rojiza por los peldaños hasta el centro del salón.
— Nuestros ancestros, ¿de verdad fueron los vigilantes del cristal?— me dirigí hacia mi madre. Ella me devolvió la mirada y sonrió un poco.
Pese a ser descendientes de los Fénix, solo poseíamos ciertos rasgos. La historia de nuestros antepasados era borrosa a nuestros ojos. No había conexión entre pasado y presente.
— Así es, pollita. ¿Te gustó la historia?
Yo asentí.
Mi madre, la reina, se alejó solo para envolverse entre el mar de gente. La vi desde mi lugar saludar y conversar animadamente con otros nobles y sus herederos. Yo debería estar conviviendo con ellos, pero preferí apartarme y desviar mi vista hacia la estatua de marfil que se alzaba en una esquina del castillo y representaba a un fénix imponente abriendo sus alas.
Aunque en la actualidad hay tantas razas como flores en el campo, todas y cada una de ellas fueron creadas en la antigüedad por distintos dioses. Todos tenemos habilidades especiales, excepto los humanos…Y yo.
Era difícil, realmente muy difícil, ser la princesa de un reino tan próspero como el nuestro y carecer de talento. Las expectativas de los ciudadanos y nobles pesaban como un yunque sobre mis hombros. Yo era la siguiente en la línea, debía hacerlo bien. Pero a mí edad, mi madre ya danzaba entre aros de fuego y surcaba los cielos con sus grandes alas en llamas.
Y yo…Apenas puedo mantener estable el fuego en mi palma. Quizás porque no había practicado demasiado, tal vez porque realmente nunca me interesó y preferí leer y releer los cuentos de la biblioteca.
En ese momento creía tenerlo todo. Pensé que el cielo estaba al alcance de mi mano. Quizás no debí soñar en grande y relajarme. Debí aprender y aprovechar cada recurso del cual, entonces, disponía.
Me senté en un sillón aterciopelado cercano a una mesa de bocadillos y observé a las personas en el salón. La mayoría charlaba o bailaban en parejas. De entre el montón pude divisar a Eska, hija de la duquesa Anza, bailando con el príncipe Edmund, con quién debería estar yo.
— Esa maldita…— murmuré.
— Vio la carta que le dedicabas al Príncipe Edmund y la hizo pasar por suya — dijo Marilyn, mi dama de compañía, sentándose a mi lado. Le sonreí en cuánto la vi.
— Y se quedó con él — concluí.
— Es difícil que no cayera ante los trucos de esa ninfa. Edmund es un estúpido.
— Eska debió nacer arpía y no ninfa.
— Dicen que las ninfas son igual de traicioneras. Rostro angelical, corazón podrido.
Resoplé al observar de nuevo la escena del baile. Mi corazón se contrajo al notar como el Príncipe Edmund tomaba de la cintura a Eska con tal delicadeza como si fuera a quebrarla con un simple toque.
— Me gustaría no haberla invitado, pero lastimosamente la mamá de Eska forma parte del consejo.
— Pero, ella siempre compara a Eska contigo ¿no? Eso debe ser ya suficiente castigo para ella.
—¿Por qué yo leo y ella no? Eska está forjando vínculos. Yo no tengo eso.
Marilyn suspiró. Sabía que se había cansado de lidiar conmigo.
Mi vista volvió a centrarse en Eska y analicé su rostro. Era delicado, con piel tersa y ojos avellana que combinaban con su cabello rizado bicolor. Dorado en las puntas y de origen marrón.
Definitivamente tenía la belleza de una ninfa.
¿Y yo? Bueno. Yo tengo salud.
Cuando la pieza acabó, los aplausos llenaron el salón y las parejas se dispersaron.
Vi al Príncipe Edmund apartarse de Eska. Sus hoyuelos relucian en una sonrisa y sus ojos negros como la obsidiana, me miraron. No pude evitar sonrojarme y devolverle la sonrisa.
¿Era estúpida? Me bajé de mi nube tan pronto como recordé que mis sentimientos llegaron a él…En manos de Eska.
Vi su cabello negro alborotado haciendo juego con su piel canela cuando se despedía. Edmund no era mi tipo de hombre, pero su sonrisa traviesa había conquistado mi corazón.
— Si lo sigues viendo van a pensar que lo estás acosando. — Esa voz me sobresaltó. Me giré y me encontré con Brittany, mi compañera de Instituto— La mamá de Eska no aprueba a Edmund y lo sabes. ¿Crees que lo de ellos va a funcionar?
— Espero que no — dije en un suspiro desalentador. La mirada que Edmund le había lanzado a Eska era distinta a la que me dedicó a mi: Con ella sus ojos brillaban y su sonrisa se ensanchaba. Le gustaba. Ella le gustaba.
Yo no tenía oportunidad.
La celebración continuó y yo quise distraerme del dolor en mi pecho. Vi a un grupo de personas que arribó al salón. Algunos eran músicos, otros magos. Vi los trucos de estos últimos, embobada. Jugaban con fuego, cosa que yo debería poder hacer.
Mi cabeza comenzó a abrumarse. Yo debería estar jugando con fuego, yo debería estar bailando con Edmund. Yo debería estar forjando vínculos. Yo debería parecer la princesa del reino, pero incluso carecía de la belleza para ello.
Chasquee los dedos y una pequeña llama levitó en mi palma solo para extinguirse poco después. Bufé y escuché unas pequeñas risas. Miré por el rabillo del ojo a Eska y su séquito. Murmuraban sobre mi fracaso.
Puse los ojos en blanco y me giré. Salí por las enormes puertas, deslizándome como la seda.
El jardín principal me recibió junto a las enormes murallas y los torreones a sus costados. Ahí, frente a la puerta cerrada de hierro, estaba el bardo. ¿No sé había ido ya?
Me acerqué al pequeño grupo y escuché su conversación. Al parecer esas personas no lo habían dejado ir desde hace quién sabe cuánto tiempo.
— Lo lamento, pero no tengo más información más allá de las lo que cuentan las leyendas — Se disculpó el bardo con premura — Solo sé que los corazones ambiciosos no podrán conseguir el cristal, este dónde esté.
—¿Por qué no? — Preguntó una doncella. La miré de reojo; Estaba cargada de maquillaje y accesorios. Materialista a simple vista. Y el tono irritado en su voz lo confirmó.
— Mi dama, debo recordarle que el cristal no solo posee el poder del orden sino del caos también. La leyenda dice que quién posea el cristal debe tener un equilibrio en su alma o el caos le consumirá.
Ante la advertencia sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
— Sin embargo, mi gente. Para aquellos valientes que se dispusieran a buscar el cristal…— continuó e hizo un pausa — Si lo consiguen podrán moldear el mundo y sus leyes.
Quizás sonaba demasiado supersticioso, pero era fascinante imaginar las posibilidades. Un mundo distinto, un mundo que pueda moldear… Quizás el cristal lograra que fuera más habilidosa, más social, más reconocida. Una persona ambiciosa no puede poner sus manos sobre el cristal, Pero prefiero creer que yo no lo estoy siendo.
Solo quiero mejorar mi vida.
— Los dioses no serían tan ignorantes como para dejar el destino del mundo en manos de cualquiera — objetó un marqués — Son solo historias baratas que usa esta gente para ganar unas monedas de bronce.
El grupo finalmente dejó ir al bardo, y este se alejó con premura. Escucharlo hizo que mil dudas atacaran mi cabeza, quería seguir oyendo más de esa y el resto de sus historias así que me debatí en seguirlo.
El grupo se dispersó, y me quedé sola en el jardín. Lo pensé unos instantes antes de decidir salir finalmente a la ciudadela.
Tenía un conocimiento vago de las calles, lo suficiente como para orientarme, así que no tuve miedo.
El mercado era tan bullicioso como el castillo. La celebración se extendía más allá de sus muros, y cada ciudadano aplaudía al son de la música o cantaba alegremente. Había vítores por doquier, puestos y faroles. Era un escenario de ensueño.
Caminé por el mercado. Casi no salía del castillo, por lo que esperaba que la gente no fuera a reconocerme. Caminé siguiendo al bardo hasta que esté dobló en una esquina. Lo seguí y sujeté los dobladillos de mi vestido.
Era un callejón, pero no había nadie, además de un pequeño niño tumbado en el suelo. Me detuve a observar, y noté que sus brazos y piernas estaban sujetos por cadenas.
Mi corazón dio un vuelco y mi cuerpo tembló. Algo me susurró que no debería estar parada en esa calle, pero contrario a mi sexto sentido mi cuerpo se movió.
—¿Estás bien?
Cuándo el chico alzó la mirada noté sus ojos agudos y las escamas que sobresalían junto a sus clavículas y las extrañas marcas sinuosas que se extendían como ramas retorcidas por su rostro.
— Un draconis… — murmuré y retrocedí dos pasos — ¿Que hace el hijo de un dragón en territorio fénix?
— A- ayúdame…
Su voz tan débil con un murmullo. No quise verlo, pero su vida estaba escapando de sus ojos. Estaba muriendo frente a mi.
No tenía el corazón para irme, pero tampoco la valentía para quedarme. Quizás en algún pasado lejano los Dragones y los Fénix fueron aliados y lucharon codo a codo para proteger al supuesto cristal Qingxin, pero en la actualidad no son más que rivales jurados.