Arlekyn

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Summary

Camila es arrastrada a un mundo de sombras, donde cada paso la enfrenta a secretos, violencia y decisiones que podrían marcar su destino. Entre el miedo y la valentía, solo busca una salida antes de perderse a sí misma.

Genre
Drama
Author
Yoyo
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Oculto de ti oculto de mi

Todos los niños sueñan con tener superpoderes, como los héroes de los cuentos: volar como Superman, tener la fuerza de Hulk... lo típico de la infancia. Yo también solía soñarlo, igual que mi hermano.

Vivíamos en la ciudad de Pribad hasta que cumplí cinco años. Estaba mi hermano mayor, Samuel, y mis padres, quienes eran personas de culto, pero también alegres: amaban leernos cuentos, jugar con nosotros y, sobre todo, bailar. Recuerdo tardes enteras en las que movíamos los muebles de la sala para dejar espacio, y mi madre nos hacía girar al compás de la música mientras mi padre nos observaba desde la cocina con una sonrisa.

Pero todo cambió pocos meses después antes que samuel cumpliera siete, comenzaron las noches de gritos. Me despertaba con sus alaridos, veía a mis padres intentando consolarlo, pero él solo repetía que "ellos estaban ahí". A veces lo encontraba llorando en su habitación; si intentaba acercarme, él gritaba con desesperación: "¡Están sobre ti, están sobre ti!"

La noche antes del cumpleaños de Samuel escuché ruidos fuera de mi cuarto. Al asomarme, lo encontré en la escalera. Su rostro no mostraba emoción alguna; en silencio, señaló hacia abajo.

Seguí su gesto y lo vi: criaturas extrañas, humanoides. Algunas avanzaban en cuatro patas, lamiendo el suelo; otras caminaban erguidas, pero con la boca abierta en un grito mudo. El olor era insoportable: podredumbre, descomposición... un hedor que me erizó la piel.

Intenté retroceder para llamar a mis padres, pero la mano de Samuel me detuvo.

—Son ellos, pequeña —susurró con voz temblorosa—. Esas son las cosas que yo veo. Tienen hambre... buscan cuerpos físicos.

—Hermano, vamos por...

—¡Corre! —gritó de pronto, empujándome a un lado. En un instante, una de esas cosas ya estaba sobre él.

Corrí hasta la habitación de mis padres y golpeé la puerta con todas mis fuerzas. Ellos salieron de inmediato: papá con un cuchillo en mano, mamá me tomó del brazo y me arrastró a su cuarto. Antes de cerrar, pegó un sticker en la puerta con el símbolo de una cadena de treboles.

A la mañana siguiente, mamá entró a mi habitación con vendas en el rostro y un vaso de leche con chocolate. Me preguntó cómo había dormido. Yo solo atiné a preguntarle por lo que había visto la noche anterior. Ella me sonrió con ternura y me dijo que había tenido una pesadilla, que había llegado llorando a su cama. Negó todo lo que intenté contarle. Al final, me rendí.

Ese día transcurrió con normalidad. Samuel disfrutó de su cumpleaños, tuvo una gran fiesta, y no parecía alterado. Solo noté una venda en su brazo; cuando le pregunté, dijo que se había caído y raspado. Decidí convencerme de que lo de la noche anterior había sido un mal sueño. Pero esa misma noche, todo cambió.

Esperaba mi cuento antes de dormir cuando escuché un grito. Salí de mi cuarto y, al asomarme a la escalera, vi a mi madre siendo inmovilizada por un hombre. Papá estaba tirado en el suelo. Samuel, con un bozal metálico, forcejeaba con varios hombres que intentaban llevárselo fuera de la casa. Me quedé quieta, paralizada, sin saber qué hacer.

En cuestión de minutos todo terminó. Soltaron a mi madre y se marcharon sin dejar rastro. Papá despertó apenas ellos se fueron. Mamá seguía en el suelo, temblando, con las manos cubriéndose el rostro.

—Se lo llevaron, amor... lo convertirán en mí... —murmuraba, hundida en sí misma.

—¿Dónde está Serena? —gritó mi padre, poniéndose de pie.

Esa noche mi madre permaneció tirada en el mismo lugar, inmóvil, como si el mundo se le hubiese derrumbado encima. Mi padre, en cambio, se quedó conmigo hasta la mañana. Nadie durmió. Yo tampoco me atrevía a preguntarle qué había pasado; me sentía demasiado abrumada para pronunciar palabra.

Al amanecer, mamá entró a mi cuarto con una maleta en la mano. Se veía mal... su mirada parecía ida, como si ya no perteneciera a este mundo. Papá se levantó de mi cama y la abrazó con fuerza. Apenas escuché el susurro de mi madre:

—Tenemos que irnos.

Él solo asintió, sin discutir.

Papá me ayudó a hacer la maleta. Guardamos apenas lo indispensable: algo de ropa, unos libros, y un único juguete. Yo, a escondidas, metí una foto donde estábamos Samuel y yo. No quería dejarla atrás.

Ese mismo día dejamos la casa y nunca volvimos. Recorrimos la carretera durante tres días, hasta llegar a la casa abandonada de mi abuela en la ciudad de Solsis. Allí nos instalamos, sin volver a mencionar nada de nuestro antiguo hogar. Esa misma noche, papá nos reunió y dijo que comenzaríamos de nuevo.

Reuní valor y le pregunté por Samuel. Él solo respondió, con una dureza que me heló la sangre:

—A partir de ahora, ya no tienes hermano. No vuelvas a hablar de él nunca más.

Durante los dos años siguientes nadie volvió a mencionar su nombre. Las fotos habían desaparecido. Para todos los que nos vieran, éramos solo una familia de tres.

Hasta que empecé a convertirme en mi hermano, las mismas criaturas de aquella noche comenzaron a invadirme los sueños. No sentía miedo; al principio me sentía extrañamente cómoda —o eso creía— hasta que escuché su voz. Una de esas criaturas se acercó y me habló: dijo que éramos la misma cara de una moneda.

Cada noche, un mes antes de mi cumpleaños, los sueños se repetían: las criaturas y esa voz que me rogaba que la dejara salir. Poco a poco empecé a hablar con ella. Me dijo que se llamaba Kane y que formaba parte de mí, pero que solo podría contactarla a través de los sueños. Me hice su amiga; las criaturas se retraían cuando ella aparecía. Hablábamos hasta el amanecer, pero yo solo la veía en las sombras.

Cuando le pedí que me mostrara su rostro, quedé hecha jirones. Era yo pero, tenía cicatrices en los brazos, ojos enrojecidos y los dientes manchados de sangre; la saliva le goteaba por un costado de la boca. Era como un animal rabioso.

Ella me dijo que no me asustara, que era yo, por lo tanto no podía lastimarme... aunque confesó tener muchas ganas de probar mi carne. Poco a poco comenzó a acercarse, lo cual me llenó de terror. Un grito se escapó de mi garganta cuando sentí algo tomar mis pies. Al mirar, vi las manos de aquellas criaturas: todas con la boca abierta, babeando, esperando. Cerré los ojos, lista para la mordida, pero nunca llegó.

Al abrirlos, estaba en mi cama. En el techo, observándome, estaba Kane.

—Todavía no llega tu fase... te salvaste por hoy, Serena —su voz sonó tétrica, casi como un eco que se clavaba en mi mente.

Faltaban apenas unos días para mi cumpleaños. Desde entonces los sueños se volvieron insoportables, y la realidad empezó a quebrarse: veía a esas criaturas incluso despierta, arrastrándose sobre mamá, papá, mis maestros y mis compañeros. Siempre estaban ahí. Y Kane también. Siempre a mi lado, sonriendo, repitiendo una y otra vez:

—Tik... Tak... la luna completa estará cerca.

Un día antes de mi cumpleaños me percaté de que había luna llena. Kane estaba a mi lado, en silencio, pero no dejaba de relamerse los labios. Mi padre me acostó y, antes de irse, me dijo:

—Esta noche el viento está fuerte... no te asustes ni te levantes si escuchas ruidos.

Asentí en silencio y lo vi salir del cuarto.

Al dormirme, volví a soñar con esas criaturas, pero esta vez fue distinto: en lugar de atacarme, corrieron a mi alrededor, ignorándome. Incluso Kane pasó por mi lado sin mirarme. Al darme la vuelta vi un enorme agujero negro. Una tras otra, las criaturas entraban en él. Al acercarme, estiré la mano para tocarlo y fui absorbida. Desperté sobresaltada.

Escuché pasos, como si varias personas recorrieran la casa. De pronto comenzaron a golpear mi puerta con fuerza, tratando de derribarla. Me escondí debajo de la cama. Segundos después, la puerta cayó al suelo y una figura erguida entró. La reconocí de inmediato: era Kane.

—¿Dónde estás, yo? —decía con voz retorcida, mientras revisaba el baño y mi cama vacía—. Sal ya... solo quiero que seamos una.

La vi abrir mi clóset, lanzando mis cosas al suelo, repitiendo: "tenemos que ser una". Su voz se fue tornando más desesperada, hasta convertirse en gritos de furia.

En ese momento, papá irrumpió en el cuarto. Tenía la camisa ensangrentada, varias cortadas y una respiración entrecortada.

—¡Cosa del demonio, vuelve a tu mundo! —rugió, abalanzándose sobre Kane y clavándole un cuchillo en el hombro derecho.

En ese instante sentí un dolor desgarrador en mi propio hombro izquierdo. Grité y sollozé, mientras Kane retrocedía con el arma incrustada en su carne. Papá me sacó de debajo de la cama y me alzó en brazos.

—Lo siento, mi niña... sé que duele, pero todo estará bien.

Salió corriendo por el pasillo, donde más criaturas nos aguardaban. Mamá estaba allí, también armada con un cuchillo. La vi cortar la garganta de una de esas cosas, sus ojos se habían vuelto rojos que brillaban con intensidad y sus venas estaban marcadas de negro.

—¡Vayan al invernadero de la casa! ¡Ahí hay un símbolo de protección! —gritó mientras esquivaba criaturas que se abalanzaban sobre ella.

Papá corría conmigo en brazos, y detrás de nosotros podía ver a mamá, firme, luchando contra esas cosas que nos perseguían. Entre ellas iba Kane, avanzando con el cuchillo de papá en mano.

No entendí qué pasó: parpadeé, y de repente Kane ya no estaba entre el grupo. Estaba en el suelo, mientras papá forcejeaba con esa criatura que se parecía tanto a mí. Vi el cuchillo levantarse, apuntando hacia él.

—¡Mónica, llévatela! —rugió mi padre.

Mamá me arrancó de sus brazos. Lo miró con desesperación y siguió corriendo hacia el invernadero. Yo lloraba sin control al ver cómo las criaturas lo rodeaban. Antes de perderlo de vista, alcancé a notar un charco de sangre extendiéndose bajo sus pies.

Al llegar al invernadero, mamá me bajó de sus brazos. Se llevó las manos al pecho, sollozando:

—Ay, mi rey... mi Estefan...

Las lágrimas corrían por su rostro cuando se giró hacia la entrada, donde aquellas criaturas se acercaban con pasos pesados.

Entonces alzó las manos y su voz se tornó solemne:

—Invoco a la luz del alba, en esta noche fría. Invoco a mis tréboles, guías y estrategas...

El suelo comenzó a brillar, y en él apareció la forma de un trébol. Las venas oscuras que recorrían el cuerpo de mi madre se tornaron blancas como la nieve.

—Abro el paso hacia el ribete, para que sus almas hambrientas regresen... —prosiguió mi madre, mientras el aire se llenaba de un viento helado—. Bestias que de noche atacan, les ordeno replegarse hasta la mañana...

Las criaturas comenzaron a retorcerse, excepto Kane, que permaneció inmóvil, mirándonos fijamente desde su lugar. Las plantas del invernadero brillaban; era un espectáculo de luces vivas que bailaban con el viento.

—Yo los invoco: picas, diamantes, corazones y tréboles... escuchen mi llamado, vean mi dolor... Soy un cuarto creciente que aclama por su calor... —continuó mi madre.

Algunas criaturas se derritieron entre alaridos, otras fueron tragadas por agujeros negros que aparecieron bajo sus pies. Solo Kane quedó en pie, observándonos. Detrás de ella, alcancé a ver el cuerpo de papá tendido en el suelo.

—No me iré, mamá —dijo Kane, con un tono helado.

—Es tu turno, Dina... —susurró mi madre.

De su pecho brotó una sombra idéntica a ella, que se lanzó sobre Kane y la arrastró consigo. Mi madre cayó al suelo, inconsciente; su respiración era débil e irregular. Pasaron las horas y no despertaba.

Cuando salió el sol, aparecieron hombres de negro armados, los mismos que se habían llevado a Samuel. Un hombre trajeado se acercó a mí.

—Eres Serena Acadeni, hija de Mónica y Estefan Acadeni.

Yo solo asentí.

—Soy Exort. A partir de ahora, eres una soñadora de Druma.

Sin decir más, los hombres me sujetaron y me colocaron un bozal, igual al que le pusieron a Samuel la noche de su captura. Me levantaron sin resistencia y me subieron a una camioneta, junto a mi madre. Algo me decía que todo iba a empeorar.

Mi vida cambió desde entonces. Nos llevaron a otra ciudad, desconocida. Allí me reencontré con Samuel. Tenía ya diez años. Estaba flaco, con el pelo corto, y su mirada había perdido el brillo.

Mamá despertó dos meses después de su coma. Cuando abrió los ojos, atacó a las enfermeras que nos cuidaban. Los hombres de negro la redujeron, y Exort mismo la golpeó con

una barra de fierro, gritándole que Druma había gastado demasiado dinero en ella para que no lograra controlarnos como soñadores naciente.

Los años pasaron, y nos entrenaron en distintas disciplinas: hackeos, rituales de protección y maldición. Aunque, para nosotros, no funcionaba nada: solo repetíamos palabras, hacíamos gestos... y no pasaba nada.

En las noches de luna llena, a mí me prohibían dormir. A Samuel, en las de luna nueva. Decían que las criaturas del ribete se manifestaban con más fuerza entonces, y que nosotros éramos las puertas: armas que debíamos aprender a controlar, para abrir y cerrar cuando ellos quisieran.

Un error en el entrenamiento se pagaba caro: cuatro golpes con un fierro y dos días sin comer.

Cuando Samuel cumplió los 24 años, se lo llevaron. Desde entonces quedé sola. Mamá apenas comía; estaba débil y sin fuerzas. Yo solo quería escapar.

Comencé a planear mi huida cuando Julieta, una chica de mi edad, murió de un disparo en la cabeza por gritarle a un alto mando de Exort que la había tocado indebidamente. Ese día lo decidí: no quería terminar igual.

Hablé con mamá. Me dijo que me ayudaría, junto con su otra personalidad, Dina. Y yo, a regañadientes, busqué a Kane en mis sueños. Nunca nos llevamos bien, pero coincidimos en algo: teníamos que trabajar juntas.

Ese mismo día fijamos la fecha del escape: el día en que iban a venderme