Capítulo 1
La primera vez que Ernesto Piedra vio a la chica del vestido blanco fue el segundo viernes de enero, en la Estación Conexión. Él regresaba de la universidad y ella se iba a tirar a las vías del tren.
Lo que más le llamó la atención fue el color de su pelo: azul. Tenía el cabello corto en una media melena que apenas le cubría sus orejas. La sombra de ojos de color turquesa combinaba con el tinte azul de su pelo y sus ojos aguamarina. Las uñas y los labios rojos compensaban la composición del maquillaje.
Su estilo combinaba la moda asiática con elementos tradicionales de Europa. Llevaba un vestido blanco de dos piezas: una larga falda que le llegaba a los tobillos y un corsé con detalles de color crema. Prefería las botas grandes, de estilo militar, a los zapatos clásicos e incómodos. Combatía el frío con una cazadora negra masculina en la que cabía otra persona como ella. Debió perder su abrigo o, tal vez, se lo había dejado en casa porque pensó que no lo necesitaría. Alguien, algún chico, tuvo que prestarle una chaqueta para que se abrigase. ¿Su pareja? Sería lo más lógico. O quizás el nuevo amigo que hubiera conocido en esta misma noche.
Debajo de la chaqueta masculina se escondía un esqueleto de electricidad, vibrante, cargado de energía. ¿Cuántos años debía tener? Los suficientes para salir de fiesta y regresar a casa al mediodía del día siguiente sin que sus padres hubieran movilizado al cuerpo nacional de policía para ir a buscarla.
Tenía las manos en la espalda. Su cuerpo se balanceaba hacia delante y hacia atrás siguiendo el compás de las canciones que escuchó durante la noche anterior. Un popurrí de estilos musicales, fragmentos inconexos que la chica hacía funcionar como si su cabeza fuera una mesa de mezclas.
Unos tanto y otros tan poco, se dijo Ernesto sin apartar los ojos de la chica. Él se había pasado la noche estudiando para un examen que estaba predestinado a suspender. No se le daba bien la física, eso era un hecho, como también lo era que no había hecho gran cosa durante el cuatrimestre para remediarlo. La última vez que salió de fiesta fue en el pleistoceno. Compartió pista con los mamuts y los tigres dientes de sables. El portero fue un neandertal con malas pintas y en la barra, un rinoceronte lanudo, con jersey de cuello largo y melena lacia, servía las copas. Ernesto se había equivocado al estudiar una carrera de ciencias. Entró en Biología porque le gustaban los animales. Se arrepintió a las pocas semanas, cuando se encontró frente a frente con las endiabladas matemáticas y su puesta en práctica en la física. Pasó el primer año sin pena ni gloria. El segundo se le estaba atragantando.
Solía comparar a las personas con animales, así se le hacía más fácil reconocerlas. Él era incomparable, la cúspide de la pirámide alimenticia. La chica de pelo azul y vestido blanco, la que se encontraba frente a un pilar de la estación y se balanceaba como si fuera una niña hiperactiva columpiándose en una nube de algodón, era una cervatilla. Parecía estar a punto de saltar por encima de la verja de seguridad. Echar a huir. Olvidarse de los trenes y de la familia que la estuviera esperando allá donde fuera que se la echara en falta. Regresaría a las calles, a los bares. Conocería a otro ciervo diferente al de la noche anterior; alto, imponente y fornido, de los que llevaban cazadoras negras y cornamentas asesinas. Pasarían la noche bailando y, a la mañana siguiente, ella se escaparía dando alegres saltitos por el pasto.
Los ojos aguamarina de la chica se cruzaron con los castaños de Ernesto. Se había quedado mirándola como un bobalicón. Por un momento, se había olvidado de las preguntas del examen que supo responder (cabía esperar que no se hubiera equivocado) y de la nota de corte.
Los finos labios de la chica escondieron una sonrisa tímida, aunque algo despiadada, como si le estuviera invitando a formar parte de un plan malvado.
¿Se atrevería a hablar con ella? No parecía ofendida porque se le hubiera quedado mirando. Eso debía de significar algo. Ernesto caminó hacia el andén con pasos apurados, sin apartar la vista de enfrente, alejándose del aura eléctrica que emanaba la chica.
El siguiente tren llegará en siete minutos. Ernesto no pudo evitar preguntarse si la chica del vestido blanco cogería el mismo tren o si esperaría al siguiente. La Estación Conexión funcionaba como una estación intercambiadora de líneas. Si este tren no te llevaba a casa, solo había que esperar al siguiente.
La chica del vestido blanco salió de su trance musical. Caminó de puntillas, como si estuviera caminando por una red de cables de alta tensión, hacia la línea amarilla de seguridad. Ernesto seguía observándola con el rabillo del ojo como si se tratase de un animal venenoso al que había que tener vigilado. En la naturaleza, recordó, los colores más vivos estaban reservados para los animales más peligrosos.
Se colocó a unos pocos metros de distancia de Ernesto. Ahora era ella quien le observaba a él, sin ningún tipo de descaro ni consideración. Con la cabeza ligeramente ladea, como si se estuviera preguntando de dónde venía ese chico tan raro con ese cabello moreno alborotado y que huele a rábanos fritos. Ernesto acercó su nariz con disimulo al hombro. El aula del examen estaba mal ventilada y su ropa absorbió el olor de la sala. ¡Qué vergüenza! Ernesto se puso colorado y la chica le regaló una amigable.
¿Y hacía dónde se dirigiría? Era la siguiente pregunta que debía hacerse. Ella lo llevaría de inmediato a la peluquería que le hicieran un cambio de look. ¡Fuera esa sudadera vieja y desteñida! Los vaqueros se podían quedar, siempre y cuando hiciera unos arreglos con ellos. Unos cortes por ahí y unas manchas que disimulasen el desgaste, no que lo delatasen, por allá, y como nueva. El mayor trabajo estaba en ese desastre de pelo. Peine y tijeras, no había de otra.
Ernesto decía que se había descuidado desde que entró en la universidad, lo cual era una verdad a medias. Una mangosta engañó al hombre que creía coronar la cúspide de la pirámide alimenticia con otro. Marina, se llamaba ella. Al principio creyó que era una nutria. Le gustaba el deporte. Hacía natación e incluso llegó a competir en campeonatos nacionales. En 2018, quedó en un respetable tercer puesto en el Campeonato Absoluto de España de Natación. Uno de cada dos días entrenaba en la piscina cubierta del polideportivo y los domingos se levantaban bien temprano, antes de que saliera el sol, para ir a correr. Sus orgullosos padres presumían de los logros de su queridísima hijita a todas las visitas. La primera parada de la exposición era un estante en el que se encontraba una amplia colección de fotos de Marina en bañador deportivo expuestas en orden cronológico, desde que empezó a competir con apenas nueve añitos hasta la actualidad, junto con el diploma de la federación de natación. Dejaban el preciado trofeo de bronce, lo más impresionante del recorrido, para él último lugar. Aunque Marina no había dejado de competir desde entonces, no volvió a pisar el pódium.
Como nutria fue muy cariñosa, hasta que mostró sus dientes de mangosta. Después de casi tres años de relación, cambió de hábitat, emigró con otro grupo de su misma especie y conoció a un mangosto de gimnasio.
Ernesto cogió peso, unos kilillos que pasaban inadvertidos al ojo ajeno. Dejó de comprarse ropa y la última vez que salió de fiesta fue en el pleistoceno, con los mamuts, los rinocerontes lanudos y los tigres dientes de sables.
La chica del vestido blanco se convirtió en bruma y dos chicos, compañeros de la universidad que Ernesto recordaba haber visto de pasada alguna que otra vez por el campus, traspasaron la coloreada neblina.
Ellos no la habían visto. Nadie más, a excepción de Ernesto, parecía fijarse en ella. En su cabello de color azul eléctrico y su vestido de fiesta. Sus pasos de baile, gráciles a pesar de llevar botas militares, y su alegre a la vez que malévola sonrisa.
Quedaban tres minutos para que el tren hiciera su parada. La chica se recompuso en su forma corpórea. Su silueta emanaba un halo de luz azul turquesa como si estuviera dibujada en la plataforma del andén. Ernesto la veía ahora con unos ojos distintos. Se hizo muchas preguntas. Sintió que estaba de vuelta sentado en el pupitre, respondiendo a las preguntas de un examen al cual no le había invertido el tiempo suficiente. Le sudaban las manos y le rechinaban los dientes. Rellenó el nombre, apellido y fecha. Se saltó la primera pregunta. ¿Quién es esa chica a la que no has quitado el ojo de encima? La siguiente pregunta le produjo un escalofrío. ¿Qué animal tiene la habilidad de convertir su cuerpo en bruma? Para la tercera tenía una respuesta, pero no se atrevió a escribirla. La dejaría para el final. ¿Te gusta? Con la cuarta cuestión regresó la mala racha. ¿Estás seguro que está viva?
—Próxima parada: Villavieja de Castellón —anunció la voz robótica de megafonía—. Por su seguridad, manténgase alejados de la línea amarilla.
La chica dio un paso al frente.
Quedaba un minuto para la llegada del tren. Los pasajeros que estaban sentados en los bancos se levantaron del asiento y fueron tomado posición. El tren estaba al llegar. Comenzaba a verse desde la lejanía. Una máquina de metal que sonaba como debieron sonar los dinosaurios del cretácico.
A Ernesto no le dio tiempo a reaccionar.
Ella había levantado la pierna derecha formando un ángulo de 90 grados con su torso como si fuera la manecilla de un reloj y estuviera apuntando la hora de su defunción. Nadie la detuvo, ninguna de las muchas personas que se encontraban en la estación. Cerró los ojos y se dejó caer al vacío.
El tren arrolló a la chica de pelo azul, vestido blanco y cazadora de cuero masculina.
La Estación Conexión siguió el procedimiento habitual. El tren con dirección a Villavieja de Castellón abrió sus puertas y los pasajeros del interior salieron en orden de uno. No hubo gritos entre la multitud, empujones ni caídas desafortunadas causadas por el pánico del momento.
La imagen de horror era una niebla espectral de color azul turquesa que se arremolinaba en las vías de la estación como si fuera el cadáver de una nube que había caído del cielo.
Ernesto se volteó y observó los rostros etéreos de los pasajeros que, como él, esperaban su turno para entrar al tren. ¿Cómo podían seguir con sus vidas? ¿Con qué facilidad?
Dio unos pasos atrás alejándose del vehículo asesino. No se atrevió a entrar en este tren por no encontrarse con el fantasma de la chica del vestido blanco.
¿Y si se lo había imaginado? ¿Y si solo estaba en su cabeza? Pensaba mientras se abría camino entre la muchedumbre hacia el interior de la estación.
La otra opción es que fuera real. Entonces, lo correcto, habría sido dar la voz de alarma. Avisar a las autoridades que una chica se había tirado a las vías del tren y que podría estar en peligro. Suponiendo, siendo positivos, que siguiera con vida. ¡Había que sacarla de ahí! Ernesto palpó el bolsillo derecho de su pantalón para cerciorarse de que el móvil estuviera en su lugar. Si sentía demasiado nervioso para comunicarse por teléfono, podría acercarse a la ventanilla de información y hablar con alguno de los encargados de la estación.
He visto a una chica… Practicó mentalmente la conversación que le diría al agente. Después de estas cinco escasas palabras, la lengua se le hacía un nudo. Podía describir cómo iba vestida y la forma redonda de su cara. Su sonrisa que incitaba a bailar hasta que cerrasen la noche y el cabello tintado de azul fantasía. Sin embargo, no era capaz de explicar qué había sido de ella. Se convirtió en bruma y se la llevó el viento.
El próximo tren llegaría en un momento…. Revisó la pantalla del televisor colgante, dentro de veintidós minutos, para ser exactos. Cada vez pasaban menos trenes por la Estación Conexión. Protestó mentalmente añadiendo un bufido pesado. Enfurruñarse con el transporte público no le ayudó a distraerse.
Se sentó en el banco que había quedado libre tras la llegada del tren con destino a Villavieja de Castellón y sacó el libro de bioquímica de la mochila. El próximo examen era el viernes de la semana siguiente y para éste, se había prometido, estaría más preparado.
Las manos le temblaban y la pierna derecha le palpitaba como si estuviera sufriendo los nervios que sentían los actores antes de sumergirse al escenario.
Ernesto giró la cabeza y comprobó que no hubiera nadie vigilándole. Llegó a pensar que podía ser víctima de una broma de cámara oculta y que la Estación Conexión al completo estaba compinchada para hacerle creer que había visto el fantasma de una chica saltar a las vías del tren. Nadie más la había visto. ¿Qué otra posibilidad había si no?
Se estaba volviendo paranoico. El examen de Física Aplicada II le había dejado exhausto, necesitaba descansar. ¡Solo eso! Su cerebro le estaba pidiendo un descanso.
Y la chica sonreía, aunque no estuviera con él. La sentía a su lado en un escalofrío que nacía en su nuca y recorría su columna vertebral como si le estuviera acariciando la espalda con las uñas de los dedos.
La chica pertenecía a un mundo diferente al de los átomos y moléculas del libro de bioquímica. Se reiría de las tres leyes de la termodinámica y la conversación de la materia. La energía ni se cree ni se destruye, solo se transforma.
Sacó un folio en blanco, tapando la parte superior de la hoja del libro, y dibujó, de memoria, la molécula de glucosa. Se equivocó en la quiralidad del quinto átomo de carbono. Le resultó difícil concentrarse cuando, constantemente, se daba la vuelta para comprobar que no había nadie detrás de él. Por lo demás, tendría que mejorar el dibujo. Las líneas eran garabatos. En casa, apoyado sobre una mesa, lo haría mejor. Aumentó el nivel de dificultad con la sacarosa. Irónicamente, esta molécula le salió mucho mejor. Las formas hexagonales y pentagonales de la figura le recordaban a una colmena. Los oxígenos enlazados a los carbonos serían las abejas obreras. Ernesto siempre encontraba un símil en la naturaleza para todo.
Excepto para lo que le sucedió a la chica del vestido blanco. No existía nada que se pudiera comparar a lo que había visto.
Dibujó un círculo y a éste le añadió unos ojos pequeños, rasgados, heredados de un ancestro asiático presente en una rama perdida del árbol genealógico. Sumó una nariz respingona y unos labios finos que marcó con un boli negro para resaltar su contorno. Pensándolo mejor, debía haber empezado a dibujar con el negro desde el principio, no con el azul, como había hecho. Así, podía reservar el azul para el pelo y los ojos.
Se las apañó como pudo y, lo cierto, es que no fue un dibujo pésimo, aunque sí mediocre. Para haberlo hecho en diez minutos no estaba del todo mal. Podía mejorarlo, sentado frente a un pupitre, con la espalda debidamente apoyada y el material apropiado. A Ernesto se le daba tan bien dibujar como mal las matemáticas. La carrera de Bellas Artes habría sido su primera opción si sus padres no la considerasen una pérdida de tiempo y, sobre todo, de dinero. La especialidad de Ernesto, como no podía ser de otro modo, eran los animales y las personas con rasgos de animales. A ella la dibujó tal y como la había visto. Con su sonrisa taimada y sus mofletes sonrojados, los cuales repasó con el bolígrafo rojo para acentuar el color del maquillaje.
Parecía tan feliz. Pasó la noche, se imaginó él, en la casa del corzo que le prestó la cazadora. No precisamente durmiendo. Se había repasado parte del maquillaje antes de salir para disimular las ojeras.
¿Por qué se había interesado por Ernesto? Era la última pregunta del examen y en ella se decidía si pasaba la nota de corte o si, por el contrario, tendría que presentarse al examen de recuperación en verano. Ernesto la respondió porque no tuvo otro remedio.
Porque sabía que me iba a enamorar de ella al instante.
Cerró el libro de bioquímica con el folio del dibujo marcando la página de los polisacáridos. Se levantó del banco de la estación y caminó al borde del andén, sin sobrepasar la línea amarilla de seguridad. Las vías estaban vacías. No había sangre ni ningún miembro cercenado. ¿Y qué esperaba ver? Dos personas habían traspasado la chica como si fuera una cortina de agua. El tren había hecho lo mismo. Entonces, ¿por qué las vías seguían secas? Ernesto buscó algún rastro de ectoplasma, sacarosa, glucosa o cualquiera que fuera el compuesto con el que fabricaban los tintes de pelo.
—En dos minutos, un tren pasará sin efectuar parada —anunciaron los megáfonos de la Estación Conexión—. Por su seguridad, manténgase alejados de la línea amarilla.
Ernesto hizo caso ominoso de las indicaciones.
Un paso era lo que separaba a Ernesto de la chica de pelo azul. Un paso y volvería a sonreír, como lo había hecho antes. Tal vez, con más efusión. Bailaría canciones que solo existían en una memoria truncada por las vías de acero.
Cerró los ojos. Se acabaron las mangostas, las nutrias y las serpientes venenosas. Los ciervos con cornamentas asesinas y las cervatillas de pasos ligeros. Se acabó todo. La última mancha en el expediente de Ernesto Piedra. Una última vez y no volvería a decepcionar a nadie más.
Ernesto se quedó plantado en el sitio. Sujetaba la mochila con la mano derecha. El libro de bioquímica, con el dibujo asomando por un lateral, se encontraba bajo su brazo izquierdo.
El tren pasó a media velocidad, cortando el viento a su paso. Hacía sonar los raíles como si fueran los dientes de una calavera de metal. Ernesto se preguntó qué hubiera pasado si se hubiera atrevido a dar el último paso. ¿La máquina habría perdido la facultad de matar? ¿Se transformaría en bruma como había sucedido con aquella chica?
Iba a cumplir veintiún años y tenía la sensación de haber dejado que los años se escurrieran entre sus dedos como si fueran un reguero de sangre.
Detrás de él no había nadie que le sujetara el brazo. Nadie que le recordase lo maravillosa que es la vida ni lo mucho que le querían las personas que estuvo a punto de abandonar.
El tren de la una del mediodía con destino a Villavieja de Castellón se había llevado a la única persona con la que Ernesto Piedra deseaba estar.