Prólogo
Una niña y sus papás arreglaban todo para cerrar e irse a casa después de un día agotador.
El dueño de la pastelería, Daniel Mirto, se encontraba limpiando la vitrina mientras que su esposo, Vikto Ruiz, descansaba en una de las sillas con los ojos cerrados. Había tenido que ir por toda la ciudad repartiendo pasteles, porque hoy era el día de la diosa Venus. Por estas fechas las personas se daban dulces y mensajes de amor, aunque, para el repartidor, parecía que toda la ciudad se había puesto de acuerdo para regalar pasteles.
El pastelero levantó la cabeza, algo extrañado, al ver una botella de gaseosa grande pasar.
—Kaila—llamó viendo a la niña de 5 años que llevaba el objeto—¿De dónde sacaste eso?.
—Del carro de papá Vik—Respondió, con inocencia infantil, para seguir empujando la botella.
—¡Vikto! —Reclamó viendo al repartidor con el ceño fruncido.
—Ya voy…—Respondió, con tono cansino, mientras se levantaba de la silla.
Tomó la botella de las manitas de Kaila, quien lo vio irse a la parte trasera con los cachetes inflados mientras cruzaba los brazos. Algo que le causo ternura al pastelero.
La levantó del piso con cuidado, haciendo que la niña enfocara la vista en el mayor.
—Quería ayudarte, papá Daniel—Se excusó la pequeña volviendo a mirar hacia la puerta trasera con el ceño fruncido.
—Mi niña—la alzó al frente de él con una sonrisa cálida, —estas muy pequeña para cargar cosas tan pesadas—Mencionó haciendo que Kaila se desilusionara. —Pero, me puedes ayudar en otra cosa—Exclamó rápido al ver eso, acto seguido la bajo y se dirigió a sacar una bolsa de basura llena de empaques de postres—Lleva esto a la basura.
Asintió con emoción mientras se bajaba de sus brazos.
Salió corriendo a botarla, al mismo tiempo que Vikto entraba.
—A veces carga más de lo que puede aguantar—Comentó Vikto estirando los brazos mientras se acercaba con gesto cansado al mostrador.
—Si. Solo quiere ayudar—dijo Daniel retomando su tarea.
—Eso hace ahora. Pero, te aseguro, que no pensara lo mismo cuando sea adolescente—replicó tirándose en la silla.
—Que tu hubieras sido un rebelde sin causa, no significa que ella lo vaya a ser—Comentó con cierta diversión, recordando la adolescencia salvaje del contrario.
Vikto iba a replicar, pero...
—¡Papás! —Llamó Kaila con cierto tono de miedo visible en su voz.
—¿Qué paso, Kaila? —Preguntó preocupado Daniel al llegar al callejón seguido del repartidor.
La pequeña, con sus ojos castaños muy abiertos, se limitó a señalar hacia unas bolsas de basura que había al fondo del oscuro callejón, donde la luz de adentro no llegaba. Se veía un movimiento entre las bolsas algo que alerto a los dos adultos. La última vez que algo se movió en el callejón había sido una rata gigante que casi se lleva a la niña, que por ese entonces era una bebé.
El pastelero cogió a la niña en brazos, poniéndose detrás del repartidor, quien estaba haciendo de escudo humano. La pequeña familia se acercaba a la basura. Le dio unos golpes a la bolsa más cercana, esperando a que algo les saltara.
Sin embargo…
¡BUAHH!
Esto dejó en shock a los dos adultos. Algo que aprovechó la niña para bajarse del agarre y dirigirse a las bolsas con una infantil curiosidad que yacía en su pecho. Antes de que sus padres pudiesen detenerla. Se manchó de basura. Sacando a un bebé envuelto en una manta blanca con bordados dorados.
Daniel fue el primero en reaccionar alejando a los niños de la basura, por si en esta se ocultaba otra cosa.
—Ha dejado de llorar—Exclamó Kaila con alegría viendo al bebé, que estaba que se le caía de los brazos.
—Si, verdad—Respondió Daniel componiendo una sonrisa nerviosa, tratando de agarrar al bebé.
Al final alzo al bebé, viendo detalladamente sus rasgos: un par de ojos color azules, como el cielo, que lo veían con interés, un cabello muy parecido al de él, solo que el del bebé era más dorado, que amarillo puro como lo era el de Daniel. Lo que más le llamó la atención fue la cicatriz que tenía encima de su redondeada nariz.
—¿Cómo se habrá hecho esa herida? —Se preguntó en voz alta, mientras Vikto alzaba a la niña.
—No lo sé. Pero lo que, si sé, es que estos dos huelen muy mal—Exclamó el contrario, con una mueca de asco.
—¡Miren!—Señaló Kaila a lo que tenía bordado en la manta.
—Dice…
—Axel—Termino la oración Daniel, un poco sorprendido por la caligrafía tan excéntrica.
Después de eso, intentaron averiguar si alguien había perdido un bebé, porque la ropita con la que lo encontraron era muy fina como para creer que alguien lo haya abandonado, o al menos eso dedujó Vikto, quien estaba seguro de que había una jugosa recompensa. Sin embargo, no se supo nada de sus verdaderos padres.
Algo que dejó a la pareja solo con dos opciones: una, adoptarlo y criarlo junto a Kaila. O dos, llevarlo a un orfanato y orar a la diosa Huitaca de que encuentre un buen hogar.
—Yo digo que la mejor opción sería ponerlo en adopción—Comentó Vikto después de un silencio casi palpable en el comedor-cocina.
Daniel apretó los labios mientras sus ojos se mantenían en la palma de sus manos. Él no quería dejar a su suerte a ese pequeño, era demasiado blando para hacer eso.
Pero sabía que el repartidor tenía razón…
Por ahora la pastelería funcionaba bien, pero no sabían sí seguiría igual. Además, las complicaciones que trae tener otra vez a un bebé, era algo que ya conocía.
—Sé que esta decisión es complicada, pero es la mejor opción, Pastelito de naranja—Murmuró Vikto, apretando un poco la mano contraria.
Daniel suspiro, resignado. Para acto seguido, asentir levemente.
Ambos se dirigieron a la habitación que Kaila, por el momento, compartía con Axel, para darle la noticia a la niña lo mejor posible.
Pero pararon en seco en el umbral de la puerta al escucharla hablar:
—Me alegro de tener un hermano menor. Te cuidare mucho, Axel. Lo prometo.
La pareja abrió un poco la puerta conmoviéndose con la escena: La niña estaba sentada al lado del colchón improvisado que habían puesto para poner al bebé. Mientras Axel alzaba sus manitas y jugaba con el pelo de Kaila.
Ambos se miraron.
Daniel con ternura y felicidad plasmada en sus ojos y Vikto con resignación, pero con una débil sonrisa, sabiendo lo que iban a hacer.
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Una decisión inesperada que, tal vez, no lamentaran en el futuro.