The orc's prince
El bosque frondoso se cerraba sobre ellos, los árboles alzaban sus copas tan altas que apenas dejaban filtrar la luz del sol, creando un juego de penumbra donde cada destello parecía huir de entre las ramas. La hierba húmeda amortiguaba el paso de los caballos y el aire estaba impregnado de un silencio pesado que presagiaba un peligro inminente. Aquella era la espesura prohibida, el bosque sagrado de los orcos, un territorio que incluso los cazadores más osados evitaban, sin embargo, el príncipe Baekhyun, no era precisamente un hombre que temiera a leyendas ni que retrocediera ante rumores implantados por los más miedosos.
Montado en su corcel blanco, avanzaba al frente con la serenidad que lo caracterizaba; su cabello lacio descendía hasta sus rodillas como una cascada de seda plateada que reflejaba cada chispa de claridad que lograba colarse entre los árboles, no era un cabello enredado ni rebelde, sino un velo perfecto que caía con armonía sobre su espalda y hombros, adornado en algunos mechones con pequeñas argollas y piedras doradas que parecían brillar por cuenta propia. Un delicado diseño en la parte delantera enmarcaba su frente y perfilaba aún más la belleza de un rostro joven, tan pulcro que contrastaba con la hostilidad de aquel lugar.
Su piel era tan blanca que parecía no pertenecer al mismo mundo, limpia y traslúcida como nieve recién caída, lo bastante delicada para dejar entrever el rastro azulado de las venas bajo la superficie. Los lacayos que lo acompañaban no podían evitar mirarlo de reojo, intimidados no solo por su porte regio sino también por aquella belleza que resultaba casi insoportable, una hermosura que incitaba al deseo y al pecado incluso cuando el protocolo los obligaba a mantener la vista baja.
Los ojos dorados del príncipe recorrían la espesura con calma, dos destellos de metal fundido que parecían capaces de atravesar la oscuridad. El porte de Baekhyun era una ofensa en sí mismo contra el silencio de aquella frondosidad, un recordatorio de que llevaba en la sangre la arrogancia de la corona, de que no importaba lo hostil del terreno, él seguía siendo una figura intocable.
Y de eso la arboleda no permanecía indiferente. Las ramas parecían cerrarse con más fuerza sobre el camino, el murmullo del viento se apagaba poco a poco y hasta el trino de los pájaros se desvanecía como si la naturaleza entera se hubiera replegado para observar en silencio. La presencia del príncipe brillaba en contraste con aquella penumbra opresiva, tan incongruente que resultaba casi profana, como si en cualquier instante el bosque decidiera reclamar un precio por aquella arrogancia.
El aire comenzó a cambiar, la quietud del bosque ya no era un silencio apacible sino un tanto expectante, tan densa que hasta los animales habían desaparecido sin dejar rastro. Los sirvientes intercambiaron miradas inquietas, conscientes de que algo los observaba desde la oscuridad; aunque ninguno se atrevió a pronunciar palabra. El propio principe lo percibió, cierto cosquilleo en la nuca, esa sensación de ser el centro de las miradas.
Entonces el silencio se quebró. Un silbido cortó el aire y una flecha se clavó en un tronco cercano, después otra y otra más hasta que el sonido de pasos pesados sacudió el suelo bajo sus pies. Las sombras comenzaron a moverse alrededor, figuras enormes emergieron de entre los árboles, piel oscura, armaduras toscas, colmillos que brillaban al descubierto, eran los orcos que hasta ese instante solo habitaban en las advertencias de los ancianos. Los caballos relincharon asustados y los sirvientes retrocedieron con el rostro pálido, pero el príncipe permaneció erguido con el mentón en alto, sin ceder ante el terror que lo rodeaba.
─ Han osado entrar en tierra consagrada a nuestra raza ─ escupió uno de los orcos, la voz profunda como un trueno ─ Ningún humano pisa este santuario sin pagar con la vida.
─ Sus huesos quedarán aquí como advertencia ─ añadió otro con una mueca de desprecio, acercando la hoja de su arma al cuello de un sirviente ─ Ni siquiera los rezos de su dios los salvarán esta vez.
En cuestión de segundos la emboscada se cerró sobre ellos, sus hombres arrodillados en el suelo, lanzas apuntando a sus gargantas, el aire cargado de un silencio denso que se quebró únicamente cuando Baekhyun descendió del caballo con la misma gracia con la que lo había montado horas atrás, el manto real resbaló sobre la hierba y su voz se alzó clara, firme, sin temblor alguno.
─ Soy el príncipe heredero, si lo que buscan es sangre entonces tomen la mía, pero dejen libres a mis hombres.
El murmullo recorrió las filas de orcos como un eco de desconcierto, nadie esperaba que un humano se ofreciera con tanta dignidad, la arrogancia del joven parecía aún más provocadora en medio de la penumbra. Fue entonces cuando la multitud se abrió para dejar paso a una figura distinta, más alta que todos, de piel morocha marcada por cicatrices que no restaban atractivo sino que lo hacían aún más imponente, los cuernos relucían bajo la escasa luz y sus ojos parecían brasas ardiendo en la penumbra. El suelo temblaba a cada paso suyo y el silencio que lo acompañaba era reverencia pura.
La mirada de aquel monstruo se clavó en el príncipe sin apartarla ni un segundo, recorriendo con descaro el cabello interminable, los adornos dorados que lo hacían brillar como un ser sagrado, la piel blanca que parecía creada para ser tocada y aquellos ojos prismaticos que lo desafiaban. El deseo lo golpeó con la fuerza de una tormenta y fue tan palpable que hasta sus propios soldados lo percibieron, porque el orco sonrió despacio, como si el destino le hubiera servido en bandeja la presa más hermosa que jamás había visto.
La criatura se detuvo a pocos pasos del príncipe, su sombra cubriéndolo por completo como si lo reclamara para sí. Cuando habló, su voz fue un estruendo grave que se extendió entre los árboles como un hechizo.
─ Soy Chanyeol, señor de esta tierra sagrada, guardián de lo que los tuyos llaman bosque prohibido. Tu insolencia es tan grande como tu hermosura, príncipe, vienes con tu séquito a cazar en un lugar donde los dioses pusieron su marca. Eso no es simple ignorancia, es profanación.
Los lacayos agacharon la cabeza esperando la sentencia, algunos con los labios temblorosos en rezos mudos. Baekhyun en cambio, no bajó la mirada, el oro de sus ojos resplandeció como una llamarada contra la oscuridad.
─ No soy un ladrón ni un invasor, Chanyeol. Vine porque mi deber es proteger a los míos de lo que se oculta aquí. Si me he adentrado en tu dominio es porque no temo a sombras ni a amenazas.
El orco soltó una carcajada que hizo vibrar las hojas en lo más alto de las copas, era un sonido áspero pero extraño en medio de aquel silencio cargado.
─ Hablas como rey aunque aún no lo eres, humano. Tus hombres tiemblan, apenas sostienen el aire en sus pulmones, pero tú ─ se inclinó un poco, olfateando como si pudiera saborearlo sin tocarlo ─ tú exhalas desafío.
Alzó una mano y los orcos que tenían las lanzas contra los sirvientes retrocedieron con gruñidos de inconformidad.
─ Esos no me sirven, su sangre no alimenta nada, su carne es débil, pueden irse.
Los hombres levantaron la vista incrédulos, incapaces de reaccionar al instante. Baekhyun dio un paso al frente con gesto contenido, comprendiendo que aquella decisión tenía un precio.
─ ¿Y yo? ─ preguntó con calma.
Chanyeol sonrió mostrando los colmillos, los ojos ardiendo con deseo y con amenaza en partes iguales.
─ Tú, príncipe, pagarás por todos. Tu alma ha de quedarse, porque solo alguien como tú puede equilibrar la osadía de desafiarme.
El murmullo de los orcos volvió a recorrer la arboleda, esta vez con una mezcla de respeto y expectación, como si el destino hubiera colocado frente a ellos un espectáculo que solo se vería una vez en toda una vida.
El príncipe heredero no opuso resistencia cuando sus hombres fueron liberados y huyeron despavoridos sin mirar atrás, se mantuvo erguido en medio de la penumbra sabiendo que su presencia bastaba como garantía de que regresarían por él con refuerzos, o al menos esa era la esperanza que se repetía en silencio mientras las cuerdas ásperas se cerraban sobre sus muñecas. Chanyeol lo tomó con una facilidad insultante, como si no cargara a un humano sino a una presa ligera que apenas valía el esfuerzo, y lo alzó sobre su hombro ancho ignorando las protestas.
Baekhyun pataleó con fiereza, no porque pensara escapar sino porque el orgullo no le permitía ceder con docilidad ante un enemigo. La melena plateada se agitaba en cada sacudida, cayendo como un río brillante por la espalda del orco, el contraste entre aquella pureza y la piel oscura del captor era tan violento que resultaba casi irreal. Chanyeol lo dejó hacer durante un instante, como si disfrutara de esa rebeldía inútil, hasta que su mano enorme descendió de golpe sobre la nalga firme del príncipe en una palmada que resonó en el aire. La piel blanca se estremeció bajo el contacto y Baekhyun quedó rígido, sorprendido no tanto por el dolor sino por el descaro.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier otra cosa. Los labios del más puro permanecieron apretados, su pecho subía y bajaba con la respiración contenida mientras el orco lo transportaba sin dificultad. Esperaba un encierro húmedo, cavernas hediondas donde la oscuridad lo devoraría pero lo que se abrió ante sus ojos fue distinto.
El paso lo condujo a un recinto rústico, construido con grandes bloques de piedra y vigas de madera ennegrecida, el fuego de las antorchas iluminaba las paredes y proyectaba sombras largas sobre el suelo. No era un escondite miserable sino una fortaleza viva, poblada por criaturas que trabajaban sin descanso, martillando hierro tieso o tallando armas con paciencia. Todos tenían cuernos afilados que emergían de sus frentes, piel marcada por cicatrices gruesas y colmillos que se extendían desde el labio superior al inferior, cada rostro era una mueca de fiereza, cada mirada era un recordatorio de que ese lugar no le pertenecía.
Y en medio de todo, colgado como un trofeo sobre el hombro de su captor, Baekhyun comprendió que había entrado en el corazón mismo del dominio orco, donde cada piedra respiraba trabajo y cada criatura vivía para ello.
El camino se fue estrechando a medida que lo llevaban como un saco, el bullicio del hierro golpeado se fue quedando atrás hasta extinguirse como un eco remoto, en su lugar surgió un silencio expectante que parecía custodiar cada rincón. Los corredores antes sostenidos por vigas ennegrecidas, dieron paso a muros más pulidos donde símbolos arcanos brillaban con un fulgor rojizo apenas perceptible, signos que parecían observarlo con la misma atención con la que lo miraban los guerreros en la fragua. El aire se hizo más frío, más solemne, impregnado de un peso invisible que le oprimía el pecho como si aquel lugar perteneciera al inframundo.
La rudeza inicial del entorno empezó a transformarse. Las paredes toscas de roca dieron lugar a superficies recubiertas en hierro bruñido, grabadas con figuras de bestias colosales mientras columnas de metal oscuro se erguían sobre él. Aquí y allá brillaban incrustaciones de minerales tornasol que latían con vida, como brasas atrapadas en piedra. Era evidente que ya no se encontraba en un simple pasillo lleno de lacayos obedientes, sino en un dominio reservado solo para quien ejercía mando absoluto.
El muchacho de ojos de oro lo comprendió en silencio, sabía que estaba siendo conducido hacia el núcleo mismo de aquella fortaleza, allí donde el poder dejaba de ser multitud y se volvía una sola voluntad. La imagen resultaba tan incongruente que quienes los miraban en el trayecto se limitaban a guardar silencio reverente, como si presenciaran un augurio.
Finalmente, los corredores desembocaron en una cámara distinta a todo lo anterior. El recinto estaba iluminado por hileras de antorchas que proyectaban un resplandor cálido sobre planchas de metal y bloques de piedra labrada. En el centro, sobre una tarima baja, se extendía un lecho enorme cubierto de pieles negras y mantas pesadas que despedían un calor denso, casi animal. No había ruido de martillos ni voces de soldados, solo un silencio que parecía doblarse bajo el peso de la expectativa.
Chanyeol lo sostuvo apenas un instante más antes de inclinarse y depositarlo en su cama. El cuerpo delicado se hundió entre las pieles, el cabello descendió en una cascada que brillaba incluso bajo aquella luz rojiza, los ojos dorados se alzaron desafiantes aunque su respiración temblaba bajo el peso de lo desconocido. El orco se mantuvo erguido frente a él, una sombra enorme que lo reclamaba sin necesidad de palabras, dueño absoluto del espacio y del destino que ahora recaía sobre los hombros del heredero humano.
El gigante permaneció de pie frente al lecho, sus cuernos se alzaban afilados hacia atrás con la curvatura perfecta de un depredador, su cabello rojizo erizado como fuego parecía arder en mechones rebeldes, uno de estos yacía sobre su frente; un detalle mínimo que intensificaba su atractivo salvaje, las orejas largas y puntiagudas vibraban apenas con el aire cálido del recinto, sin mencionar los colmillos que se asomaban al abrir los labios en una sonrisa lenta, peligrosa, tan provocadora que no hacía falta amenaza alguna para comprender el poder que ejercía sobre ese lugar.
El torso desnudo mostraba el típico cuerpo forjado en guerra, pectorales marcados como piedra tallada, músculos que parecían tensarse con vida propia bajo la piel oscura, brazos que podían quebrar acero con un solo movimiento, un contraste brutal frente a la fragilidad luminosa del humano. Cada respiro suyo levantaba el pecho con una cadencia hipnótica y animal, como si incluso el aire se sometiera a su voluntad.
El silencio fue roto por su voz grave que se extendió en ondas profundas, un sonido cargado de un magnetismo extraño que podía confundirse con veneno o néctar.
─ Ya deberías saberlo, humano. No necesito tu labia ni tampoco tus rezos, lo único que me sirve de ti es lo que ocultas bajo esos trapos lujosos y de alta alcurnia. Alguien tan frágil como tú puede convertirse en ofrenda si sabe cómo entregarse.
La frase cayó sobre el aire como un filo ardiente, los labios del heredero se apretaron en un gesto de orgullo, sin embargo, sus manos se crisparon contra las mantas y un leve temblor recorrió su cuerpo, apenas perceptible pero lo suficiente para que los ojos vibrantes del orco lo advirtieran.
Chanyeol inclinó el rostro despacio, dejando que la sombra de sus cuernos se proyectara sobre el joven, el mechón rebelde rozó casi la punta de su nariz, los colmillos brillaron bajo la luz rojiza al curvar los labios en otra sonrisa, esta vez más amplia e insolente.
─ No tiembles príncipe, o acabarás confesando lo que tu lengua intenta callar. Sabes que me deseas tanto como me temes, puedo sentirlo en el aire, late en tu sangre como un tambor.
El aliento de la osadía impregnó dentro de él con un calor denso y metálico, el bribón rozó la piel pálida del heredero, cada palabra parecía deslizarse como un veneno afrodisíaco que intoxicaba los sentidos. Baekhyun sostuvo la mirada con dificultad, sus ojos dorados seguían firmes pero la respiración se le desacompasaba, un jadeo sutil que revelaba lo que jamás habría aceptado en voz alta.
Chanyeol lo observó con la paciencia perversa que tienen los cazadores cuando saben que la presa ya no tiene salida, los colmillos se asomaron de nuevo y su voz descendió en un susurro ronco que lo invadió todo.
─ No busco destrozarte. Solo quiero atribuir en lo que me ofreces, tu miedo es un festín y tu deseo es el vino más dulce que he probado en siglos. Deberías poder entenderme.
Con un movimiento lento se volvió a inclinar, los dedos grandes se cerraron sobre los botines de cuero ajenos, haciendolos deslizar hacia afuera con prisa. La túnica bordada cayó al suelo en un sonido apagado, luego siguió el turno de la tela interior, la cual se desgarró bajo sus manos, el orco desnudó cada parte hasta que el cuerpo frágil quedó apenas cubierto por una prenda blanca, simple, de lino áspero, un retazo que apenas protegía el frente y dejaba descubierta la curva del trasero del príncipe.
El brillo de los ojos rojos se intensificó al contemplar aquella revelación, el pecho de Baekhyun subía y bajaba con un temblor que no lograba ocultar, las cejas fruncidas con fuerza, la boca entreabierta cerrándose de nuevo como si quisiera negar lo inevitable. El orco inclinó el rostro, la lengua áspera recorrió la piel pálida desde la mandíbula hasta la sien, dejando un rastro húmedo que hizo estremecer al joven bajo él.
La voz grave se derramó sobre el silencio como un filo cargado de lujuria.
─ Esta piel es perfecta para ensuciarla con mi saliva, un cuerpo tan fino, apenas para romperlo con mis manos. No sabes cuánto he esperado algo que grite pureza para arrancarle cada rastro de santidad.
Los dedos grandes recorrieron su clavícula con cuidado, apretando delicadamente, probando la tersura que parecía resistirse a cualquier marca. Baekhyun apretó los párpados, los labios temblaron en un murmullo sin forma, un no apagado que más parecía un suspiro que una protesta. El orco sonrió satisfecho de escuchar aquel caos, convencido de que bajo el miedo latía otra pulsación que terminaría por revelarse.
─ Me tratas como si aún creyeras que tu corona sirve de algo aquí.
Baekhyun respiró hondo, forzando a su ego a imponerse por encima del temblor que recorría su cuerpo. Sus labios se entreabrieron en un hilo de voz tenso, bordado de arrogancia aunque quebrado por el miedo.
─ Soy un príncipe. Deberías inclinarte ante mí y respetarme.
El silencio se esfumó tras el bufido estruendoso del orco, una vibración gutural que resonó en las paredes como si el lugar entero compartiera la emoción. Chanyeol ladeó la cabeza, sus ojos ardiendo como el carbón.
─ Príncipe ─ repitió, saboreando la palabra con un desdén que lo impregnaba todo ─ Eres príncipe mientras caminas entre muros de oro y cortesanos serviles. Pero en lo más profundo de mi reino, tu título se marchita como una flor arrancada de raíz.
Mientras hablaba, sus manos viajaron hacia el broche tosco que sujetaba las pieles de su atuendo. Con un tirón desató el nudo que ceñía su cintura y dejó que el cuero endurecido y las tiras de tejido rudo se deslizaran al suelo con un sonido pesado. Lo que emergió entonces hizo que la respiración del heredero se cortara de golpe.
El miembro del orco se erguía con una dureza obscena, grueso y venoso, demasiado grande como para pertenecer a ese mundo. La piel oscura brillaba bajo la luz de las antorchas, las venas latían como si llevaran dentro la misma sangre que hacía temblar la tierra bajo sus pies. Chanyeol no necesitó palabras para dejar claro lo que significaba aquel gesto, el simple hecho de mostrarse así era la afirmación de su valer.
Su sonrisa se curvó apenas, peligrosa, al notar la forma en que el pecho del heredero seguía subiendo y bajando con violencia, atrapado entre el orgullo que no quería rendirse y el instinto que lo traicionaba.
─ Aquí, príncipe ─ murmuró el orco, inclinándose hasta que su aliento caliente se derramó sobre los labios del joven ─ tu linaje no es más que un recuerdo inútil. Lo único real es lo que puedo hacer con tu cuerpo ─ gruñó contra su oído, los colmillos rozando la piel del delgado cuello mientras sus dedos desgarraban el último velo de tela que lo cubría.
El manto real cayó sin gloria sobre la piedra húmeda, olvidado como si jamás hubiera tenido valor. Chanyeol lo alzó de los muslos con brutal facilidad, viéndose obligado a rodear su cintura, dejándolo expuesto y temblando bajo la penumbra.
El heredero intentó aferrarse en un gesto de vanidad, pero la dignidad se quebró en un jadeo cuando un dedo grueso irrumpió entre sus glúteos, abriéndose paso sin permiso. Su espalda se arqueó con violencia, la cabellera plateada se derramó por todas las direcciones sobre el colchón y los ojos dorados brillaron con una mezcla de rabia y un placer imposible de sofocar. No hubo pausa. El orco añadió un segundo dedo y lo forzó a aceptar más, ensanchando lo prohibido con movimientos crueles. Cada embestida arrancaba espasmos involuntarios, gemidos ahogados que se escapaban de los labios mordidos hasta sangrar.
Aquel cuerpo humano temblaba bajo la invasión que no concedía tregua. Chanyeol lo observaba desde arriba con el rostro torvo y los ojos nuevamente encendidos, disfrutando cada estremecimiento, cada sollozo que traicionaba a ese hermoso ser. Sujetó la cintura del joven con una sola mano, inmovilizándolo y con la otra continuó penetrándolo sin descanso, retorciendo los dedos en su interior como si quisiera grabar su dominio en la carne misma.
El olor a lirio que desprendía el hijo del rey desde abajo de su piel, lo venía enloqueciendo. El morocho se irguió, mordiendo la curva del hombro ajeno y dejando marcas rojas que ardían como fuego sobre la blancura de la piel. El contraste lo excitaba más. Lo olfateó con ansia, lo lamió despacio, saboreando su fragilidad mientras los dedos seguían trabajando con la misma ferocidad, cada vez más profundo, cada vez más cerca de romperlo por completo.
El cuerpo del heredero se resistía con torpeza, la mandíbula apretada en un gesto de ira mientras la respiración se escapaba a tirones, sin embargo, no pudo ocultar lo que sucedía bajo su vientre. Su miembro pequeño y tímido se agitaba con vida propia, endureciéndose poco a poco contra la voluntad que lo mantenía con el ceño fruncido. Baekhyun crispó los dedos sobre la manta de nuevo, tenía los labios tensos en un rictus que pretendía negar lo evidente aunque cada sacudida de placer lo traicionaba como un relámpago recorriendo su espina dorsal.
Los ojos dorados destellaban furia pero también había algo de miedo ante las sensaciones adversas. El príncipe sentía aquella electricidad recorrerle los nervios, vibrando en su estómago bajo, escalando hasta su garganta en gemidos que intentaba contener con los dientes hundidos en el labio. La dignidad que lo había hecho enfrentarse al monstruo en el bosque ahora parecía resquebrajarse con cada movimiento cruel de los dedos que le abrían su orificio sin descanso.
Entonces sucedió, un calor húmedo brotó de su intimidad, apenas un hilo traicionero que humedeció su entrada. La vergüenza lo golpeó con violencia y sus ojos se abrieron con furia renovada, aunque la respiración agitada y el rubor que ascendía a sus mejillas lo delataban más que cualquier palabra.
Chanyeol lo notó al instante, una sonrisa torcida deformó sus labios al sentir esa humedad sobre sus dedos. Sin dar chanza retiró la mano y sujetó al humano por su diminuta cintura por tercera vez, arrastrándolo hacia sí con un movimiento brusco que lo obligó a gemir en protesta. Lo levantó apenas, inclinándolo con agilidad inhumana hasta que el rostro del orco quedó frente a su apretado ano expuesto.
Baekhyun pataleó con impotencia, el cabello plateado agitándose como un velo desesperado alrededor de su rostro enrojecido, sin embargo la protesta murió cuando la lengua áspera recorrió todo el surco prohibido. Un rastro mojado y abrasador se extendió desde la base hasta el punto más oculto en su interior, cada centímetro marcado con la ferocidad de un depredador que no le teme a nada.
El príncipe arqueó la espalda consecutivamente, un grito sofocado escapó de sus labios al sentir cómo aquella boca lo devoraba sin pudor. Sus dedos se aferraron al lecho en un intento inútil por encontrar refugio, la expresión endurecida se quebró entre rabia y placer, los párpados ahora apretados dejaban acumular lágrimas pequeñas en las comisuras. El calor que lo recorría era insoportable, una mezcla de humillación y un gozo tan intenso que lo dejaba sin aliento.
Chanyeol gruñó satisfecho contra su piel, cada lamida descendía más profundo, explorando con ansia, arrancando estremecimientos involuntarios que recorrían el cuerpo del heredero como una corriente eléctrica imposible de controlar.
─ Gimes como si hubieras nacido para esto ─ espetó Chanyeol apenas en una voz baja cargada de burla ─ No me digas que este cuerpo tan lascivo ha permanecido intacto todo este tiempo.
El pequeño chico temblaba envuelto en vergüenza, la voz de Baekhyun emergió quebrada entre jadeos que no lograba sofocar.
─ Ambos somos hombres, esto no tiene sentido...
La risa áspera del orco vibró contra su piel.
─ Hombres, mujeres, eso no importa aquí. Solo enfocate en lo que mi boca arranca de ti.
Volvió a hundirse en él con un hambre salvaje, la lengua lamiendo, chupando, absorbiendo cada pliegue de su ano hasta generar gemidos que parecían romperse en el aire. Lo dejó de pronto con un movimiento lento, la lengua separándose en un último contacto que se deshizo en un hilo brillante de saliva que unió su boca con el orificio tenso del príncipe antes de romperse con un chasquido húmedo.
El moreno se irguió sobre él, la mano descendió hacia su propia hombría y la rodeó con movimientos firmes, deslizándola con una cadencia que dejaba escapar gruñidos guturales.
─ Te mostraré lo que significa estar bajo mí. No eres virgen, ¿verdad? ─ dejó que la sonrisa torcida se abriera mientras se masturbaba frente a él, los dedos casi negros recorriendo la extensión obscena de su virilidad con lentitud insultante ─ Sería un desperdicio que alguien como tú no hubiera probado nunca el verdadero placer.
Baekhyun apretó los labios con fuerza, negándose a responder aunque su pecho se estremecia, atrapado en la contradicción de la humillación y las ganas.
Los gruñidos graves llenaron la cámara mientras la mano enorme del morocho rodeaba aquella extensión descomunal, con movimientos lentos frotó la piel de su propio miembro hasta que visualizó el brillo de el presemen, el sonido estruendoso se mezclaba con el jadeo entrecortado del príncipe que lo miraba desde abajo con los labios apretados, con un gesto orgulloso aunque sus ojos delataban la ansiedad de lo inevitable. Chanyeol inclinó el cuerpo hacia él, su miembro palpitante rozó la entrada abierta y sensible que aún ardía por el trabajo de sus dedos, la presión inicial arrancó un quejido ahogado que se convirtió en un grito breve cuando la punta empezó a hundirse con fuerza bruta, el anillo de piel se abrió con resistencia hasta que lo devoró un poco más.
La boca de Baekhyun dejó escapar un gemido luego de la ardua batalla de este mismo por evitar dejar escapar sonidos petulantes. Su sentido gesticulaba de manera desvergonzada todo lo que su culo empezaba a recibir, sus dientes aprisionaban con fuerza su labio inferior, le ardía la zona pero a la par sentía como su cavidad se apretaba alrededor del pedazo de carne, sintiendo gotear su propio pene. Su espalda se arqueó con violencia por milésima vez, su cabello lacio se agitó en mechones sobre su frente, cada hebra parecía encenderse al compás del dolor que lo sacudía.
El orco gruñó con satisfacción, los músculos de su torso yacían tensos mientras empujaba más profundo, el cuerpo pequeño se sacudía bajo él como si fuera incapaz de contener aquella invasión. El grito del príncipe resonó contra las piedras, un sonido quebrado que terminó en jadeo, su boca a medio abrir dejó escapar un hilo de saliva que resbaló por la comisura hasta empapar su propio cuello.
El avance continuó sin tregua, cada embestida expandía lo prohibido, sus muslos temblaban y los ojos bordados en oro se agitaban de arriba a abajo incapaces de sostener un punto fijo, como si la visión misma se nublara entre la penumbra. Chanyeol apretó más la cintura delicada y hundió todo su grosor en un movimiento que le arrancó un alarido desgarrado al chico de piel blanca, la vista frente a él era gloriosa, el cabello ajeno brillaba como un lino extendido sobre pieles negras, los labios húmedos goteaban saliva, las pestañas largas temblaban sobre unas mejillas arrebatadas de color, un cuerpo agitado que lo recibía gustoso aún cuando se retorcía de vergüenza.
Solo por ello las embestidas se hicieron más crudas, el sonido de la carne chocando llenó el silencio de la recamara, cada golpe contra el punto escondido arrancaba espasmos que recorrían la espalda del humano, sus dedos se crispaban bajo si, los gemidos se mezclaban con gritos que se rompían en sollozos. Chanyeol lo contemplaba con deleite, devoraba cada mechón resplandeciente que parecía iluminar la penumbra, cada gota de saliva que resbalaba de los labios entreabiertos, cada estremecimiento involuntario que demostraba que el príncipe, en su pureza arrogante, había caído en un éxtasis del que ya no podía escapar.
El cuerpo menudo se doblegaba bajo los movimiento del adverso, el abdomen de Baekhyun se contraía y se expandía como si buscara contener el fulgor que se encendía en lo más profundo de sus entrañas. La presión que lo atravesaba era tan intensa que el vientre se abultaba apenas con cada embestida, como si su cuerpo quisiera mostrarle el precio de su osadía. Un calor abrasador subía desde el bajo vientre hasta el pecho y desde allí se derramaba hacia las extremidades, volviéndolas pesadas, adormecidas, incapaces de sostener la fuerza que lo consumía.
Su entrada ardía, palpitaba, clamaba por más, como si su anillo estrecho se hubiera vuelto un pozo sin fondo hambriento del que dependía su cordura. La voz que escapaba de sus labios se quebraba en jadeos, en súplicas entrecortadas que no llegaban a articularse, apenas gemidos que hacían eco en la garganta del orco. Entonces una mano enorme se deslizó hacia su intimidad y comenzó a amasar su pequeño pene endurecido, estrujándolo rudeza, arrancándole espasmos que lo sacudían entero, el placer multiplicándose en oleadas que lo dejaban ciego.
El pecho níveo se erizaba bajo la lluvia de besos que el monstruo dejaba sobre sus pezones pequeños y tensos, sensibles al roce de los colmillos que apenas lo rozaban sin llegar a herirlo. Después esa boca abrasadora se apoderaba de sus labios rojos como la herida más viva y lo devoraba sin descanso, robándole el aliento, obligándolo a rendirse ante el choque de saliva.
Chanyeol sostuvo con firmeza el cuerpo del chico bajo él y lo giró apenas, lo justo para que uno de los pies quedara apoyado sobre su hombro ancho. Ese leve movimiento abrió el cuerpo frágil con una entrega más profunda, su verga se hundió en él en un ángulo distinto que lo hizo arquearse de inmediato. La garganta de Baekhyun dejó escapar un gemido entrecortado, ya sin la compostura que lo había sostenido hasta entonces, su voz tembló como si cada sílaba estuviera hecha de puro éxtasis.
El orco lo embistió con ritmo feroz, cada choque hundía los testículos contra el culo ahora teñido de un rojo encendido por la fricción y algunas que otras palmadas que reposaron ahí. El sonido húmedo, acompañado del golpeteo incesante, llenaba la habitación en un aura comprometedor.
Baekhyun sintió que su estómago se tensaba con fuerza, un fuego le subía desde lo más hondo y lo consumía hasta dejarlo vacío de pensamiento. El placer lo atravesó sin entrever su llegada y su delicado pene se agitó en espasmos desesperados, hasta que su semen bañó sin control su propio abdomen liso. El líquido espeso brotó tibio, manchando su piel aterciopelada en la primera prueba de rendición, su cuerpo se estremeció entre el jadeo y el temblor de sus extremidades adormecidas.
El joven podía ver como su vientre se abultaba con cada embestida, como el aire se sus pulmones se le escapaba por la boca. La presión era insoportable, un vacío insaciable en su agujero que pedía más, clamando por no detenerse, por seguir siendo colmado.
Pero el monstruo inclinó la cabeza y volvió a atrapar su boca, sofocando cualquier súplica con un beso hambriento mientras sus testículos seguían golpeando con un sonido obsceno contra sus glúteos. Baekhyun volvió a estremecerse, un sentimiento que recorrió su espina hasta hacerlo perder la noción de sí mismo, sus manos ya cansadas se crisparon sobre las sábanas arrugadas.
Chanyeol soltó una carcajada baja que resonó contra sus labios antes de apartarse apenas para murmurar algo ininteligible, las palabras se ahogaron en el jadeo compartido, pero la intención quedó clara; no iba a dejarlo descansar.
El moreno no cedió en su empuje, el cuerpo blanquecino seguía temblando bajo él, jadeante, perdido en el fuego. De pronto el agarré se dio en el brazo, lo levantó como si no pesara nada y con un solo jale lo sostuvo por detrás de las rodillas, cargándolo contra su pecho ancho. La criatura se incorporó con la fuerza brutal que lo definía y caminó hasta el gran espejo incrustado en la pared del ala derecha.
Cada paso hacía rebotar al frágil muchacho contra su torso, obligándolo a sentir aún más la crudeza de la verga que lo desgarraba por dentro. Ya frente al espejo bañado en metal, Chanyeol lo sostuvo frente al cristal, las rodillas dobladas y sostenidas con firmeza, la espalda presionada al abdomen robusto del orco.
─ Mírate ─ mencionó el alto en la ruborizada oreja, con una voz ronca y rasgada de placer ─ Tan pequeño y frágil, tragándote entero mi pene como si hubieras nacido para esto. Tu cuerpo me implora más aunque tu boca tiemble.
Todo parecia irse cuesta a bajo para el hijo del rey, el sonido húmedo de cada embestida retumbaba en la habitación, el eco amplificado a causa de las paredes y el desgaste doloroso de la escena frente a él. Los testículos gordos y pesados colgando por debajo de su orificio, marcando un ritmo obsceno, la visión de sí mismo siendo tomado de ese modo lo hizo estremecerse hasta la médula, el estómago se contrajo con violencia y su respiración se volvió un jadeo cortado.
El orco descendió su mano y comenzó a estrujarle el miembro nuevamente, cada movimiento arrancaba espasmos de su cuerpo sensible, los labios ensangrentados, por culpa de las mordidas involuntarias, se entreabrieron dejando escapar súplicas sin palabras. La lengua abrasadora de Chanyeol recorrió la curva de su cuello hasta atrapar el lóbulo de su oreja, devorándolo con la misma hambre con la que lo dominaba por dentro.
Baekhyun perdió el hilo de la razón cuando sintió como el calor lo arrastró en un torbellino, su pequeño miembro se sacudió hasta derramar semen tibio por segunda vez, manchando lo ya manchado posteriormente. El espejo mostró el instante exacto en que se deshacía, el rostro crispado en placer absoluto, su pecho levantado como el arco de cupido.
Chanyeol sonrió, la mirada fija en aquel reflejo, en un espectáculo que era solo suyo.
─ Ya conseguiste lo que deseabas ─ murmuró apenas con la voz quebrada ─ mi honor y mi orgullo están devastados, ahora déjame ir.
El orco soltó una risa ronca contra la espalda sudorosa del menor.
─ ¿Dejarte? ─ repitió con burla, marcando cada embestida con un golpe más profundo ─ Fuiste el que más disfrutó aquí y ¿Aún te atreves a pedirme tal cosa?.
El jadeo del chico se mezcló con un gemido involuntario cuando el movimiento brusco lo hizo estremecerse entero. Intentó hablar, pero el monstruo le tomó el rostro con fiereza, obligándolo a mirarse de nuevo en el vidrio frente a él.
─ Mírate, precioso ─ dijo el orco ─ temblando, gimiendo, tragando mi verga como si hubieras nacido para mi. ¿De verdad crees que esto acaba aquí? ¿Acaso crees que esto acaba antes de darte a mi hijo?
Baekhyun negó débilmente, la voz entrecortada.
─ Es imposible, soy un hombre y no puedo... ─ las palabras se quebraban en gimoteos, apenas un hilo de resistencia que se evaporaba en cada embestida.
Chanyeol rió con crudeza, devorándole la oreja antes de volver a hundirse con furia.
─ Tienes que llevar a mi hijo porque ahora eres mi esposa ─ la voz salió grave, cargada de posesión ─ y no acabaré hasta que mi semen repose en tu vientre, hasta que a ti no te quede duda de a quién perteneces.
El chico soltó un sollozo quebrado entre el placer y el agotamiento, las manos aferradas al cristal como si pudiera huir de su propio infierno.
─ Haz silencio ─ susurró el orco mientras lo penetraba con ritmo implacable ─ Cuando intento salir tus pliegues se pegan a mi y no me sueltan, tus calientes entrañas se tragan la punta de mi polla.
El ceño de Chanyeol se fruncía con la excitación, el sudor resbalaba por su frente mientras lo seguía embistiendo con furia desde atrás, como si un lobo estuviera entrando hasta lo más profundo de la presa con cada sacudida. Con una sola mano sostuvo las piernas frágiles contra su torso, la otra bajó hasta el pequeño miembro del príncipe que ya no daba para más, jugando y toqueteandolo con movimientos bruscos que arrancaban sacudidas eléctricas.
El rostro ajeno estaba manchado de lágrimas y sudor, la garganta expulsando jadeos que se rompían en gemidos suplicantes de auxilio. El monstruo lo movía por toda la habitación sin esfuerzo, como si apenas pesara, lo alzaba contra la pared, lo giraba de costado, lo estremecía con embestidas que lo dejaban sin aire, cada choque de su pene era un golpe que retumbaba en su interior como un martillazo.
Un azote resonó en las nalgas encendidas, la carne vibró bajo la mano dura del orco, el ardor se mezcló con el cosquilleo que lo hacía gemir aún más. Los pezones fueron atrapados entre unos dedos que apretaron con crueldad, retorciendo hasta arrancarle un grito sofocado.
Los pequeños labios fueron invadidos por dos falanges ásperos que penetraron su boca, obligándolo a chuparlos mientras el orco gruñía satisfecho. La saliva se desbordaba, escurriéndose por su mentón mientras lo miraba con esos ojos oscuros, como si quisiera grabar para siempre la imagen de su rendición.
Cada sacudida lo estremecía, cada movimiento lo llevaba más lejos del control, su miembro palpitaba bajo la rudeza de aquella mano inclemente que no dejaba de estrujarlo, su cuerpo entero se convirtió en un campo arrasado por la fuerza de un monstruo que parecía no tener intención de detenerse.
El ritmo se volvió desquiciado, el cuerpo del príncipe ya no resistía más, temblaba entero atrapado en las grande manos del gigante. Un calor abrasador brotó en ráfagas densas dentro de si, el espesor de aquel climax denso liberándose sin compasión dentro de su pequeño cuerpo, llenándolo hasta el desborde.
Baekhyun gritó con la garganta desgarrada cuando sintió cómo algo dentro de él se expandía un poco más, abriéndolo de manera cruel, marcándolo como si su carne fuera moldeada desde dentro. Él ya no era el príncipe pulcro y ejemplar que salió esa misma mañana, sino un muchacho devastado con ojos nublados en lágrimas y lujuria, cabello largo pero enmarañado, boca abierta dejando escapar un hilo de sangre donde los besos y mordidas lo habían quebrado, la piel blanca surcada de marcas rojas que ardían con el simple toque.
El grito se quebró en un sollozo cuando sobre su vientre comenzó a arder una marca, un símbolo que se dibujó debajo su piel, dejando un resplandor tenue justo encima de su abdomen liso. El dolor lo hizo reaccionar, sus manos delgadas se alzaron contra lo que pudiera alcanzar para atacar al orco detrás de él, tratando de golpearlo, rogando que lo soltara.
Pero el monstruo rió con más desdén, el ceño fruncido de la excitación aún presente, sus ojos brillaban como el fuego.
─ ¿Con este cuerpo delgado y débil planeabas ser príncipe? ─ rugió el fornido mientras lo mantenía ensartado como aguja ─ mejor lleva a mis hijos y quédate aquí conmigo.
El menor intentó responder con una voz rota escapando apenas de su garganta, pero antes de articular palabra la boca cruel lo atrapó de nuevo, besándolo con violencia, sellando cualquier intento de resistencia. En ese beso ardiente se deslizó la feromona de enlace, impregnando su ser con un veneno dulce.
Los ojos del chico perdieron algo de brillo mientras su mirada se encendía en un deseo ajeno, sus labios se entreabrieron buscando más, su cuerpo tembló de hambre nuevamente. Una sonrisa torcida y desconocida apareció en su rostro como si otro Baekhyun pudiera despertar dentro de sí, uno que abrazaba el placer en lugar de resistirse.
El orco lo sostuvo más fuerte, devorando ese instante, sabiendo que la presa ya no huía, que ahora el deseo carnal la reclamaba también como suyo.
Solo hasta ese momento Chanyeol lo dejó tocar el frío suelo de piedra.
El príncipe abrió los labios, quiso hablar, quiso reclamar, pero lo único que emergió fue un gemido bajo cargado de penurias, un sonido que no le pertenecía y que sin embargo, le arrancaba placer. La feromona de enlace trabajaba como una toxina que no podía rechazar, fundiendo el dolor con deseo, borrando la frontera entre rechazo y entrega.
El orco bajó la cabeza hasta hundirse en el cuello sudado del menor, respirando su aroma como si se tratara de un manjar.
─ Ya eres mío ─ gruñó nuevamente ─ tu cuerpo lo sabe, tu sangre lo sabe, hasta tu sonrisa lo sabe. Nadie más verá tu espléndido cuerpo desnudo, nadie más tendrá lo que yo marqué.
El semen de Chanyeol volvió a liberarse en un último golpe, llenándolo con brutalidad hasta que la marca de fuego sobre su vientre resplandeció una vez más, sellando el lazo entre ambos. Baekhyun gimio de nuevo, lleno de una descarga ardiente que lo hizo estremecer hasta el límite, el cuerpo sacudido en un orgasmo que lo vació por completo.
El monstruo lo sostuvo contra su pecho aún con la respiración irregular para posteriormente, besarlo una última vez, profundo y con autoridad.
─ No eres libre ─ susurró con voz grave, rozando la frente del chico ─ ahora llevas mi marca, solo mío.
Baekhyun cerró los ojos sin fuerzas para discutir, el sabor del orco aún ardía en su boca, el eco de su propio cuerpo suplicando más en cada sacudida retumbaba en sus oídos. El reflejo del espejo se rebobinaba frente a sus ojos. La mueca torcida que ahora decoraba su rostro, confirmó lo que ya no necesitaba palabras, no había marcha atrás.