PRÓLOGO
Mi vida era un archivo ordenado en una carpeta de color beige. Predecible. Segura. Tranquila. Cada día transcurría entre el zumbido low-fi de mis auriculares, el aroma de mi té de jazmín y la satisfacción de tachar tareas en mi planner. El universo me parecía controlable, dividido entre lo aceptable y lo que no lo era.
Como los superhéroes: entretenimiento infantil, ficción absurda.
Hasta que mí lengua fue más rápida que mi racionalidad.
Más rápida que mis prejuicios. Más rápida, incluso, que mi propio corazón, que pareció detenerse para siempre la primera vez que esa misma lengua, afilada y cargada de sarcasmo, se refirió a Superman no como un personaje, sino como una filosofía de vida.
Así conocí a Max Holter, mi nuevo compañero de departamento. El huracán con pelo de Clark Kent, sonrisa de villano y una ‘S’ escarlata estampada en todo lo que poseía. El hombre que se dedicó a desordenar mis archivos, a manchar de rojo kryptonita mi mundo beige y a recordarme, con cada broma pesada y cada mirada que me atravesaba como visión de rayos X, que hasta la mujer más terrenal puede terminar suspendida en el aire, preguntándose cuándo comenzó a volar.
Y que a veces, los héroes no llevan capa... pero sí saben exactamente cómo hacerte sentir que estás cayendo, solo para atraparte un segundo antes del impacto.