Sombras de Luna: el vínculo prohibido

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Summary

Oculté mi magia toda la vida. Hasta que crucé la frontera prohibida... y él me encontró. Elara, una bruja marcada por la luna, es descubierta en territorio licántropo y llevada ante Kael Varrow, el joven alfa. Lo que debería ser su sentencia de muerte se convierte en una condena aún mayor: son compañeros predestinados. Él no puede reclamarla sin traicionar a su manada. Ella no puede amarlo sin revelar lo que realmente es. Y el destino no se detendrá hasta unirlos... aunque el mundo entero arda por ello.

Status
Ongoing
Chapters
17
Rating
n/a
Age Rating
18+

El principio de todo...

No encajo. Nunca lo he hecho.

Donde yo vivo, las chicas solo hablan de fiestas, chicos, maquillaje y planes de futuro, pero yo solo pienso en no perder el control. No de nuevo.

Vivo en una casa que nunca ha sido mía. Y no me malinterpretes, Grace y su madre siempre me han tratado como parte de la familia, cuando yo no tenia una. Me acogieron cuando tenia 10 años, cosa por la cual siempre les iba a estar agradecida. Aunque cada vez que me siento en la mesa con ellas, no puedo evitar recordar por qué estoy aquí y no en mi propio hogar.

Esa noche, mientras Grace duerme con los auriculares puestos, me levanto en silencio. Me visto con lo primero que encuentro: vaqueros y sudadera negra con capucha. Cojo mi mochila donde guardo lo que necesito, una tiza, algunas hierbas secas, el cuchillo de mi abuela, y salgo de casa.

El pueblo está tranquilo. Luces amarillas en algunas ventanas, televisores encendidos y un par de coches aparcados en la calle principal. Todo parece normal, rutinario. Pero eso se queda muy lejos de la realidad. Nuestro mundo esta dividido por las diferentes especies que lo habitan. Los humanos viven en ciudades fortificadas, temerosos de las demás criaturas. Los licántropos habitan bosques y montañas. Y los vampiros emigraron a las zonas frías, dejando atrás a los demás. Entre ambas razas existe una tregua, con fronteras estrictas que nadie debe cruzar. Sin embargo, aquí estoy yo, intentando acceder al territorio de los licántropos. La verdad es que siempre he sido un poco cabezota y eso de las reglas no va conmigo.

Camino hasta la carretera que bordea el bosque. Sé lo que dicen de él, las historias sobre lobos enormes y ojos brillantes que cazan de noche. Nadie en su sano juicio entra ahí después del anochecer. Yo tampoco debería hacerlo... pero es el único lugar donde puedo ser yo misma sin miedo a que me vean. Lo había hecho anteriormente y nunca había ocurrido nada porque sabia muy bien como ocultar mi presencia, así que esta vez no iba a ser la excepción.

Cruzo el límite y me interno entre los árboles. El aire cambia. Es más frío, más denso. El silencio es tan profundo que cada paso parece un grito. No conseguía acostumbrarme a esta sensación. Un vacío se instalaba en la boca del estómago cada vez que daba un paso, introduciéndome mas a fondo del bosque. Me detengo en un claro iluminado por la luna. Respiro hondo, inhalando la cantidad de oxígeno necesaria para que mis pulmones se llenen. Dirijo mi mirada hacia el suelo, buscándola.

Allí esta.

Una planta humilde, pero distinta a todas las demás. Sus hojas verdes plateadas parecen captar la luz de la luna, reflejándola en destellos suaves, casi metálicos. El fino vello que las cubre le da un aspecto etéreo, como si no perteneciera del todo a este mundo. Al rozarla con los dedos, libera un aroma fuerte y terroso, una fragancia que me envuelve al instante, despertando algo antiguo en lo más profundo de mi memoria.

La salvia era una planta de curación muy poderosa. Y la necesitaba.

No sé cuánto tiempo me quedo allí, arrodillada entre hojas y raíces, dejando que mis manos reconozcan cada textura, cada borde, cada aroma. La luz de la luna acaricia mi piel mientras siento que la chispa dentro de mí se mueve, como un pequeño fuego buscando salir. No puedo permitirlo. No todavía.

Mi respiración se hace más lenta, más medida. Cierro los ojos y dejo que el viento me golpee la cara, sintiendo cada sonido, cada olor del bosque. Es un mundo completamente distinto al de la aldea, y sin embargo siento que pertenezco aquí. Como si la naturaleza misma me reconociera. Cojo el cuchillo de mi mochila y corto algunos racimos, guardándolos en un pañuelo de tela e introduciéndolo de nuevo donde estaba.

Abro los ojos y descubro un sendero que no había visto antes, estrecho y cubierto de hojas caídas. No sé a dónde conduce, y no me importa. Mi curiosidad es más fuerte que cualquier miedo. Doy un paso, y luego otro, y el bosque parece cerrarse suavemente a mi alrededor, como protegiéndome de los ojos de la aldea y del mundo humano que dejo atrás.

Avanzo un poco más y mi mirada se detiene en otro destello plateado, esta vez en el tronco de un árbol. Hago una pausa y pongo la palma contra la corteza rugosa. La energía vibra bajo mis dedos, sutil, como si el árbol mismo respirara. Cierro los ojos y dejo que la sensación me llene. Noto como el suelo tiembla levemente bajo mis pies y ahí es cuando sé que es momento de parar, de dejar de investigar, de no dejarme llevar por mis instintos.

Me alejo del árbol con cuidado, sin romper el silencio. Un crujido de hojas me hace abrir los ojos de golpe. Un estado de alerta se instala en mi cuerpo. Cojo el cuchillo con más fuerza, incluso haciéndome daño. Estoy lista para atacar cuando de repente, entre las sombras del bosque, aparece un lobo enorme. Su pelaje oscuro refleja la luz de la luna, y sus ojos, amarillos y penetrantes, me observan con una intensidad que me deja paralizada. Cada músculo de su cuerpo está tenso, listo para cualquier movimiento. Mi instinto me grita que corra, pero no lo hago. Hay algo en su mirada que me mantiene quieta. Inmóvil.

Nunca había observado a un lobo de cerca. Había visto retratos de ellos en libros y oído miles de historias, pero nunca me había topado con un uno de verdad. Y estaba cagada del miedo. Me podía arrancar la yugular de un solo mordisco, cosa que no me apetecía. No quiero morir aún. Soy joven y tengo muchas cosas que vivir todavía. Aún no me he enamorado, no tengo mi propia casa, ni una mascota, acabo de empezar la universidad y por mucho que sea una tortura, no me he pasado tantos años de mi vida estudiando cosas que no me gustan, para morir a manos, o garras, mejor dicho, de un licántropo.

Siento el corazón latiéndome en el pecho, fuerte y rápido, y a juzgar por sus movimientos, él también lo percibe. Tengo dos opciones: empiezo a correr a la de ya, con todas mis fuerzas y rezando para que no me de caza, cosa que dudo que ocurra, porque esa es su naturaleza, son cazadores. Y no hay nada más tentador que una presa que da juego. O, por otra parte, puedo intentar convencerlo de que ya me voy y que no voy a causar problemas, mientras rezo por que no me mate. En cualquier caso, probablemente acabe muerta.

Así que genial, ha sido una idea de puta madre Alara.

El lobo permanece quieto, pero sus ojos no me pierden de vista. Puedo sentir su respiración, rítmica y profunda, como un tambor que marca el tiempo del bosque. Cada fibra de su cuerpo está lista para atacar o huir, pero no lo hace. Y eso, de algún modo, me tranquiliza.

-Solo vengo a por salvia... -Le informo lentamente, mientras doy pasos pequeños hacia atrás, por el camino que he tomado.

El lobo inclina la cabeza, curioso, y por un instante siento que evalúa mis intenciones. No es un animal común; hay inteligencia en esos ojos, una conciencia que me desconcierta. Como si pudiera ver más allá de mi miedo, hasta mi esencia.

Doy un paso más, y mi mano roza la mochila. La salvia palpita contra mis dedos, y noto cómo el lobo se relaja ligeramente. No me ataca, no me impide moverme. Pero sigue allí, vigilante, como un guardián silencioso del bosque. Respiro hondo, intentando calmar el temblor en mis piernas.

-Gracias... -Mi voz es apenas un susurro. -No quiero problemas.

El lobo emite un gruñido bajo, pero no hostil. Más bien parece una advertencia, un recordatorio de que este lugar, y su presencia, no son un juego. Y, de alguna manera extraña, comprendo que nos estamos midiendo el uno al otro, intentando entender quién es amenaza y quién no.

Finalmente, doy media vuelta y comienzo a alejarme, con la salvia segura en mis manos y el corazón latiéndome a mil por hora. Cada paso me recuerda que he cruzado un límite, uno que no se puede deshacer.