Capitulo único
🌕"Banquete de deseo"🌕
El salón estaba iluminado solo por candelabros altos, la luz danzaba sobre los muros rojos como si fueran lenguas de fuego. El aire estaba impregnado de especias, vino dulce y carne recién asada. En el centro, una mesa interminable rebosaba de frutas brillantes, copas rebosantes y dulces aún humeantes.
Jungkook entró temblando. Había pasado días sin comer, arrastrando el cuerpo por el bosque con el estómago vacío. El aroma lo golpeó primero, obligando a su garganta a rugir de hambre.
-¿Hambriento? -la voz suave de un hombre lo sorprendió.
Giró. Ahí estaba Jimin, sentado en el trono de la cabecera de la mesa. Vestía de negro, con una camisa abierta que dejaba ver el blanco perfecto de su pecho. Sus labios parecían manchados de vino y su sonrisa era la de un depredador.
-Yo... -Jungkook tragó saliva-. No quería irrumpir, solo... necesitaba un poco de pan.
Jimin inclinó la cabeza, observándolo con ojos que brillaban como oro líquido.
-Aquí no pedimos poco. Aquí se toma todo -dijo, extendiendo una mano-. Ven.
Jungkook obedeció, casi como hipnotizado.
-Siéntate frente a mí.
Los sirvientes llenaron el plato del muchacho antes de que pudiera reaccionar. Carne jugosa, frutas bañadas en miel, copas de vino espeso. Jungkook dudó, pero el hambre pudo más. Llevó un trozo de pan a la boca y, al probarlo, sintió un placer extraño recorrerle el cuerpo. No era solo sabor: era como si el alimento encendiera cada fibra de él.
Jimin lo observaba.
-Eso es... -murmuró con voz baja-. Deja que te consuma.
Jungkook siguió comiendo, y con cada bocado los ojos de Jimin parecían más satisfechos, como si aquel banquete fuera solo para él.
-Está delicioso... -susurró Jungkook, limpiándose con torpeza la boca.
Jimin se inclinó hacia adelante.
-La gula no está en lo que comes, sino en cómo deseas. -Su voz era un veneno dulce-. Dime, Jungkook, ¿de qué tienes realmente hambre?
El muchacho dejó caer la copa. El vino se derramó, manchando el mantel como sangre.
-De... -titubeó, con las mejillas encendidas-. De ti.
Jimin sonrió como si lo hubiera estado esperando.
-Entonces devórame -ordenó con calma, acercándose lentamente por la mesa, como un plato más servido para él.
Jungkook lo miró, confundido y excitado, con el pecho palpitando como un tambor. Era imposible saciarse: ni la comida, ni el vino, ni siquiera el aire parecían bastar. Todo en él gritaba por más, por tocarlo, besarlo, arrancarle un trozo y guardarlo dentro de sí.
Jimin le rozó los labios con los dedos manchados de fruta.
-La gula no sacia -susurró, lamiéndose lentamente los dedos frente a él-. Te devora.
Jungkook, temblando, atrapó la muñeca de Jimin y chupó el jugo que corría por su piel, desesperado, como un animal que no conoce límites.
El anfitrión soltó una carcajada baja y oscura.
-Perfecto... ahora eres mío.
El silencio del salón se quebraba con el crujir de la leña en las chimeneas y el sonido húmedo de las frutas al ser desgarradas entre los dientes. Jungkook apenas respiraba, con los labios teñidos de vino y el corazón latiendo como si quisiera escapar de su pecho. Frente a él, Jimin lo miraba con esa calma peligrosa de quien conoce la impaciencia del hambre y sabe exactamente cómo mantenerla viva.
-Así... -murmuró Jimin, con una sonrisa apenas curvada en un gesto de placer-. Deja que te arda la garganta, que tu estómago se retuerza. No busques detenerlo, Jungkook. La gula nunca se sacia... solo se rinde.
Jungkook apretó el puño alrededor de la copa, intentando pensar, intentando recordar por qué estaba allí, pero cada trago lo hacía olvidar. El vino corría espeso, más dulce que cualquier fruta que hubiera probado, y lo embriagaba hasta marearlo.
-No entiendo... -jadeó, con los labios pegajosos de miel y jugo-. ¿Por qué me haces esto?
Jimin se inclinó hacia adelante, apoyando un codo sobre la mesa. Con la otra mano tomó una cereza oscura, y sin apartar la mirada de él, la llevó a su boca. La mordida fue lenta, un roce húmedo de dientes y lengua que hizo que Jungkook contuviera el aliento. El jugo rojo resbaló por su barbilla, y Jimin lo atrapó con el dedo antes de lamerlo.
-Porque tú tienes hambre... -dijo despacio, como si fuera un secreto-. Y yo soy todo lo que puedes devorar.
La mesa, antes un festín, se había convertido en un escenario erótico. Cada fruta brillaba como carne húmeda, cada trozo de pan parecía un pedazo arrancado de un cuerpo vivo. Jungkook lo notaba y aun así no podía apartar los ojos.
-Yo... no puedo más... -susurró, aunque sus manos temblorosas seguían llevando comida a su boca.
Jimin sonrió con ternura cruel.
-Claro que puedes. La gula no te mata, Jungkook. Te mantiene en ese filo donde piensas que vas a morir de deseo, y sin embargo... quieres más.
Jungkook bajó la cabeza, avergonzado. Sentía que se estaba perdiendo a sí mismo en ese banquete. No era solo el vino, ni la comida. Era él. Jimin. Sus labios, sus manos, su voz.
De pronto, Jimin se levantó. Sus pasos resonaron sobre el suelo de mármol. Se colocó detrás de Jungkook y bajó la cabeza hasta rozarle el oído.
-Mírame.
El omega obedeció con un temblor en el cuerpo. Jimin tomó una uva del plato y la presionó contra sus labios. Jungkook la recibió, mordiéndola despacio, mientras el jugo goteaba por su mentón. Jimin lo atrapó con el pulgar, limpiando la gota, y después se lo llevó a la boca.
El contacto fue mínimo, pero suficiente para que Jungkook soltara un gemido bajo.
-¿Lo sientes? -susurró Jimin-. Tu hambre ya no es por esto. -Apartó los platos, dejando caer las copas al suelo en un estrépito de cristal roto-. Tu hambre es por mí.
El omega no pudo negarlo. Su cuerpo ardía. No era solo necesidad física; era como si algo dentro de él gritara por devorar cada pedazo de Jimin, poseerlo, consumirlo hasta quedarse vacío.
-¿Qué me has hecho? -preguntó con voz quebrada.
Jimin acarició su mandíbula, obligándolo a levantar la cabeza.
-Te mostré quién eres realmente. Todos tienen un pecado escondido, Jungkook. El tuyo es la gula. Y ahora... me deseas con ese mismo fuego con el que atacaste la comida.
Se inclinó y lo besó. Fue un beso lento, húmedo, lleno de vino y fruta. Jungkook lo recibió como si hubiera esperado toda la vida por ese momento. El sabor de Jimin era más embriagante que todo lo que había probado.
Cuando se separaron, Jungkook jadeaba.
-Quiero más...
Jimin rio suavemente, apoyando la frente contra la suya.
-Siempre querrás más.
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El banquete cambió de escenario. No fue Jimin quien lo arrastró, sino Jungkook mismo quien lo siguió hasta la cámara más oscura del castillo. Las paredes estaban cubiertas de cortinas rojas, y un lecho de terciopelo esperaba en el centro. Alrededor, más bandejas con frutas, vino y panes recién horneados.
Jungkook cayó de rodillas, con la respiración acelerada, mientras Jimin lo observaba desde arriba, cruzado de brazos.
-Demuéstrame tu hambre -ordenó con voz grave.
El omega alzó la mirada, perdido. No sabía cómo, pero entendía lo que le pedía. Avanzó, tomó un racimo de uvas y lo mordió frente a él, con los labios temblando, con la mirada fija en esos ojos que lo devoraban de vuelta.
Jimin se inclinó, bajó hasta él, y sujetando su mentón lo obligó a abrir la boca. Comió la mitad de la fruta directamente de sus labios, compartiendo el jugo, el calor, el temblor.
Jungkook gimió contra su boca.
-Eso... -susurró Jimin, con un destello de satisfacción-. Devórame así.
El omega lo besó de nuevo, más salvaje, como un animal enjaulado que había probado por fin la libertad. Sus manos se aferraron a la camisa abierta de Jimin, desgarrándola hasta dejar ver la piel blanca debajo. Bajó la boca hasta su clavícula y mordió, apenas lo suficiente para dejar la marca de su hambre.
-Lo necesito... -gimió Jungkook, con los ojos cerrados-. Te necesito.
-Dilo bien -exigió Jimin, empujándolo hasta que quedó sentado en el suelo, mirándolo desde arriba como un rey frente a su súbdito.
-Tengo hambre de ti... -confesó Jungkook, con la voz quebrada-. Y nunca me basta.
Jimin sonrió como un depredador satisfecho.
-Perfecto.
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La noche se volvió interminable. Jungkook comía de su mano, bebía del mismo cáliz que sus labios, y entre cada bocado y cada trago, lo besaba, lo lamía, lo mordía como si quisiera arrancarle el alma.
El omega descubría que el hambre no se calmaba nunca; cuanto más obtenía, más deseaba. Jimin lo sabía y lo alentaba, como un anfitrión que disfruta ver a su invitado perderse en la perdición.
-¿Sabes lo que pasará, Jungkook? -preguntó Jimin mientras lo empujaba contra el lecho, cubriéndolo con su sombra-. Te perderás. Y aun así, querrás más.
-No me importa -jadeó el menor, con las manos temblando sobre su pecho-. Prefiero perderme contigo... que volver a sentir hambre sin ti.
Jimin se inclinó, rozándole los labios con apenas un suspiro.
-Entonces devórame. Hazme tu pecado.
Y Jungkook lo hizo.
El cuerpo de Jimin era el verdadero banquete. Cada beso era un trago, cada caricia un bocado. Jungkook se hundía más y más en esa sensación insaciable, donde el deseo se confundía con hambre y la necesidad con devoción.
La gula se había convertido en su religión.
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El amanecer llegó, pero Jungkook no lo notó. Estaba tendido junto a Jimin, con el cuerpo exhausto pero con el alma aún vibrante de hambre. Lo miró a su lado, con el cabello revuelto y los labios manchados de vino.
-¿Y ahora...? -preguntó en un susurro.
Jimin abrió los ojos, lo observó en silencio, y después acarició su mejilla.
-Ahora entiendes que nunca terminará. Siempre tendrás hambre. Siempre querrás más de mí.
Jungkook cerró los ojos, aceptando esa verdad. Y aun así, sonrió débilmente.
🍒
La penumbra de la cámara nunca se disipaba del todo. El fuego ardía en las antorchas, pero parecía alimentarse más de los gemidos y suspiros que del aceite. Jungkook ya no sabía cuánto tiempo había pasado desde que se entregó a aquel banquete. Podían haber sido horas o días; su cuerpo estaba agotado, pero su hambre seguía intacta, como un monstruo invisible que le respiraba en la nuca.
Jimin lo observaba desde el borde del lecho, impecable, casi intocado, como si el desgaste nunca pudiera alcanzarlo. Sus labios curvados en una sonrisa ligera eran más crueles que cualquier látigo.
-¿Aún sientes hambre? -preguntó, inclinándose apenas, como si no necesitara la respuesta.
Jungkook, con los labios resecos y el pecho alzado por la respiración pesada, apenas pudo asentir.
-Siempre... -susurró.
Jimin rio despacio, un sonido bajo que lo estremeció. Se levantó, caminando con pasos suaves hasta una de las mesas cercanas. De una bandeja cubierta de paños de seda, tomó una manzana roja, brillante como sangre bajo la luz del fuego.
-Entonces escucha, Jungkook. -Levantó la fruta frente a sus ojos, haciéndola girar en sus dedos pálidos-. La gula no es solo comer o beber sin medida. Es una cadena. Una mordida lleva a otra, y otra, y otra, hasta que el alma ya no distingue entre alimento, deseo o devoción. ¿Entiendes?
Jungkook tragó saliva, hipnotizado por el brillo húmedo de la manzana.
-Creo que... sí.
-No, aún no lo entiendes. -Jimin sonrió, llevándose la fruta a los labios. Dio un mordisco lento, dejando escapar un jugo carmesí que corrió por la comisura de su boca. No se limpió; lo dejó gotear hasta su barbilla-. Pero lo harás.
Se acercó de nuevo, sosteniendo la manzana frente al omega. Jungkook abrió la boca de forma instintiva, esperando la ofrenda. Pero Jimin no se la dio. Lo dejó con los labios abiertos, el temblor en el mentón y los ojos suplicantes.
-Mírate -murmuró con crueldad dulce-. El hambre ya te ha hecho obediente.
Jungkook cerró los labios, avergonzado, bajando la mirada. Pero Jimin lo tomó del mentón con la mano libre, obligándolo a mirarlo de frente.
-No bajes la cabeza. El pecado no se esconde. Se exhibe, se celebra, se adora.
El omega gimió débilmente al sentir el mordisco de la manzana rozarle los labios cuando por fin Jimin se la entregó. No fue un bocado; fue una orden disfrazada de caricia. Jungkook mordió y masticó, el jugo manchando sus labios y cayendo por su cuello.
-Bien... -susurró Jimin, inclinándose para lamer la gota que descendía por su piel-. Así se alimenta la gula.
El corazón de Jungkook golpeaba en su pecho con violencia. El sabor dulce de la fruta se mezclaba con la saliva de Jimin y el hierro tenue de la sangre que parecía impregnarlo todo. Cada trago era una plegaria, cada lamida y un juramento.
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Las pruebas comenzaron esa misma noche.
Jimin extendió el festín a formas nuevas, más crueles y más íntimas. No bastaba con compartir frutas de sus labios, no bastaba con beber del mismo cáliz. Ahora quería ver hasta dónde llegaba el hambre de Jungkook.
Lo hizo arrastrarse hasta el suelo, arrodillado, y comer de su mano como si fuera un animal hambriento. Le prohibió tocar las bandejas directamente; solo podía recibir lo que él le diera, cuando quisiera dárselo. Jungkook obedeció con los ojos vidriosos, masticando pan y fruta mezclados con lágrimas de impotencia.
-¿Qué sientes? -preguntó Jimin en un murmullo.
-Que... no es suficiente... -balbuceó Jungkook, con la voz quebrada.
Jimin acarició su cabello con ternura fingida.
-Exacto. Nunca lo será. Y aun así, lo buscarás.
Más tarde, lo hizo beber vino derramado sobre su propio pecho. Jungkook lamía cada gota con avidez, como si fuera agua en el desierto. Sentía que se estaba degradando, perdiendo su dignidad, pero su cuerpo lo traicionaba: el temblor en sus manos, el gemido en su garganta, la dureza en su vientre delataban que no quería detenerse.
Jimin lo sabía. Y se inclinaba para susurrarle palabras envenenadas.
-No eres más que un recipiente vacío. Y yo soy lo único que puede llenarte.
Jungkook lloraba en silencio mientras bebía, mientras comía, mientras lo besaba con desesperación. Las lágrimas se mezclaban con el vino, y aun así, no dejaba de suplicar por más.
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Los días -o lo que fueran- comenzaron a fundirse. Jungkook ya no distinguía entre alimento y caricia. Cuando mordía una fruta, sentía que devoraba la piel de Jimin. Cuando lo besaba, creía probar un manjar nuevo. Su mente se desdibujaba, atrapada en esa confusión deliciosa y aterradora.
Una noche, cuando la luna apenas iluminaba a través de los vitrales oscuros, Jimin lo llevó hasta un espejo alto, cubierto de oro y polvo. Lo colocó frente a él, desnudo, con el cuerpo marcado por moretones y mordidas.
-Mírate -ordenó.
Jungkook apartó la vista, avergonzado de su reflejo. Pero Jimin lo sujetó de la nuca y lo obligó a observar.
-Eso que ves... no es debilidad. Es tu hambre hecha carne. Es lo que te hace mío.
El omega soltó un sollozo. Sus labios temblaban.
-No quiero perderme...
Jimin rio suavemente, pegando su pecho contra su espalda, rozándole el cuello con los labios.
-Pero ya lo hiciste. Y aun así, ¿te arrepientes?
Jungkook cerró los ojos, con un gemido ahogado.
-No... nunca.
El alfa sonrió contra su piel, satisfecho.
-Eso es lo hermoso de la gula, Jungkook. Nunca se sacia, pero tampoco se detiene. Es eterna.
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El hambre alcanzó su punto más cruel cuando Jimin le ofreció una elección.
Colocó sobre la mesa dos copas de vino. Una, clara y brillante, parecía casi agua bendita. La otra, espesa y oscura, más densa que la sangre.
-Una te devolverá la cordura. Calmará tu estómago, apagará tu deseo, y podrás volver a una vida sin mí -explicó con calma-. La otra... te hundirá para siempre en esta hambre. Te volverás mío hasta en tus sueños, incluso cuando yo no esté.
Jungkook lo miró con el alma en los ojos. El temblor de sus manos era tan violento que apenas podía sostener el borde de la mesa.
-¿Y si elijo... la primera? -preguntó, con un nudo en la garganta.
Jimin se inclinó, rozando su mejilla con los labios, apenas un aliento.
-Entonces te irás vacío. Recordarás este banquete como una fiebre, como un sueño sucio que nunca se repite. Y nunca volverás a probarme.
El omega se estremeció. El solo pensamiento lo desgarró más que cualquier hambre.
Con un sollozo, tomó la copa oscura. La sostuvo con ambas manos, temblando, y la bebió hasta el fondo. El líquido ardió como fuego en su garganta, y al caer de rodillas, supo que ya no había regreso.
Jimin sonrió, mirándolo desde arriba, como un rey satisfecho.
-Ahora sí... -susurró-. Eres mío para siempre.
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La madrugada siguiente, Jungkook despertó con un vacío aún más grande en su estómago. Pero cuando giró la cabeza y vio a Jimin dormido a su lado, con el pecho subiendo y bajando lentamente, comprendió la verdad.
Ya no tenía hambre de frutas ni de vino. Su única hambre era él.
Y esa condena le parecía el regalo más hermoso.
La oscuridad del castillo se había convertido en su mundo. Jungkook ya no recordaba el exterior, ni el sol ni el aire fresco de la mañana. Todo lo que existía estaba entre aquellas paredes rojas, el eco de los pasos de Jimin y el festín interminable que lo encadenaba cada día más.
El omega estaba arrodillado frente al lecho, con la respiración entrecortada. Su cuerpo tenía marcas: mordidas en la clavícula, huellas en los muslos, restos de vino reseco en los labios. Cada señal era un recordatorio de que ya no le pertenecía a sí mismo.
Jimin lo contemplaba con calma desde arriba, con las manos detrás de la espalda, como un sacerdote frente a su creyente. Su voz fue un susurro suave, pero cargado de un peso irrompible.
-Dime qué eres ahora, Jungkook.
El menor alzó la mirada, sus ojos húmedos y rojos por el llanto, por el cansancio, por el deseo que no terminaba nunca. Su garganta ardía, pero las palabras salieron igual.
-Soy... hambre. -Titubeó, jadeando-. Soy tu gula... tu devoto.
Jimin sonrió satisfecho, inclinándose hacia él. Le acarició el rostro con los dedos manchados de vino, dejando un trazo rojo como si lo marcara con sangre.
-Exacto. Eres el vacío que solo yo lleno. Eres la boca que nunca se cierra. Eres la confesión que nunca acaba.
Jungkook cerró los ojos, temblando bajo el roce.
-Y quiero más... siempre más.
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Esa noche, Jimin lo llevó a la sala más profunda del castillo. Las paredes estaban cubiertas de espejos, y en el centro se extendía un banquete aún más grotesco que los anteriores: frutas podridas junto a panes recién horneados, copas de oro llenas hasta desbordar, carnes brillantes que parecían aún sangrar. El aire estaba saturado de aromas dulces y pútridos, una mezcla que mareaba a Jungkook pero lo hacía salivar igual.
-Este es el altar de tu pecado -dijo Jimin, guiándolo hasta el centro-. Aquí vas a probar que tu hambre ya no distingue entre lo puro y lo corrupto, entre lo limpio y lo sucio.
Jungkook cayó de rodillas, hipnotizado. Su estómago rugía con una fuerza que casi le dolía.
Jimin tomó un durazno fresco y lo acercó a sus labios. El omega lo devoró en un mordisco, dejando que el jugo le empapara la barbilla. Pero entonces, Jimin le ofreció un trozo de carne aún tibia, con el hierro de la sangre impregnando el aire. Jungkook dudó apenas un segundo antes de morderlo también, sintiendo que el sabor metálico le quemaba la lengua y aun así lo hacía gemir.
-Bien -murmuró Jimin, con voz grave-. Ya no diferencias. Eso es la verdadera gula. No se trata de elegir lo más dulce, sino de no poder detenerte, aunque sea amargo, aunque te hiera.
Jungkook lloraba mientras comía, mientras se manchaba las manos y la boca. El festín era un castigo y un regalo al mismo tiempo, y él lo aceptaba porque cada bocado lo acercaba más a Jimin.
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La prueba final llegó cuando el alfa lo tomó de los hombros y lo empujó contra uno de los espejos. El reflejo mostró a un Jungkook irreconocible: labios rojos de vino, ojos desorbitados, pecho marcado de moretones, manos temblorosas aferradas a la piel de Jimin.
-Mírate. -La voz de Jimin fue un filo suave-. ¿Qué ves?
El omega sollozó.
-Un... monstruo.
-No. -Jimin lo giró de golpe, atrapando su rostro entre las manos-. Ves a mi criatura. Mi hambre hecha carne. Mi gula.
Jungkook abrió los labios temblando y dejó escapar la confesión como un rezo.
-Soy tuyo. Solo tuyo.
Jimin lo besó entonces, un beso salvaje que lo hizo sangrar del labio. Pero Jungkook no retrocedió; chupó esa sangre como si fuera el vino más dulce, como si ese sabor fuera su salvación.
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El clímax del banquete fue un ritual sin nombre.
Jimin lo tendió sobre el lecho cubierto de frutas destrozadas y copas volcadas. El vino corría por su piel como ríos oscuros, mezclándose con lágrimas, sudor y gemidos. Cada beso era un bocado, cada mordida un sello, cada penetración un nuevo acto de devoción.
Jungkook se arqueaba bajo él, suplicando entre jadeos.
-No pares... no pares nunca...
Jimin lo observaba desde arriba, con los ojos encendidos.
-¿Qué harías si desaparezco, Jungkook? Si dejo de alimentarte.
El omega gritó, desesperado, aferrándose a sus hombros como si quisiera fundirse con su piel.
-Me muero... me muero de hambre sin ti.
El alfa rio suavemente, cruel y complacido a la vez.
-Esa es tu condena. Y también tu éxtasis.
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El amanecer llegó como una sombra pálida detrás de los vitrales. Jungkook estaba exhausto, cubierto de restos del banquete, de marcas, de sudor y vino. Apenas podía mover los dedos, pero su mirada seguía clavada en Jimin, que permanecía sentado a su lado, observándolo con una calma casi divina.
-Ya no eres el mismo -dijo con voz baja, rozando su mejilla con la yema de los dedos-. Has dejado que tu hambre te devore. Y ahora... eres eterno conmigo.
Jungkook sonrió débilmente, los labios partidos, la voz quebrada.
-Prefiero esta eternidad hambrienta... a cualquier vida vacía sin ti.
Jimin inclinó la cabeza, satisfecho, como un rey que recibe la rendición absoluta de su súbdito.
-Entonces, Jungkook... bienvenido a tu condena. A tu gloria.
A tu banquete sin fin.
El omega cerró los ojos, entregándose por completo. Porque en esa hambre que nunca se calmaba, había encontrado la única forma de sentirse vivo.
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Dicen que el castillo se volvió ruina con el paso de los años. Que las cortinas rojas se marchitaron como carne muerta y que las mesas se llenaron de polvo y silencio. Pero, aunque nadie entrara, siempre se oían ecos detrás de los muros. El crujido del pan desgarrado, el estallido húmedo de la fruta madura, el tintinear de copas al caer contra el mármol.
Algunos juraban escuchar gemidos mezclados con risas suaves, como si el banquete nunca hubiera terminado. Como si aún hubiera un huésped que comía sin cesar y un anfitrión que lo alimentaba con paciencia cruel.
En el corazón del salón principal, el espejo dorado seguía en pie. Su superficie estaba manchada, como si el vino jamás se hubiera secado del todo. Y quienes osaban mirarse en él, juraban no ver su propio reflejo, sino el de un muchacho arrodillado, con los labios manchados de rojo y los ojos suplicantes. A su lado, siempre aparecía un hombre de sonrisa serena, ofreciéndole una copa que nunca se vaciaba.
Jungkook y Jimin ya no eran nombres, sino ecos. Pecado y altar. Hambre y banquete. Un ciclo que no conocía final.
Y así, en cada mordida de fruta, en cada sorbo de vino, en cada suspiro de deseo insatisfecho, el eco de su condena sigue vivo.
Porque la gula nunca muere. Solo cambia de boca.