Uno
El mundo tal como lo conocían había terminado en una semana. Una semana infernal que transformó a la humanidad en hordas de muertos vivientes. Pero para Gulf y Mew , esa semana fue el catalizador de algo inesperado.
Se conocieron en el caos de la evacuación fallida de Bangkok. Gulf, un estudiante de arquitectura, estaba desesperado buscando a su hermana pequeña. Mew, un médico residente, intentaba en vano ayudar a los heridos en medio de la propagación del virus. Sus caminos se cruzaron en un supermercado saqueado, cada uno buscando desesperadamente suministros. Un zombie los atacó por sorpresa, y fue Mew quien, con una barra de metal improvisada, salvó a Gulf. Desde ese momento, se convirtió en una unidad.
Los primeros meses fueron brutales. Dormían en edificios abandonados, siempre alerta. La comida era escasa, el peligro constante. Gulf, con su agilidad y conocimiento de las estructuras, era el explorador perfecto. Mew, con sus habilidades médicas y su mente analítica, era el estratega y el sanador. Aprendió a confiar el uno en el otro de una manera que nunca antes había experimentado.
Una tarde, mientras buscaban un refugio más seguro en las afueras de la ciudad, se toparon con un pequeño complejo de apartamentos que parecía intacto. Las puertas estaban cerradas con tablas y la vegetación había crecido alrededor, ocultándolas de la vista. Con cautela, lograron entrar. El lugar estaba desierto, pero limpio, como si sus habitantes hubieran huido con prisa, pero sin luchar.
"Este lugar es un oasis", susurró Gulf, admirando la pequeña cocina y el baño funcional. "Podríamos quedarnos aquí un tiempo".
Mew sonriendo, su rostro exhausto finalmente muestra un atisbo de alivio. "Necesitamos descansar. Y quizás haya algo de comida en los armarios".
Pasaron semanas en ese apartamento, recuperando fuerzas. Las noches, antes llenas de terrores, comenzaron a tener momentos de paz. Hablaban de sus vidas antes del apocalipsis, de sueños y aspiraciones rotas. Gulf, con su energía juvenil, a menudo rompía la tensión con bromas o con sus intentos fallidos de cocinar. Mew, más reservado, le observaba con una mezcla de admiración y preocupación.
Una noche, mientras observaban el cielo estrellado desde el balcón, un lujo que no habían tenido en mucho tiempo, Gulf se atrevió a hacer una pregunta que había estado rondando en su mente.
"Mew... ¿qué vamos a hacer cuando esto termine? Si es que termina".
Mew suspiro, su mirada fija en el horizonte. "No lo sé, Gulf. Solía tener todos mis planos trazados. Ahora... solo quiero sobrevivir. Y que tú también lo hagas".
Un silencio cómodo se instaló entre ellos. La cercanía en ese balcón, con el mundo silencioso y muerto a sus pies, se sentía extrañamente íntima. Gulf giró su cabeza para mirar a Mew, su corazón latiendo un poco más rápido. Había algo en la calma y la fuerza de Mew que lo atraía.
"Me alegra haberte encontrado", dijo Gulf en voz baja.
Mew giró su rostro, sus ojos oscuros encontrándose con los de Gulf. Una leve sonrisa apareció en sus labios. "Yo también, Gulf".
La tensión entre ellos era palpable. Era algo más que camaradería, más que la unión forjada por la supervivencia. Era una conexión profunda, un ancla en un mar de desesperación. Gulf, impulsado por una valentía que no sabía que poseía, tomó la mano de Mew.
Mew presionó su mano. En el silencio de la noche, las palabras no eran necesarias. Sus miradas lo decían todo.
Pero la paz nunca duró mucho en este nuevo mundo. Una mañana, mientras Gulf revisaba la periferia del complejo, vio algo que le heló la sangre. Una horda, cientos de ellos, se movía lentamente en dirección a su refugio. Habían sido detectados.
Corrió de vuelta al apartamento, el pánico en su voz. "¡Mew! ¡Vienen por nosotros! ¡Una horda enorme!"
Mew, con la mente rápida de un estratega, ya estaba reuniendo sus pocas pertenencias y armas. "Tenemos que movernos. No podemos luchar contra tantos".
El plan era sencillo pero peligroso: usar un pasadizo de servicio en el sótano que Gulf había descubierto, que llevaba a las alcantarillas. Era arriesgado, pero su única opción. Mientras se preparaban para escapar, el ruido de los golpes en la puerta principal del complejo resonó por todo el edificio.
"¡Rápido!", urgió Mew, abriendo la trampilla del sótano.
Bajaron por la estrecha escalera, los gritos y gruñidos de los zombies acercándose por encima. El olor a humedad ya afectaba en las alcantarillas era nauseabundo, pero era un precio pequeño a pagar por la vida.
Mientras avanzaban por los oscuros y húmedos túneles, con la linterna de Mew cortando la penumbra, Gulf tropezó y cayó. Un crujido sordo. Se había torcido el tobillo. El dolor era agudo y debilitante.
"¡Maldita sea!", gimió Gulf, intentando levantarse.
Mew se arrodillo a su lado al instante. "No te preocupes. Te sacaré de aquí". Sin dudarlo, Mew cargó a Gulf sobre su espalda.
El peso de Gulf era considerable, pero Mew no flaqueó. Con Gulf aferrándose a él, avanzaron cojeando a través de los túneles, el eco de los zombies cada vez más distante, pero la amenaza aún latente.
Horas más tarde, sucios, exhaustos y con los nervios de punta, emergieron de una boca de alcantarilla en un bosque espeso, lejos de la ciudad. El aire fresco y puro nunca había sabido tan bien.
Mew recostó suavemente a Gulf contra un árbol. "Tenemos que vendar ese tobillo. Por suerte, aún tengo algunos suministros".
Mientras Mew trabajaba con delicadeza en su tobillo, Gulf lo observaba. La forma en que Mew lo había cargado sin pensarlo dos veces, la preocupación genuina en sus ojos. En ese momento, con el mundo postapocalíptico a su alrededor, Gulf se dio cuenta de que no había nadie más con quien preferiría estar.
"Mew", dijo Gulf, su voz suave. "Gracias. Por todo".
Mew terminó de vendar el tobillo de Gulf y levantó la vista, sus ojos cálidos. "No tienes que agradecer. Estamos juntos en esto".
Se miraron el uno al otro. La conexión que había nacido en la oscuridad de la desesperación había crecido, se había fortalecido. Gulf extendió su mano y acarició la mejilla de Mew. Mew cerró los ojos por un instante, disfrutando del tacto.
"Mew... Te quiero", susurró Gulf, el sonido de las palabras rompiendo el silencio del bosque.
Mew abrió los ojos y una sonrisa genuina, la más hermosa que Gulf le había visto, se extendió por su rostro. "Yo también te quiero, Gulf. Más de lo que crees".
Se acercaron, sus labios encontrándose en un beso suave pero lleno de emoción. No era un beso de pasión ardiente, sino de consuelo, de promesa, de la esperanza inquebrantable que habían encontrado el uno en el otro.
En un mundo infestado de muerte, ellos habían encontrado vida, y en el amor, una razón para seguir luchando. Se levantarían juntos, enfrentarían lo que viniera, sabiendo que mientras se tuvieran el uno al otro, podrían sobrevivir a cualquier cosa.