Nunca más esta noche

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Summary

Katerine lleva una vida tranquila, universitaria y predecible. Tiene buenas notas, un novio estable y una rutina que parece perfecta… hasta que aparece Ana, su mejor amiga y su opuesto total: libre, provocadora, y con un oscuro encanto que la arrastra a un mundo sin reglas. Lo que comienza como una historia de amistad y tentación entre clases, fiestas y secretos en los pasillos, pronto se transforma en algo más peligroso. Detrás de las sonrisas, los profesores corruptos y los juegos de seducción, una red de poder y narcotráfico se oculta bajo la fachada universitaria. Cuando Katerine se ve envuelta en una noche que marcará su destino, su vida cambia para siempre. Lo que parecía una simple historia de deseo se convierte en una guerra real —una guerra contra un cartel que opera desde las sombras, donde la lealtad, la traición y el amor se entrelazan con la sangre y el fuego. Entre la culpa, la supervivencia y el deseo de redención, Katerine descubrirá que la guerra más difícil no se libra con armas, sino dentro de uno mismo.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Donde todo comenzó

Era un día clásico en la universidad: caos, risas, papeles volando, el típico murmullo de alumnos sin ganas de estar ahí. Me senté en mi lugar habitual, intentando concentrarme, cuando, como de costumbre, Ana llegó tarde. El profesor alzó la voz sin siquiera girarse.

—Señorita Ana, esta es la primera y última vez que tolero una llegada así. ¿Quedó claro? Ana, con esa sonrisa de niña traviesa, asintió rápidamente y se sentó justo detrás de mí. Se inclinó hacia mi oído y, como si conspirara, me susurró: —Qué friki este tipo… Solté una risa que no pude contener. El profesor levantó la mirada, molesto. —¿Señoritas Katerine y Ana, hay algo que quieran compartir con toda la clase? —No, profesor —respondí de inmediato, intentando mantener la compostura. Él bufó y siguió con la lección, aunque sé que nos mantuvo bajo vigilancia silenciosa el resto del tiempo. Yo intentaba tomar apuntes, pero Ana no dejaba de mirar al profesor. Me dio un codazo suave y comentó en voz baja: —Está buenísimo, ¿no crees? Me reí otra vez, esta vez con una mezcla de incomodidad y nervios. —¿Por qué dices esas cosas? Ella se encogió de hombros y, con una mirada cómplice, dijo: —Si supieras lo que hace con algunas de sus alumnas… Ana era… extraña. O quizá libre, según cómo se mirara. Con el profesor se comportaba de una forma que no sabía cómo describir: le coqueteaba sin tapujos, con una naturalidad que parecía ensayada pero perfectamente ejecutada. Lo hacía parecer tan fácil… tan simple. Al salir por el pasillo, me di cuenta de algo que antes no había notado: miraba a cada chico que pasaba, les sonreía, les lanzaba miradas como si supieran algo que los demás no. Yo solo la seguía, sin saber bien qué pensar. Nos sentamos a comer en la cafetería, y como siempre, Ana comenzó con sus comentarios. —Este lugar está lleno de hombres que me gustan —dijo mientras bebía su refresco—. Mira a ese… el que juega fútbol americano. Sus brazos, su cuerpo… uff, quisiera comérmelo. Le di un codazo, entre molesta y avergonzada. —¡Contrólate! Ella se rió como si nada.—Claro, como tú tienes novio. Tienes quien te satisface. —¿Y eso qué tiene que ver? —le dije con el ceño fruncido. —Nada, señorita puritana —respondió con burla—. Pero tú no entiendes. El deseo también es libertad. Ana apoyó su cabeza en su mano, con la mirada fija en el tipo del equipo de fútbol, y luego me miró de reojo, con una sonrisa que conocía bien: traviesa, provocadora.

—¿Sabes qué me molesta de ti, Kate?

—¿Qué?—Que te reprimes demasiado. Te pasas la vida siendo perfecta, teniendo buenas notas, un novio “lindo”, como dices… Pero, ¿cuándo te das gusto a ti? Me quedé en silencio. No porque tuviera razón, sino porque esa pregunta me dolía un poco más de lo que debería. —Tom me hace feliz —le respondí, casi para convencerme a mí misma.—¿De verdad? ¿O solo es el tipo de felicidad que aprendiste a aceptar? —soltó, y volvió a beber su refresco.Ese comentario me cayó como un cubetazo de agua fría.—No todo tiene que ser deseo, Ana. El amor no es solo sexo, también es conexión.—Claro que sí —dijo, encogiéndose de hombros—. Pero cuando el deseo se apaga, esa “conexión” se vuelve rutina. Créeme, lo he vivido… y también lo he roto. No me arrepiento de nada. Me miró en silencio por unos segundos y luego soltó una bomba:—¿Sabías que el profesor Ávila sale con una de nuestras compañeras?—¿Qué? —casi grité.—Sí. No te diré quién, pero ella no saca diez por estudiar precisamente. Me quedé helada. No sabía si creerle o si solo lo decía por drama.—¿Y tú cómo sabes eso? Ana solo sonrió, esa sonrisa que no daba respuestas, pero decía mucho. —Yo veo más de lo que parece, Katerine… y tú deberías empezar a mirar también. Luego Ana se acercó más a mí, como si fuera a contarme un secreto importante. Se inclinó y me susurró al oído: —¿Sabes por qué el profesor solo me regaña cuando llego tarde y nunca me manda con el director? —¿No? ¿Por qué? —respondí, un poco confundida. Me miró con esa sonrisa que me ponía nerviosa, como si supiera algo que yo no estaba lista para escuchar. —La verdad… en ocasiones me he quedado con él hasta tarde. Cuando todos se van, nos metemos al salón donde guardan los materiales… y ahí hacemos cositas —hizo una pausa, como si esperara mi reacción—. Cositas de las que leemos en nuestras novelas picantes. Sentí como mi rostro se calentaba, entre la sorpresa y la incomodidad. Ella lo decía con una naturalidad inquietante. —Es muy bueno en eso, ¿sabes? Por eso me gustan más mayores que yo… la experiencia. Mientras hablaba, su mirada se desvió hacia el chico del equipo de fútbol americano. Él, como si lo hubiera presentido, volteó y le sonrió. Ana le devolvió la sonrisa, como si jugar ese tipo de juegos le saliera tan natural como respirar. —¿Ves? Es muy fácil ligar. Espero que aprendas algo de mí. Por eso también paso mis clases aunque llegue tarde… o incluso cuando falto. Me quedé en silencio, intentando procesar todo. Sentía que vivía en un mundo completamente distinto al de ella. Mientras yo me preocupaba por mis estudios, por construir algo bonito con Tom, ella parecía vivir en un juego donde el deseo y el poder se entrelazaban sin reglas. Pero algo dentro de mí empezaba a moverse. Una pequeña duda, una grieta en mi zona de confort. No sabía si era curiosidad, celos o simplemente el miedo de estar perdiéndome algo. Al día siguiente, Ana llegó tarde como siempre. Solo que esta vez… el profesor no le dijo nada. Le sonrió de manera pícara y, en lugar de reprenderla, le dijo con un tono casi suave: —Siéntate, Ana. Tengo que hablar contigo más tarde… es algo sobre tus notas. Eso me hizo levantar la ceja. ¿Notas? Si Ana siempre decía tener calificaciones perfectas… Pero entonces recordé lo que me había contado el día anterior, y me invadió una sensación extraña. Oh vaya… entonces eso era. Así es como mantiene sus “notas perfectas”. Durante el receso, fuimos a comer… bueno, yo fui. Ana no estaba conmigo. No me respondió los mensajes. No me dijo dónde estaba. Pero en el fondo, lo supe. ¿Estaría con el profesor? Imaginé los materiales tirados al suelo, las luces apagadas, los dos sudando, ella riendo y él diciéndole que no debía hacer tanto ruido. Me estremecí. No podía creer que hubiera imaginado eso. Me sentí sucia… confundida. Tom se dio cuenta de mi expresión y me acarició la mano. —Mi amor, ¿qué tienes? Estás muy callada.

—No, nada —le respondí, tratando de sonreír—. Es algo que pasa con Ana… pero ya se me pasará. Tom me miró con ternura. A veces sentía que él era lo único que me mantenía cuerda en medio de todo este caos que Ana arrastraba con ella. —Sabes que me gusta la relación que tenemos, ¿no? —me dijo.

—A mí también —le respondí, apoyando mi cabeza en su hombro. Él no sabía nada de lo que hacía Ana. Estaba en otro mundo. Uno donde las relaciones se construyen con amor, respeto y pequeños gestos. Uno donde las noches eran para hablar o abrazarse, no para desaparecer con un profesor al fondo de la facultad. —Si tienes algo, puedes contar conmigo —dijo Tom. Lo miré. Y ahí supe que estaba en una encrucijada. Ver la vida de Ana era como ver una película a toda velocidad. Era todo desenfreno, excesos, miradas intensas y libertad sin medida. La mía… era distinta. Más calmada, más estable. Tenía a Tom, mis clases, una rutina que me daba seguridad. Pero había algo dentro de mí… algo que susurraba muy bajo y al mismo tiempo fuerte: ¿y si lo intentaras solo una vez? ¿Y si sintieras lo que ella siente? Esa tarde, mientras me perdía en mis pensamientos, recibí un mensaje de Ana por WhatsApp: Ana: Oye, hay una fiesta esta noche. ¿Vienes? Yo: Genial, deja le digo a Tom. Ana: Olvídate de Tom. Van a venir hombres buenísimos… mejores que él. Me quedé mirando la pantalla. Algo se encendió dentro de mí, no por los hombres, sino por la posibilidad de vivir otra realidad. Una diferente. Un segundo mensaje apareció: Ana: ¿Acaso eres gallina? ¡Libérate, Kate! Empodérate, amiga. Vive la vida. Los hombres van y vienen, pero nosotras… nosotras siempre estaremos juntas, ¿entiendes? ¿Y si Tom un día se cansa de ti y empieza a vivir como nosotras? Una chica distinta en su cama cada fin de semana… Todo eso que decía Ana era tentador. Me hacía sentir culpable… pero también curiosa. ¿Y si fuera verdad? ¿Y si Tom un día simplemente cambiaba y yo me quedaba con las ganas de haber vivido algo diferente? Y así, sin pensarlo más, le respondí con una sola palabra: Yo: Voy. El día de la fiesta le mentí a Tom. Le dije que iría a una reunión familiar y que no se preocupara, que volvería tarde. Su respuesta fue seca, distante, como si sospechara algo. —Está bien —me dijo—, pero ten cuidado. —Tranquilo, todo está bien —intenté sonar convincente, aunque por dentro me sentía nerviosa. Me arreglé con cuidado. Elegí mi mejor outfit, uno que rara vez usaba, uno que dejaba ver más de lo que normalmente me permitía. Cuando salí, Ana ya me esperaba con su coche frente a casa. Bajó la ventana con una sonrisa traviesa. —¡Miren nada más! La santurrona por fin entiende —me dijo riendo—. Estás por el buen camino, Kate. Recuerda: la que no es loca, no disfruta. Solo asentí y subí al auto. No quise mostrarle lo acelerado que tenía el corazón. La música se oía desde antes de llegar. Una mezcla intensa de techno alemán vibraba por las paredes. El bajo hacía que todo temblara. No era mi estilo… pero tampoco me desagradaba. Entramos. El lugar estaba abarrotado. Unos bebían hasta perder el sentido, otros se besaban como si el mundo fuera a terminar esa noche. Algunos bailaban, otros se perdían entre sombras y humo, haciendo cosas que… bueno, todos sabíamos qué. Entonces, unos chicos reconocieron a Ana: —¡Miren! ¡La chica del 96! Me giré hacia ella, confundida. —¿Chica del 96? —pregunté en voz baja.Ana me guiñó un ojo. —Después te cuento. Se acercó a un chico alto, de mirada intensa, labios entreabiertos y una sonrisa que parecía esconder más de lo que decía. —Kate, este es Jason. Jason, Kate. —Mucho gusto —dijo él, estrechándome la mano sin quitarme los ojos de encima. —¿No les parece que podrían… conocerse mejor? —añadió Ana con tono juguetón. Me miró de reojo, como si ya supiera que estaba por cruzar una línea que no podría desdibujar. Jason me sonrió, pero no fue una sonrisa cualquiera. Había algo oscuro y seductor en su mirada, como si pudiera ver a través de mí. Como si supiera que yo no pertenecía del todo a ese lugar… y aun así me quisiera ahí. —¿Quieres una bebida? —me preguntó, inclinándose un poco hacia mí. Su voz era grave, suave… peligrosa. Claro —respondí sin pensar. Ana ya se había perdido entre la gente. Sabía lo que hacía. Me dejó sola con él, lo había planeado. Jason regresó con dos vasos. El mío tenía un color ámbar brillante, y una rodaja de limón flotando. —Es suave —dijo—, te lo prometo. Lo tomé con algo de duda. El primer trago ardió un poco, pero no era tan malo. Jason me miraba con atención, como si midiera cada gesto, cada respiración. —¿Te gusta bailar, Kate? —No mucho… —admití—. No como esto. —Vamos, solo un poco. No hay que pensar tanto —me dijo mientras tomaba mi mano. Su piel era tibia, firme. Me condujo al centro de la pista. La música se volvió más fuerte. Luces estroboscópicas iluminaban el lugar con destellos blancos y azules. Jason comenzó a moverse con seguridad. Yo solo lo seguía, algo torpe. No entendía cómo podía sentirme tan atraída y tan fuera de lugar al mismo tiempo. Entonces, me susurró al oído:—¿Quieres ver algo más divertido? Asentí, sin saber por qué. Me guió por un pasillo que no había notado antes. Al fondo, una puerta entreabierta dejaba ver luces tenues, humo, y sonidos distintos. Más suaves, más íntimos. Entramos. Era una habitación con sillones, luces rojas, y algunas parejas… demasiado ocupadas para notar nuestra presencia. —Este es el verdadero club —dijo Jason—. Aquí la gente viene a olvidarse de las reglas. Mi pulso se aceleró. Vi a Ana en un rincón, sentada sobre el regazo de un hombre que no conocía, besándolo como si el mundo fuera de ellos. Jason se acercó más a mí. Su mano rozó mi cintura, y luego mis caderas. —No tienes que hacer nada que no quieras —me dijo al oído—. Pero a veces… hay que arriesgar un poco para saber quién eres de verdad. Tragué saliva. ¿Era eso lo que quería? ¿Descubrirlo? ¿O simplemente no decepcionar a Ana? Jason me besó. No fue tierno, ni lento. Fue salvaje, como si hubiera estado esperando toda la noche ese momento. Sentí cómo abría un poco mi blusa con manos ansiosas, como si cada parte de mi piel ardiera bajo su toque. Su boca se deslizó hasta mi oído, susurrándome todo lo que quería hacerme esa noche. Mi respiración se aceleró. Todo mi cuerpo estaba encendido. Las luces rojas, el humo, el sonido de las otras parejas… todo contribuía a esa atmósfera irreal. Y entonces… el sonido. Un pitido seco, frío, que me regresó de golpe a la realidad. Mi celular vibraba. Era Tom. Solo su nombre en la pantalla hizo que mi corazón se detuviera un segundo. Jason miró el teléfono. Sonrió, ladino. —¿Tienes novio? —preguntó con esa voz áspera, medio divertida—. Ya veo… Eres una niña traviesa. Te gusta el peligro. —No, Jason. Déjame… —musité, dando un paso atrás. Mi voz temblaba, y no sabía si era de miedo o confusión. Él se encogió de hombros con arrogancia y se apartó, como si perdiera el interés en un juguete roto. Volteé a buscar a Ana. Estaba al fondo, besando a dos hombres a la vez, mientras otro le pasaba una botella. Reía. Se dejaba llevar. Como si nada importara. Sentí un escalofrío. Algo parecido al miedo. —Eres aburrida, Kate —me dijo Jason mientras se acomodaba la chaqueta—. Te falta ser más rebelde. Más cool. Como nosotros. Se acercó una vez más. Me quitó el celular de las manos y escribió su número. —Cuando cambies de parecer, nena… sabes dónde encontrarme. Mándame un mensaje, y te prometo la mejor noche de tu vida. Esa que tu noviecito nunca te dará. Me guiñó el ojo y se fue. Me quedé ahí, sola, entre el humo, el ruido, y mi reflejo quebrado en el espejo roto de la pared. Una parte de mí se sintió aliviada. Otra parte… lo dudaba. Eran las 3 de la madrugada. El celular vibró. Tom. Su nombre brillaba en la pantalla, pero no contesté. Iba de regreso a casa, sola. Tomé un Uber mientras Ana me decía entre risas que se iba a quedar. La miré de reojo: llevaba menos ropa de la que tenía al llegar. Su maquillaje corrido, el cabello revuelto, y esa sonrisa satisfecha en los labios. Parecía flotar en su mundo sin reglas. —¿Estás segura que quieres irte? —me preguntó. —Sí… —le respondí, pero dudé. Mientras esperaba el auto, algo dentro de mí ardía todavía. La música aún retumbaba en mis oídos. La piel, sensible. El deseo, latiendo bajo mi pecho. Miré el celular. Jason. Apreté los labios. El Uber estaba a cinco minutos. Cancelé. Marqué su número. Me contestó en el segundo tono. —¿Quién es? —Soy Kate… —mi voz apenas se escuchaba—. Vi que tienes una moto. ¿Crees que podrías llevarme? Un silencio breve, seguido de su tono juguetón. —Claro que sí, nena. ¿A tu casa… o a la mía? Tragué saliva. —A la mía está bien —respondí, aunque mi voz temblaba. Minutos después, escuché el rugido de su moto acercarse. Me subí, sin decir palabra. La noche estaba fría, pero su cuerpo era cálido, firme. Me abrazé a él, intentando ignorar cómo me latía el corazón. —¿Segura que no quieres ir a mi casa? —preguntó mientras avanzábamos—. Solo un rato… una copa… una charla. No respondí de inmediato. —No lo sé —murmuré. Jason sonrió sin decir más. Fue suficiente. No recuerdo bien en qué momento entramos. Solo recuerdo sus labios en los míos, mis manos quitándole la chaqueta, su respiración agitada. La ropa desapareció. El deseo ganó. Nos dejamos llevar. En medio del placer, entre jadeos y cuerpos entrelazados, mi celular sonó una vez más. Un tono conocido. Insistente. Era Tom. Pero no respondí.