FALLEN ANGEL

Summary

En el reino celestial, Jungkook y Jimin, dos ángeles con destinos entrelazados, desafían las leyes divinas al descubrir un amor prohibido. Este vínculo los lleva a enfrentarse al exilio y a la lucha entre el deber y el deseo, iluminando las sombras con la fuerza de su conexión. ¿Lograrán estar juntos o serán obligatoriamente separados?

Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

FALLING OF LOVE

En los vastos cielos del reino celestial, donde la luz danzaba eternamente y las estrellas susurraban secretos de eras pasadas, existían dos ángeles de renombre: Jungkook, el guardián de las notas musicales y el espíritu aventurero, y Jimin, un ser de etérea belleza cuya esencia estaba teñida de un halo de misterio, el guardián de las letras de las canciones y los secretos más recónditos. Entre ellos, el deber y la virtud eran un juramento inquebrantable... hasta que Jungkook comenzó a desear algo que tenía vetado y que jamás debió poseer: el amor de otro ángel, de Jimin.

Jungkook no entendía al principio. Era un rayo minúsculo en su pecho que centelleaba cada vez que las risas melodiosas de Jimin resonaban por los jardines celestiales. Caía preso en sus blancas alas cada vez que sus ojos oscuros encontraban los de Jimin, llenos de un brillo que ni las mismas constelaciones podían igualar. Poco a poco, esa chispa se convirtió en un fuego que devoró su alma inmaculada.

Pero ese amor no debía existir. En el cielo, amar de esa manera era un acto prohibido, una transgresión contra la armonía divina, pues los ángeles sólo debían amar a Dios. Fue Jimin quien primero notó los cambios en Jungkook. Él con la dulzura que le caracterizaba, le mostró lo que era amar, lo que significaba vivir en el abismo entre el deber y el deseo. Y cuando lo hizo, las alas de Jungkook cambiaron. Lo blanco se transformó en un negro infinito, reflejo de su caída al ser desterrado.

Jungkook no temió el exilio, porque ahora comprendía la verdadera esencia del amor... y de la libertad, aunque si añoraba a su luz, Jimin.

Una tarde el cielo comenzó a teñirse de púrpura, sabía lo que estaba a punto de suceder. Entre las nubes doradas que se disolvían con la luz del ocaso, un ángel descendía lentamente, con las alas extendidas apenas, para no ser notado. Era él, Jimin, un ser de pureza irrefutable, cuyos ojos brillaban igual que cristales bañados por la luz del cielo. Sus pies tocaron el borde del precipicio donde la tierra dejaba de ser cielo, y comenzaba la penumbra: el límite entre lo divino y lo profano.

Ahí, entre sombras que susurraban pecados, lo esperaba Jungkook. Sus alas ennegrecidas por ser expulsado se agitaban con la brisa, recordando los días en que aún brillaban con la luz celestial. La mirada oscura, intensa y cargada de deseo, se encontró con la de Jimin, y el mundo pareció detenerse.

-Viniste... -murmuró Jungkook, con una voz que vibraba entre nostalgia y necesidad.

-No podía quedarme más tiempo allá arriba -dijo Jimin, dando un paso hacia él-. No sin ti.

El ángel caído soltó una risa amarga, pero sus ojos se humedecieron.

-No sabes lo que estás arriesgando al buscarme, Jimin. Si ellos te ven...

-Déjalos que me vean. Si amarte es caer, entonces caeré mil veces.

Sus palabras flotaron entre ellos, era un conjuro. Jungkook cerró los ojos, sintiendo el calor de Jimin acercarse. Podía oler su esencia, tan limpia y tan divina, que dolía. Sin embargo, también podía sentir su amor. Un amor fuerte, que resplandecía incluso entre las sombras.

Cuando sus cuerpos se encontraron, el universo respiró. Jimin acarició las mejillas de Jungkook con ternura, sus dedos rozaban las cicatrices de antiguas batallas. Luego besó su frente, su nariz, y por fin, sus labios.

El beso fue lento, cargado de una pasión contenida durante siglos. Los labios de Jimin eran dulces, suaves como plumas, mientras que los de Jungkook eran fuego, un ardor que se colaba en cada rincón de su cuerpo. Sus alas se extendieron, enredándose, fundiéndose en una sola alma.

-¿Te duele? -preguntó Jimin al acariciar una cicatriz sobre el pecho de Jungkook.

-Solo cuando no estás conmigo -respondió él, llevando las manos a su cintura, acercándolo aún más.

Las ropas celestiales de Jimin comenzaron a deslizarse con los movimientos sutiles de los dedos de Jungkook. No había prisa. Cada caricia era una oración. Cada beso, una plegaria. Jimin temblaba, pero no de miedo: era deseo, amor, y rendición absoluta.

El ángel caído lo recostó sobre la hierba templada del umbral entre el cielo y la tierra, y se inclinó sobre él, dejando caer una lluvia de besos por su cuello, su clavícula, su pecho. Jimin arqueó la espalda, buscando más, rogando por aún más.

-Hazme tuyo, Jungkook -susurró, con las mejillas encendidas-. Aquí, donde nadie puede separarnos.

Las alas negras de Jungkook envolvieron a Jimin a modo de refugio, mientras sus cuerpos se unían con una intensidad que desbordaba lo físico. Sus almas danzaban, entrelazadas, brillando entre las sombras. Jimin gimió su nombre entre suspiros, aferrándose a su espalda, a sus alas, a su amor.

-Jimin... -jadeó Jungkook-. Eres mi luz en la oscuridad.

El vaivén de sus cuerpos, eran olas suaves al principio. Pero pronto el deseo creció, igual que el fuego que se niega a apagarse. Se movían con desesperación, y anhelo, era una necesidad que nacía desde el corazón. Jimin se sentía completo, perdido en los ojos negros de su amado, que estaban prendidos por el fulgor de la galaxias, y ardía en sus labios, también en sus caricias.

El clímax los envolvió, en un gran estallido de luz. Jimin gritó, te amo, mientras sus alas se extendían al cielo, brillando con más fuerza que nunca. Jungkook lo siguió, estremeciéndose, descargando todo lo que había anhelado y no pudo liberarse por los milenios de exilio.

Sus cuerpos quedaron entrelazados en el claro del bosque de la frontera entre el cielo y el purgatorio, a un paso de lo prohibido, cubiertos por las estrellas nacientes. El ángel de la luz acarició el rostro del ángel caído, ahora más hermoso que nunca.

-¿Crees que me arrepiento? -susurró Jimin, con una sonrisa que convertía sus ojos en medias lunas-. Todo lo que perdí allá arriba, no vale nada comparado con lo que tengo aquí contigo.

Jungkook se quedó en silencio, observando al ser que lo había amado más allá del juicio, y también del castigo. Su pecho se llenó de algo que no había sentido desde mucho tiempo atrás: esperanza.

-Si alguna vez logro redimirme -dijo con voz ronca-, será gracias a ti.

-No necesitas redención -le respondió Jimin, besando la punta de su nariz-. Ya eres perfecto así. Con alas oscuras, pero con un corazón que resplandece más fuerte que el sol.

La noche se posó suavemente sobre ellos. El viento jugaba con las plumas de sus alas, también sabían que no había fuerza en el universo capaz de separarlos ahora. En ese lugar donde lo divino y lo sacrílego se abrazaban, el amor se convirtió en algo eterno.

Porque incluso los ángeles, al final, solo quieren amar.

❤️‍🔥

El amanecer comenzaba a asomar tímidamente sobre el horizonte, tiñendo de oro y rosa pálido el lugar donde dos cuerpos aún permanecían entrelazados. La piel de Jimin brillaba con un fulgor etéreo, mientras las alas negras de Jungkook lo cubrían con delicadeza. No había palabras, solo respiraciones acompasadas y el lenguaje silencioso del amor consumado.

Jungkook mantenía la mirada fija en el rostro de Jimin, memorizando cada línea, todos los gestos dormidos, cada suspiro que se le escapaba. Su corazón latía con una intensidad nueva, y distinta, aquella noche había regresado a él algo que había perdido desde su caída: sentido a la vida.

Pero sabía que ese instante de paz y felicidad era frágil. Que el cielo jamás olvidaba ni perdonaba.

Pues los ojos de los Serafines, más altos en jerarquía aún los vigilaban.

-Jimin, -susurró, acariciando su mejilla-. Despierta, amor mío.

Jimin entreabrió los ojos con una sonrisa suave, aún somnoliento, y se estiró ligeramente bajo sus alas.

-¿Ya es de día?

-Sí, -respondió Jungkook con preocupación. Y con el día, viene el peligro.

Jimin se incorporó, apenas, para apoyar la cabeza en el pecho desnudo de él, sintiendo el ritmo de su corazón.

-No me importa. Podemos huir. Ir al norte, más allá de la línea del juicio y del Tribunal Kármico. Nadie nos encontrará allá.

Pero Jungkook negó con lentitud, con la mirada perdida entre las ramas que se mecían.

-Ellos no fallan, siempre encuentran a los prófugos. Son eternos, y pacientes.

Jimin guardó silencio unos segundos antes de hablar.

-Entonces... debemos proteger esto que tenemos.

-¿Nuestro amor?

-Sí. Lo que fuimos esta noche, lo que somos ahora, y lo que seremos. Debemos sellarlo. Con una promesa, una que ni siquiera el cielo pueda romper.

Jungkook lo miró, sorprendido. En los ojos de Jimin no había miedo. Solo determinación y amor.

-¿Qué tipo de promesa?

Jimin se sentó frente a él, desnudo, cubierto solo por la manta de plumas de sus alas. Extendió una mano entre ambos, ofreciéndole su alma.

-Prometamos encontrarnos, sin importar lo que suceda. Si me arrancan las alas, si te condenan a la oscuridad eterna... incluso si nos borran la memoria... prométeme que cuando nuestras almas se toquen otra vez, lo sabremos y nos reconoceremos.

Jungkook sintió que algo sagrado se movía dentro de él. Algo más poderoso que el juicio, más fuerte que el exilio.

Tomó la mano de Jimin entre las suyas, y bajó la cabeza.

-Lo juro. Aunque el tiempo me consuma y no recuerde mi nombre. Si vuelvo a verte, aunque sea en otro cuerpo, en otro mundo, en otro universo... sabré que eres tú. Retomaré lo que tenemos, y continuaré amándote.

-Yo también lo juro. Pase el tiempo que pase, bajo cualquier circunstancia te buscaré incansablemente hasta encontrarte. Retomaré lo que tenemos, y continuaré amándote.

Sus dedos se entrelazaron, y al hacerlo, una luz sutil surgió del contacto. No era un hechizo celestial, ni una bendición antigua. Fue algo más profundo: el pacto de dos almas que se habían elegido más allá de cualquier destino impuesto.

De pronto, el aire cambió.

Un crujido entre los árboles.

Una vibración en el suelo.

Jungkook lo sintió primero. Luego Jimin.

-Nos han encontrado - dijo el ángel caído, levantándose de golpe-. Debes irte. ¡Ahora!

Pero Jimin se negó.

-No. No sin ti.

-¡Jimin, por favor! ¡No puedo perderte ahora! Si estás arriba siempre podré sentirte.

Jimin lo besó desesperadamente, poniendo todo su amor al juntar los labios. Luego se separó lentamente.

-Recuerda nuestra promesa.

Y justo cuando una ráfaga de luz descendía sobre el lugar, envolviéndolo todo en una luminiscencia divina, Jimin alzó el vuelo, sus alas extendiéndose igual que una plegaria hacia el cielo.

Jungkook lo vio elevarse hasta desaparecer entre las nubes. Luego cerró los ojos, dejando que la sombra del castigo lo envolviera.

No hubo gritos.

No hubo lágrimas.

Solo una promesa silenciosa, que vibraba entre los árboles, latiendo en cada hoja, viajando en cada corriente de aire:

“Seras mío de nuevo. Te encontraré. En esta vida... o en la próxima.”