CAYENDO
El ocaso está por llegar. Y en esta ocasión tan especial, me encontraba en el Burj Khalifa, en Dubái. Todos los días desde hacía siglos visitaba los rascacielos más grandes, las torres, los edificios, los puntos más elevados de la tierra. Tenía la esperanza de que, en algún momento aislado entre el cielo y la tierra, aun con el bullicio humano de fondo, al estar en soledad encontraría un poco de paz.
En cuestión de minutos los colores cálidos y relucientes serían reemplazados por miles de estrellas graduando la luz hacia la oscuridad, dando paso a los pequeños puntitos titilantes que brillarían suavemente al recibir el nacimiento de la luna.
La energía comenzó a fluctuar a mi alrededor, y la estática usual cuando el aparecía erizaba mi piel. Antes de que se materializara ya podía oler esa mezcla entre azufre y trigo dulce recién tostado.
Su mirada penetrante, su melodiosa voz y los estragos que hacía en mi corazón era mejor ignorar.
Pensar en él constantemente era un castigo auto infligido, lo que más quería, pero no me podía permitir desear. Saberlo mío, pero prohibido. Mi otra mitad, pero sin poder tocarlo. La parte faltante en mi alma, pero siempre el mismo vacío.
Mi pecado más vergonzoso y secreto.
Esa prohibición que les advierten a los ángeles al enseñarnos sobre el ser humano. Criaturas licenciosas que se han tomado permisos creativos con el hedonismo; ese placer llamado fetiche. Y yo sería tachado como un vulgar, común y corriente: Masoquista.
Inhalo suavemente su esencia, y tiemblo ante el calor que se materializa a mis espaldas.
—Estas triste—dijo en un susurro al ver mi mirada perdida en el horizonte.
—Siempre— respondí. Mi respiración se entrecorto, mientras, los latidos se incrementaban en un corazón que no tenía permitido sentir algo más que no fueran las emociones de los demás. Tan rápidos y tan fuertes que temía que pudiera oírlos, sentí mis mejillas calientes. No se suponía que pudiese hacer eso. Y sin embargo pasaba. Solo con Él. Debió eso ser suficiente indicativo que había algo mal entre nosotros, pero ¿lo comente con la dirección en el cielo? NO, lo guarde como una posesión casi sagrada, pues durante eones fue lo único que me permití tomar, sentir. Lo único que podía llamar MIO.
—¿Por qué? preguntó mientras se dejaba caer a mi lado.
—Duele—dije con un suspiro profundo.
—¿Qué es lo que te duele? — me miró atentamente mientras espera mi respuesta.
Trato de ignorar el calor que emana de su piel, tan cerca de la mía. Las ganas de tocarlo están ahogándome, ese hormigueo asfixiante de sentirlo. Casi podría valer la pena el dolor de su roce, sus grandes manos tocándome, acariciándome...
Volteo la cabeza evitando que pueda leer el deseo en mi mirada. Mi vista periférica absorbe su belleza. Sus alas negras tornasol azulado, como plumas de cuervo.
Tanta belleza en el mundo y nada me quita el aliento como su rostro.
Ojos grandes que en ellos habita el universo, la pequeña sonrisa que muestra al verme, sus labios definidos, el lunar que me llama cual sirena a marinero en altamar.
Su nariz grande pero que aun así le queda bien, sus dientes frontales como un conejo cuando me ríe o sonríe. Sus piercings y tatuajes son la prueba y contraste de lo opuestos que somos.
Él es oscuridad y yo soy luz.
Dicen que él es el mal encarnado y yo su contraparte pura y virginal. Inmaculado y perfecto.
Si solo supieran que todo es una fachada. Si, fui creado para regular emociones, sentimientos y sensaciones. Mi única razón de ser era la de un detector emocional, hasta que él me encontró, entonces el universo les dio luz a mis ojos.
—¡SIENTO TODO! y no siento nada... ya lo sabes, — grito con coraje mientras gesticulo con desprecio— lo que tú sientes justo en este momento, lo que el viento me trae, lo que la tierra dice, lo que el agua canturrea, lo que el fuego me calienta y siento el dolor de todo a mi alrededor.
La oscuridad que guardan los corazones humanos es insoportable—susurro con pesar.
—Pero también hay alegría y amor.
—¿Amor? ...—bufo burlescamente. — No siento eso, solo pena y miseria. —Miento, lo sabe, no es que sea un secreto lo que siento por él, pero nunca hay seguridad de quien este oyendo o viendo. —¿Estoy maldito verdad? ¿es mi castigo por permitirme desear algo más allá de la razón de mi creación?
—Shh, nunca digas eso. Eres la criatura más querida y bendecida en el universo. El favorito de Dios, el deseado por todos, buenos y malos, y el único para mi— Susurra sin aliento. Mientras se me acerca, inconscientemente doy un paso hacia atrás.
Ya hemos acortado la distancia y casi nos tocamos, con el dolor de por medio. Aunque lastima, la necesidad es más grande, ese es el dolor y el lamento, que nos recorre. No poder ser capaz de tocarlo sin dañar y apreciar lo que los humanos sienten cuando su persona especial o la que creen que es especial en ese momento, los acaricia, los besa. Tanto experimentar lo ajeno, pero no poder percibirlo por mí mismo ¿no parece una maldición?
—Entiende que ya no quiero sentir, llévatelo por favor— suplico con mi voz entrecortada. Me niego a llorar, no es que lo haya hecho alguna vez, pero ese nudo en la garganta, ese peso que estruja mi alma, como si tuviera que llevar sobre los hombros los pecados del mundo.
—Sabes que no puedo pequeño—dice con ternura en su voz.
Odio que me llame pequeño. Que si, lo soy a diferencia de él. Cuerpo petiso para evitar lujuria según dijeron cuando fui concebido. Casi como el cupido que crearon los humanos. Cara de bebé, manos regordetas, pequeños pies, cuerpo proporcionado pero el de menor tamaño entre todos los ángeles en el cielo.
—Lo que sí puedo hacer es prometerte que todo mejorara y...
—¡No lo hagas! — lo interrumpí intempestivamente alejándome de él. Con el maldito nudo en la garganta de nuevo— no prometas cosas que no puedes cumplir. Odio las promesas, detesto que me arrebaten las pocas esperanzas que pueda llegar a albergar.
—No somos humanos, pequeño, sabes que nuestras promesas son irrompibles.
—Todo es posible Nochu, el que hasta hoy no haya pasado no quiere decir que no pasará. Sabes tan bien como yo que estamos sujetos a un capricho superior.
—Si, pero aun así no puedes negar que hay algo positivo y que siempre olvidas.
—¿El que? —pregunte aun cuando ya sabía la respuesta y fue inevitable no sondear sus sentimientos cuando su pecho casi rozaba mi espalda. Su calor corporal amenazaba con consumirme a fuego lento si no me separaba de él.
Pero a estas alturas me importaba un comino. A su lado siempre era como estar en llamas incluso sin usar mis habilidades.
—¿Me harás repetirlo bebé? — preguntó con una sonrisa desafiante dejando ver sus dientes de conejo, mientras arqueaba su ceja, sin rozarme, delicadamente me volteó el rostro forzándome a mirarlo de frente. Titubeé al verlo. Iba a replicar, pero antes de que salieran palabras, el me lo impidió con un beso que bien valía todo el sufrimiento. Mis ojos seguían abiertos cuando su boca se fundió con la mía.
Dolor.
Mis labios ardían.
Mis manos tocaron su rostro y sentí la piel de las yemas de mis dedos burbujear y ondularse.
El humo empezaba a salir de ellos. Un poco más, antes de explosionar. Su lengua que debería ser lava fundida sobre la mía, se sentía como un manantial que apagaba una sed que no sabía que tenía. El peligro de ser tentado ya había sido olvidado hacía mucho tiempo. Aunque siempre me había negado a su toque. Dañino o no, no iba a aguantar mucho de todas formas. Ambos lo sabíamos. Incluso antes de que se acercara siempre lo supe.
Él sería mi infierno y la redención.
Pose mi mano en su pecho sin dejar de besarlo. Al sentir los latidos de su corazón enloquecí. Era como si lo tuviera en mis manos... Si quisiera podría acabar con él en un santiamén. Saber eso me excitó tanto como me aterró.
Yo era malo, lo sabía.
Independientemente de lo que los demás pensaban de mi por el estado angelical. Lo irónico de la situación es que eso me devastaría por partida doble. Me separe a escasos milímetros de su cuerpo. Respiramos agitadamente casi tocando nuestras frentes esperando que nuestros latidos regresaran a la normalidad. Tomó con cuidado mis manos, y comenzó a besar y dejar mordiscos tiernos en mis dedos. El dolor de su toque ya casi se había entumecido.
—Cariño sabes que eres mi todo ¿verdad? Y si tu decidieras caer, yo te atraparía sin importar el que.
—Lo sé. Sonreí con dulzura mientras mis ojos se cerraban y parecían formar una media luna que a él le fascinaba, decía que era extremadamente tierna.
Estoy listo.
Pensé mientras inhalaba profundamente. Después de ese beso y de la promesa que había en su toque, nada volvería a ser igual. El resto se daría cuenta que había pecado y probablemente me reciclarían pues ya no les serviría. Pero yo quería vivir, sentir, disfrutar, y hacer realidad todas las fantasías que tejimos juntos en las noches de vigilia a escondidas en el cielo.
Le di la última mirada antes de darme la vuelta y saltar al vacío.
Mientras caía, en mis oídos resonaba la canción que solía cantarme las primeras veces cuando solía verme a la distancia mientras conseguía valor para romper todas las reglas impuestas.
En este mundo donde el amor puede continuar.
Todo de mi vida, tú eres todo de mi vida.
Entonces mírame.
He cambiado mucho desde que te conocí.
Los sueños se hacen realidad y tus sueños quería lograrlos.
Tuve que subir más alto.
Era posible tener más cosas.
Ya es hora.Los sueños son más grandes que el amor
Al final de mi vida, el sueño más grande fue el amor. Y mientras dejaba todo lo que yo era atrás, mi vida paso frente a mis ojos. Miles de momentos en su compañía, momentos de soledad, las veces que me hizo reír, las discusiones que tuvimos, los berrinches que descubrimos que podía hacer, todos y cada uno de los momentos a su lado, lo más llamativo de ello fue el color que tenían los recuerdos de los sueños que me hizo crear, esos ahora se desdoblaron en una película cinematográfica que salía de mi pecho.
Plenitud.
Aun con mis alas guardadas sentí volar entre mis recuerdos, nuestros recuerdos.
El impacto con el asfalto me robo el aliento, mi vista borrosa se fue aclarando. La cacofonía del mundo se filtró a un nivel normal, y al respirar pude sentir el ardor en mis pulmones. Esa fue la prueba definitiva de que ahora estaba vivo.
Realmente. Ahora sí, era DE VERDAD.
El sonido y el murmullo sobrenatural del que era víctima por mi estatus angelical fue adormecido, reemplazado con sonidos monótonos casuales. Mientras trataba de incorporarme lentamente, un par de manos me sostuvieron suavemente. Quise encogerme ante el dolor que usualmente había, pero esta vez solo hubo calidez en ellas. Su toque me hizo sonreír, y al levantar mi cabeza para ver al buen samaritano que me ayudaba, ojos negros con galaxias y estrellas sonrientes me miraron.
—Creí que dijiste que me ibas a atrapar.
Le recriminé con una sonrisa. Mientras estiraba mis músculos y sentía mi ahora cuerpo nada divino. El esternón me palpitaba del golpe que me di y mis manos estaban ligeramente raspadas, finos rastros de sangre en la piel levantada. Mire con un puchero enseñándoselas mientras sus brazos rodeaban mi cintura juntando nuestros cuerpos. Su suave voz susurró en mi oído.
—¿Y no estas atrapado entre mis brazos, y conmigo para siempre? es cuestión de semántica mi precioso Mochi. — Dijo mientras se llevaba el dolor y restauraba mi piel.
—¿Qué procede ahora entonces? —Pregunte, mientras bebía su rostro y su existencia entera.
—Ahora, te reinsertare en la sociedad moderna. Serás uno más del montón en el sistema y tu nombre humano será Park Ji-Min. — Dijo mientras me entregaba una serie de documentos con mi nuevo nombre. —Te hare mío, para que todos sepan que estas bajo mi protección y que atentar contra ti será peor que su idea del apocalipsis.
—¿Y mi nombre código cual sería entonces? pregunté sin poder contener una risa coqueta. Mientras le daba la espalda y comenzaba a caminar hacia su transporte humano de dos ruedas.
—Ángel Lunar.