La Corona de Narcisos ✾

Summary

OMEGAVERSE "El amor no es una opción cuando el destino te obliga a ser un arma de doble filo." Tras la caída de la Casa Park y el estallido de la guerra que devolvió la corona a manos de los Min, el Príncipe Jimin se convierte en el trofeo más bello y más amargo de la victoria. Capturado y forzado a casarse con su enemigo, el Emperador Min Yoongi, se transforma en prisionero del hombre que destruyó su linaje y reclamó el trono que su familia había usurpado. El nuevo soberano desconoce una verdad; aunque Jimin es la última sangre de la Casa Park, el corazón de la resistencia aún late. Con el heredero legítimo oculto, Jimin es reclutado para convertirse en espía dentro del palacio, mantener viva la llama de la rebelión... y vengar a su casa. Sin embargo, en la jaula de oro, cada noche de posesión en el lecho imperial siembra una nueva traición. El odio se transforma en una conexión innegable, y la lealtad de Jimin se tambalea con el primer llanto del hijo con su enemigo. Atrapado entre la venganza y el deseo, Jimin debe elegir qué fuego alimentar. “¡Y si hay que pasar sobre ti para protegernos, lo haré a sangre fría!” “Tu elección es mi condena. No voy a permitir que te rompas a ti mismo.” Esta es una historia donde la posesión se confunde con la pasión, y el amor es el precio final de la traición.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

PARTE I

—Imagínate tener la grandeza entre tus manos y que ahora tu vida le pertenezca a un viejo Rey. —La dama tras él, murmuró, pero su voz no fue lo suficientemente baja como para no ser escuchada, provocando un escalofrío helado al cuerpo entero de Jimin. —Ni siquiera ser bendecido por Dios como un Omega Dominante y Príncipe de un Imperio poderoso te evita lo duro de la vida, ¿mh? Ha acabado en una monarquía diminuta, en medio de una isla habitada por un pueblo afligido y un cofre desprovisto de tesoros.

Escuchó a otro suspirar con desdén. —Sí... En realidad me da mucha lástima. Oí que fue entregado a Su Majestad para que pudiera vivir ¿no es así? Porque invadieron su país. —Soltó con duda. —Pero, ¿De qué sirve? Está solo ahora... ¿Ya no mataron a sus padres y a sus hermanos Alfas?

—No se puede afirmar con certeza, ya que el Emperador invasor no los exhibió; supongo que no es tan sanguinario... Sin embargo, es lo más probable, dado que de lo contrario no se habría autoproclamado como Emperador tras el asesinato. —Park Jimin exhaló entre un ligero temblor, sintiendo la bilis subir por su garganta. Y en su mente, la voz académica de la nobleza, narrando su tragedia como una lección histórica, era un veneno más frío que el acero de Yoongi.

La Casa Min detentaba el poder desde el principio hasta que la Casa Park lo robó siglos atrás. El Emperador Edward III no había sido benévolo, sino un estratega que compró la paz y el silencio de los Min con títulos, riquezas y palacios, exiliándolos al Reino Wilver. Las Casas eran cercanas por matrimonios, pero la ambición se desbordó por la sangre pura. La guerra fue inevitable.

—La Casa Min ha vuelto —prosiguió la dama, su tono elevándose en un crescendo dramático—. Debilitados, sí, con un solo heredero, un simple Alfa Recesivo se rebeló ante la Casa más poderosa y de sangre más pura del continente. Pero exterminó a la Casa Park, así que lo ha logrado. No tuvo la benevolencia de sus antepasados, y tiene su corona, empapada de sangre, pero es suya. —Alzaba su mentón, observando la pequeña cabeza envuelta de cabellos rizos del color del oro, aspiraba además el embriagador aroma que poseía el Omega Dominante; una rara estirpe que se había mantenido en esa familia.

Ya no podría contar con los dedos la cantidad de cuentos que había escuchado de la nobleza sobre el exterminio de su familia, con tanta frialdad, con poca empatía, como si fuera un simple chisme. Estaba harto de eso. Y no podía hacer nada para callarles; porque era el tema del momento, un punto de inflexión que había marcado la historia de Scretia otra vez, en donde él, lamentablemente, estaba vivo para oírlo.

El joven parpadeó, intentando disipar las lágrimas de sus ojos. Y aunque todo eso lo sabía, aún provocaba en su garganta un fuerte nudo que le dificultaba el respirar, las personas osan hablar a sus espaldas como si él no existiera en lo absoluto, le dolía, principalmente porque la idea de estar solo en el mundo lo desesperaba. La idea de volver a Scretia se presentó, pero sería un suicidio, estaba seguro que sería cruelmente degollado, hasta ahora, el único lugar “seguro” era este pequeño reino, y un matrimonio con un viejo Rey.

“Por todos los Dioses... ¿Cómo fue que acabé en esta situación?”

Durante años, su padre, Park Roderic IV, gobernó con ignorancia y temor, era bien conocido por sus ataques de pánico en las audiencias, cuando la presión era alta, especialmente cuando le hablaban del creciente poder de la Casa Min. La rebelión se gestó cuando aquel Alfa Min logró que una facción significativa del Ejército Imperial, cansada por la inestabilidad de Roderic, cambiara sus lealtades y se uniera a su causa bajo una promesa, consolidando así su poder de forma inexpugnable, no se dejó someter ante la sencillez de vida que le habían dado sus padres. El descontento de la gente por la Casa Park fue suficiente razón para Min Yoongi de reclamar una corona que le pertenecía en realidad.

Acorralado, el Emperador Roderic tomó una decisión desesperada; casar a su único hijo Omega, su primogénito, el Príncipe Jimin, con el Rey Henry del lejano Reino de Cimmeria. Fue una jugada arriesgada, pero su único objetivo era asegurar algunos hombres y refuerzos militares para proteger la Capital. Pero nada de eso sirvió; Jimin antes de que pudiera llegar al Reino diminuto para sellar la alianza, la amarga noticia llegó con un jinete que corrió con velocidad durante días para darle el recado. La vida de sus padres y sus cuatro hermanos menores había sido exterminada. La Casa Park había caído, él siendo la última rama, estaba en peligro.

El Omega, desolado, detuvo el carruaje y descendió. El barro lo recibió de rodillas, mientras la lluvia, que no cesaría en horas, caía sobre su cuerpo como una sentencia. Lloró, gritó y golpeó la tierra húmeda hasta que el rostro le ardió de rabia y pena, no lloraba por el título perdido, ni por la vida que se desmoronaba, sino por los cuatro hermanos Alfa que siempre lo habían protegido. La idea de la soledad, unida al destino de casarse con alguien que no conocía, le pareció castigo suficiente, aunque ya no había motivo suficiente para este matrimonio, aún estaba allí; obligado a cumplir una promesa rota, sin camino ni fuerza para huir.

“Si alguien me ayudara...”

Pero no había nadie, y debía acostumbrarse a que no habría nadie a partir de ahora.

Los pétalos de las flores del ramo temblaron bajo el agarre de sus manos, que apretaron el tallo con muchísima fuerza.

Ya estaba preparado para la boda, formado y esperando afuera de las grandes puertas de la iglesia que se abrirían a su paso, pero el Rey no había llegado a tiempo para dar inicio a la misma.

—Me rehuso a esperar un segundo más. —Se dio la vuelta hacia la Alfa a su lado, una hermosa noble que lo había estado cuidando y ayudando desde que llegó. —Por favor, llévame al Castillo, antes, necesito hablar con tu Rey, no voy a tolerar esta humillación. —Tomó la falda de su vestido blanco, a punto de emprender su paso desesperado de vuelta a su lecho, dispuesto a decir que no a este matrimonio.

— ¿Te sientes humillado mientras esperas a tu Rey? —La voz terciaria lo hizo voltear y detenerse.

Era un hombre, de porte grande, sin duda un viejo, con una sonrisa nada agradable en su boca. Jimin ni siquiera lo había visto ni la primera vez desde que llegó, por lo que primero arrugó sus cejas con confusión, no se parecía nada a sus retratos, pero pensó rápidamente en quién era, cuando por el rabillo de sus ojos observó a las damas y donceles Omegas inclinar sus cabezas ante su presencia.

—Mi flor de loto, tu hermosura es más impresionante de lo que me han dicho... ¿Querías hablar conmigo? —Jimin apretó cada extremidad y cada músculo de su cuerpo cuando aquellos dedos de piel dura fueron a posar un rizo detrás de su oreja.

Parpadeó hacia el hombre que esperó respuesta, luciendo una mirada somnolienta junto a una sonrisa amplia y repulsiva.

—... ¿Se atreve a seguir humillándome justo antes de la boda? —Acostumbrado a expresar lo que le incomodaba, tras haber crecido entre alfas que le obedecían, habló desde la irritación que sentía. —Primero que nada, no me recibieron como al Príncipe enviado de un Imperio; me llaman “Lord” como si fuera un simple doncel de una corte a la que no pertenezco, y ahora he estado esperando aquí parado frente a una iglesia católica durante mucho tiempo, además de faltar al respeto a mis creencias, ¿No le enseñaron cómo tratar a alguien como yo?

Soltó las últimas palabras con una voz temblorosa por la ira contenida.

Los jadeos exaltados de los Omegas a sus espaldas lo exaltaron, haciéndolo voltear a verlos, mirando sus rostros llenos de sorpresa y susto. ¿Se había excedido? Al final era un Rey... Pero solamente era un Príncipe pidiendo consideración a un Rey que no tenía conocimiento en rangos como el suyo.

Pero antes de poder responder su propia pregunta, una mano grande lo tomó por los cortos cabellos de su nuca, jalándolos dolorosamente hasta inclinar su cuerpo hacia atrás. Por impulso, sus manos soltaron el ramo de forma descuidada, para llevarlas a las gruesas muñecas del hombre que le tomó con intensidad y brusquedad, haciéndolo quejarse con fuerza.

—Tú, pequeño Príncipe arrogante, no importas aquí. —Murmuró contra su rostro, de él salía un detestable olor a vino pasado adjunto un mal aliento insoportable. Jimin, aunque tenía un sentido del olfato muy agudo, volvió a quejarse, pero por el tirón de su cabello que no paraba ni se aflojaba. Al intentar quitarse esos dedos, el viejo hombre lo batía tal muñeco, provocando que sus rodillas flaquearan. —Solo eres útil para abrir esas piernas y satisfacer mi deseos, porque un Omega como tú, sólo sirve para levantar ese trasero de sangre azul.

Lo dejó ir, no antes darle una última batuqueada que lo dejó desorientado, despeinado y, sin duda más humillado que antes. En las esquinas de sus ojos se veían la sangre y las lágrimas amenazando con salir, observando al viejo hombre alejarse hacia la antigua iglesia, un lugar repleto de testigos, donde la nobleza de ese corrupto reino estaba ansiosa por tal unión que no les serviría más que para el gozo de su tirano monarca.

—Por favor, ayúdame a salir de aquí... —En un momento de desesperación, se lanzó hacia la Alfa que lo miraba con compasión, sujetándola desde su traje y suplicándole con lágrimas en los ojos, sin preocuparse por su dignidad. — ¡Por favor! Te ofreceré alguna joyas y...

—Su Alteza, no haga tanto escándalo, el Rey será más severo si sigue atrayendo la atención...—La mujer, agarró suavemente las muñecas del Omega, liberándose de su agarre en la ropa ya arrugada sobre su pecho. El rechazo lo dejó más desorientado.

Sentirse vulnerable le provocaba un escalofrío intenso por la columna. ¿A dónde podría ir? ¿Con quién podría contar? Si decidía huir, sería una idea inútil, escapar de una guardia real que estaba haciendo su labor era algo imposible, y si llegaba a los establos y lograba montar un caballo, no pasaría mucho tiempo antes de que le apuntaran con una flecha y lo asesinaran. Para entonces, ni siquiera habría un matrimonio; simplemente lo deshonraría, porque ese era en realidad el único beneficio que el Príncipe huérfano le aportaría. No quería perder la vida, pero tampoco deseaba ser tratado como una prostituta. Si tuviera opción ahora, preferiría que lo mataran en Scretia como a toda su familia, era mejor de esa manera que morir en los brazos de un Alfa que lo desgarraría hasta morir.

Antes de que pudieran considerar un plan, las puertas de la iglesia se abrieron y las miradas se posaron sobre él, lo que hizo que los Omegas se apuraran a ajustar sus vestimentas, su pelo y la coronilla de flores que se entrelazaban con sus rizos, también le entregaron el ramo, aunque estaba dañado por dejarlo caer. La Alfa lo condujo y le instó dirigirse hacia el altar, sin hacer esperar al Rey; sino sería un momento memorable si lo hacía en frente de todos, y su condena de muerte.

La hermosura del Omega fue también elogiada y admirada aunque su rostro no mostraba ninguna señal de alegría; más bien estaba lleno de miedo. Sostenía un ramo de flores marchitas y dañadas con manos temblorosa, los nervios, le hacían desgarrarse la piel de las uñas, provocándole heridas en los dedos.

—El aroma de ese Omega es increíblemente fuerte... —Se alcanzó a oír entre los nobles que estaban de pie, observando su caminar inestable hacia el altar, con los ojos muy rojos, llenos de lágrimas y tan abiertos que parecían a punto de salirse de sus cuencas, y sin embargo, no era visto con compasión, sino con una especie de curiosidad morbosa, como si fuera un objeto eróticos que cautivaba a cualquier Alfa.

Su corazón palpitaba con tanta fuerza que parecía que iba a estallar, no por alegría, sino por un instante decisivo en su vida que estaba a punto de transformarlo todo. Sus padres habían protegido al Omega tal valiosa joya durante toda su existencia, pero ahora debía entregarse a un hombre sin dignidad ni vergüenza de portar una copa de vino en el altar, aliviando su evidente resaca con más bebida. Esperaba a Jimin como si fuera un bien preciado, uno que ni siquiera tuvo la desfachatez de costear, ya que sus hombres jamás se presentaron para cuidar a su familia. La música además era tensa, sonaba más para Jimin como un par de violines desafinados y terroríficos.

—Mi Lord... —La mano de la Alfa se envolvió alrededor del torso del rubio, quien se congeló en su andar justo antes de alcanzar los escalones del altar. Miraba con súplica a la mujer que lo hacía con lástima; tal vez era la única en este lugar que mostraba ese tipo de sentimientos.

—P-por favor... —exclamó con una voz temblorosa, negando con su cabeza hacia la Alfa, quien no estaba dispuesta a arriesgar su vida por alguien desconocido. Puede que le estaba pidiendo demasiado, pero prefería enfrentar a la muerte por rechazarlo que caer en los brazos del monarca, que escuchó gruñir ante la espera, dando un paso a punto de acercarse.

Pero fue interrumpido en cuestión de un segundo.

Un sonido siseante y seco rasgó el aire denso del silencio expectante, rompiendo la tranquilidad de la mañana. No fue un grito, ni un estruendo, sino un golpe húmedo y sordo que resonó en el eco de la imponente iglesia, todos los ojos se desviaron del Rey en movimiento, hasta el altar, donde estaba un joven sacerdote, ataviado con sus vestiduras blancas y doradas, se tambaleó.

Clavado en el centro de su pecho, justo encima del corazón, se hallaba una flecha de asta oscura, cuyas plumas de águila vibraban aún por el impacto. Era una flecha rústica, tosca, que no se parecía en nada a la munición pulida de un Guardia Real.

El rostro del sacerdote se contrajo en una mueca de dolor atroz, abrió la boca, pero solo un borbotón de sangre oscura logró salir de ella, manchando el fino encaje de su alba, cayendo rotundo al suelo de mármol con un estrépito resonante, silenciando tras una expresión de susto a la multitud.

— ¡Intrusos! ¡Protejan al Rey! —Gritó el Capitán de la Guardia personal del Monarca, su voz rompiendo la parálisis del horror, alertando a todos los nobles.

El pánico se disparó como una plaga, y los guardias se abalanzaron, rodeando al Rey Henry como un escudo de acero y cuero, mientras sus ojos buscaban frenéticamente el origen de aquel ataque mortal.

En ese instante, el mundo exterior irrumpió con furia. Un ulular salvaje, un grito de guerra gutural y deshumanizado, resonó desde las afueras. El sonido de los cascos resonó sobre las baldosas de la plaza.

La pesada puerta de roble de la iglesia fue derribada con una violencia impía, astillándose y cayendo cada extremo de cada lado. A través de la abertura humeante, entraron a todo galope varios jinetes, hombres de aspecto aterrador, cubiertos de barbas ásperas y armaduras toscas de cuero y hierro ennegrecido. No eran soldados, sino bárbaros, invasores de las tierras fronterizas, cuya fama de crueldad era leyenda. Llevaban los rostros cubiertos con máscaras de cuero y hueso que acentuaban su aspecto primitivo y sanguinario con sus caballos, salvajes y nerviosos, coceando las alfombras persas.

Desde la primera línea de estos asaltantes, un hombre corpulento moreno por la suciedad y el sol, alzó su arco con una mirada filosa y sin dudar. La cuerda vibró de nuevo con un sonido seco, y una segunda flecha, más potente, voló como un fantasma oscuro.

Jimin se tiró de rodillas ante la amenaza, cubriendo su cabeza con sus brazos temblorosos, salvándose de una flecha dirigida hacia otro objetivo, rozándole la hombrera al Rey Henry pero se hundió con una fuerza devastadora en el cuello de un guardia que había alzado su propio arco. El hombre cayó sin soltar un solo sonido, su sangre caliente salpicó el traje nupcial del Omega postrado en el suelo.

El caos era absoluto, los gritos de las damas y los donceles se elevaron en un agudo coro de histeria. La nobleza habló por si misma, dejando al Rey en custodia de apenas algunos hombres, corrieron en una estampida caótica hacia las salidas secundarias, tropezando con bancas u otros cuerpos caídos, pisándolos.

El líder bárbaro bajó su arma con un silencio casi opresivo, sumido en un silencio mortal interrumpido por las respiraciones aceleradas de los guardias y el Rey que sostenía su hombro, herido por la fatal flecha que mató a uno de sus hombres. —Hemos arribado al son de la paz, para que no exista ninguna duda. —Las risas de los bárbaros alrededor del perímetro estallaron ante su comentario cargado de sarcasmo.

— ¿Al son de la paz? Quienquiera que te haya mandado a matarme, tendrá su guerra de vuelta. —Desafió el borracho y bruto Alfa, sudoroso como cerdo bajo sus vestimentas.

—No acatamos órdenes políticas, Rey de nada, venimos por un cargamento extremadamente valioso. —Los bárbaros centraron su mirada, sus ojos visibles a través de las aberturas de sus máscaras, con una única y fría resolución en el único punto inmóvil en el centro del pandemonio; un joven con cabellos dorados y ataviado de blanco que olía fuertemente a Omega.

—El Omega no está en venta, viles salvajes, ya he pagado por él. —Aclaró Henry de inmediato; su anhelo y su malicia lo impulsaron a desafiar a los salvajes que le lanzaron miradas gélidas.

—No te estamos preguntando, barrigón. —Con un gesto totalmente inesperado, de una de sus manos surgió una afilada daga que se hundió de forma letal en el cuello de uno de sus guardias, causando que levantaran otra vez sus armas. El líder reclinó su espalda después de asesinar brutalmente como si no le causara el más mínimo temblor, y luego hizo un sutil movimiento con la cabeza, ordenando fríamente que atraparan al joven.

Jimin, se encontró inevitablemente cercado. Los hombres enmascarados descendieron, avanzando con pasos pesados, sus hachas y arcos pendiendo de sus cuerpos, de los cuales el Omega detectaba un sudor rancio a cuero húmedo y sangre vieja, que se combinaba en una nube asfixiante con el aroma de su piel. Park levantó la cabeza del espacio entre sus brazos, que fueron alzados como trapo viejo, hasta que se dio cuenta que eran los bárbaros que lo sostenían.

— ¡No! ¿¡Vas a permitir que me lleven!? —Exclamó con angustia hacia el Alfa en el altar, rodeado tal joya, arrugando la nariz por el dolor e irritación mientras sostenía su brazo, sin hacer nada al respecto. El rubio intentó zafarse sin éxito, incluso usando sus piernas para ahuyentar a los hombres que trataron de someterlo. — ¡Aparta, tus asquerosas manos de mí! —Soltó con tal intensidad que la saliva salió de su boca, con los ojos desbordantes de miedo y furia, hasta que un mazo se elevó con una violencia fulminante.

Experimentó un impacto fuerte y doloroso en la cabeza. Fue un momento de oscuridad llameante, como si una estrella hubiera estallado junto a su cabeza, llevándolo a un mundo torcido que se desvaneció en manchas confusas, sus rodillas cediendo y su cuerpo cayendo como un títere al que le han cortado las cuerdas, colapsando sin consciencia sobre el mármol sanguinolento.


El Príncipe despertó con un intenso dolor en la sien, y con el olor nauseabundo a humo y a metal frío, reconociendo incluso antes que ya no se estaba en la iglesia, ni cerca de Cimmeria.

Parpadeó entre lamentos e intentó moverse, pero descubrió que estaba atado con una cuerda robusta de cuero a un mástil, uno principal en el centro de una tienda de campaña; era una lona pesada que se movía ante el intenso viento del bosque, iluminada en su interior oscuro por un fuego central que proyectaba sombras danzantes.

—Has despertado, “Príncipe”. —La voz de un hombre sonaba como un profundo gruñido en el dialecto fronterizo, pero con una pronunciación sorprendentemente nítida.

Jimin trató de verlo con más precisión, enfocando su vista. El salvaje estaba frente a él, sentado en un taburete de madera; era el líder, el mismo hombre gigante de la iglesia, vestido con la misma armadura de cuero y esa capa de piel animal, se encontraba limpiando una larga espada ancha. Su cara era severa, con una cicatriz que atravesaba su rostro; sus ojos tenían un azul frío y metódico, en contraste con la locura fanática de sus hombres.

Jimin siseó con dolor, intentando acomodarse mejor contra el poste que sus brazos rodeaban. — ¿Qué deseas? ¿Qué, quieren? —Logró pronunciar apenas, con la voz rasposa.

El hombre sonrió maliciosamente, con la intención de burlarse de él. —Lo que queremos... ya lo tenemos.

Se puso de pie y se dirigió a un rincón de la tienda, donde Jimin apenas notó a varios hombres, que estaban contando una gran cantidad de monedas de oro y plata, con incluso algunos lingotes aumentando la fortuna. Los bárbaros, alrededor de veinte hombres, fatigados pero eufóricos, contaban cada moneda con apreciación.

—No pienses que he traído un ejército completo por ti, Omega. Has sido la mercancía más simple y mejor recompensada que he tenido en mi vida. —El líder se giró hacia el rubio, con una expresión ya no de líder, sino de un mercenario en un acuerdo satisfactorio. —Mi cliente me pagó la mitad del trabajo, y eso ya es una fortuna; tú, vales mucho.

— ¿Quién ha sido? Se han confundido, no soy yo, esto... debe ser un error. —Sacudió la cabeza, volviendo a observar al robusto hombre. —No tengo a nadie que me busque...—Dijo en un susurro, mientras el señor se inclinaba, con un aliento cálido a vino rancio y carne.

— ¿Ah no? Porque no ha sido un único postor... han sido dos. —Murmuró, alimentando solo más dudas en el rubio, con una expresión de profundo temor en sus ojos, además del fruncimiento de sus cejas. —El que ganó no es el único que te desea; eres un tesoro valioso, deberías apreciarlo.

Jimin parpadeó con asombro y desconcierto al mismo tiempo ¿Quién brindaría tanto dinero a un clan de bárbaros peligrosos por una sola persona? Era una joya única; sus padres siempre se lo mencionaron, pero serlo no le salvaba de ser tratado de esa manera.

El salvaje se incorporó, regresando hacia sus hombres. — ¡Escuchen, perros! —Dijo, con un tono nada amigable, pero uno que todos ya conocían; sus rostros aún brillaban ante el resplandor del oro a pesar del insulto. —El trato, está hecho, hicieron un buen trabajo; la captura es un hecho. Unos han trabajado el oro suficiente para que cada hombre viva como un Rey en la frontera; ¡ahí tienen su pago! —Arrojó un gran saco de piel a los pies de un par, junto a otros que hicieron lo mismo que el líder, quienes tomaron sus pertenencias con suficiencia, incluso desestimando el oro esparcido en la mesa. — ¡Un año o dos de tranquilidad! ¡No hace falta robar solo con ese oro! ¡Y lo que puedan en el camino de vuelta a las tierras del norte!

Los bárbaros aullaron de júbilo, el desorden y la codicia sustituyendo la atención. El líder alzó la cara, y sus ojos reflejaban ambición y arrogancia.

—Mañana, al amanecer, nos separaremos de ustedes. Solo llevaré conmigo a algunos de mis hombres más leales y frescos; ustedes regresen al norte, nuestro rumbo es hacia el sur. La misión secundaria es más tardía y aburrida para todos.

— ¿Quién fue? —Jimin preguntó, con voz temblorosa de miedo, atrayendo la mirada de todos, mientras el líder del clan se giraba lentamente. — ¿Quienes son los apostadores?

—Un hombre consciente que tendrías un poder superior al suyo en el regazo de su enemigo. —Jimin experimentó un pánico total. Continuaba sin revelarle de quién se trataba, pero de ser entregado al Emperador usurpador como instrumento político sería peor que morir en manos de esos salvajes. —Así que descansa, tu futuro será incierto de aquí en adelante.

El hombre, sin mirarlo, simplemente les ordenó a uno de sus hombres que se quedara de guardia antes de salir de la tienda.