La luz que cayó del cielo
Hace algún tiempo, en una noche profundamente oscura, cuando la Luna aún no existía, un resplandor surcó el cielo de un pueblo olvidado de Vénova. Allí las noches eran largas, pesadas y frías; la oscuridad parecía tragarse hasta los suspiros, y la gente, resignada, miraba al suelo en busca de riquezas efímeras, ignorando lo que ocurría sobre sus cabezas.
Fue entonces cuando una ráfaga de luz descendió desde lo alto y cayó en las llanuras de aquella región desdichada.
Aquella luz no era otra cosa que un ser caído del cielo: un pequeño ser de luz, del tamaño de un conejo, con un cuerpo blando y traslúcido, semejante a la plastilina. El impacto lo había desparramado por el suelo, pero sus partes pronto se reagruparon, obedeciendo a una diminuta cabeza que daba las órdenes. En cuestión de segundos, el ser volvió a estar entero, aunque aturdido por la caída.
—¿Dónde estoy? —murmuró con voz temblorosa.
Alzó la mirada hacia aquel telón oscuro, un cielo tan vacío que apenas dejaba ver unas pocas luces lejanas, como puntos casi invisibles. Jamás había contemplado algo tan sombrío y solitario. ¿Una venda cubriría sus ojos? Imposible. Veía con claridad, y sentía el pasto frío a su alrededor.
—Me he caído... —susurró, comprendiendo por fin.
Intentó elevarse, pero al “flotar” apenas logró dar un salto torpe que terminó con su cara contra el suelo. Escupió tierra y refunfuñó:
—Claro... no puedo levitar. Esto apesta.
Trató entonces de ponerse de pie —o en algo que se pareciera a eso—. Sus ojos apenas asomaban entre las altas hierbas verdosas mientras avanzaba con cautela, buscando algo que pudiera ayudarle. El aire era helado, y todo en ese lugar le resultaba hostil, tan distinto de su hogar luminoso, más allá del telón del cielo, al que había caído por pura curiosidad.
En su andar encontró dos hojas frescas, aún verdes pese a haber caído de algún árbol cercano. Las observó con asombro: jamás había tocado una hoja, aunque había escuchado historias sobre ellas y cómo descendían suavemente hasta la tierra.
—¿Me servirán? —dijo pensativo, y sin dudarlo, se las pegó al cuerpo.
Luego echó a correr, batiendo las hojas con todas sus fuerzas. Avanzaba tan rápido como sus cortas piernas le permitían, que no era mucho, pero su deseo de volver a casa le daba impulso. Cuando creyó tener la velocidad suficiente, se lanzó al aire.
—¡Allí voy! —gritó entusiasmado, sintiendo por unos instantes que volaba.
Parecía que lo lograría... parecía.
De pronto, su breve vuelo terminó en una caída desastrosa. Rodó entre la hierba, desprendiendo fragmentos de su cuerpo luminoso, hasta que su desgracia culminó al caer por la ladera de una pequeña colina, directo a un río gélido. El chapuzón fue brutal.
Luchó desesperado por salir a flote. Las corrientes lo arrastraban, su luz se debilitaba. Con el último aliento logró alcanzar la orilla y arrastrarse fuera, exhausto, apenas titilando.
—No... puedo... rendir... —balbuceó antes de desplomarse.
Parecía que todo acabaría allí: moriría congelado y olvidado en aquel rincón del mundo. ¿Quién podría oír el ruego de un pobre luminela perdido?
Pero sus súplicas fueron escuchadas. Un manto tibio lo envolvió, y unas manos suaves lo levantaron del suelo. Alguien lo había rescatado.
Cuando recuperó algo de calor, sintió que lo sostenían con cuidado. Al abrir los ojos vio una bufanda gruesa rodeando el cuello de quien lo llevaba. Ya no estaban junto al río, sino bajo un árbol, en un campo cubierto de flores pálidas.
Poco a poco, los fragmentos dispersos del luminela regresaron a él, y su luz empezó a brillar con más fuerza. Frente a él había una niña de cabello castaño, pecas en las mejillas y una expresión de sincera sorpresa.
—Vaya... —dijo ella con asombro.
La voz humana lo sobresaltó. Aterrorizado, el luminela intentó huir, pero terminó chocando contra el tronco del árbol y quedando aplastado como una mancha brillante en la corteza.
La niña levantó las manos en señal de paz. Sus mangas eran tan largas que apenas dejaban ver sus dedos, y aquella imagen provocó en el luminela una mezcla de miedo y curiosidad.
—¿Quién eres? —preguntó con cautela.
—Tranquilo —respondió la niña, con voz suave—. No te haré daño.
Esa serenidad lo calmó un poco. Aun así, no podía evitar desconfiar. ¿Y si fingía? ¿Y si se trataba de una criatura que devoraba seres pequeños en la noche? Sin embargo, su voz era tan pura y su rostro tan ingenuo que decidió, por el momento, confiar.
—Eres muy brillante —observó la niña con una sonrisa. La luz del luminela se fortalecía poco a poco, y en medio de tanta oscuridad, su resplandor resultaba hipnotizante—. ¿De dónde vienes?
El luminela dudó, pero finalmente señaló el cielo inmóvil sobre ellos.
—¿Del cielo? —repitió ella, sorprendida—. ¿Eres... una estrella?
—¿Estrella? —repitió él, intrigado—. No conozco esa palabra.
—Sí, las estrellas son esos puntitos que ves allá arriba —explicó la niña.
El ser negó con firmeza.
—No son “estrellas” —dijo con un dejo de orgullo—. Son mis hermanos: los luminelas.
—¿Luminelas...? —susurró la niña con curiosidad.
Entonces, el pequeño le contó que los luminelas eran seres del cosmos, portadores de la luz viva y abstracta, encargados de llenar de brillo el telón oscuro del cielo. La niña escuchaba fascinada, sin apartar la vista de su diminuto interlocutor, maravillada por la idea de un mundo entero más allá de la noche.
—¿Dices que hay miles de seres como tú allá arriba? —preguntó la niña con asombro. —Sí, innumerables —respondió el luminela con tristeza—. ¡Ay de mí! He caído y no puedo permanecer en este mundo tan frío, o mi luz se extinguirá...
—Puedo ayudarte —dijo la niña, aunque en el fondo no tenía idea de cómo hacerlo. No sabía cómo devolverlo al cielo, pero no podía dejar a aquella diminuta criatura morir en su mundo de sombras.
El luminela se iluminó de esperanza. Estaba a punto de rendirse cuando oyó esas palabras. La niña lo tomó entre sus brazos y emprendió el camino de regreso al pueblo. Quizás alguien allí sabría qué hacer.
El pueblo era un lugar silencioso y lúgubre. Una penumbra constante dominaba las calles, y la vida parecía haberse escondido dentro de las casas, todas idénticas: cubos de cemento sin color, copias unas de otras hasta el hastío. Tras las ventanas apenas se distinguían ojos brillantes, unos amenazantes, otros indiferentes. Nadie hablaba, nadie sonreía. Cada cual se ocupaba solo de sí mismo, con la mirada solo en lo terrestre.
La niña se dirigió primero a la casa de la vieja tortuga, a quien todos consideraban la más sabia del lugar. Decían que había vivido más años que cualquier otro ser en Vénova, y que su mente albergaba la sabiduría de los siglos.
Entraron. La luz del luminela iluminó el interior, y la tortuga, que reposaba en un sillón, quedó cegada por un instante.
—¡Válgame el Señor! —exclamó—. ¡Jamás he visto una luz semejante en toda mi vida!
—Disculpe que la moleste —dijo la niña con educación—, pero necesito hacerle una pregunta.
La tortuga alzó lentamente la cabeza, como si mil alabanzas la rodearan.
—He aquí mi sabiduría en tus manos. Pregunta lo que desees.
—Bueno, yo… —intentó decir la niña.
—Y te revelaré caminos que tus pies jamás han recorrido —la interrumpió la tortuga.
—Sí, claro, pero…
—Porque en mí habita la excelencia de los días de la existencia —prosiguió con solemnidad.
Y así continuó durante una hora que pareció un día entero, hablando sin parar de sus experiencias, de lo conocido y lo desconocido, sin dejar espacio para respuestas. La niña suspiraba de cansancio, mientras el luminela la observaba con cierta compasión.
“¿Tanta sabiduría para esto?”, pensó el pequeño ser. “¿De qué sirve conocer tanto de la tierra si no puede mirar más allá de ella?”
Cuando por fin la tortuga calló, la niña aprovechó para preguntar:
—¿Sabe usted cómo llegar al cielo?
—Oh, qué pregunta tan curiosa —respondió la anciana—. El cielo está vacío, ¿para qué querrías llegar a él?
—Necesito devolver a este ser a su hogar —explicó la niña.
La tortuga examinó al luminela con ojos entrecerrados.
—Qué criatura tan extraña... parece saliva mezclada con fuego —rió, aunque el luminela no encontró gracia alguna—. En todo caso, podrías meterlo dentro de esta vieja linterna; así no tropezarás en la oscuridad, como me pasaba a mí.
—¡Jamás! —protestó el luminela, retrocediendo mientras la tortuga intentaba empujarlo dentro del artefacto.
La niña intervino y lo apartó con firmeza.
—Basta. No es eso lo que vinimos a preguntar.
—Bah, y yo que creí que deseaban escuchar sabiduría que trasciende los tiempos —bufó la tortuga—. Si tanto anhelas el cielo, ¡edifica una torre alta! Ahora, fuera de mis aposentos.
Ya afuera, la niña decidió poner a prueba aquel consejo. Con sus propias manos comenzó a construir una torre de arena. Iba al bosque a buscar tierra húmeda y la apilaba con paciencia, cubo tras cubo, formando un montículo que crecía con cada intento. El trabajo era agotador, pero su determinación era firme.
—Un poco más y llegaremos al cielo —dijo con entusiasmo.
Pero el viento, aburrido aquella noche, decidió jugar. Sopló con fuerza y, en cuestión de segundos, la torre se desmoronó, derribando a la niña y al luminela junto con ella. La arena se dispersó por el aire, y con ella, las ilusiones del momento.
Con el rostro lleno de polvo, la niña suspiró y regresó al pueblo. Esta vez decidió acudir a otro habitante: un zorro de pelaje dorado que vivía en una casa que, según él, estaba hecha de oro puro.
Cuando se acercaron, la niña pensó que la luz del luminela haría brillar las paredes de la casa con gran intensidad. Pero, para su sorpresa, el supuesto oro no resplandecía; más bien parecía apagado, opaco, sin vida.
—Qué extraño —comentó la niña—. Pensé que su hogar sería más brillante.
—¿Por qué? ¿Acaso es una “estrella”? —preguntó el luminela con ingenuidad. La niña rió suavemente y, sin darle más vueltas, entraron.
Dentro, el zorro estaba frente a un espejo enorme, rodeado de velas que apenas alumbraban. Su pelaje era de un dorado intenso, como si el sol mismo lo hubiera tocado, y su hocico relucía como metal bruñido. En las patas sostenía piedras y cristales dorados, admirando su reflejo con aire de vanidad.
—Decidme —proclamaba el zorro ante su propio reflejo—, ¿quién en toda Vénova ha visto criatura más majestuosa que yo? ¿Quién, en este triste pueblo, posee riquezas comparables a las mías?
—Disculpe —interrumpió la niña, sacándolo de su ensueño—, he venido a hacerle una pregunta.
El zorro giró apenas la cabeza, algo molesto por la interrupción. La niña repitió la historia del luminela y su deseo de regresar al cielo, con la esperanza de que aquel vanidoso supiera algo.
Mientras tanto, el luminela observaba con atención el interior de la casa. Todo era del mismo color, dorado y sin alma. Aquello no le parecía hermoso, sino monótono, y el aire olía a metal y cera quemada.
“¿Cómo puede vivir aquí?”, pensó con cierto disgusto. “Ni siquiera la luz respira en este lugar.”
Apenas terminó de hablar, el zorro soltó una carcajada sonora.
—¡Qué pregunta tan encantadora! —exclamó con vanidad—. Escucha, he comprado con mis riquezas este propulsor fabricado por un honorable científico de las tierras del norte, más allá del mar de Vénova. Un hombre acaudalado, aunque no tan apuesto ni brillante como yo, por supuesto. Lo construyó especialmente para mí, y está bañado en oro, tal como me gusta.
—¡Oh, muchas gracias! —respondió la niña con ilusión—. Tal vez esto pueda servirnos.
—Por supuesto, niña. Tengo tanto oro que no me importa complacer a criaturas tan pequeñas como tú.
De pronto, el luminela soltó un quejido.
—¡Ay! —clamó.
Una mancha oscura había caído sobre él. La niña observó horrorizada cómo el propulsor, al contacto con la luz del luminela, comenzó a deshacerse como si se derritiera. El metal se arrugó y goteó sobre el suelo, deformándose hasta quedar reducido a un amasijo humeante.
—¿¡Qué sucede con mi oro!? —gritó el zorro, alarmado.
El luminela, sin darse cuenta, había tocado el cofre donde el zorro guardaba sus “tesoros”. Uno a uno, los lingotes dorados comenzaron a fundirse en una masa pegajosa que goteaba sobre el suelo, dejando tras sí un hedor insoportable, similar al de una mofeta asustada.
La niña comprendió entonces que aquello no era oro verdadero, sino una imitación burda que el zorro había creído real.
—¡Mi oro! ¡Mi hermoso oro! —chilló el zorro con furia, mientras las lágrimas le empañaban los ojos. En su desesperación, tomó al luminela y lo lanzó sin piedad por la ventana.
La niña, horrorizada, corrió tras él. Encontró al pequeño ser en el suelo, su luz algo debilitada.
—¿Estás bien? —preguntó, levantándolo con cuidado.
—Sí… lo estoy. Siento mucho haber causado problemas.
—¡No! No fue tu culpa —replicó ella con ternura—. Solo fue un accidente. Vamos, sigamos.
Mientras caminaban lejos de aquella casa, un leve temblor hizo vibrar el suelo bajo sus pies. Sonaba como si algo pesado se moviera bajo la tierra.
—¿Por qué tiembla la tierra? —preguntó el luminela.
—Debe de ser un topo —respondió la niña.
Y acertó. De pronto, el suelo se abrió y de allí emergió un topo con casco minero y un reloj en una de sus patas, cuyas agujas giraban a una velocidad absurda.
—¡Ahh! —exclamó agitado—. ¡Llego tarde! ¡Debo trabajar, trabajar, trabajar!
—Disculpe, señor Topo —intervino la niña, intentando llamar su atención—. Tengo un problema y necesito su ayuda.
—¿Ayuda? ¡La única ayuda es el trabajo! —replicó sin detenerse—. ¡Si paro, todo se atrasa!
—Solo quiero saber cómo llevar a este luminela de vuelta al cielo.
El topo, sin mirarla, respondió:
—Ayúdame en mi labor y te ayudaré cuando termine.
Y sin más, se lanzó a la cueva. La niña corrió tras él, procurando no perderlo de vista. El topo avanzaba a gran velocidad por túneles interminables, excavando sin descanso. Se decía que era un trabajador ejemplar, pero su dedicación era tal que había olvidado todo lo demás: el descanso, la luz, el mundo exterior.
—Toma ese pico y corta esa piedra —ordenó el topo.
La niña obedeció. El pico era pesado y viejo, pero golpeó la roca con determinación. Uno, dos, tres golpes. Las chispas volaban, el sudor caía. Después de un rato, mostró su trabajo.
—He picado esta cantidad —dijo con orgullo.
—¡Más! —gruñó el topo sin siquiera mirarla—. ¡Aún hay mucho que hacer!
Ella suspiró, pero continuó. Volvió a golpear, una y otra vez, hasta que las manos le dolieron.
—He picado nuevamente esta cantidad —repitió.
—¡No basta! ¡Vamos atrasados!
La niña apretó los labios y siguió trabajando. Lo hizo hasta que las fuerzas la abandonaron. Cuando por fin se acercó al topo, jadeando, preguntó:
—¿Por qué trabajas tanto?
Pero el topo no respondió. Seguía cavando frenéticamente, hasta que su silueta desapareció entre las sombras del túnel. Dicen que sigue allí, cavando aún hoy, sin saber por qué.
La niña, extenuada, se dejó caer al suelo. A su lado, el luminela lamía las piedras que ella había extraído.
—Esto tiene un sabor dulce —comentó sorprendido.
Intrigada, la niña tomó una y la probó. Era menuda, de color pardo y textura blanda. Al principio sabía agria, pero pronto el sabor se tornó dulce, dejando una sensación cálida y reconfortante.
—No sabía que las piedras podían comerse —dijo.
—No creo que sean piedras —replicó el luminela—. En otros mundos he visto cosas parecidas. Quizá por eso esa criatura cava tanto.
—Supongo... —murmuró ella, encogiéndose de hombros. Y juntos salieron de la cueva, otra vez sin respuestas sobre cómo regresar al cielo.
Mientras tomaban el sendero de regreso al pueblo, la niña notó que el luminela dejaba un rastro brillante tras de sí.
—¿Qué es eso que haces? —preguntó curiosa.
—Vi esas flores —respondió él, señalando el camino— y pensé que podría ayudarlas.
En aquellas tierras, donde las noches eran eternas y sin luna, las flores raras veces se atrevían a florecer. La niña recordó las pocas que había visto abiertas alguna vez, en el campo donde solía pasear con su madre.
—Es increíble —dijo maravillada—. ¿Cómo lo haces?
—Solo... lo hago —rió el luminela—. Cuando mis hermanos están tristes o asustados, suelo hacer esto para animarlos. Y esas flores parecían estarlo.
Saltó alegremente y esparció su polvo luminoso sobre el suelo. Las diminutas partículas eran anaranjadas y relucientes, se adherían a todo lo que tocaban antes de desvanecerse.
La bufanda de la niña quedó salpicada de aquel polvo cálido, y su cabello comenzó a brillar tenuemente, como un amanecer escondido. La sensación era reconfortante, como un abrazo materno.
La niña rió, corriendo entre las motas de luz como si fuera nieve. Por un instante, su cabello resplandeció con un tono celeste, recordando al cielo claro de un día que aún no existía en aquel mundo sin luna.
—Esto es divertido —dijo la niña con una risa contagiosa—. Ojalá...
No alcanzó a terminar la frase. El sonido de su voz se quebró cuando vio al luminela tendido en el suelo, su luz apenas parpadeando. Respiraba con dificultad, y cada destello parecía más débil que el anterior. El polvo luminoso que antes los envolvía se había desvanecido por completo.
—¿Estás bien? —preguntó angustiada, levantándolo con cuidado.
—No... no lo estoy —susurró el luminela, señalando con un temblor el cielo.
Entonces la niña comprendió la gravedad del momento. No tenía mucho tiempo; si no lograba ayudarlo pronto, aquella diminuta chispa se extinguiría para siempre, disolviéndose en la tierra fría como el agua sobre arena caliente.
Corrió hacia el pueblo con desesperación, gritando entre jadeos:
—¡Necesito ayuda! ¡Por favor, alguien, ayúdeme!
Pero su voz fue arrastrada por el viento, y ninguna puerta se abrió. Las casas permanecían mudas, los ojos tras las ventanas se escondían. La penumbra seguía gobernando, indiferente. En aquel pueblo, nadie se preocupaba por los asuntos del cielo.
Y sin embargo, no fue completamente ignorada. Una sola alma respondió a su clamor. La niña sintió pasos tras ella, y por un instante una chispa de esperanza le encendió el rostro. Pero cuando la voz del recién llegado rompió el silencio, esa esperanza se apagó al instante.
—¿A qué viene todo este griterío? —dijo con tono severo, su voz tan fría y cortante que parecía atravesarla—. ¿No sabes que la noche no se hizo para perturbar la paz?
Era el pescador del pueblo. Así lo conocía la niña: un hombre envuelto siempre en la sombra de una capucha que nunca se quitaba. Nadie sabía realmente quién era ni de dónde venía. Decían que recorría los límites del pueblo cortando flores que crecían fuera del orden, y que su caña de pescar siempre estaba húmeda, aunque jamás lo habían visto cerca del lago. Era respetado, sí, pero también temido.
La niña no quería hablarle, pero no tenía otra opción. Reuniendo valor, le explicó lo sucedido.
—Este pequeño luminela ha caído del cielo. Necesito ayuda... necesito regresarlo a su hogar.
El pescador observó al ser luminoso en los brazos de la niña. Su expresión era inescrutable; era imposible saber si sentía compasión, desprecio o simple indiferencia.
—Es la ley —dijo al fin, con voz grave—. La ley de la naturaleza. Ningún ser merece mayor perdición que aquel que no puede salir de su propio agujero. Si deseas alcanzar el cielo, alteras esa ley perfecta e inquebrantable. No hay mayor locura que soñar con lo imposible.
—¡Pero no puedo abandonarlo! —protestó la niña—. ¡Debe haber una manera!
El pescador la miró fijamente.
—¿No ves toda la tierra que habita en tus ojos? —respondió con calma—. Trabaja en ella. Aprende a hallar consuelo en lo que te ha sido dado. Porque por más que mires al cielo, recuerda: estamos condenados a ser uno con la tierra. Retrasas lo inevitable, niña. ¿Y no es ya suficiente castigo el que tú misma te impones?
Extendió la mano hacia ella, como esperando que le entregara al luminela. La niña dudó. Por un momento, las palabras del hombre se mezclaron en su mente como un eco cruel. ¿Y si tenía razón? ¿Y si el cielo era inalcanzable? ¿Y si su esfuerzo solo prolongaba el sufrimiento?
Quiso llorar. Quiso su madre, su voz, su abrazo. Pero entonces miró al luminela: aquella pequeña luz temblorosa que aún se aferraba a la vida. Recordó el instante en que lo vio caer del firmamento, el resplandor puro que había atravesado la oscuridad de su mundo. No podía estar equivocada. No podía rendirse.
Apretó al luminela contra su pecho y apartó la mirada del pescador.
El hombre bajó lentamente la mano.
—Tu madre sabía lo que hacía al criarte —dijo en voz baja—. Ten cuidado, niña. Allá arriba no hay nada distinto a aquí abajo.
Y sin más, se alejó, perdiéndose entre las sombras del pueblo hasta desaparecer por completo.
La niña quedó sola otra vez. Nada ni nadie en aquel lugar podía ayudarla. Lo entendió con un peso nuevo en el corazón: el tiempo se agotaba, y la luz del luminela se apagaba junto con él.
—¿Qué hago? —susurró la niña, luchando por no caer en la desesperación. Miró hacia el cielo —aquel cielo oscuro donde solo titilaban unos pocos puntos lejanos—, buscando una respuesta que nunca llegó.
¿Cómo podría alcanzarlo?
¿Con una cuerda? No tenía una tan larga.
¿Con una escalera? Ni siquiera poseía una.
¿Con un globo, quizá? Si reunía muchos, podría elevarse, amarrada a ellos como un pájaro. Pero todas las tiendas estaban cerradas, los vendedores dormían, y ella no tenía dinero para comprar nada.
Estaba a punto de rendirse cuando una ráfaga de viento la golpeó con fuerza. Era la misma brisa que había derribado su torre de arena. Su madre solía decirle que el viento curioso siempre revisita los caminos, que nunca se queda quieto, que va donde quiere, sin saber de dónde viene ni adónde va. La niña, en su inocencia, creía que todos los vientos eran uno solo, un ser invisible y juguetón cuya presencia era imposible ignorar.
¿Podría ese viento ser la solución? Pensó que no. El viento no piensa, no escucha, no obedece. Pero sí disfruta de llevar consigo cosas ligeras, elevándolas por simple diversión. Y ella tenía justo algo que el viento amaría hacer volar.
Corrió a su casa con toda la fuerza que le quedaba. De una vieja caja sacó un cometa que había hecho junto a su madre: una tela blanca tensada sobre delgados palillos de madera, con una cuerda que esperaba algún día sentir el tirón del aire. Nunca lo había echado a volar; planeaba hacerlo con su madre en la colina más alta del valle, donde se decía que el cielo acariciaba a quienes lo alcanzaban con el alma.
Con el corazón apretado, tomó el cometa y al luminela entre sus brazos y emprendió el ascenso hacia la colina. Aquel vuelo sería distinto al que soñó, pero sabía que debía hacerlo. No podía quedarse viendo morir a su amigo. Si lograba devolverlo al cielo, tendría toda una vida por delante para volar el cometa junto a su madre.
—Resiste —le dijo al luminela, cuando alcanzaron la cima.
El viento soplaba con fuerza. Sin dudarlo, la niña tomó el cometa con una mano y echó a correr. El aire rugía a su alrededor mientras se acercaba al borde. Con un último impulso, lanzó el cometa al viento... y casi cae con él. Pero se mantuvo firme. El cometa ascendió.
—¡Vuela! —gritó emocionada, viendo por fin la magia que tanto había imaginado.
La cuerda se desenrolló sola, y el cometa subió más y más, guiado por el viento juguetón que parecía entender su propósito. Con el corazón decidido, la niña se sujetó de la cuerda... y saltó.
El cometa titubeó, descendiendo unos metros bajo el nuevo peso, pero el viento, travieso y valiente, lo sostuvo. Y así, la niña voló.
Surcó los cielos del pueblo junto al luminela, ascendiendo en dirección al telón del firmamento. Su risa se confundía con el silbido del aire. Incluso el luminela, debilitado, recobró fuerzas al ver que se acercaban a su hogar. Emitió un polvo blanco que ya no parecía polvo, sino una pura esencia luminosa. Dejó tras de sí una estela blanca que surcó la oscuridad.
Los pocos que la vieron aquella noche juraron que fue una estrella que decidió pasearse sobre Vénova.
Por un momento, todo fue perfecto... hasta que el cometa se detuvo bruscamente. La cuerda se tensó, y el vuelo se detuvo de golpe.
—¿Se atascó? —preguntó la niña, desconcertada. —Es el telón —susurró el luminela, casi sin voz.
La niña trepó por la cuerda hasta alcanzar el punto más alto. Tocó el telón del cielo: era como tocar agua, suave y temblorosa al contacto. Lo intentó de nuevo, esta vez con más fuerza, y aquello que parecía líquido se desgarró como si fuese papel. Un pequeño agujero se abrió en el firmamento.
—Es el lugar... —alcanzó a decir el luminela, antes de cerrar los ojos—. La luz...
—¡No! —gritó la niña, y en un impulso desesperado lanzó al luminela hacia el agujero, confiando en que volver al cielo restauraría su vida.
Esperó. Esperó un segundo, dos, diez... cada uno tan largo como una eternidad. No hubo respuesta.
—¿Estás bien? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Alguien... alguien allí?
El silencio la devoró. La duda, el miedo, el dolor. ¿Y si había fallado? ¿Y si su amigo se había perdido para siempre entre los cielos?
No pudo resistir más. Saltó al vacío, sujetándose del borde rasgado del telón. El material cedió y se desgarró aún más, dejando un enorme boquete brillante. Pensó que caería, pero el tejido cambió bajo sus dedos: pasó de ser líquido a áspero, firme como roca. Con esfuerzo, trepó, negándose a soltar.
Y fue un acierto. Apenas se incorporó, el pedazo de telón que quedaba se deshizo en el viento.
Agotada, se dejó caer de rodillas, jadeando. Entonces respiró aquel aire desconocido. Era cálido, dulce, lleno de una fragancia que le recordó su hogar. ¿Cómo era posible sentir nostalgia en un lugar tan distinto?
Alzó la vista... y quedó sin aliento.
Ante ella se desplegaba un cosmos infinito: un océano de estrellas, planetas y nebulosas que se extendían hasta donde la vista no podía seguir. Caminos luminosos cruzaban el vacío como ríos celestes. Bandas de colores azules, rosadas y doradas bailaban en la lejanía, y las estrellas brillaban como almas vivas, danzando en silencio.
La niña apenas podía creerlo. Era abrumador, hermoso, casi sagrado.
Y habría permanecido eternamente contemplando ese milagro, de no ser porque un destello veloz se acercó a toda velocidad hacia ella. Sobresaltada, se cubrió el rostro...
—¡Eres tú! —escuchó una voz radiante y familiar.
El luminela había regresado.
—¡Lo lograste! ¡Gracias! ¡Me has salvado! —exclamó el luminela, resplandeciente.
La niña, llena de emoción, lo abrazó con fuerza. Lo había conseguido. Sin duda, lo había logrado. En ese abrazo se dio cuenta de algo asombroso: flotaba libremente, suspendida entre las estrellas.
—Me alegra que estés bien —respondió con una sonrisa temblorosa—. Pensé que te habías ido.
—Y me fui —rió el luminela—, directo a mi hogar.
El pequeño ser de luz giró alrededor de la niña, irradiando destellos cálidos. Ambos reían y se perseguían juguetonamente, dos almas danzando sin peso en medio de la inmensidad del cosmos.
La intensa luminosidad atrajo pronto la atención de otros seres celestes: luminelas de mil tonalidades, diminutos como el primero, que habitaban en aquel reino que los hombres jamás alcanzan a imaginar. Se acercaban curiosos, chispeantes, como un enjambre de luciérnagas divinas.
—¡Miren! —gritó el luminela, radiante de alegría—. ¡He regresado! ¡Todo gracias a ella!
La niña sonrió, sin querer atribuirse mérito alguno. Le bastaba verlo a salvo. En su corazón, pensó que su madre estaría feliz si la viera en aquel cielo.
—¡Qué ser más extraño! —decían unos. —¿Viene de allá abajo? —preguntaban otros, de luces azuladas. —¿Y qué es esa trompa enrollada? —decían los de tonos cálidos, al ver la bufanda de la niña.
—¡Son muy curiosos! —rió ella—. Y además, son un montón.
—¡Queremos saber! —corearon todos al unísono, girando a su alrededor como pequeños soles.
—De acuerdo, pero… —dijo la niña mirando a su alrededor—. Muchos se ven iguales. ¿Cómo puedo llamarlos? ¿Cuáles son sus nombres?
Los luminelas se quedaron perplejos. Nunca habían pensado en eso. “¿Nombres?”, murmuraban unos a otros, desconcertados. Ellos siempre se habían llamado simplemente luminelas.
Trataron de improvisar respuestas: —Mundo. —Luz. —Cosmos. —Observatorio. —Leche. —¡Extraordinariovoluminalidoso!
La niña no pudo evitar reír. —No, no, eso no. Me refiero a sus nombres reales. ¿Ninguno tiene uno propio?
Antes de que alguno respondiera, una voz grave y femenina resonó en el firmamento.
—Por supuesto que no lo tienen.
La niña giró y vio descender a una majestuosa mujer envuelta en un vestido que parecía tejido con las mareas del océano nocturno. Su cabello relucía como el sol de primavera, y una corona de cristal reposaba sobre su frente. Era esplendorosa, pero su semblante era severo: el de alguien que exige orden en todo lo que toca. Sus ojos, profundos y luminosos, podían helar el alma con solo una mirada.
—Los luminelas no necesitan nombres —prosiguió la mujer—. ¿Quién tendría tiempo de otorgar identidad a millares de ellos y recordarlos? ¿Y para qué propósito, si su existencia está ya trazada por la luz misma?
—Un nombre… nos identifica —respondió la niña con voz tímida, recordando las palabras de su madre—. Sin nombres, ¿cómo puedo hablar con ellos?
—No puedes —replicó la mujer, fría y distante—. No te ha sido dado tratar con los seres celestes, niña de la tierra. Los luminelas son guardianes de la luz de los cielos, y esa es su función. Dudo que una pequeña que rompe el telón del firmamento comprenda las leyes del cosmos.
—Yo… lo siento —murmuró, bajando la cabeza—. Solo quería devolver a este luminela a su hogar.
La mujer, que parecía un ser hecho de orden y eternidad, lo miró con desdén. —¿Es cierto eso? —preguntó al luminela.
—S-sí… —respondió él con temor.
—No debías haber jugado cerca del telón, sino permanecer en los observatorios de los guardianes —lo reprendió ella con voz severa—. ¡Ya tengo suficiente ocupación cuidando de miles como tú y manteniendo el equilibrio de este lado del cosmos!
Los luminelas, asustados por el regaño, se ocultaron tras la niña, temblando. La mujer suspiró, y aunque su tono seguía distante, algo en su expresión se suavizó.
—Supongo que debo recompensarte por tu buena acción —dijo finalmente—. Toca mi báculo y susúrrame el deseo que guarda tu corazón.
—¿Cualquier deseo? —preguntó la niña, ilusionada.
—Me llamo Claudia —declaró solemnemente—, guardiana de este lado del cosmos. Y te juro que cualquier cosa que desees, si existe, te será concedida.
Con un temblor en el alma, la niña se acercó, apoyó sus manos en el báculo, y le susurró su secreto más profundo, aquello que guardaba en lo más hondo de su corazón.
Claudia se apartó lentamente. Su mirada, antes resplandeciente, se tornó grave.
—De todo lo que podrías haber pedido… ¿ese es tu mayor deseo? —preguntó con frialdad.
La niña asintió, confundida.
—Mira a tu alrededor, pequeña. En todo este cosmos, vasto y eterno… aquello que anhelas no se encuentra aquí.
Las palabras de la guardiana atravesaron el pecho de la niña como cuchillas de hielo.
—Pero… en el cielo todo es posible —susurró, aferrándose a la esperanza.
—No —dijo Claudia con voz tajante—. El consuelo que buscas no está en los cielos, ni en ningún rincón del universo. Regresa por el agujero del que viniste. Mientras más pronto lo olvides, más pronto sanarás.
La niña bajó la cabeza, con el alma hecha trizas. Flotó lentamente hacia el umbral que la devolvería al mundo terrenal. Su cuerpo parecía liviano, pero su corazón pesaba más que una montaña.
Claudia la observó marcharse, con una mezcla de impaciencia y melancolía que nunca reconocería. Luego se dio la vuelta y se desvaneció entre las estrellas.
La niña miró hacia abajo. Desde allí, la tierra se veía oscura y triste, apenas salpicada por unos pocos reflejos. El cielo, en cambio, era inmenso, brillante… infinito. Pero en ambos lugares sentía el mismo vacío.
Ahora lo comprendía: nadie miraba al cielo porque en él no había consuelo.
No quería regresar, y sin embargo… extrañaba terriblemente a su madre.
Y al ver, a través del agujero, aquel viejo árbol junto al campo de flores donde había cuidado al luminela caído, un anhelo profundo la envolvió.
—La extraño… —murmuró entre sollozos—. Quiero volver con mi madre. Quiero pasear con ella por la llanura, oler las flores, dejar que me peine el cabello… volar mi cometa a su lado…
Los luminelas la rodearon, inquietos, mirando hacia abajo. No veían a nadie en el lugar al que ella miraba; solo un campo de flores meciéndose en el viento.
—Pero es imposible —continuó con voz quebrada—. Ella se fue… ¡Se fue, y no puedo encontrarla! Pensé que estaría aquí… Siempre decía que no dejaría de mirar al cielo…
—¿Tu madre? —preguntó el luminela con dulzura—. ¿Dónde está?
Los ojos de la niña se llenaron de lágrimas, gruesas y silenciosas como la lluvia.
—Duerme… —susurró—. Duerme debajo de las flores.
Y entonces rompió en llanto. Un llanto puro, profundo, nacido del alma. Los luminelas intentaron consolarla, rodeándola con su luz cálida, pero nada parecía aliviar su pena.
Quizás fue la suavidad de sus brillos… O tal vez la pureza de su tristeza.
Sea como fuere, la niña, agotada por el dolor y la inmensidad del cielo, cerró los ojos y cayó en un sueño sereno, acunada entre lágrimas y estrellas.
Mientras dormía, un suave recuerdo llegó a su mente. Era uno de esos recuerdos vivos que solo el corazón puede entender.
En las llanuras de aquel olvidado pueblo de Vénova, no siempre reinaba la oscuridad sin piedad. En contadas ocasiones, la luz se filtraba entre los cielos, y el día nacía como un milagro. Eran pocos esos instantes, pero cada uno de ellos era mágico para Lu.
El cielo, casi siempre oscuro e inmóvil, se tornaba entonces azul, tan profundo como el mar que no conocía fin. Todo cuanto existía bajo ese firmamento dejaba de ser opaco: las flores se erguían radiantes, los colores volvían a la vida, y hasta el aire parecía cantar. Durante esos breves amaneceres, la tierra respiraba.
En uno de esos días extraños pero hermosos, Lu caminaba junto a su madre por el campo de flores. Jugaban a perseguir mariposas, lanzaban piedrecillas al estanque cuando el pescador estaba ocupado en otra cosa, y se tumbaban en la hierba a mirar el cielo. Lu amaba a su madre más que a nada en el mundo, y siempre buscaba maneras de hacerla sonreír.
Pero aquella mañana, mientras ambas observaban el reflejo del lago, el rostro de su madre se ensombreció.
—¿Por qué estás triste, mamá? —preguntó Lu, con inocencia.
—Hija mía —respondió ella con voz suave—, ¿ves ese sendero? El que siempre tomamos para venir aquí.
—Sí, lo veo —asintió Lu.
—Pronto tendré que emprender un viaje por otro sendero. Uno muy distinto al que conocemos.
—¿Un viaje? ¿A dónde?
—A una tierra hermosa —dijo la madre mirando el horizonte—, una que está más allá de esta tierra y de este cielo que ves.
Lu sonrió, maravillada. —¡Eso suena genial!
—Lo sé —dijo su madre, sonriendo también, aunque sus ojos se nublaron un poco—. Pero me temo que no podrás acompañarme… al menos, no por ahora.
—¿Por qué no? ¡Podríamos ir juntas, como siempre!
La madre suspiró, acariciándole el cabello. —Cada uno de nosotros, hija, tiene un sendero distinto que recorrer. Hasta ahora hemos caminado juntas, pero ha llegado el momento en que nuestros caminos se separen. Yo debo seguir el mío… y tú el tuyo.
—Pero no quiero —protestó Lu, con lágrimas contenidas—. Quiero estar siempre contigo.
—Y yo quisiera lo mismo, amor mío. Pero si me acompañaras, te perderías de conocer todo lo que este nuevo sendero guarda para ti: amigos, paisajes, vida… Si te quedaras conmigo, no podrías descubrirlo.
—¿Y si me pierdo? ¿Y si algo malo me pasa? ¿Y si te olvido? —preguntó temblorosa.
La madre sonrió con ternura. —Eso no pasará. Siempre estaré contigo, aunque no me veas. Y cuando sientas que estás sola… mira al cielo. Alguien siempre cuidará de ti.
Lu asintió, y se abrazó a ella con fuerza. Su madre la sostuvo un largo rato, acariciándole el cabello como si quisiera grabar ese instante en la eternidad.
—Ya quiero que llegue el día para volar mi cometa —susurró la niña.
—Yo también, hija. Sé que se verá preciosa en el cielo —dijo la madre, mirando hacia lo alto, donde las nubes se arremolinaban como sueños por venir.
Un sollozo despertó a Lu de aquel sueño.
Aún estaba rodeada por los luminelas, que la abrazaban con dulzura intentando consolarla. Alzó la vista hacia el agujero en el telón del cielo… y vio, allá abajo, a un niño que lloraba desconsolado junto a la orilla de un lago.
Conmovida, Lu se acercó al borde y lo observó. —¿Por qué llora ese niño? —preguntó.
Los luminelas se miraron entre sí, sin saber qué responder.
—¡Yo puedo preguntarle! —dijo uno con entusiasmo, lanzándose hacia el agujero.
—¡No! —exclamó Lu, atrapándolo antes de que cayera—. Si bajas, no podrás volver.
El pequeño luminela, algo obstinado, forcejeó, y al hacerlo dejó caer un rastro de polvo brillante. El polvo descendió lentamente hasta el niño, que, sin comprender por qué, dejó de llorar y levantó la mirada al cielo. No veía lo que caía sobre él, pero sintió una calidez que lo envolvía como un abrazo invisible.
Lu lo notó y miró a los demás luminelas. —¿Pueden hacer eso?
—¿Arrojarnos al vacío? —preguntó uno, confundido.
—No —rió ella—. Lo del polvo, lo que hacen cuando brillan.
Al oírla, todos los luminelas comenzaron a irradiar su luz con fuerza, dejando caer su esencia hacia la tierra. Desde abajo, el cielo se encendió en mil destellos. Los ojos del niño se iluminaron, y su tristeza se disipó. Reía, mirando las luces que danzaban sobre él como si el mismo cielo le hablara.
Lu, guiando a los luminelas como una directora de orquesta celestial, los movía en armonía, formando caminos luminosos entre las estrellas.
Entonces, con voz suave, preguntó desde el agujero: —¿Por qué lloras, pequeño?
El niño, sin saber de dónde provenía aquella voz, respondió mirando al resplandor. —He perdido el camino a casa… y no sé cómo regresar.
Lu indicó a un luminela que brillara hacia el este. Una luz cálida iluminó un sendero entre la penumbra.
—Ahí está —dijo ella—. Por allí llegarás.
—Pero… está muy oscuro. ¡No quiero ir solo!
—No temas —respondió Lu con ternura—. Yo estaré contigo. Nada malo te pasará.
El niño dudó, pero la calidez de aquellas luces lo llenó de valor. Caminó despacio, y poco a poco desapareció entre la bruma hasta llegar a su casa. Antes de entrar, miró hacia el cielo y gritó:
—¡Gracias! Eh…
—Lu —respondió ella—. Me llamo Lu.
—¿Luna? —dijo el niño.
Lu rió bajito, intentando corregirlo, pero él ya había corrido feliz hacia su hogar.
Una voz se oyó entonces detrás de ella. —Vaya…
Lu se giró. Era Claudia, la guardiana, observándola con atención. En su rostro severo se dibujaba, por primera vez, una expresión de sorpresa.
—Yo… yo no quería desobedecer —balbuceó Lu.
Claudia no respondió enseguida. Su mirada estaba fija en el agujero del cielo. —He visto a muchos niños llorar allá abajo —dijo al fin, con un tono más suave—. He intentado acercarme a ellos, hablarles… pero siempre huían, asustados. Pensé que ningún ser del cosmos podría consolarlos. Y sin embargo, tú lo has hecho. ¿Cómo lo lograste?
Lu sonrió con sencillez. —Creo que solo necesitaban un poco de luz.
Claudia guardó silencio unos segundos, meditando. Luego, por primera vez, sonrió. —Quizás te juzgué mal, pequeña. Dime… ¿te gustaría ayudarme en mis deberes como guardiana del cosmos?
Los ojos de Lu se iluminaron.
—¿De verdad?
—Tienes un don que aquí no abunda —dijo Claudia—. Una sensibilidad que podría traer consuelo a muchos mundos. Podría enseñarte… si aceptas. A menos, claro, que los luminelas prefieran seguir solos.
—¡No! ¡No! —clamaron los luminelas a coro—. ¡Que se quede!
Claudia arqueó una ceja. —Je… está bien. ¿Qué dices, niña?
Lu miró una vez más hacia la tierra. Vio el campo de flores, el árbol junto al lago, y sonrió con serenidad. —Creo que… es extraordinarivoluminalidoso.
—¿Extraordi… qué? —preguntó Claudia, desconcertada.
—Extraordinarivoluminalidoso —repitió Lu con una risita.
Claudia suspiró, resignada. —En fin… Si vas a inventar palabras, al menos dales nombre a los luminelas, ¿quieres? Pero por favor… nada demasiado raro.
Lu asintió riendo, y así lo hizo. Dio a cada luminela un nombre: los nombres que los hombres, desde entonces, usarían para llamar a las estrellas.
Y desde aquel día, se dice que cuando la luna brilla en las noches de Vénova, ya no hay nada que temer.
Porque, viajero, alguien cuida de ti desde el cielo.