Prólogo

Nueva York, un año antes de que el restaurante Lavender se convirtiera en el dolor de cabeza de cierta agencia gubernamental con un nombre ridículo. La escena: un bar de mala muerte en el Lower East Side, con mesas pegajosas, neones parpadeantes y un olor a cerveza rancia que parecía impregnado en las paredes. Cuatro chicos, apenas mayores de edad, estaban apretujados en una mesa de esquina, rodeados de botellas vacías y un cuaderno lleno de garabatos que pretendía ser un plan de negocios. El ambiente era un caos, pero ellos lo eran aún más.
Bang Chan, de veintidós años, con el cabello negro azabache revuelto como si acabara de salir de una pelea con un ventilador, estaba inclinado sobre la mesa, gesticulando con una botella de cerveza como si fuera un micrófono. Sus ojos brillaban con esa mezcla peligrosa de carisma y malas ideas que lo hacía tan encantador como problemático.
—Escuchen, escuchen, tengo la idea del siglo —dijo, golpeando la mesa con tanta fuerza que las papas fritas de Jeongin saltaron del plato—. Un restaurante. Pero no cualquier restaurante. Uno fancy, de esos donde los ricos gastan cien dólares en un plato del tamaño de mi puño. ¡Es nuestro sueño americano!
Yang Jeongin, el menor del grupo, con cabello marrón oscuro y una expresión de puro cansancio existencial, alzó una ceja. Había llegado a Nueva York desde México con la vaga promesa del “sueño americano”, pero hasta ahora solo había encontrado alquileres caros y trabajos de mierda. Apoyó la barbilla en la mano, masticando una papa frita con desdén.
—No mames, Chan, ¿un restaurante? ¿Tú? Ni sabes hervir agua sin quemar la cocina. ¿Y de dónde sacamos la lana para eso? Yo nomás quiero un sueldo pa’ pagar la renta, no pa’ meterme en tus locuras.
Lee Know —Minho para los amigos, aunque él insistía en que no tenía amigos— puso los ojos en blanco. Su cabello, teñido de un azul celeste que parecía gritar “soy el jefe y lo saben”, reflejaba las luces del bar. A sus veintitrés años, Minho tenía la actitud de alguien que ya estaba harto de todo, pero también la ambición de alguien que no se conformaba con menos que el control total. Cruzó los brazos, tamborileando los dedos sobre la mesa.
—Chan, tus ideas siempre suenan como si las hubieras sacado de una película de bajo presupuesto. ¿Un restaurante? ¿En serio? ¿Y quién va a manejar eso? ¿Tú, que confundes sal con azúcar? ¿O este niño —señaló a Jeongin— que se queja hasta de respirar?
Jeongin le lanzó una papa frita. —Al menos yo no me pinto el pelo como si fuera un algodón de azúcar. ¿Qué, quieres que te llamen “jefe” mientras sirves café?
Minho esquivó la papa con un movimiento elegante, como si estuviera en un duelo de espadas y no en un bar de mala muerte. —Sí, soy el jefe. Y no, no sirvo café. Yo dirijo. Hay una diferencia.
El cuarto miembro, Kim Seungmin, sentado con una postura que gritaba “estoy aquí porque no tengo nada mejor que hacer”, ni siquiera levantó la vista de su teléfono. Su cabello negro oscuro estaba perfectamente peinado, pero su expresión era la de alguien que había visto el fin del mundo y decidió que no valía la pena preocuparse. A sus veintidós años, Seungmin tenía un talento natural para el sarcasmo y una habilidad aún mayor para ignorar el caos a su alrededor.
—Esto es una pérdida de tiempo —dijo, sin alzar la voz—. Chan, tu última “gran idea” fue vender camisetas con frases de películas. Perdimos quinientos dólares y terminamos con una caja de playeras que decían “Yippie-ki-yay, motherfucker” en Comic Sans. ¿Por qué deberíamos escucharte ahora?
Chan se rió, imperturbable. —Porque esta vez es diferente, Seungmin. Imaginen: un lugar chic, minimalista, con platos que suenan como poesía pero son puro arroz con salsa cara. Llamémoslo… Lavender. Suena elegante, ¿no? Los ricos pagan por la vibra, no por la comida. Y nosotros nos llenamos los bolsillos.
Jeongin resopló, tomando un trago de su cerveza. —Pinche nombre culero. ¿Lavender? Suena a jabón de abuelita. Y sigo sin ver cómo pagamos eso. ¿Robamos un banco o qué?
Minho alzó una ceja, claramente intrigado a pesar de sí mismo. —No es la peor idea. Nueva York está lleno de idiotas con dinero. Si les das un lugar donde puedan presumir en Instagram, pagarán lo que sea. Pero, Chan, dime una cosa: ¿cómo hacemos para que no sea solo otro restaurante que quiebra en seis meses?
Chan sonrió como si acabara de ganar la lotería. Se inclinó hacia adelante, bajando la voz como si estuviera revelando un secreto de estado. —Aquí viene lo bueno. ¿Y si… lavamos dinero?
Silencio. Incluso el jukebox del bar parecía haberse detenido para procesar la idiotez de la frase. Seungmin finalmente levantó la vista de su teléfono, su expresión oscilando entre incredulidad y ganas de reír.
—¿Perdón? —dijo, con un tono que podría haber congelado el bar entero—. ¿Acabas de decir “lavar dinero”? ¿Como en las películas de narcos? Chan, te juro que cada día me convenzo más de que compartes una sola neurona con Jeongin.
—¡Oye, no me metas en esto, cabrón! —protestó Jeongin, lanzando otra papa frita, esta vez a Seungmin, quien la esquivó sin siquiera mirar.
Chan levantó las manos, todavía sonriendo. —No, no, escuchen, es una broma. Bueno, medio broma. Imaginen: facturamos platos caros, movemos el dinero por cuentas raras, hacemos que parezca que ganamos millones. Nadie va a auditar un restaurante fancy, ¿verdad? Es como… un chiste, pero con billetes.
Minho entrecerró los ojos, tamborileando los dedos más rápido. —Un chiste, dices. Pero si lo hacemos bien, no es solo un chiste. Es un sistema. Restaurantes son perfectos para eso: mucho efectivo, facturas confusas, clientes que no piden recibo. Podríamos… optimizar.
Seungmin dejó el teléfono sobre la mesa, ahora totalmente metido en la conversación, aunque su cara seguía diciendo “esto es estúpido”. —¿Optimizar? Minho, estás hablando como si ya tuvieras un plan para ser el próximo Pablo Escobar, pero con mejor pelo. ¿En serio quieres meterte en algo ilegal?
—No ilegal —corrigió Minho, con una sonrisa afilada—. Creativo. Hay una diferencia. Y no sería yo manejando los números, porque claramente no confío en ninguno de ustedes para sumar dos más dos. —Miró a Seungmin—. Tú serías el de la caja, porque al menos sabes usar una calculadora… más o menos.
Seungmin resopló. —Qué honor. ¿Y qué gano yo con esto? ¿Un sueldo decente o solo la satisfacción de verlos a todos arrestados?
—Un sueldo, fama, y la oportunidad de burlarte de nosotros todos los días —respondió Minho, encogiéndose de hombros—. Además, ¿qué más vas a hacer? ¿Seguir trabajando en esa cafetería donde te piden que sonrías como si te pagaran por ser feliz?
Jeongin se rió, casi escupiendo su cerveza. —No mames, Seungmin, te vi el otro día sirviendo un latte con cara de que querías apuñalar al cliente. Eres perfecto pa’ esto. Pero, en serio, ¿quién cocina? Porque yo no pienso pasar mis días pelando papas.
Chan señaló su propio pecho con orgullo. —Yo cocino. Soy un genio en la cocina. Hice un risotto el otro día que—
—Quemaste el departamento —interrumpió Minho, seco—. Literalmente. Todavía huelo a humo cuando paso por tu calle.
—Detalles, detalles —dijo Chan, agitando la mano—. El punto es: yo cocino, Minho dirige, Seungmin maneja la caja, Jeongin… no sé, ¿limpia mesas?
—¡No! —Jeongin le lanzó una mirada fulminante—. Si voy a meterme en esta pendejada, al menos déjenme fingir que cocino. Pero que conste, lo hago por la plata, no porque crea en su plan de mafiosos wannabe.
Minho se recostó en la silla, mirando al grupo como si estuviera evaluando a un equipo de fútbol de tercera división. —Entonces, ¿estamos dentro? Restaurante Lavender. Alta cocina, precios ridículos, y un sistema… creativo para las finanzas. Yo pongo el cerebro, Chan el caos, Seungmin el sarcasmo, y Jeongin el… bueno, lo que sea que Jeongin aporte.
—Cinismo y buen gusto —respondió Jeongin, alzando su cerveza como si brindara por sí mismo.
Seungmin suspiró, pero había un brillo en sus ojos que delataba que, aunque no lo admitiera, estaba intrigado. —Esto va a ser un desastre. Pero, qué demonios, estoy dentro. Alguien tiene que asegurarse de que no terminen en la cárcel por error de cálculo.
Chan levantó su botella, chocándola contra la de Jeongin. —¡Por Lavender! El restaurante donde los ricos pagan por nuestra genialidad y nosotros… bueno, ya veremos qué tan lejos llegamos!
Minho sonrió, una sonrisa peligrosa que prometía problemas. —Por Lavender. Y que nadie crea que soy el maldito barista.
Un año después, el restaurante Lavender abriría sus puertas en el corazón de Nueva York, con mesas minimalistas, platos caros, y una operación que era todo menos legal. Pero en ese momento, en ese bar mugroso, cuatro chicos brindaron por un sueño que era mitad ambición, mitad broma, y completamente caótico. Nadie, ni siquiera ellos, imaginaba que un novato ansioso llamado Hyunjin y una agencia llamada P.A.S.T.A. estaban a punto de convertir su chiste en un problema muy, muy real.
