ÉRASE UNA MENTIRA [EDITADA]

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Summary

“Esta es la segunda obra de la saga DIVINE HUNT contiene temas sensibles que podrían no ser apropiados para todos los lectores. El contenido no representa las opiniones ni valores del autor y está destinado únicamente a fines narrativos.” SIPNOSIS Pinocho Giuseppe Geppetto, un androide único, tallado con amor y ensamblado con dolor, es la obra maestra de Alexander Giuseppe Geppetto, un inventor que se exilió tras la muerte de su hijo. Ahora, con la muerte de su creador, Pinocho se convierte en cazador de demonios, mientras un enemigo misterioso lo atormenta. Sus aventuras lo llevan a descubrir una verdad que no puede ignorar: el reino de Astrel depende de su corazón, el Corazón Azul, una fuente de poder mística deseada por un alquimista que busca provocar la rebelión de las máquinas y el resurgir de un demonio ancestral. ~•~•~• FECHA DE ESCRITURA: LUNES, 14 DE ABRIL DE 2025 FECHA DE FINALIZACIÓN: LUNES, 19 DE MAYO DE 2025

Genre
Scifi
Author
F.A_Dhal
Status
Complete
Chapters
53
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO N: AQUEL QUE DESPERTO BAJO LA TORMENTA

Érase una vez una Mentira... que aprendió a soñar, un héroe sin alma... que comenzó a amar. Entre pecados y sombras, la verdad suspira por mí, mi nombre está escrito... Érase una vez una Mentira.

Año 1850, Reino de Astrel.

Un camión militar recorre lentamente las calles empedradas del reino, llevándose consigo a los jóvenes y hombres que marchan hacia la guerra contra el Reino de Aristol. Las despedidas se llenan de lágrimas, abrazos apretados y palabras ahogadas. Padres, hijos y esposas se despiden sin saber si volverán a verse sanos y salvos. El aire está cargado de miedo y resignación.

Alexander Giuseppe Geppetto, el reconocido inventor de la ciudad, se encuentra en su jardín. Se despide de su único hijo con una tristeza que le carcome el pecho. Trata de sonreír, pero le tiembla el rostro. Su hijo lo mira con valor fingido y le sonríe, tratando de infundirle esperanza.

—Descuida, padre —dice con firmeza—. Prometo regresar sano y salvo.

Alexander le entrega un muñeco de madera, tallado por sus propias manos. Su expresión es dolida, pero serena.

—Para que me recuerdes… cuando te sientas solo —murmura, evitando que su voz se quiebre.

El joven asiente, lo abraza una última vez y sube al camión. Este arranca, alejándose entre el estruendo metálico y el murmullo de los sollozos.

Alexander se queda inmóvil, con el corazón oprimido, sintiendo que con cada vuelta de rueda también se aleja un pedazo de su alma. Sus manos tiemblan mientras baja la mirada, incapaz de contener la sensación de vacío que le recorre el pecho.

Entra a su hogar en silencio, como si el ruido del mundo ya no tuviera sentido para él. El eco de sus propios pasos lo acompaña hasta la mesita, donde reposa un viejo marco de madera. Lo toma con cuidado, casi con reverencia. Es la foto de su esposa. Sus ojos, cálidos y amorosos, le sonríen desde otro tiempo.

Las lágrimas comienzan a caer, una tras otra, empapando el borde del retrato. Lo aprieta contra su pecho, como si así pudiera encontrar consuelo.

—Por favor, cuídalo —dice Alexander, con la voz rota y temblorosa.

Su tristeza es profunda, un silencio que lo envuelve por dentro. La casa entera parece llorar con él.

Los días, semanas y meses pasan lentamente. Alexander espera, día tras día, el regreso de ese camión. Se sienta en su jardín todas las tardes, con la vista fija en el horizonte, esperando ver la silueta de su hijo entre los regresados. La esperanza lo mantiene en pie… hasta que llega un martes 13 por la tarde.

Sale como siempre al jardín, cuando, a lo lejos, distingue una figura. Es el general del ejército. Su corazón se encoge. Una punzada de mal presentimiento lo atraviesa. El general se detiene frente a él, con el rostro sombrío, los ojos cargados de pena.

—Alexander Giuseppe Geppetto—dice con voz grave—, vengo a darle malas noticias. Su hijo… murió sirviendo a nuestro reino. Lamento profundamente que tenga que oír esto.

En sus manos lleva un pequeño objeto: un collar. Dentro, una imagen grabada del niño, su madre y él mismo, sonriendo en un tiempo más feliz. El general se lo ofrece junto con el muñeco de madera que le regalo a su hijo. Alexander no lo toma de inmediato. Está paralizado. Las palabras del soldado lo atraviesan como cuchillas. Siente cómo algo dentro de él se rompe, se vacía, se apaga.

Las lágrimas brotan sin permiso. Sus manos tiemblan cuando finalmente toma el collar. Con los ojos vidriosos, se retira sin decir palabra, arrastrando los pies hacia el interior de su hogar, como si el mundo ya no tuviera luz.

Los meses pasan. El hombre, devastado por el dolor, comienza a perder la noción del tiempo. Los días se desvanecen en una niebla espesa de melancolía. La tristeza le consume el alma, como una sombra persistente que lo envuelve desde adentro.

Camina por la casa con pasos pesados, arrastrando los pies, sin rumbo. Revisa los cuadros colgados en las paredes, cada uno capturando un momento congelado en el pasado. Son imágenes de una familia feliz, sonrisas que ahora duelen más que consuelan. Sus dedos acarician el vidrio polvoriento de una fotografía, y su pecho se oprime.

Entonces se detiene. Sus ojos se clavan en un cuadro que no recordaba haber colgado. Uno que le trae malos recuerdos.

La imagen es distinta a las demás. Es más vieja, más oscura. Pertenece a una época enterrada: cuando aún era parte de los llamados Alquimistas Azules. Su pulso se acelera. Recuerda a su viejo amigo, aquel que solía hablarle, casi con obsesión, de un artefacto imposible. Un misterioso Corazón Azul, una reliquia alquímica que, según las leyendas, podría traer vida.

Una chispa se enciende en su mirada. Su respiración se agita. La desesperación, que lo ha consumido en silencio durante tanto tiempo, se transforma de pronto en una idea feroz, temeraria… una esperanza retorcida.

Si no puede tener a su hijo… Lo construirá. Y le dará vida.

Se encierra en su taller. No sale. No habla. Las paredes se llenan de planos, fórmulas, dibujos y notas garabateadas. Engranajes, cables y piezas de madera cubren cada rincón. Durante semanas, trabaja sin descanso. Sus dedos se desgarran. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño, no parpadean. Su voz susurra una y otra vez el nombre de su hijo.

Y finalmente, lo consigue. El autómata está terminado. Es de proporciones humanas, su rostro sereno, casi inocente e idéntico a su hijo. Pero aún le falta algo… El Corazón Azul.

Comienza a investigar su paradero. Se sumerge en libros antiguos, en planos prohibidos, en los secretos que otros temían recordar. Hasta que encuentra una mención. Un fragmento de alma. Una reliquia mágica conocida como “El Corazón Azul”. Un cristal capaz de dar consciencia a lo inerte… pero también de corromperlo si se usa sin cuidado. Donde su ubicación está en la Montaña del Hada, en una ciudad abandonada alejada del reino de Astrel y Aristol.

Alexander viaja lejos. Cruza tierras marcadas por cicatrices de antiguas guerras, donde el viento sopla con un lamento viejo, cargado de historias que ya nadie quiere recordar. El suelo, resquebrajado y árido, habla de batallas olvidadas.

Llega a una ciudad devastada. Las casas, derruidos, son esqueletos de una gloria pasada. Las calles están desiertas, cubiertas de polvo y cenizas, como si el tiempo mismo se hubiese detenido.

Desde allí, observa la Montaña del Hada. Se alza imponente en la distancia, envuelta en una niebla ligera que le otorga un aire sagrado e inalcanzable. Sin dudar, Alexander camina hacia ese lugar, guiado por algo más profundo que la lógica: una promesa, una esperanza, quizás una necesidad.

El ascenso es silencioso, como si incluso la naturaleza contuviera el aliento.

Al llegar, descubre un santuario de roca, tallado en la montaña misma. Sus muros, antiguos y erosionados, aún conservan símbolos extraños, y cada piedra parece contar un secreto. Con respeto, Alexander entra.

Allí, lo recibe la estatua de una belleza olvidada: el Hada Azul.

Su presencia es majestuosa incluso en piedra. Tiene el rostro sereno, casi humano, y en sus manos sujeta el llamado Corazón Azul: una esfera de cristal que brilla con un fulgor suave, mezcla de azul y celeste. La luz pulsa con vida propia, como si algo —o alguien— dentro de ella respirara.

Alexander se acerca con cuidado. El deseo de traer a su hijo de vuelta lo nubla todo. Sus manos tiemblan mientras toma la esfera brillante. No ve el peligro. Solo esperanza. No sabe que al despertar un poder antiguo, podría traer consigo consecuencias oscuras para el mundo entero.

Esa noche, bajo la tormenta, con los relámpagos iluminando el taller y los truenos rugiendo como advertencias, el androide está sentado en una silla, vistiendo una camisa de lino, pantalón azul y botas negras. Alexander inserta el Corazón Azul en el pecho del autómata.

Silencio.

Un latido y después otro. Y entonces, el androide aprieta su mano formando un puño y lentamente abre los ojos. No son ojos de máquina… ni de niño. Son ojos que parecen preguntar si deben llorar… o destruir.

—Hijo… —susurra Alexander, con una sonrisa rota y lágrimas desbordadas.

Se lanza a sus brazos, lo abraza con fuerza. El androide queda inmóvil, confundido. Pero luego de unos segundos, como si reconociera el calor humano, corresponde el gesto. Rodea con sus brazos a su padre.

Días después del despertar de Pi, el taller de Alexander se llena de una nueva luz. Ya no hay sólo tristeza en el aire, sino algo más… algo parecido a esperanza. Alexander bautizo a su androide con el nombre de Pinocho Giuseppe Geppetto.

Pi aprende rápido. Observa, imita, pregunta con la mirada. Aunque su voz aún no aparece, sus gestos son dulces, atentos, casi humanos. Alexander le enseña a caminar, a sostener herramientas, a escribir su nombre. El androide parece responder como un niño que vuelve a aprenderlo todo desde cero. Sin embargo, Alexander no le enseño las emociones y hay momentos en los que Pinocho se queda quieto por largos minutos, mirando su reflejo en un vidrio, como si no reconociera lo que es.

—Eres mi hijo… y ahora tienes una segunda oportunidad—le dice Alexander, acariciándole el rostro de porcelana y madera con ternura.

Pero en lo más profundo de Pi, algo comienza a despertar. El Corazón Azul, aunque hermoso y mágico, no es una fuente pasiva. Late con energía viva. Y a veces, parece latir con ira.


N/A: Está novela me la funaron en Wattpad por un capítulo muy fuerte que se viene próximamente, también funaron a un personaje.