La bruja y el deportista

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Summary

¿Podría haber dos personas más incompatibles que una bruja del amor dueña de un Bed & Breakfast y un director de marketing obsesionado con los deportes que hace años que dejó de creer en el amor? La hermana de Raúl lo ha engañado para que pase sus vacaciones de Navidad en una precioso Bed & Breakfast en medio de un pinar nevado. Lo que Raúl no sabes es que "La Guarida de la Bruja" está regentado por su antigua becaria, que afirma no acordarse de él y ser una bruja del amor. Ambos se verán obligados a pasar más tiempo juntos del que esperaban, y a descubrir que el amor, a veces, es más poderoso que cualquier hechizo. Disfruta de este cozy romance lleno de chimeneas, chocolates calientes, mantas calentitas y mucha nieve que hará que tu Navidad sea mucho más dulce y deliciosa. Esta historia la protagonizan dos personajes de la novela Truco, trato o flechazo, pero se puede leer individualmente sin haber leído la otra.

Status
Complete
Chapters
7
Rating
5.0 1 review
Age Rating
13+

Las vacaciones de Navidad

A Raúl Rodríguez cada vez le aburría más su oficina. Durante unos años el aburrimiento se había visto parcialmente disipado por la inexplicable enemistad de dos de sus compañeros, Daniel y Victoria, pero desde hacía un mes estaban tan acaramelados el uno con el otro que le daban náuseas cada vez que los veía. No tenía ni idea de cómo habían pasado de no aguantarse durante más de diez minutos, a no parar de lanzarse besos a distancia durante toda la mañana. Puede que el hecho de que su jefe les hubiera obligado a trabajar codo con codo en uno de los proyectos más importantes de la empresa tuviera algo que ver, pero Raúl no lograba comprender cómo había saltado la chispa de la atracción en ese mar de veneno en el que ambos se habían movido siempre. 

Raúl era plenamente consciente de que, además de aburrido con su nueva relación, también estaba algo celoso de lo bien que se veían juntos. Él, a sus veintiocho años, había renunciado por completo a creer en el amor. Tres malas relaciones seguidas le habían hecho darse cuenta de ello. No era “material de novio” como le había dicho su última pareja, y Raúl estaba bastante de acuerdo con esa afirmación. Su hermana Paula, por el contrario, siempre insistía en que nunca había encontrado a la mujer ideal. Él, al principio, también lo había creído, pero había acabado dándose cuenta de que la gente, en general, le aburría, y que dudaba mucho que su mala suerte en el amor se debiera a alguien más que no fuera él mismo.

Raúl estaba dándole los últimos retoques a un presupuesto que tenía que entregar esa tarde cuando le llegó un mensaje de su hermana:

“¡Acabo de firmar los papeles! ¡Por fin estoy divorciada! ¡Hay que celebrarlo!”

Sí, la misma hermana que creía que Raúl todavía no había encontrado a su media naranja, acababa de divorciarse después de diez años de matrimonio y dos pequeños diablillos a los que llamaba hijos.

Él suspiró y le mandó el emoji de un pulgar hacia arriba. Fue un gesto totalmente automático que realizó con el único objetivo de poder seguir trabajando sin entretenerse demasiado y no parecer un mal hermano. Lo que Raúl nunca pensó es que aquel dedo animado cambiaría para siempre el resto de su vida.

Un par de días después, Paula lo llamó mientras estaba de camino a una reunión con el presidente del equipo de fútbol local.

—¡Raúl! ¡Ya lo tengo todo reservado! —dijo su hermana en cuanto Raúl cogió el teléfono.

—¿Reservado? ¿De qué hablas? —preguntó él mientras revisaba por novena vez los puntos más importantes de los que tenía que hablar con el cliente.

—¡Las dos semanas que vamos a pasar en la nieve para celebrar mi divorcio!

Raúl tardó un par de pasos en entender lo que le acababa de decir su hermana.

—¿De qué narices me estás hablando?

Paula procedió a explicarle que había entendido su gesto con el pulgar como que estaba de acuerdo en celebrar su divorcio con ella, y que se había tomado la libertad de reservar un Bed & Breakfast para los dos en un pueblo de montaña a cinco horas en coche de la ciudad donde vivía Raúl durante sus vacaciones de Navidad.

—Pero… ¿y papá y mamá? ¿Qué pensarán de que no pasemos las fiestas con ellos? —preguntó en un intento por escapar de aquel improvisado plan que nadie le había consultado y que no le apetecía nada.

—Les voy a mandar a Bea y a Néstor para que los cuiden mientras estamos fuera y no se sientan solos. ¡Les va a encantar pasar tiempo con sus nietos!

Raúl sabía que iban a odiar cada segundo que se vieran obligados a disfrutar de los dos preciosos hijos de su hermana que todavía estaban en esa edad donde no entendían los límites de la propiedad privada, ni la complejidad de limpiar las alfombras blancas de pelo auténtico de sus abuelos después de tirarles encima tres botes de pintura acrílica negra.

A Raúl le fue imposible escapar del improvisado plan de su hermana, que obviamente estaba llevando el divorcio peor de lo que decía y quería sentir durante dos semanas que volvía a ser una veinteañera soltera y sin hijos que disfrutaba de una escapada alocada con su hermano pequeño, en vez de una mujer divorciada que casi rozaba los cuarenta.

Así, Raúl se encontró conduciendo hasta un punto en el GPS en medio de la nada dos semanas antes de Navidad. No era una nada literal, sino una nada cubierta de pinos de más de treinta metros de alto cubiertos por una gruesa capa de nieve blanca y marrón, que rodeaban una carretera de tierra llena de baches en los que no hacía más que hundirse las ruedas del viejo coche de Raúl.

Él se había envuelto en un grueso jersey azul oscuro bajo el que llevaba dos camisetas térmicas, y aún así tenía la calefacción a tope. Odiaba el frío y odiaba aún más pasar dos semanas en medio de la nieve, pero su plan alternativo no había sido mucho más interesante. Salir a correr a primera hora de la mañana y a última de la noche para matar el tiempo mientras se dedicaba a ver repeticiones de partidos de fútbol, baloncesto y béisbol entre medias no era la mejor forma de pasar unas vacaciones de Navidad, pero Raúl no tenía demasiados amigos en la ciudad y los pocos conocidos con los que jugaba partidos a lo largo de la temporada se habían marchado a sus hogares para celebrar las fiestas. Él podría haber hecho lo mismo si hubiera rechazado el plan de Paula, pero, por mucho que quisiera a sus sobrinos, no había tanto amor en él como para que estuviera dispuesto a aguantarlos durante dos semanas seguidas en casa de sus padres.

Llegó al punto en el GPS, se desvió al minúsculo arcén y apagó el motor. Frente a él se encontraba una enorme casa de ladrillo rojo, perfectamente colocados unos encima de otros sin que apenas se pudiera ver el mortero bermellón que los unía. Las ventanas de la entrada principal eran de madera blanca, gruesa y recién pintada, con unos cristales opacos y cuadrados que no permitían ver nada del interior. Por los lados se intuían varios balcones con un enrejado de metal negro sobre el que colgaban macetas de barro con caléndulas de tonos ocres. Las tejas del tejado estaban cubiertas por una nieve blanda que había caído durante la noche, y que le daba un aspecto navideño a la vivienda. La puerta de la entrada era de hierro enrojecido y tenía un camino de piedras planas y alargadas que llegaban directamente hasta la carretera.

Raúl suspiró y salió del coche. El frío lo golpeó como si fuera un cuchillo sin filo y lo dejó sin aliento. Se estremeció y comenzó a temblar. Sacó su maleta del asiento de atrás y se dirigió casi corriendo a la puerta de la entrada. Su hermana le había escrito hacía una hora diciéndole que ella ya había llegado y que se había instalado y que el lugar era precioso y que se arrepentía de no haber llevado a los niños y que el cabrón de su ex estaba esquiando con su antigua secretaria y que… Raúl había dejado de mirar las notificaciones del móvil tras lo de la secretaria, así que no sabía qué más había pasado.

Se detuvo frente a la gran puerta roja, con la mano que sujetaba la maleta envuelta en la manga estirada de su jersey. Buscó durante unos segundos, pero no encontró ningún timbre. Se resignó a llamar directamente con los nudillos en el hierro helado de la puerta. Esperó, pero nadie abrió. Volvió a tocar mientras se abrazaba el pecho en un intento por entrar en calor. Estaba a punto de llamar a su hermana cuando escuchó un chirrido procedente del pomo. El metal se abrió pesadamente, dejando escapar una calidez inesperada y agradable del interior. Raúl ya estaba adelantando un pie sobre la mullida moqueta beige que asomaba a través del bajo de la puerta cuando se volvió a quedar sin aire, aunque esta vez no a causa del frío.

Una joven pequeña de rostro afable le sonreía desde el otro lado. Tenía el pelo rubio recogido en una trenza sobre la cabeza y adornado con pequeños copos de nieve. Llevaba un vestido blanco sobre un jersey de cuello vuelto oscuro, y unas medias a rayas que alternaban el blanco y azul.

—¡Bienvenido a “La Guarida de la Bruja”! —le recibió la mujer con una voz cálida y alegre.

Raúl parpadeó un par de veces. Por un momento se le olvidó el frío que trepaba por el bajo de sus pantalones vaqueros.

—¿Rosa? —preguntó, claramente confundido.

La joven ladeó la cabeza sin perder su sonrisa.

—¡Sí! —respondió ella con efusividad—. ¿Y usted es…?

—Eh… Soy Raúl. ¿No te acuerdas de mí?

—¡No! —dijo ella con alegría y sin cambiar su expresión—. ¿De qué nos conocemos?

—Hace un par de meses estuviste trabajando como becaria en mi empresa —contestó él, algo dubitativo.

Rosa había sido la becaria de su oficina durante mes y medio, antes de desaparecer sin avisar una semana antes de Halloween. Raúl había conocido a muchos becarios a lo largo de su trayectoria profesional, pero ninguno había sido tan extravagante como Rosa Romero. Ella no le había prestado demasiada atención a él durante aquel tiempo, pero a Raúl le había parecido lo más interesante que había visto en años, sobre todo teniendo en cuenta que a veces se paseaba con una iguana gigantesca sobre el hombro por la oficina, y otras veces con unas combinaciones de ropa demasiado llamativas para cualquier persona normal, pero que a ella le quedaban perfectas.

—¡Ah, sí! —respondió entonces Rosa dando una palmada—. No me acuerdo de ti.

Raúl sintió un extraño pinchazo en el pecho, pero decidió ignorarlo y entrar en la casa.

La recepción no era para nada lo que se había esperado antes de llegar. Aunque, después de saber que Rosa trabajaba allí, no le sorprendió lo que vio. Se encontró con un escritorio de madera tras el cual habían instalado un inmenso terrario de tres plantas con dos iguanas y una serpiente. El resto de la pared estaba decorada con decenas sino cientos de macetas con amapolas, lo que, junto a la presencia de los reptiles, le daba un aspecto bastante más bonito de lo que uno esperaría.

—¿Eres el acompañante de Paula Rodríguez? —preguntó Rosa, que acababa de coger un enorme libro de piel con una sucesión de garabatos indescifrables.

—Sí. Es mi hermana.

Por alguna razón, vio la necesidad de explicar la identidad de la mujer con la que iba a pasar aquellas extrañas vacaciones.

Rosa asintió y lo acompañó a su habitación. Subieron por unas escaleras enmoquetadas que parecían hundirse bajo los pies de ambos cada vez que avanzaban un escalón. La barandilla era de madera de nogal tallada con ramas de árboles. Raúl la tocó por curiosidad y sintió calor y una extraña electricidad a la que no le dio mayor importancia.

—Tu hermana y tú sois los únicos huéspedes hasta después de Navidad —le explicó Rosa mientras abría la puerta de su habitación—. Este año ha sido flojo, pero, por el lado bueno, tenéis la casa para vosotros solos. Yo estaré a vuestra disposición para lo que necesitéis.

Raúl asintió, sin dejar de mirarla y sintiendo que aquello se estaba volviendo cada vez más extraño. Ella le entregó la llave y él entró en la habitación. Era enorme, completamente de madera, llena de alfombras mullidas, muebles de madera antigua y una chimenea de piedra frente a la cama.

—¡Guau! —dejó escapar él.

—Es mi habitación preferida —dijo Rosa, dándose la vuelta para marcharse—. Tu hermana está al final del pasillo.

—Espera un momento —la detuvo Raúl, dejando la maleta en el suelo y apoyándose en el marco de la puerta—. ¿De verdad no te acuerdas de mí? Hablamos en varias ocasiones y me dio la impresión de que no te caía demasiado bien.

Rosa sonrió aún más y varias arrugas finas se le formaron alrededor de los ojos. Raúl se dio cuenta entonces de que no era tan joven como siempre le había parecido, y que probablemente rondaría su misma edad, o incluso era posible que fuera algo mayor que él.

—No te lo tomes a mal, es que estaba centrada en mi trabajo de bruja y no tenía demasiado tiempo para fijarme en alguien que no fuera mi objetivo.

Raúl no entendió nada y pensó que estaba bromeando, así que soltó una risa nerviosa que, por primera vez desde que había llegado, hizo que Rosa perdiera su sonrisa.

—¿De qué te ríes? —preguntó ella, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Bueno, acabas de decir que trabajas como bruja —respondió Raúl, inclinando la cabeza hacia ella.

—¿Y te parece que el trabajo que hacen las brujas es divertido?

Rosa se irguió, como intentando aparentar ser más alta de lo que en realidad era.

—No lo sé. ¿Es divertido? —preguntó él, intentando seguirle el juego.

Ella pareció dudar. Su mirada se perdió unos instantes en los ojos marrones de Raúl, pero no tardó en liberarse de ella. Frunció los labios y dijo con un claro enfado:

—Pues yo tampoco lo sé. Disfruta de tu estancia y deja de hacerme preguntas tan difíciles.

Rosa se volvió con brusquedad, haciendo volar el bajo de su vestido, demasiado corto como para ocultar lo que había debajo. Raúl levantó una ceja y esbozó una sonrisa zorruna cuando vio parte de la ropa interior llena de dibujos de piruletas de caramelo a través de las medias a rayas de la bruja.

—Puede que esto no vaya a ser tan aburrido como pensaba —pensó mientras cerraba la puerta, sin darse cuenta de que Rosa se había girado hacia él antes de llegar a las escaleras, y que sus mejillas se habían sonrojado ligeramente mientras lo hacía.