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Summary

"Después de un accidente, ella descubre que posee poderes extraordinarios. Mientras algunos intentan aprovecharse de ella, él parece ser la única persona que la comprende… al principio, no le cae bien. Pero a medida que se acercan, surge una conexión que desafía las reglas. ¿Podrán estar juntos aunque todo lo prohíba?" Inicio: 23-11-2025 Finalizado: -

Genre
Fantasy
Author
MarLo
Status
Ongoing
Chapters
18
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

Dicen que el destino está escrito, como si alguien allá arriba jugara con nuestras vidas, moviéndonos como piezas en un tablero que nunca llegamos a comprender del todo. Yo siempre preferí creer que lo que me ocurrió fue un simple accidente… una pieza fuera de lugar, un error sin intención.

Pero hay noches en las que todavía puedo sentirlo.

El instante exacto en el que todo cambió.

Porque, siendo sinceros, aún hoy no sé si aquello formaba parte de mi camino o si simplemente tropecé con algo que jamás debí encontrar. Lo único que sé es que, desde entonces, nada volvió a sentirse igual.



Todo comenzó una noche aparentemente normal, de esas que no prometen nada extraordinario y que, sin embargo, terminan marcándolo todo.

Mis padres se habían ido de viaje de negocios y mi abuelo estaba demasiado ocupado con asuntos de la empresa, así que mi abuela se ofreció a quedarse con nosotros. Nunca necesitaba una excusa real; cualquier motivo era suficiente si significaba pasar más tiempo juntos.

La cocina pronto se convirtió en un caos encantador. La harina cubría la encimera como una fina capa de nieve, se acumulaba en los bordes de los utensilios y, en algún momento, también terminó en mi pelo. El aire estaba impregnado de ese olor cálido y dulce de la masa recién hecha, mezclado con las risas constantes de Shane, que no paraba de hacer figuras absurdas con las galletas.

Shane siempre había sido así: inquieto, juguetón, incapaz de tomarse nada demasiado en serio. Su sonrisa tenía algo contagioso, una ligereza que hacía que todo pareciera más fácil de lo que realmente era.

—Eso se supone que es una galleta —le dije, señalando una de sus creaciones—, no una criatura salida de una pesadilla.

—No lo entiendes —respondió con total seguridad—. Es arte.

Rodé los ojos, aunque no pude evitar sonreír.

A pesar del desastre, cuando metimos las bandejas en el horno, la cocina quedó envuelta en una calidez reconfortante. Era uno de esos momentos sencillos que, sin saberlo, se convierten en recuerdos a los que te aferras después.

Mientras esperábamos, mi abuela empezó a preparar la cena. Sus movimientos eran tranquilos, precisos, casi elegantes, como si cada gesto estuviera perfectamente medido por la experiencia de los años. Había algo en ella que siempre me había resultado fascinante: una mezcla de dulzura y firmeza, como si bajo su apariencia tranquila se escondiera algo mucho más fuerte.

En mi familia, ser vampiro no era algo extraño. Era lo habitual. Lo esperado. Lo inevitable.

Todos nacían siéndolo.

Todos menos yo.

Nunca lo decían abiertamente, pero podía sentirlo en las miradas, en los silencios, en la forma en que a veces evitaban ciertos temas cuando yo estaba presente. Aun así, nunca me apartaron del todo. Me aceptaban… a su manera.

La cena reflejaba esa diferencia. Para ellos, el plato era oscuro, denso, con ese aroma metálico que yo había aprendido a ignorar. Para mí, en cambio, había preparado carne con patatas, algo completamente normal, casi ajeno a todo lo que representaba mi familia.

A veces envidiaba a Shane. Su fuerza, su velocidad, la forma en que parecía pertenecer completamente a ese mundo que a mí me quedaba ligeramente fuera. Me hablaba de lo que podía hacer, de lo que sentía, y yo lo escuchaba con una mezcla de fascinación y deseo.

Pero esa envidia desaparecía cada mañana, cuando la luz del sol atravesaba las ventanas y él no podía acercarse. Entonces recordaba que yo sí podía salir, respirar aire fresco, sentir el calor sobre la piel.

Supongo que, en cierto modo, ambos vivíamos deseando lo que el otro tenía.

La cena transcurrió tranquila, envuelta en conversaciones ligeras que no parecían tener importancia. Después, Shane y yo apostamos quién terminaría antes los deberes. Era una rutina casi automática entre nosotros.

Gané.

Siempre tuve la sospecha de que me dejó hacerlo, pero no dije nada. Me limité a correr hacia el salón y elegir la película. Una de espías, como siempre. Era nuestra elección segura, la única que nunca provocaba discusión.

Nos acomodamos en el sofá mientras la luz del televisor iluminaba débilmente la habitación. Poco a poco, el cansancio empezó a pesarme en los párpados. La falta de sueño de la noche anterior comenzaba a pasar factura.

Y entonces… algo cambió.

No fue un ruido. No exactamente.

Fue el silencio.

Uno denso, pesado, antinatural.

Levanté la vista.

Mi abuela y Shane estaban completamente rígidos.

La expresión de mi abuela había cambiado por completo. Ya no quedaba rastro de su calma habitual; en su lugar había una tensión afilada, casi peligrosa.

—Arriba. Ahora.

Su voz fue firme, baja, sin espacio para preguntas.

Antes de que pudiera reaccionar, nos tomó y nos llevó con rapidez hacia el escondite del piso superior. Todo ocurrió demasiado deprisa, como si el aire mismo se hubiera vuelto más pesado.

Mi corazón latía con fuerza, golpeando contra mi pecho de una manera que resultaba dolorosa. Me aferré a Shane, buscando en él algo de estabilidad.

—Tranquila… —murmuró, acariciándome el pelo.

Pero incluso en su voz había una tensión que no podía ocultar.

Entonces se quedó completamente quieto.

Había alguien más en la casa.

Escuché voces, apagadas, lejanas, pero cargadas de una amenaza que no necesitaba palabras para entenderse. Intenté concentrarme, distinguir lo que decían, pero no podía. No como Shane.

Él sí podía.

Y no decía nada.

Eso fue lo que más miedo me dio.

Cuando el silencio volvió, creí, por un instante, que todo había terminado.

Hasta que el grito lo rompió todo.

Un grito desgarrador.

Mi abuela.

Shane no dudó. Se levantó de inmediato.

—Quédate aquí —me ordenó, mirándome con una seriedad que pocas veces había visto en él.

Pero no pude responder.

El miedo me tenía paralizada.

Entonces lo vi.

El hombre apareció en el umbral como una sombra sólida. Era alto, demasiado, con una piel tan pálida que parecía absorber la poca luz de la habitación. Sus ojos, de un azul helado, no mostraban emoción alguna.

Me encontró al instante.

Antes de que pudiera reaccionar, su mano me atrapó. Su agarre era firme, inquebrantable, como si no fuera más que un objeto sin peso.

Intenté resistirme, pero fue inútil.

Entonces vi el resto.

Mi abuela estaba en el suelo, su cuerpo inmóvil, la sangre extendiéndose a su alrededor de una forma que resultaba imposible de ignorar. La herida en su garganta era profunda, brutal.

Shane estaba retenido, herido, con un cuchillo presionado contra su cuello.

Y frente a nosotros… ella.

La mujer sonreía.

Su cabello oscuro caía en mechones desordenados alrededor de su rostro, y sus ojos rojos brillaban con una intensidad inquietante, casi hipnótica. Había algo en su expresión que no era solo crueldad… era disfrute.

—Vaya… —murmuró—. Una ratita escondida.

El tono de su voz era suave, casi juguetón, pero cada palabra estaba cargada de intención.

Sin pensar, me solté y corrí hacia Shane, abrazándolo con todas mis fuerzas.

—No le harás daño a nadie.

Mi voz tembló, pero no retrocedí.

La mujer dejó escapar una pequeña risa.

—Qué escena tan conmovedora…

No tuve tiempo de reaccionar.

Sentí cómo me sujetaban de nuevo, inmovilizándome por completo.

—Esto no es solo por diversión —susurró cerca de mi oído—. Es un mensaje.

Y entonces llegó el dolor.

Sus colmillos se clavaron en mi cuello y fue como si una corriente ardiente recorriera todo mi cuerpo. No era solo dolor físico; era algo más profundo, más invasivo, como si cada parte de mí estuviera siendo alterada desde dentro.

Intenté gritar, apartarme, hacer cualquier cosa.

Pero no podía.

El mundo comenzó a desvanecerse, difuminándose en una mezcla de sensaciones imposibles de separar.

Lo último que percibí fue el sabor metálico de la sangre en mis labios.

Después, oscuridad.

Cuando desperté, desearía no haberlo hecho.

El calor y el frío se mezclaban de una forma insoportable, recorriendo mi cuerpo en oleadas que me hacían temblar sin control. Pero lo peor no era eso.

Eran las voces.

Demasiadas.

Susurros, pensamientos, sonidos… todo al mismo tiempo, superponiéndose sin orden ni sentido. Podía escuchar cosas que no debería, sentir presencias que no veía.

Era como si mi mente hubiera dejado de pertenecerme.

Entonces lo escuché.

La voz de Shane, rota.

—Lo siento…

No estaba hablando conmigo. O tal vez sí.

Una lágrima cayó sobre mi mano.

La agarré casi por instinto.

Y en ese instante, él se aferró a mí como si fuera lo único que le quedaba.

Los días siguientes fueron un caos.

No podía controlar nada. Ni los sonidos, ni las voces, ni siquiera mis propios pensamientos. Todo era demasiado intenso, demasiado constante.

Hasta que, sin pensar, salí al exterior.

Era de día.

Por un momento, dudé.

Esperaba que doliera. Que mi piel ardiera, que el sol me consumiera como siempre había oído.

Pero no ocurrió nada.

La luz tocó mi piel con suavidad.

Cálida.

Tranquila.

Familiar.

Como si siempre hubiera formado parte de mí.

Fue entonces cuando comprendieron que algo no estaba bien.

Que yo no era como los demás.

Que nunca lo había sido.

Tenía demasiados poderes. Más de los que nadie había visto antes.

Y eso… era un problema.

Así que tomaron una decisión.

Borrar mi memoria.

Eliminar todo rastro de aquella noche.

De Shane.

De mi vida tal y como la conocía.

Me enviaron con mi abuelo, el más poderoso de todos, el que gobernaba sobre criaturas que ni siquiera comprendía del todo.

Con él no hubo dulzura.

No hubo consuelo.

Solo entrenamiento.

Dolor.

Disciplina.

Me enseñó a luchar, a resistir, a obedecer.

A convertirme en algo útil.

No en una persona.

Sino en un arma.


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