One More《KookMin》 +21 O.S

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Summary

Una serie de brutales asesinatos aterroriza a la universidad. Park Jimin, un estudiante de danza popular pero introvertido, se convierte en el blanco principal de un asesino enmascarado que sigue las reglas de las películas de terror. Mientras el pánico crece, Jeon Jungkook, un compañero de clase tímido y aparentemente dulce que está obsesionado en secreto de Jimin, es su único puerto seguro. Lo que Jimin no sabe es que se está refugiando en los brazos del mismo monstruo que lo persigue, un monstruo que, paradójicamente, lo ama con una intensidad mortal. #KookMin #Jimin #Jungkook #BTS #Gay #LGTB #Romance #Asesinatos #Violencia Escenas sexuales explicitas +21 Jungkook Top Jimin Bottom ⚠️ Lo que leerás a continuación no tiene nada que ver con la realidad de los artistas antes mencionados, solo utilizo sus nombres para darle vida a los personajes por que me gusta su relación (Ship) asi que si no es de tu agrado NO LEEAS, no tolero el odio hacia ninguno de los miembros SIN EXCEPCIÓN. ⚠️

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1
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n/a
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18+

Único:



Una serie de asesinatos estaban ocurriendo de manera clandestina atemorizan una de las universidades más prestigiosas de la ciudad de Seúl. "Facultad de artes escénicas".

El ringtone de un teléfono móvil cortó el silencio de la habitación donde se encontraba un hermoso rubio,, dormitando con tranquilidad luego de un día agotador, donde los rumores y asesinatos crecían como la espuma, ese sonido basto, para cortar la paz, como un cuchillo afilado a una garganta.

Park Jimin saltó en la cama, el corazón golpeándole con fuerza las costillas. Eran las 2:17 de la madrugada, y no esperaba ninguna llamada a esas altas horas de la noche.

Su mirada se fijo en el aparato, era un número desconocido. Con la mano temblorosa, deslizó para contestar la llamada. — ¿Hola? — Mascullo, al otro lado de la línea, nadie respondió, solo se escuchaba una respiración pesada y artificial. Gélida. — ¿Quién es? —preguntó Jimin, intentando que su voz no delatara su repentino miedo.

— ¿Te gustan las películas de terror, Jimin? — La voz, profunda y ronca de un hombre, era una especie de susurro metálico y distorsionado que le erizó el vello de los brazos.

— ¡Es una broma de mal gusto! — Exclamó, aterrado. — ¡Si no dice su nombre colgaré!

— No cuelgues. — Un gruñido lo interrumpió. — Es la regla número uno para poder sobrevivir... — La voz era fría, juguetona — ¿Sabes qué le pasa a la chica que cuelga en mi película favorita? — Preguntó, en un tono burlón que hizo al rubio estremecerse. — Le sacan las tripas ¿Quieres que te enseñe las mías?

Jimin soltó un gritó ahogado y estuvo a punto de dejar caer el teléfono. De fondo, en la línea, escuchó la familiar melodía de "When I Fall in Love" que siempre sonaba en la cafetería del campus y eso solo podía significar una cosa, el asesino estaba cerca, muy cerca.

— Estoy mirándote. — Susurró la profunda voz— Tu cortina azul es muy bonita. — Halago con burla.

Jimin brinco, colocándose de pie en un saltó y se lanzó hacia la ventana, cerrando las cortinas de un tirón. Jadeaba, paralizado por el terror, no podía creer que eso le estaba sucediendo a él, era real. El "Ghostface" de su universidad lo había elegido a él para ser la siguiente víctima.

— Por favor... — Rogó el rubio. — Dime ¿Qué quieres?

— Quiero jugar Jimin. — Murmuró el hombre en la otra línea. — Quiero ser el protagonista de tu historia... — Un silenció de un par de segundos hicieron a Jimin colocarse más ansioso, si es que eso se podía. — Para sobrevivir, tienes que responder una pregunta... — Susurró luego de unos segundos eternos. — ¿Quién es el asesino en película "La Noche de los Muertos Vivientes"?

— ¡No lo sé! — Exclamó, asustado. — ¡No veo ese tipo de películas!

— Respuesta incorrecta...

De repente, un golpe sordo retumbó en la puerta de su apartamento. Jimin gritó, un sonido agudo salió de su garganta, desgarrandole la voz. El rubio agudizo su oído, dandose cuenta que el sonido de la puerta provenía del otro lado de la línea también, eso quería decir que estaba ahí, estaba cerca.

— ¡Alguien ayúdeme! — Gritó el rubio, pero su voz salió más como un hilo de voz ahogado.

— Las puertas cerradas no detienen al verdadero amor, Jimin... — Susurró el Ghostface justo antes de que la línea se cortara.

Jimin se desplomó contra la pared, el teléfono golpeó contra el suelo, haciendo un sonido sordo, deslizándose hasta el suelo, abrazándose las rodillas. Permaneció así, temblando en su lugar, toda la noche, hasta que los primeros rayos del sol filtraron por los bordes de la cortina.

¿Qué mierda había sido todo eso?

Al día siguiente, ya en la cafetería de la universidad, se encontraba Jimin, éste estaba pálido y visiblemente afectado por lo que sucedió la noche anterior. Saltaba, nervioso y ansioso ante el más mínimo ruido, como un gatito asustado.

Fue entonces en ese momento cuando su compañero Jeon Jungkook, se acercó a su mesa, llevando dos tazas de chocolate caliente en sus manos.

— Pareces como si hubieras visto un fantasma. — Dijo Jungkook con una sonrisa tímida, deslizándole una taza con el líquido caliente. — Te vi desde la barra. — Señaló con el pulgar hacía donde se encontraba minutos antes. — Pensé que esto podría ayudarte un poco.

Jimin levantó el rostro y lo miró, un poco sorprendido por la amabilidad del pelinegro. Jeon Jungkook era esa típica persona callada de su clase de historia del arte, que parecía estar siempre aburrido, con una mirada intensa en sus orbes negros, que siempre permanecía perdida en sus cuadernos de dibujo. Nunca habían hablado mucho, tal vez una o dos palabras de vez en cuando.

— Gracias... — Murmuró Jimin, aceptando la taza con una suave sonrisa. El calor le quemó las manos heladas, anclándolo un poco a la realidad— Fue... una noche larga.

— ¿Otra de esas llamadas? — Preguntó Jungkook, sus grandes ojos negros llenos de genuina preocupación — Es aterrador. — Reconoció. — Todo el campus está asustado.

Alguien, para impresionar a sus amigos, gritó "¡Ghostface!" detrás de Jimin. Él rubio se estremeció violentamente, derramando un poco del chocolate caliente sobre la fría mesa y un poco en su camiseta de color lila.

El rubio soltó una maldición, intentando limpiar el desastre que se formó en su ropa y en la madera. — Lo siento. — Susurró, avergonzado.

— No. — Jungkook extendió su mano y cubrió la de Jimin sobre la mesa. Su tacto era firme, cálido — No te disculpes. — Su tono, sonando de forma tierna. — Es normal tener miedo.

Jimin, bajo su mirada y se quedó mirando la mano de Jungkook sobre la suya. Sintiendo esa calidez abrazar su pecho por la repentina empatia.

Era un contraste extraño: La misma mano que horas antes había temido que empuñara un cuchillo, ahora era su única ancla a la cordura. Encontró un consuelo inesperado en la mirada seria y protectora de Jungkook, una inmensa confianza creciendo en su pecho.

— ¿Puedo... Puedo sentarme aquí un rato? — Preguntó Jimin en un titubeo, con voz débil.

— Todo el tiempo que necesites. —Respondió Jungkook, y su sonrisa fue tan cálida y reconfortante que el rubio sintió, por primera vez desde la llamada, que quizás podría estar a salvo.

Lo que Jimin no podía imaginar o ver era ese cuaderno de Jungkook, semiabierto en su mochila. En una página visible, había un dibujo exquisitamente detallado de Jimin bailando, capturando cada curva de su cuerpo con una devoción casi reverente. Y garabateado en el margen, una y otra vez, como un mantra obsesivo, las palabras: "Mío. Sólo mío."

¿Como nacía una obsesión?


Todo comenzó con un sonido, una melodía rota, a un corazón vacío.

Para Jeon Jungkook, el mundo era a menudo demasiado ruidoso, las voces de sus compañeros se mezclaban en un murmullo sin sentido, las expectativas de sus profesores zumbaban como moscas persistentes, y el propio latido de su corazón a veces sonaba como un tambor de guerra dentro de su cráneo.

Se movía por la universidad como un fantasma, observando, pero rara vez sintiendo algo.

Hasta que un día de otoño, algo sucedió.

Intentando encontrar un atajó a su clase de filosofía, empujó una pesada puerta de madera que creía llevarle a un pasillo de su clase, pero se encontró, en cambio, en el balcón vacío de un auditorio.

Abajo, en el escenario bañado por un único y polvoriento haz de luz que se colaba por las finas y desgastadas paredes, había un chico.

Park Jimin.

Y estaba bailando.

No era una coreografía práctica, llena de saltos y giros explosivos. Era algo más orgánico, más privado. Su cuerpo se movía como si estuviera luchando contra el aire, o tal vez abrazándolo.

Los brazos se extendían en un gesto de anhelo desgarrador, la espalda se arqueaba en un dolor que parecía a la vez agonizante y hermoso. No había música, pero Jungkook podía oírla en su cabeza.

La melodía la creaba el susurró de sus pies sobre el suelo de madera, el jadeo entrecortado de su respiración, el crujido casi imperceptible de sus articulaciones del rubio.

Jungkook se quedó paralizado, agarrado a la barandilla de metal frío. Era la primera vez que veía a alguien y no solo miraba un rostro o un cuerpo, sino que presenciaba un alma completamente expuesta, desnuda ante sus ojos.

Jimin giró, y por un segundo, sus ojos, brillantes con un sudor que parecía lágrimas, se encontraron con los de Jungkook en la penumbra. No fue un reconocimiento, era algo más profundo. Fue como si Jimin, en su trance, estuviera viendo a través de las paredes del mundo y hubiera vislumbrado por un instante al espectador oculto en las sombras.

Luego, la conexión se rompió. Jimin se detuvo, se pasó una mano por el cabello y, con los hombros aún alzándose y bajando, recogió su mochila y salió del escenario sin mirar atrás.

Jungkook permaneció allí, temblando. El silencio que quedó era ahora ensordecedor, pero de una manera nueva. Ya no era un vacío; era un espacio que había sido ocupado, saturado por la belleza cruda que acababa de presenciar.

Esa noche, en la soledad de su habitación, el recuerdo de Jimin bailando no se iba. Era una película en bucle detrás de sus párpados que no lo dejaban dormir, así que comenzó a dibujar. Primero fueron bocetos torpes, líneas que intentaban capturar la curva de un cuello, la tensión en un músculo de la pantorrilla. Luego, los dibujos se volvieron más detallados, más obsesivos.

Rellenaba cuadernos enteros. Jimin riendo con sus amigos en la cafetería

(Una sonrisa que nunca le dirigía a él). Jimin concentrado en la biblioteca (Un ceño fruncido que Jungkook anhelaba suavizar). Jimin cansado y vulnerable, apoyado contra su taquilla.

Cada boceto era un intento de poseer un fragmento de esa luz. Porque Jimin era luz. Una luz tan brillante que a Jungkook le dolía mirarla, pero una oscuridad aún mayor se estaba instalando en su corazón, que no le dejaba mirar hacía otro lado.

La obsesión echó raíces más profundas y retorcidas el día que vio llorar a Jimin.

Fue después de una crítica particularmente dura de la profesora Seo. Jimin estaba escondido en un rincón del jardín de la universidad, llorando en silencio, sus hombros se sacudían con un dolor que Jungkook sintió en sus propias entrañas como un golpe físico.

Y entonces, surgió la rabia. Una rabia fría, nítida y letal.

No estaba enfadado con Jimin por ser débil, estaba enfadado con el mundo por herirlo, esttaba enfadado con la profesora Seo por ser ciega, estaba enfadado con todos aquellos que se atrevían a acercarse a Jimin, a manchar su perfección con sus miradas ordinarias, sus palabras vacías, sus manos groseras.

En ese momento, la comprensión golpeó a Jungkook con la fuerza de una revelación divina.

Amar a Park Jimin no era solo admirarlo desde lejos. Era protegerlo, era purificar el mundo a su alrededor, era eliminar cualquier cosa, o cualquier persona, que pudiera opacar su luz, que pudiera causarle una sola lágrima.

El amor no era un sentimiento cálido y confortable, era un mandato, una misión sagrada.

La primera vez que se puso la máscara no se sintió como un disfraz, se sintió como su verdadero rostro, el que había estado oculto todo este tiempo, el guerrero, el sanador, el devoto. La voz distorsionada no era para esconderse; era para que Jimin no reconociera la voz de su más ferviente adorador y se asustara antes de tiempo.

Cada asesinato no era un crimen, era un poema de amor escrito en sangre, era un sacrificio en el altar de Park Jimin. Con cada vida que tomaba, el mundo se volvía un poco más silencioso, un poco más puro, un poco más merecedor de la belleza de Jimin.

Y en lo más profundo de su corazón retorcido, Jungkook estaba seguro de que, cuando Jimin finalmente lo supiera, lo entendería. Porque ¿Acaso el amor más verdadero no era aquel que estaba dispuesto a mancharse las manos, y a cargar con el peso de los pecados del mundo, con tal de que el ser amado permaneciera inocente y brillante?

Él no se había enamorado de Jimin a pesar de su oscuridad.

Se había enamorado desde su oscuridad, porque Jimin era la única estrella que valía la pena contemplar desde la noche perpetua en la que él vivía.

Y estaba dispuesto a incendiar el mundo entero con tal de que esa estrella siguiera brillando, solo para él .


Antes de Jimin, antes de la cafetería, antes de todo ésto, estaba el vacío, y luego, vino Jimin llenándolo todo, como una canción pegadiza y dolorosamente hermosa que no podía dejar de sonar en la cabeza de Jeon Jungkook.

Su habitación era un santuario, fotos del hermoso rubio bailando, capturadas con devoción y una cámara profesional desde las ventanas de la facultad, estás cubrían las paredes.

Jimin ríendo con sus amigos, Jimin con el ceño fruncido en concentración, Jimin con los ojos brillantes por unas lágrimas que Jungkook anhelaba enjuagar com sus manos, pero habia algo, siempre estaba alguien más, siempre le robaban su atención, su sonrisa, su luz.

El primero fue Minho, su compañero de danza.

Minho tenía las manos muy puestas y escurridizas, siempre ajustando la postura de Jimin sin ninguna razón justificada, una palmada en la espalda que se prolongaba demasiado, una mirada lasciva que Jungkook detectaba desde el otro lado del estudio en silenció, una amenaza.

Jungkook lo siguió una noche.

Minho iba cantando, un poco ebrio, fue fácil arrastrarlo a un callejón cerca de los contenedores de basura. La máscara y la distorsión de voz eran un disfraz, sí, pero también una liberación, por primera vez, no era el Jeon Jungkook tímido e invisible, era un dios vengador.

— ¿Te gusta tocar lo que no es tuyo? —Susurró la voz metálica dentro de la máscara.

Minho forcejeó, pero Jungkook era más fuerte, el primer pinchazo del cuchillo fue una revelación, no fue repulsión, fue... Poder. Un acto de creación pura, estaba esculpiendo el mundo, tallando un espacio seguro para Jimin, eliminando una imperfección.

— Esto es por Jimin. —Susurró, casi como un secreto dulce, antes del golpe final.

No sintió nada, o más bien, sintió una calma profunda, una paz, había hecho algo por su amor, era un acto de devoción absoluta, una entrega total.

La segunda víctima fue la profesora Seo.

Ella era una crítica despiadada, hacia las cualidades del amor de su vida. "Más pasión, Jimin, ¡Pareces una muñeca de porcelana!", "Tu técnica es impecable, pero no siento el fuego". Esas eran las palabras de la desagradable mujer, Jungkook la veía quebrantar el espíritu de Jimin, gota a gota, y su rabia crecía fría y sólida en su pecho.

La atrapó en su despacho, trabajando hasta tarde. Cuando vio la máscara, la mujer gritó, ésto fue una sinfonía para los oídos de Jungkook.

— Usted no merece verlo bailar. — Dijo el Ghostface, con rabia.— Usted no ve su perfección. — Gruñó, la irá subiendo por su nuca. — Solo sus supuestos defectos...

Fue más metódico esta vez, más artístico, le colocó sobre el escritorio una foto de Jimin en pleno asalto, etéreo y libre. — Mira. — Le señaló la fotografía. — Mira lo que intentas destruir, pedazo de perra.

Cada corte no era solo violencia; era una corrección, una puntuación sangrienta en la crítica más feroz que existía. Cuando terminó, la foto de Jimin seguía intacta, sonriendo sobre el caos.

Era poesía.

La noche del descubrimiento comenzó con un regalo.

Jimin había tenido un día particularmente malo, un coreógrafo visitante lo había humillado frente a toda la clase, Jungkook lo encontró llorando en los vestuarios, y su corazón se encogió de dolor y de rabia.

— No lo escuches. — Murmuró Jungkook, arrodillandose a su altura, brazándolo. — Él no sabe nada. — Le arrullo. — Tu baile es... Es lo más hermoso que he visto. — Confesó, sinceró.

Esa noche, Jungkook no pudo contenerse, el odio le broto en cada poro de su piel. El coreógrafo, un hombre llamado Jin-ho, se alojaba en un hotel del centro, fue una obra maestra de planificación, desactivar la cámara del pasillo, forzar la cerradura con elegancia, algo muy fácil.

La escena dentro fue caótica, un derroche de furia contenida, Jungkook quería que el mensaje fuera claro: Nadie hiere a lo que es mío.

Cuando terminó, vio algo en el suelo. Era un pequeño y delicado colgante de plata que Jimin siempre llevaba en su mochila, un amuleto de la suerte, algo muy apreciado para el rubio. Debía de habersele caído cuando Jungkook lo abrazó en los vestuarios. Con un latigazo de pánico, el pelinegro se palpó los bolsillos, estaban vacíos, el colgante se había deslizado fuera durante la lucha.

Lo recogió, el metal frío manchado de carmesí, ésto era malo, muy malo. Esto significaba ahora un vínculo directo.

Regresó a casa de Jimin, no para vigilarlo, sino para recuperarse, se lavó en el arroyo del parque cercano, pero el olor a hierro y muerte parecía impregnado en su piel, se cambió la ropa y la escondió en su mochila, junto a la máscara y el cuchillo.

Jimin, aún despierto por la angustia, lo vio acercarse desde su ventana, algo en la forma de moverse de Jungkook, demasiado rígido, demasiado alerta, le llamó la atención, y bajó, supuestamente para despedirlo.

— ¿Estás bien, Jungkook? Pareces... — Murmuró, entrecerrando los ojos, juzgandolo con su mirada. — Pálido.

— Solo estoy cansado. — Sonrió el pelinegro, pero esa sonrisa no llegaba a sus ojos, su mirada estaba en otra parte, revisando mentalmente la escena del crimen en su cabeza.

Fue entonces cuando Jimin lo vio.

En el cuello de Jungkook, justo donde la sudadera no llegaba a cubrir, había un fino y casi imperceptible salpicón de sangre, y en el aire, mezclado con el suave perfume del pelinegro, flotaba un tenue olor metálico y dulzón que Jimin, tras los asesinatos anteriores, empezaba a reconocer inconscientemente.

Su corazón se detuvo por unos segundos.

— Jungkook... — Murmuró el rubio, la voz de Jimin era un hilo, casi imperceptible. — ¿Qué has hecho?

Los ojos de Jungkook se abrieron de golpe, por una fracción de segundos antes de suavizarse. — ¿De qué hablas Jimin? — Preguntó, haciendose el desentendido. — Vamos, hace frío. — Le comentó. — Deberías entrar.

Pero Jimin no se movió, su mirada se desvió hacia la mochila de Jungkook, que este llevaba extrañamente apretada contra su pecho. De la cremallera semiabierta, asomaba un trozo de tela negra, y prendida en esa tela, brillando bajo la luz de la farola, estaba una de las lentejuelas del traje de ensayo de Jimin, la que se le había caído esa misma tarde y que Jungkook, con su obsesiva meticulosidad, había recogido para guardar.

Todo encajó con la fuerza en su cabeza de un solo golpe.

Las llamadas que siempre llegaban cuando solo Jungkook se iba. Su "suerte" para aparecer justo después de un ataque, su conocimiento íntimo y casi profético de los movimientos del asesino, y la devoción en sus ojos que, de repente, no parecía tierna, si no... Hambrienta.

— Eres tú... — Susurró Jimin, retrocediendo, el mundo se inclinó a su alrededor, dando vueltas, causándole profundas ganas de vomitar. — Todo este tiempo... Eras tú.

La expresión de Jungkook se descompuso, no en furia, sino en una angustia desgarradora. Era la mirada de un niño al que han pillado haciendo algo malo, no la de un asesino serial.

— Jimin, por favor... — Su voz perdió toda su fuerza, sonando entristecida, convirtiéndose casi en un ruego. — Lo hice por nosotros. — Le confesó. — Por ti. — Declaró. — Él te hizo llorar, mi amor. — Susurró, desesperado. — Y-yo... yo lo arreglé... Para ti...

— ¿Arreglarlo? — Jadeo el rubio, netamente ofendido, la histeria trepando por su garganta. — Jungkook ¡Lo mataste! — Le acusó.

— ¡Era necesario! —la voz de Jungkook también se elevó, cargada de una lógica retorcida y desesperada. — ¡Todos ellos eran necesarios! — Declaró, con voz temblorosa. — ¡Te estaban ensuciando, Jimin! Te estaban apagando. — Gruñó, los recuerdos haciendole enfadar. — Yo solo... Yo solo te estaba limpiando, te estaba protegiendo.

Avanzó un paso hacía el rubio, pero Jimin retrocedió dos hasta chocar con la pared de su edificio, estaba aterrado y sentía que ya no había escapatoria.

— Yo te amo. — Susurró Jungkook, sus ojos critalizados y la garganta rota. — Creeme. — Las lágrimas saladas empezaron a correr por sus mejillas limpias, creando un contraste grotesco con la mancha de sangre en su cuello. — Más que nadie, más de lo que nadie es capaz de amar. — Confesó, desesperado. — Ellos... Solo querían un pedazo de ti y yo... Yo quiero todo. — Sollozo con suavidad. — Y lo tuve que tallar para nosotros. ¿Es que no lo ves?

Extendió la mano, no para agarrar, sino para suplicar, y en su palma, limpia ahora pero aún simbólicamente manchado de la sangre sus víctimas, estaba el colgante de la suerte de Jimin.

— Todo es por ti. —repitió, y en ese momento, con el corazón destrozado y aterrorizado, Jimin supo que cada palabra macabra era, en la mente de Jungkook, la verdad más pura.

Jimin miró la mano extendida, esa misma mano que le había acariciado la mejilla con una ternura que lo hizo derretirse, esa misma mano que le había preparado chocolate caliente.

— No es amor. — Logró decir el rubio luego de un par de segundos, con un nudo en la garganta, retrocediendo un paso, su espalda golpeando contra la fría pared. — Es... Una enfermedad.

La cara de Jungkook se contrajo por un segundo, con dolor genuino. — ¿Enfermedad? Jimin, el amor es una enfermedad, una fiebre que te quema por dentro. — Mascullo. — Yo... yo solo te estaba curando del mundo. Ellos... — Hizo un gesto vago con sus manos, restandole importancia a los horrores que había cometido. — Eran los síntomas y yo erradiqué la enfermedad.

— ¡Yo no necesitaba que me curaras! —Chilló Jimin, encontrando un hilo de fuerza en su rabia creciente. — ¡Necesitaba un amigo! — Sollozo. — ¡Necesitaba a alguien normal!

— ¡Yo soy todo eso! — La voz de Jungkook se elevó, con un eje de desesperación — ¡Soy tu mejor amigo! ¡Soy tu protector! — Enumeró. — Soy el único que ve lo frágil y perfecto que eres. — Una sonrisa macabra se formó en sus labios. — Los demás solo querían romperte y yo... Yo te construí un santuario. — Sus ojos brillaron en lágrimas bajó las luces artificiales de los focos. — Por favor, Jimin. — Rogó. — Toma mi mano y podemos irnos. — Suplicó. — Podemos empezar de nuevo, sin nadie que nos juzgue, sin nadie que se interponga entre nosotros. — Sus ojos brillaron de emoción. — Seremos solo tú y yo, para siempre...

Jimin lo miró en silenció, vio al chico tímido que le traía flores después de un ensayo agotador y vio al monstruo que había descuartizado a sus compañeros. Ambos vivían en el mismo cuerpo y ambos lo amaban, a su manera retorcida.

La opción era clara. Morir ahí mismo, luchando, o vivir para siempre en una jaula dorada construida por la obsesión más aterradora de su nuevo amante.

Con un temblor que le recorría todo el cuerpo, Jimin bajó la mirada, no hacía la mano de Jungkook, sino hacia el suelo. Y entonces, algo en su interior se quebró y se recompuso de una nueva manera, más fría, más calculadora. La rabia y el puro instinto de supervivencia se fusionaron en una sola cosa: Astucia.

— ¿Para siempre? — Susurró Jimin, alzando la vista, conectando sus ojos con los del pelinegro, su voz sonando más estable ahora.

Jungkook asintió con fervor, una chispa de esperanza iluminando su rostro inundado. — Para siempre. — Aseguró. — Lo prometo.

El rubio hizo una pausa, dejando que el silencio cargado de significado se extendiera, se mordió el labio inferior en un gesto pensativo y luego, lentamente, muy lentamente, extendió su propia mano. No para tomar la del pelinegro, si no, para posarla suavemente sobre su muñeca, evitando con cuidado mancharse de la sangre invisible.

— Está bien. —Murmuró Jimin, haciendo que su voz sonara quebrada y vencida, pero con una redención calculada. —. Está bien, Jungkook. — Se relamió los labios con temor. — No... no me hagas daño.

La expresión de Jungkook se suavizo, fue como ver un amanecer después de la noche más oscura. Una sonrisa de alivio puro, casi infantil, iluminó sus facciones, las lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas, lavando simbólicamente la culpa que sentía en su pecho.

— Nunca... — Murmuró, cerrando sus dedos alrededor de la mano de Jimin con una ternura posesiva. — N-nunca, nunca te haré daño, mi amor. — Le repitió. — Eres mi todo.

Jimin permitió que Jungkook lo atrajera a sus brazos, atrapandolo en un abrazo, su cuerpo se tensó, cada músculo gritando en protesta por la cercanía, pero mantuvo su rostro enterrado en el hombro de Jungkook, ocultando la fría determinación que ahora ardía en sus ojos.

Sobre el hombro de Jungkook, Jimin miró fijamente el suelo.

Ahora entendía las reglas del juego, Jungkook había reescrito las reglas del panorama, transformándolas en un romance retorcido, y Jimin, había decidido que para sobrevivir, tendría que aprender a interpretar su papel a la perfección.

Tendría que fingir que amaba al monstruo.

Mientras el pelinegro lo mecía suavemente, susurrando promesas de un futuro idílico y solitario, Jimin solo podía pensar en una cosa: "Esta es la regla número uno para sobrevivir a un asesino enamorado: Convertirte en la persona que él quiere que seas."

O al menos eso pensaba Jimin.

El asesino no era un monstruo que se escondía en las sombras, era el chico que le traía chocolate caliente, y lo peor de todo, lo amaba. Y en el abismo de ese amor retorcido, fue donde la cordura de Jimin comenzó a resquebrajarse para siempre, preparando el terreno para su propia y terrible caída.


La farsa del rubio, comenzó con un tacto.

Cada caricia de Jimin era un acto calculado, cada sonrisa, una máscara bien pulida sobre su terror. Se mudó con el pelinegro a una casa aislada en las afueras de la ciudad, una jaula de cristal construida con susurros y promesas, los primeros días fueron los más difíciles. Jimin se despertaba sobresaltado, esperando encontrar un cuchillo en su costilla, en vez de eso, encontraba a Jungkook mirándolo con una adoración tan absoluta que escaldaba.

— Soñé que te perdía. — Susurraba Jungkook, enterrando su rostro en el cuello del rubio. — Y desperté pensando que tendría que matar a todo el mundo hasta encontrarte de nuevo.

Esa debería haber sido la declaración más aterradora, pero una parte de Jimin, una parte que empezaba a pudrirse desde sus bordes, se estremeció, nadie, nunca nadie en su vida lo había deseado con una intensidad tan devoradora.

La transformación fue lenta, como un veneno que endulza la sangre.

Comenzó con la curiosidad, una tarde, mientras Jungkook limpiaba meticulosamente un cuchillo de carnicero en la mesa de la cocina, Jimin preguntó, con voz aún titubeante:

— ¿Cómo... c-cómo te sentiste? — Murmuró, con un eje de curiosidad. — La primera vez.

El pelinegro alzó la vista, algo sorprendido, no por la pregunta, sino porque Jimin nunca había querido entrar en ese territorio. — Asustado... — Aceptó, con una honestidad que conmocionó al rubio. — Pero luego... Poderoso. — Confesó. — Como si finalmente estuviera arreglando algo que estaba mal en el mundo. — Se relamió los labios. — Por ti, todo siempre ha sido por ti, mi amor... — Levanto la mano y le mostró el cuchillo, la luz reflejándose en el acero inoxidable. — Es como el ballet. — Comentó, moviendo la hoja filosa. — Es brutal, pero hay una... Pureza en el. — Asintió, de acuerdo con sus propias palabras. — Hay un final definitivo.

Jimin miró el cuchillo, ya no solo veía un arma. Vio la herramienta con la que Jungkook había tallado un universo solo para ellos dos y en la metáfora de Jungkook, encontró un eco retorcido de la disciplina y la perfección que siempre había buscado en la danza.

El punto de inflexión llegó con una intrusa.

Una periodista testaruda, la Hermana de una de las víctimas, llegó a la casa, golpeando la puerta, gritando acusaciones. "¡Sé que estás aquí, Jeon! ¡Sé que lo tienes secuestrado!"

Jimin vio los ojos de Jungkook oscurecerse, la máscara del amante gentil cayendo para revelar al depredador debajo, antes, ese cambio lo habría aterrado, pero justo ahora, sintió una extraña punzada de... Emoción.

— Déjame... — Susurró Jimin, poniendo una mano en el pecho de Jungkook para detenerlo.

— Jimin, no. — Mascullo con voz dura. — Es peligrosa.

— Déjame. — Repitió el rubio, y esta vez su voz tenía una nueva cualidad: Autoridad.

El pelinegro se quedo en silencio y observó como el rubio caminaba a pasos decididos hasta la puerta. Soltando un pesado suspiró, Jimin levantó el rostro, decidido y abrió la puerta de golpe, del otro lado, la mujer, con los ojos inyectados en sangre, lo miró con sorpresa.

— Park Jimin... — Murmuro, asombrada. — ¡Dios mío, está usted bien! — Exclamó.

— Estoy perfectamente. — Dijo Jimin, con una calma que le sonó ajena — Debe irse. — Los ojos de la mujer se abrieron a tope, sin poder creer las palabras del rubio.

— ¡Él te está manipulando! — Acusó, con voz angustiada. — ¡No le hagas caso! ¡Es un monstruo!

Jimin sintió una ira fría recorrerle las venas. ¿Quién era ella para venir a destrozar su santuario? ¿A arruinar la única cosa en su vida que era real, aunque estuviera podrida?

— Usted no lo entiende. — Replicó Jimin con una sonrisa gélida, que fue tranquila y aterradora. — Él me ama.

Cerró la puerta de golpe, en el rostro de la insufrible mujer y se volvió hacía la cocina donde se encontraba Jungkook, cuyo rostro era una mezcla de asombro y devoción absoluta.

— Nadie nos entenderá nunca, ¿Verdad? — Preguntó Jimin, y era la primera vez que lo decía sin amargura, si no con un sentido de destino compartido.

Jungkook negó con la cabeza, acercándose, una gran sonrisa estaba dibujada en su rostro. — Solo nosotros... — Murmuró, tomandole el rostro con suavidad, acariciando sus mejillas.. — Tu y yo, contra el mundo...

Esa noche, Jimin no pudo dormir absolutamente nada, se levantó inquieto y bajo las escaleras buscando a su amante, encontró a Jungkook en el sótano, no limpiando, sino creando. Sobre la mesa había una nueva máscara, pero esta vez no era la de Ghostface. Era una máscara blanca y elegante, con delicadas lágrimas negras pintadas bajando por las mejillas, una máscara de arlequín, para Jimin.

— No puedes ser solo mi espectador. — Susurró Jungkook, ofreciéndosela con una suave sonrisa. — Tienes que ser mi compañero. — Se relamió el labio inferior, conectando sus ojos con los del rubio. — Mi musa, mi reina.

Jimin observó la máscara en silencio y luego de unos segundos la tomó. La fría porcelana se adaptó a sus dedos, a estas alturas, ya no sentía miedo, sentía una extraña mezcla entre poder y ansiedad,, una intimidad profunda y prohibida que nadie más en el planeta podría comprender.

La primera vez que participó, no fue con un cuchillo, fue con una palabra.

Un antiguo "amigo" de la facultad, que siempre había menospreciado a Jungkook, los reconoció en un mercado lejano. "¡Jimin! ¡Espera! ¡Todos pensaban que estabas muerto!" Le comentó su compañero.

Jimin se congeló. Vio el instinto asesino encenderse en los ojos de Jungkook, pero esta vez, en lugar de paralizarse, Jimin se inclinó hacía su oído y susurró la palabra que sellaría su destino para siempre:

— Cázalo.

Fue el éxtasis más puro y corrupto que jamás había experimentado, observar desde las sombras mientras la obra de arte de Jungkook se desarrollaba, sabiendo que él había dado la orden, le encendió la piel.

Cuando Jungkook regresó, con los nudillos raspados y la respiración acelerada, no hubo necesidad de palabras, Jimin lo tomó de las mejillas y lo besó con una pasión que nacía de la oscuridad que ahora compartían, no fue un beso llenó de ternura, fue un beso de posesión, de hambre, de reconocimiento.

— Eres mío — Jadeo el rubio contra sus labios —.Y yo soy tuyo.

— Siempre lo supiste. — Respondió Jungkook, riendo entre lágrimas de alegría — Solo necesitabas recordarlo cariño.

Ahora, sentados en la sala de su casa, planeaban no para esconderse, si no para cazar, Jimin, con su belleza etérea, es el señuelo perfecto, Jungkook, su sombra letal. Son dos mitades de un mismo corazón oscuro, bailando un vals de muerte y devoción.

Jimin ya no finge, la obsesión del pelinegro no era una enfermedad de la que necesitara curarse, era un espejo que le mostraba su propio y verdadero reflejo.

Y era hermoso.


La transición de Jimin no fue un interruptor que se encendió solo, fue una lenta intoxicación, una gota de veneno administrada cada día que, con el tiempo, hizo que su paladar moral olvidara el sabor de la inocencia.

Todo comenzó en los días y semanas posteriores al descubrimiento, durante su "cautiverio" en la casa aislada con Jungkook.

Al principio, Jimin fingía aceptación para sobrevivir, pero la línea entre la actuación y la realidad comenzó a difuminarse bajo el calor constante de la atención de Jungkook. Jungkook no solo lo amaba; lo veneraba.

Cada mañana, Jimin despertaba con el desayuno preparado exactamente como le gustaba. Cada suspiro era notado, cada cambio de humor, atendido.

Era una devoción que raya en lo esclavizante, pero también en lo hipnótica. ¿Quién, en su vida anterior, lo había amado tan en serio? Sus amigos eran cariñosos, sus amores pasados, tibios. Nadie lo había colocado en el centro absoluto de su universo, sí, tal vez era aterrador, pero también era...

embriagador.

Empezó a necesitar esa mirada, sin ella, se sentía invisible y ordinario.

Jungkook no era solo un monstruo, era un espejo, el rubio comenzó a ver sus propias grietas reflejadas en la obsesión del pelinegro, sus inseguridades como bailarín, su miedo a no ser lo suficientemente especial, su anhelo de ser entendido sin tener que explicarse.

Una noche, tras un sueño particular y muy vívido, Jimin se despertó gritando, Jungkook estuvo a su lado en un instante, abrazándolo sin hacer preguntas, solo consintiendo.

— Sueñas con ellos ¿Verdad? — Susurró Jimin, con la voz ronca por el terror causado por el sueño.

— A veces... — Admitió Jungkook en la oscuridad — Pero luego miro tu rostro mientras duermes y sé que valió la pena. — Murmuró, acariciándole la espalda con dulzura. — El ruido del mundo se apaga y solo quedas tú, eres el único silencio que conozco, Jimin.

Esa frase, "el único silencio que conozco", resonó en un lugar profundo y solitario en el corazón del rubio. Él también sentía ese ruido, esa melodía de expectativas y juicios. Y Jungkook, al matar a quienes lo juzgaban, había silenciado ese ruido para él, era un acto de violencia, sí, pero también un acto de una intimidad espantosa. Era como si el pelinegto hubiese matado a los mosquitos que zumbaban alrededor de los oídos de Jimin, una y otra vez.

El momento del cambio real, el punto de no retorno, no fue cuando el rubio perdonó a Jungkook, si no cuando empezó a entenderlo.

Comenzó a ver los asesinatos no como crímenes aleatorios, sino como piezas de un rompecabezas cuyo dibujo final era él. El compañero de baile demasiado manoseador, eliminado. El profesor crítico, silenciado. El ex novio que lo menospreció, borrado. La profesora injusta, acabada.

Era una narrativa retorcida, pero era una narrativa sobre él, y Jimin, como artista, entendió el poder de esa historia.

Empezó a hacer preguntas no por temor, si no por curiosidad. — ¿Y con la profesora Seo? — Preguntó una vez, mientras su amante cocinaba. — ¿Sentiste poder?

Jungkook dejó el cuchillo de cocina sobre la encimera y lo miró, no con sospecha, sino con una chispa de reconocimiento. — No. —respondió con sinceridad. — Sentí... — Titubeo un poco.. — Justicia, era una nota desafinada en tu sinfonía. — Se encogió de hombre. — La silencié y fue satisfactorio, como terminar una obra.

Jimin asintió lentamente, lo entendió, no era solo violencia; era una forma de arte, una forma de arte radical y monstruosa, dedicada solamente a él.

La primera vez que sintió deseo físico mezclado con el conocimiento de lo que Jungkook era, fue después de que este regresara de "sacar la basura" (como ahora llamaban en código a sus actos ilícitos). El pelinegro llegó a casa con los nudillos raspados y un brillo salvaje, triunfante, en los ojos, olía a noche y a violencia.

En lugar de encogerse, el corazón de Jimin latió con fuerza, había una energía cruda y peligrosa alrededor de Jungkook que era increíblemente sexual, era la esencia de la virilidad desatada, del instinto puro.

Jimin se acercó y lo besó, saboreando el peligro en sus labios, besar a Jungkook ya no era besar a un chico; era besar a una fuerza de la naturaleza, y él, era el único que podía domar esa fuerza, el único por quien esa fuerza existía.

Finalmente, Jimin cruzó el umbral cuando se dio cuenta de que su propio pensamiento se había vuelto tan posesivo como el pelinegro.

Vio a una nueva estudiante de intercambio sonreírle a su amante en el supermercado, antes, le habría parecido inofensivo, ahora, una ola de celos amarga y asesina lo inundó.

¿Está mirando a lo que es mío?

¿Quiere robármelo?

Esa noche, en la cama, le susurró al pelinegro con los dientes apretados: — Esa chica. — Un gruñido bajo broto de su pecho. — La de la cabellera roja. — Los ojos de Jungkook conectaron con los suyos rápidamente. — Te miró...

Jungkook, en lugar de negarlo, sonrió, halagado y a la vez alerta. — ¿Y que quieres mi amor? — Preguntó con suavidad. — ¿Quieres que también la mire?

Fue en ese momento cuando Jimin lo supo, ya no estaba fingiendo, ya no estaba siendo arrastrado, se había sumergido voluntariamente en la oscuridad. La obsesión de Jungkook ya no era una cadena que lo ataba; era un hilo que los unía, un cordón umbilical que alimentaba su nuevo y retorcido ser.

Se había enamorado no a pesar de la obsesión de éste, si mo de ella, porque en ese espejo oscuro, finalmente se veía a sí mismo como lo que siempre, en lo más profundo de su alma, había anhelado ser: La única cosa en el mundo que importaba.

Ambos estaban completamente jodidos.


La casa estaba en silencio, un santuario de sombras y susurros, la luna, una guadaña pálida en el cielo negro, se filtraba por la ventana del dormitorio, pintando franjas plateadas sobre la piel desnuda de ambos.

Jimin, se encontraba tumbado en la cama, observando a Jungkook, que se arrodillaba a sus pies como un devoto ante un altar.

El aire era espeso, cargado con el olor a lluvia seca en la piel de Jungkook y el dulce aroma del champú de Jimin.

— Eres tan hermoso. — Susurró el pelinegro, su voz no era la del asesino, ni la del chico tímido. Era una nueva voz, ronca, cruda, solo para este nuevo momento — A veces, cuando te miro, siento que me voy a desmayar. — Confesó.

Su mano, esa mano que Jimin había visto empuñar un cuchillo con fría precisión, se posó en su tobillo, el tacto fue increíblemente suave, una reverencia, los callos de sus dedos, ganados en el gimnasio y en actos innombrables, rozaron la piel suave como la seda de la parte interior de la pantorrilla del rubio, enviando un escalofrío que no era de miedo, sino de excitación.

Esta no era la pasión apresurada y torpe de los amantes comunes, era un ritual.

Jimin arqueó la espalda cuando la boca de Jungkook encontró el hueco de su rodilla, un beso que era una promesa y una disculpa, no hubo prisa, el pelinegro lo exploraba como si fuera un mapa que memorizar, un territorio que reclamar no por la fuerza, si no por derecho divino. Cada centímetro de piel recibía la misma atención devota, la curva de su cadera, el vientre plano que se estremecía bajo sus labios, los pezones que se endurecían bajo el roce de una lengua que su cuerpo reconocía demasiado bien.

— ¡Jungkook! — Jadeó el rubio, enredando los dedos en el cabello oscuro de éste, tirando suavemente de sus hebras negras.

Era el nombre de un monstruo, era el nombre de su amante, en esa cama, ambas cosas eran lo mismo, y la dualidad era tan intoxicante como el deseo mismo.

Jungkook alzó la vista, sus ojos oscuros eran dos pozos de una necesidad absoluta. — Dime que soy tuyo. — Rogó, su voz quebrada contra el muslo de su amante.

— Eres mío... — Susurró Jimin, y cada vez que lo decía, se sentía más verdadero, más real que cualquier otra cosa en su vida — Solo mío.

Esa era la llave que liberaba a la bestia, con un gemido ronco, cerró la distancia entre ellos, subiendo rápidamente sobre el cuerpo del rubio, adentrándose en sus piernas desnudas, capturando los labios de Jimin en un beso que no era tierno, sino devorador. Era un beso de hambre, de una posesión tan completa que aspiraba a fundir sus almas. El rubio le correspondió con la misma ferocidad, mordiendo su labio inferior, saboreando el metal de su propia y pequeña violencia.

Cuando Jungkook finalmente lo penetró, fue con una lentitud agonizante que hizo que Jimin gritara, no de dolor, sino de una abrumadora sensación de hogar. Cada empuje no era una invasión, sino una afirmación. Los cuerpos se movían en una sincronía perfecta, un baile macabro y hermoso que solo ellos conocían, los suaves jadeos y gemidos se mezclaban con susurros y confesiones de amor enfermiza.

— Mataría por este momento. — Jadeó Jungkook, enterrado su dura erección palpitante profundamente en el necesitado agujero de Jimin, sus frentes sudorosas chocaban. — Mataría a mil hombres solo para tenerte así una vez más. — Gruño, excitado.

— ¿Lo sé! — Gimió Jimin, quien giró la cabeza, exponiendo su cuello en un acto de sumisión y cediendole el poder a su amante. — Y yo te sostendría el cuchillo, para que los mates.

La imagen, en lugar de aterrarlo, lo excitó hasta un punto cegador, era la verdad más profunda de su podrido y asesino corazón, no era un amor a pesar de la oscuridad, era un amor forjado en ella.

El clímax los alcanzó como una ola que los arrastró a los dos juntos, no fue un estallido de luz, si no una implosión de oscuridad compartida. Jungkook gritó el nombre de Jimin como una plegaria, como una maldición, como la única verdad que le quedaba en el mundo.

Jimin, por su parte, se vino en silencio, los ojos abiertos de par en par, y la mandíbula floja, viendo cómo la cara de su amante se transfiguraba por un éxtasis que él, y solo él, podía provocar.

Después del delicioso acto de amor, ambos se encontraban entrelazados en el desorden de las sábanas llenas de sus fluidos.

La luna iluminaba las cicatrices en los nudillos del pelinegro, las marcas de dientes en el hombro del rubio, eran sellos, la prueba de su unión.

Jungkook trazó con el dedo índice la marca que había dejado en el cuello de Jimin de forma enfermiza, queriendo marcarlo para él — ¿Te duele? — Preguntó, su voz en un murmullo suave.

— Sí. — Respondió el rubio, girándose para mirarlo sobre su hombro. — Pero me gusta. — Confesó. — Me recuerda que esto es real.

Una sonrisa tranquila, la sonrisa de un hombre profundamente en paz y enamorado, se extendió por el rostro del pelinegro. — Eres mi obra maestra, Jimin. — Murmuró. — Mi única y eterna obra maestra.

El rubio no respondió con palabras, se acurrucó contra el pecho de su amante escuchando el latido constante de su corazón, el corazón de un asesino, el corazón del amor de su vids, ya no había distinción.

En la quietud de la noche, en el nido que habían construido con secretos y cuerpos degollados, solo existía una cosa: Un amor profano, inquebrantable y completamente posesivo.

Y por primera vez, el rubio, no quería estar en ningún otro lugar .


Sus días de casa seguían existiendo, su amor enfermizo se fue desarrollando cada día más, llegando a ser una constante monotonía oscura que se extendió por muchl tiempo.

El almacén abandonado olía a gasolina, a polvo y a hierro dulzón, la luna, testigo y a la vez cómplice, se filtraba por las ventanas rotas, iluminando un cuadro de pesadilla hecha carne.

La pareja estaba de pie, jadeando, en el centro del espacio vacío, no eran los cazadores elegantes de antes. Esta vez habían estado cerca, demasiado cerca, la última "cacería" había sido un enfrentamiento brutal y desesperado. Tres agentes yacían inmóviles en la penumbra, pero no sin haber cobrado un precio por sus vidas.

Una bala había atravesado el músculo del hombro de Jungkook, manchando su camisa negra de un rojo oscuro y pegajoso, Jimin tenía un profundo corte en el costado, el filo de un cuchillo policial que había esquivado por poco. La sangre de ambos se mezclaba en el suelo de cemento, un pigmento rojizo en su obra de arte final.

— Casi nos atrapan, mi amor. — Jadeó el rubio, no con miedo, sino con una excitación febril, sus ojos, siempre tan expresivos, ahora brillaban con un fuego demente y liberado.

Jungkook sonrió, un gesto cansado y salvaje, con su mano sana, agarró a Jimin por la nuca y lo atrajo hacía el en un beso feroz, con sabor a sangre, sudor y peligro, era el sabor de la supervivencia.

— Nunca. — Gruñó contra sus abultados labios — Nunca nos atraparán, somos demasiado perfectos para esta mierda de mundo.

Empujó al rubio contra la fría pared de ladrillo, haciendo que el otro gimiera, una mezcla de dolor y placer, las manos de Jimin se aferraron a la camisa rasgada del pelinegro, sus dedos se hundieron en la herida abierta del hombro.

Jungkook soltó un gruñido gutural, un sonido de agonía y éxtasis. — ¡Sí! — Exclamó, su aliento caliente en el cuello de Jimin — ¡Muéstrame que soy tuyo! ¡Marca tu territorio en mi carne, Jimin! ¡Ah, joder! — Gimoteo.

El rubio soltó una sonora carcajada, un sonido cristalino y roto, que hizo eco por todas las paredes. Se inclinó relamiendo la sangre que le brotaba del corte en su propio labio. — Ya lo hice, mi monstruo... — Ronroneo, con deseo. — Estoy en cada latido de tu corazón corrupto. — Se relamió la sangre de los labios. — Mi veneno corre por tus venas.

La ropa, empapada y rasgada, fue arrancada de forma desesperada, no había ternura, solo una urgencia bestial, una necesidad de afirmar la vida justo después de haberla arrebatado. El pelinegro lo empotro contra la pared, con fuerza, sosteniendolo entre sus brazos heridos.

Cuando Jungkook lo preparo, el rubio gimió, soltando suaves maldiciones, rogándole que se apresurara, anhelando sentir el dolor de su intromisión en su entrada palpitante. El pelinegro entró en él, con una fuerza que hizo gritar al rubio, un sonido que se ahogó en otro beso sangriento que el pelinegro le demandó, el dolor de sus heridas se fundió con el dolor del acto, creando una sensación nueva, un umbral donde el placer y la agonía se volvían indistinguibles.

— Mira... — Susurró Jungkook con voz ronca, dando embistes fuertes y certeros dentro de Jimin de forma desesperada. —Mira lo que hemos hecho. — Señaló la sangre regada en el suelo. — Nuestra pintura. — Una sonrisa macabra, pero muy sensual ante los ojos del rubio, se instaló en el rostro del pelinegro. — Es nuestra boda de sangre cariño.

Jimin giró la cabeza, sus ojos se encontraron con los del agente más joven, muerto, cuyos ojos vidriosos los miraban desde el suelo, sin ver realmente nada. — Es hermoso. —murmuró Jimin entre jadeos rotos, extasiado con los embistes. — Más hermoso que cualquier flor mi amor. — Gruño, arqueando su espalda para sentir mejor la profundidad. — Porque es nuestro. — Jadeo. — Solo nuestro.

—Dime — Le exigió Jungkook, clavando las uñas en las caderas de Jimin, dejando visibles marcas sobre la piel pálida — Dime lo que somos.

— Somos dioses. — Chilló Jimin, gimoteando, con ojos cristalizados por el placer. — ¡Dioses de este mundo podrido! — Gritó, el cosquilleo del orgasmo formándose en su abdomen bajo. — ¡Somos la plaga y la cura!

— ¿Y que es lo que une a los dioses? — Gritó Jungkook, su ritmo volviéndose frenético, caótico, con su respiración entrecortada, aproximándose al clímax.

— ¡La sangre! — Jadeo el rubio.

Su voz se quebró en un orgasmo roto, que fue más una convulsión que una liberación, un vaciado de toda la oscuridad, el miedo y la euforia acumulados, desbordandose de su erección humeda e inclada del rubio, en chorros de semen que terminó de mezclarse con la sangre sus cuerpos.

Jungkook lo siguió con un rugido, llenándolo hasta desbordarse dentro de su culo apretado, derrumbándose sobre él, su peso era una losa cálida y familiar. Permanecieron así, entrelazados contra la pared, sus cuerpos magullados y sangrantes pegados el uno al otro, respirando en sincronía, la sangre de ambos se mezclaba junto con los fluidos, sellando su unión de una manera más profunda que cualquier juramento.

Con esfuerzo, Jungkook se separó lo suficiente para mirar a Jimin a los ojos, su mano, temblorosa, acarició la mejilla de su amante, dejando un largo y húmedo rastro carmesí sobre está.

— Te amo tanto que destruí el mundo por ti. — Susurró, su voz era frágil, como la de un niño pequeño, asustado.

Jimin capturó su mano junto con la suya de forma suave, y llevó los dedos ensangrentados del pelinegro a sus labios, chupándolos con una intimidad grotesca y devota. — Y yo te amo tanto que me convertí en el mundo que merecías destruir.

Afuera, a lo lejos, se oyeron las primeras sirenas que se acercaban.

Pero en el almacén, no hubo pánico, solo una calma profunda y resuelta, se vistieron con lo que quedaba de su ropa, sus heridas gritando en protesta. Se miraron una última vez, no había necesidad de palabras, el plan siempre había estado ahí, el final perfecto para su historia imperfecta.

Tomados de la mano, como una pareja cualquiera dando un paseo nocturno, salieron por la puerta trasera y se perdieron en la oscuridad de las vías del tren, dos fantasmas bañados en sangre, amándose con un fervor que solo podía consumirse en llamas. El mundo los perseguiría, sí. Pero nunca, nunca los comprendería, porque su amor era un idioma secreto, un himno escrito en cuchillos y susurros, y ellos eran sus únicos y últimos feligreses.








Fin. 





Aqui les dejo al jimin y jungkook: