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Sukuna Ryomen creció en una casa donde el cariño no existía. Su padre no solo lo golpeaba: lo destruyó desde adentro. Los gritos eran diarios, los insultos constantes, los golpes tan comunes como respirar. Sukuna veía cómo ese hombre gritaba a su madre por cualquier cosa, cómo la empujaba, cómo la retenía como si fuera una propiedad. No la dejaba salir ni hablar con nadie. Controlaba todo lo que hacía, lo que decía, hasta la forma en que respiraba.
Para Sukuna, el amor quedó torcido desde el principio. Amor, para él, significaba que alguien te lastimara “porque te quiere”. Que alguien te aislara para “protegerte”. Que los celos justificaban todo, incluso la violencia. Y el día en que vio a su padre agarrarse a golpes con un desconocido solo por haber mirado a su madre, entendió que así era el mundo: o atacabas, o te dejabas atacar.
No tenía muchos amigos. Solo tres, con los que escribía canciones y las cantaba como si fuera la única forma de no explotar. No eran buenos, no tenían talento, no buscaban fama. Solo buscaban sentirse vivos por un rato.
La música era su manera de no reventar. Sus audífonos rojos, ya rotos y viejos, eran el único cable que lo mantenía lejos de la locura completa. Cuando los tenía puestos, podía desaparecer durante horas, escapando del ruido que le había dejado su infancia.
Y luego estaban las sustancias. Pequeñas, blancas, baratas, peligrosas. Le encantaban. Las usaba cuando no podía controlar la ansiedad, cuando lo invadía un temblor que empezaba en el pecho y le recorría todo el cuerpo. Amaba la forma en que se rompían entre sus dedos; amaba la sensación de quemazón al inhalarlas una y otra vez. Era lo único que lo calmaba, lo único que le daba ganas de seguir vivo otro día.
Creía que no podría amar nada más.
Que nada sería más importante.
Que nada lo controlaría más que ese polvo blanco.
Hasta que lo vio a él.
A Satoru Gojo.
La primera vez que lo vio en la universidad, Sukuna sintió algo tan fuerte que casi le dan ganas de golpear la pared para sacárselo del cuerpo. Era una mezcla de rabia, atracción, necesidad, una especie de deseo violento. No sabía si quería abrazarlo, besarlo o arrancarle la garganta. No sabía qué hacer con lo que sentía. Solo sabía que lo quería. Lo quería de una forma que daba miedo.
Satoru era perfecto. Demasiado perfecto. La manera en que se reía, cómo hablaba, cómo caminaba, cómo movía las manos al explicar algo. Todo era irritante, hermoso, insoportablemente atractivo.
Sukuna lo observaba desde lejos, como un depredador esperando, aunque sabía que nunca tendría el valor de acercarse.
Le molestaba lo mucho que Satoru brillaba. Le molestaba lo fácil que era para él sonreír, tener amigos, existir sin sentir que el pecho le iba a explotar.
Y lo peor de todo: le molestaba lo mucho que lo hacía sentir en paz cuando lo miraba.
Satoru parecía hecho de luz. Piel pálida, cabello blanco, ojos demasiado limpios para alguien como Sukuna. Sukuna imaginaba cómo olería su cuello, cómo se sentiría tenerlo entre sus manos, cómo sería hundir su cara en su cabello blanco hasta llenarse los pulmones de su olor. Pensaba en él e imaginaba flores que cambiaban de color, voces que cantaban en su cabeza. Cosas raras, incómodas, que venían de un cerebro roto.
Nunca le dijo “hola”. Nunca se acercó. No podía. No con su pinta de criminal: tatuajes que subían hasta su cara, ojos rojos que parecían hechos para intimidar, no para enamorar.
La gente le tenía miedo. Sukuna se lo había ganado.
Un día, mientras caminaba por los pasillos, pensó:
“Quiero comerte como una gelatina y tocar tu cuerpo como si fueras un bajo o un violonchelo.”
Era un pensamiento asqueroso, posesivo, torcido. Pero era verdadero. Él quería a Satoru. Lo quería entero. Lo quería para él. Lo quería de una forma que dolía.
La graduación se acercaba. El baile también.
Y aunque sabía que era absurdo, se preguntó si debería invitarlo.
¿Y si aceptaba?
¿Y si de verdad lo miraba?
¿Y si Satoru se daba cuenta de lo que había despertado?
─ Sukuna, aquí estabas ─una mano lo jaló del brazo. Él no volteó. No quería volver al mundo real.
─ Uraume y Kenjaku te esperan en el salón. Ya casi empiezan las clases. Si vuelves a faltar, te van a reprobar.
La voz era tan molesta como siempre. Lo sacaba a golpes de sus pensamientos, de su burbuja donde solo existían él y Satoru.
Cuando se dio cuenta, ya estaba sentado en el aula, mirando fijamente al techo sin recordar cómo había llegado allí. No era nuevo para él perderse así. Su mente se desconectaba sin avisar.
─ Ryomen… ¿lo volviste a hacer? ─una mano se apoyó en su hombro. Preocupación fingida.
─ Por supuesto que lo hizo ─dijo otra voz, burlesca, casi feliz de verlo mal─. Él ya no sabe vivir sin esa mierda.
Las voces se mezclaron, se deformaron, se volvieron ruido.
No quería escucharlos. No quería escuchar a nadie.
Solo quería silencio.
Solo quería Satoru en su cabeza.
Solo quería esa paz que le daba mirarlo, incluso desde lejos.
Cuando terminó la clase, salió casi corriendo. Le temblaban las manos. Le ardía la mandíbula de tanto apretarla.
Estaba harto.
Harto del edificio, de la gente, de su mente, de todo.
Solo quería llegar a su casa.
Encerrarse.
Colapsar.
Y volver a pensar en Satoru… porque Satoru era la única cosa que todavía no lo había traicionado.