LA NOCHE DE LAS MEDUSAS

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Summary

Cuando una lluvia de luces celestes cae sobre la Tierra, el mundo cambia para siempre. Seigi Tanaka, un estudiante universitario tranquilo, despierta tras el impacto de una de estas misteriosas esferas… y descubre que su cuerpo ya no es el mismo. Fuerza, velocidad, sentidos sobrehumanos… y una energía que crece dentro de él sin explicación. Pero el nuevo mundo no trae solo maravillas: trae Cazadores, humanos transformados en depredadores que buscan absorber el poder de otros. Y uno de ellos ya destruyó lo más importante para Seigi. Con su pequeño hermano Kenji a su lado, Seigi deberá cruzar un mundo devastado, donde las ciudades han caído, las reglas se han roto y los humanos cambiados son considerados armas vivas. Entre secretos, enemigos que acechan desde las sombras y un destino escrito por una fuerza desconocida, Seigi tendrá que descubrir qué es realmente… ¿un sobreviviente? ¿un elegido? ¿o algo mucho más peligroso? Un viaje emocional, épico y humano en un planeta que ya no es el que conocíamos.

Genre
Fantasy
Author
Cristian
Status
Ongoing
Chapters
14
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Capítulo 1: Un Viernes Cualquiera

Los viernes en la Universidad de Bethara siempre tenían ese algo especial, como si el campus entero soltara un suspiro largo y cansado después de sobrevivir a otra semana de lecturas infinitas y profesores que parecían vivir en otra línea temporal. Para mí, Seigi Tanaka, llegar al viernes era casi como recuperar una parte de mí que había quedado aplastada bajo montones de apuntes y subrayados fluorescentes.

Salí de Historia Antigua con la espalda hecha un nudo, pero con esa paz extraña que solo aparece cuando el fin de semana está a dos pasos. El pasillo estaba vivo: mochilas cerrándose de golpe, planes gritados sin vergüenza, risas que chocaban entre sí como olas en un muelle. El aire todavía olía a marcador y papel húmedo, pero no me importaba. Inspiré profundo. Por fin.

Mientras esquivaba grupos de estudiantes organizando fiestas, mi mente seguía atrapada entre ruinas y civilizaciones que ya no existen. Sentía todavía ese eco lejano de tablillas, guerreros y jeroglíficos… pero la historia dejó de sonar tan fuerte cuando otro nombre empezó a llenar el espacio en mi cabeza: Lucy Yoshida.


La había visto más temprano en un banco del jardín, leyendo poesía bajo esa luz suave que cae entre las hojas cuando el sol está de buen humor. El brillo en su cabello era casi ofensivo, tan perfecto que hasta daba rabia. Lucy, mi amiga desde la infancia, la única capaz de desmontarme el ánimo con una sonrisa y de ganarle a cualquier profesor en un debate sin despeinarse. Mi cariño por ella crecía como esas plantas tercas que nadie riega pero que igual se las ingenian para tocar la ventana.

A veces, cuando coincidíamos en algún pasillo, nuestras miradas se cruzaban por segundos que parecían demasiado largos. Y ahí, justo ahí, un cosquilleo me recorría la espalda. Siempre tenía la misma duda dando vueltas en mi cabeza: ¿Lucy también siente algo… o soy solo yo jugando a imaginar?

El ruido del campus se diluyó cuando bajé a la estación de metro. El aire cambió de golpe: más pesado, con olor a metal y polvo viejo. El tren llegó arrastrando un viento tibio y el vagón se llenó enseguida. Me agarré de una barra fría, rodeado de mochilas y personas que parecían flotar en sus propios problemas.

—Desde ayer el teléfono no anda bien —escuché murmurar a una mujer detrás de mí—. A mi vecino también le falla la tablet. Rarísimo…

Un comentario cualquiera, uno de esos que uno olvida al minuto. Y aun así, sus palabras se quedaron ahí, vibrando como una nota que no encaja del todo en una canción conocida.

Cuando salí otra vez a la superficie, para tomar el colectivo rumbo al norte, el sol me recibió de esa forma cálida que solo aprecia uno después de dos estaciones subterráneas. Miré cómo el paisaje se transformaba a medida que avanzábamos: los edificios quedaban atrás, reemplazados por espacios más verdes, casas desperdigadas y el olor a tierra después de la lluvia. Ese olor que siempre me decía: Ya casi estás en casa.

El colectivo frenó en mi parada de siempre. Bajé y sentí un alivio físico, como si hubiera dejado un peso enorme atrás. El camino de tierra hacia la granja estaba enmarcado por árboles viejos que parecían disfrutar contándose secretos entre sí. El canto de los pájaros acompañaba el camino, y ahí, a lo lejos, apareció la casa, recortada contra el cielo anaranjado. Una columna de humo se elevaba desde la chimenea: mamá ya estaba cocinando. Me dio una punzada de nostalgia dulce. Ese era mi lugar.

Apenas abrí la puerta, un grito explosivo me golpeó de frente.

—¡No vas a ganar, monstruo feo!


Me eché a reír casi automáticamente. Ahí estaba Kenji, mi hermano de siete años, en plena batalla épica. Su arma: una regla de madera. Su enemigo: un dinosaurio verde, viejo y golpeado, que probablemente había visto demasiadas guerras.

—¡Ahora sentirás mi súper golpe! —anunció con toda la actitud del mundo antes de lanzarle un golpe heroico que mandó al dinosaurio rodando por el suelo.

Cuando me vio, su cara se iluminó como si alguien hubiera encendido una lámpara dentro de su pecho.

—¡Seigi! —gritó, corriendo hacia mí sin frenar.


Me agaché para recibir su abrazo. Kenji siempre tenía ese olor a pasto, a aventura, a infancia en estado puro. Uno de esos abrazos que te recolocan el alma sin pedir permiso.

—¡Estaba peleando contra el Gran Terror! —dijo, señalando al dinosaurio tirado con total autoridad—. ¡Pero Súper Kenji lo venció!

Le despeiné el pelo, sonriendo.

—Menos mal. Si no, la ciudad estaría perdida —dije con seriedad fingida—. ¿Cuál fue tu estrategia?

Kenji infló el pecho como un mini héroe listo para una entrevista.

—Usé la Patada Relámpago. Y después el Golpe de la Espada Mágica. Y… casi me muerde la cabeza. Pero yo no tuve miedo.

—Claramente —asentí—. No cualquiera se enfrenta así a un monstruo verde gigante.

—¡Vamos, Seigi! —dijo, tomándome la mano con fuerza—. ¡Mamá hizo galletas!

Y así me arrastró hacia la cocina, donde el olor dulce confirmaba que mamá había estado trabajando su magia habitual. En ese momento, mientras lo seguía, pensé en lo extraño que era todo: podía pasarme horas analizando imperios caídos, pergaminos antiguos y teorías sobre reyes muertos… pero nada me aterrizaba más que volver a casa y encontrar a Kenji luchando contra dinosaurios de juguete.

Ahí, entre el aroma a comida casera, el ruido de las galletas saliendo del horno y el abrazo apretado de mi hermano, sentí esa paz rara que uno no sabe explicar. Como si todo lo complicado del mundo —la universidad, mis dudas, Lucy y sus luces, mis preguntas sin respuesta— pudiera esperar un rato.

La semana había terminado. Pero, para mí, Seigi Tanaka, la historia —mi historia— apenas estaba empezando.