Despertar en la oscuridad (editado
La oscuridad fue lo primero.
Un vacío espeso, húmedo, pegado a la piel como una segunda sombra. Emily abrió los ojos sin saber si realmente lo hacía; el cuarto era tan negro que la ceguera era idéntica a tener los párpados cerrados. Lo segundo fue el dolor: un latido sordo en la sien, como si le hubieran apagado el mundo a golpes.
Intentó moverse. El suelo de cemento estaba helado y la humedad le erizaba la piel. Un murmullo cercano la obligó a congelarse.
—¿Despertaste? —susurró una voz femenina—. No te muevas mucho al principio. Da mareo.
Emily parpadeó para enfocar. La voz venía de unos metros a su derecha. Cuando sus ojos se adaptaron, distinguió siluetas: mujeres sentadas contra la pared, algunas abrazadas a sí mismas, otras con la mirada perdida. Todas en silencio. Todas temblando.
La pregunta golpeó su mente como un grito interno:
¿Dónde estoy?
Intentó recordar, pero solo encontró un hueco. Como si su memoria hubiese sido arrancada de raíz. El pánico la asfixió de golpe. Se llevó una mano a la cabeza y respiró hondo para no perder el control.
—No te esfuerces —habló otra mujer desde la penumbra—. A todas nos pasó igual… tardan horas en volver las ideas. O días.
Emily tragó saliva. Tenía la boca seca, con un sabor metálico. El aire olía a encierro, a sudor rancio, a peligro inminente.
Trató de incorporarse, pero el suelo pareció girar y tuvo que apoyar la palma contra el suelo. Su mente no procesaba nada, pero su cuerpo reaccionaba por cuenta propia: oído alerta, músculos tensos, respiración contenida. Una parte instintiva sabía que el peligro estaba cerca, aunque sus recuerdos estuvieran envueltos en niebla.
La mujer más cercana soltó un suspiro roto.
—Nos van a vender esta noche.
Las palabras congelaron el aire. Emily no respondió. Apenas podía procesar el encierro, mucho menos el eco brutal que la palabra vender provocaba en su cabeza.
Estiró una pierna y un crujido metálico resonó en el espacio. Buscó a tientas: no eran cadenas. El sonido venía de una cerradura pesada del lado de afuera. Una puerta gruesa, sellada. Estaban atrapadas.
¿Por qué yo?
¿Qué me hicieron?
Las respuestas no llegaron. Lo único real era esa confusión pastosa mezclada con un presentimiento frío que le recorría la espalda. Algo en ella estaba mal… o demasiado bien. Su anatomía recordaba lo que su memoria ignoraba.
Pasos. Pesados. Sincronizados. El eco avanzaba por el pasillo.
Las mujeres se tensaron. Algunas se pegaron a la pared; otras ahogaron un llanto. Emily, en cambio, sintió cómo su respiración se volvía lenta, calculada, automática. Su cuerpo se ponía en modo de defensa sin pedirle permiso.
La cerradura giró.
El guardia abrió la puerta de un golpe seco y la luz del pasillo tajeó la penumbra. Emily entornó los ojos, encandilada. El hombre las observó una por una, evaluando, tasando la mercancía.
Su mirada se clavó en ella.
—Arriba. Es tu turno.
Emily ignoraba qué venía después. Pero una certeza subterránea le advirtió que debía prepararse para algo peor que los golpes.
Algo viejo y letal despertaba en su interior, listo para defenderse.









Muy bien descrito las sensaciones y el escenario. Ese cautiverio que te hiela la sangre y el corazón... ¡Seguiré leyendo!