Capítulo 1 – Despertar en la oscuridad
La oscuridad fue lo primero.
Un vacío espeso, húmedo, pegado a la piel como una segunda sombra. Emily abrió los ojos sin estar segura de haberlos abierto realmente; la habitación era tan negra que todo parecía idéntico a tener los párpados cerrados. Lo segundo fue el dolor: un latido sordo en la cabeza, como si alguien hubiese apagado su mundo a golpes.
Intentó moverse. El suelo era frío. Cemento. La humedad subía desde abajo y le erizaba la piel. Un murmullo cercano la obligó a detenerse.
— ¿Despertó? —susurró una voz femenina—. No te muevas demasiado al principio. Te marea.
Emily parpadeó, tratando de entender. La voz venía de unos metros a su derecha. Cuando su vista se adaptó, distinguió siluetas: mujeres sentadas contra la pared, algunas abrazadas a sí mismas, otras mirando al vacío. Todas en silencio. Todas temblando.
La pregunta surgió en su mente como un grito interno:
¿Dónde estoy?
Pero cuando intentó recordar… nada. Un hueco. Como si su memoria hubiese sido arrancada de raíz. El pánico le golpeó, repentino y sofocante. Se llevó una mano a la cabeza y respiró hondo, tratando de no perder el control.
Otra mujer habló desde la oscuridad.
—No te esfuerces. A todas nos pasó igual… tardan horas en volver las ideas. O días.
Emily tragó saliva. Su boca estaba seca, metálica. Olía a encierro, a miedo, a algo turbio.
Intentó levantarse un poco; el mareo la obligó a apoyar la mano en el suelo otra vez. No entendía nada. Su cuerpo reaccionaba antes que ella: oído alerta, músculos tensos, respiración contenida. Como si una parte instintiva supiera que el peligro estaba cerca, aunque su mente estuviera envuelta en niebla.
La mujer más cercana soltó un suspiro tembloroso.
—Nos van a vender esta noche.
La frase cayó como un balde de hielo.
Emily no respondió. No podía. Apenas podía procesar dónde estaba. Mucho menos por qué la palabra vender tenía un eco tan brutal en su cabeza.
Movió apenas la pierna y un sonido metálico respondió. Miró a tientas: no eran cadenas, pero sí una cerradura del lado de afuera. Una puerta gruesa, asegurada. Estaban encerradas.
¿Por qué estoy acá?
¿Qué me hicieron?
Pero la respuesta no llegaba.
Lo único real era esa confusión pesada, mezclada con un presentimiento frío que le recorría la espalda. Sentía que algo en ella estaba mal… o demasiado bien. Como si su cuerpo recordara lo que su mente no podía.
Pasos. Pesados. Ordenados. Acercándose por el pasillo.
Las mujeres se tensaron. Algunas se apartaron hacia la pared, otras contuvieron el llanto. Emily solo sintió cómo su respiración se hacía más lenta, más controlada… sin saber por qué.
La cerradura se movió.
El guardia abrió la puerta con un golpe seco y la luz del pasillo rasgó la oscuridad. Emily entornó los ojos, aturdida por el contraste. El hombre los observó uno por uno, evaluando, decidiendo.
Su mirada se detuvo en ella.
—Arriba. Es tu turno.
Emily no sabía qué significaba eso. Pero sentía, de algún modo que no podía explicar, que debía prepararse para algo peor que la oscuridad.
Algo dentro de ella despertaba… aunque ella aún no entendiera por qué.