UNO
Taehyung
― Lo llaman doctor Muerte.
Jihyo se puso de pie, viéndome dramáticamente desde más allá de la estación de enfermeras donde estaba sentado en mi computadora registrando a mis pacientes.
La vi por encima de mi pantalla y puse los ojos en blanco.
― Dale un respiro ―dije, escribiendo mis notas―. El tipo lleva aquí once horas. Es su primer día.
― Ese es el punto ―susurró―. Tiene una tasa de muerte del cien por ciento.
Me burlé, pero no volví a levantar la vista.
― No puedes llamarlo así. No necesitamos que los pacientes escuchen a las enfermeras susurrando sobre un doctor Muerte.
― ¿Podemos llamarlo doctor D?
― No.
― ¿Por qué?
― Porque doctor D suena como si estuvieras hablando del pene.
Ella resopló.
― Okey, pero en serio. Alguien debería investigar esto. ¿Seis pacientes muertos?
Vi mi reloj.
― Trabajamos en urgencias, Jihyo. No es del todo inaudito.
― ¿No se supone que tú eres el jefe de urgencias? ¿No es tu trabajo investigar cosas como esta?
Hice un toque final en mi computadora y la vi.
― El doctor Minjoon aún no se ha jubilado y la junta no ha votado por su reemplazo, así que no, no es mi trabajo.
― Pero lo será, lo vas a conseguir. ¿No crees que deberías vestirte para el trabajo que quieres y detener la carnicería? ―Ella dio un paso atrás y se cruzó de brazos.
Podía sentir los ojos de una docena de otras enfermeras invisibles viéndome desde el suelo. Jihyo fue enviada como embajadora. Una vez que las enfermeras se aferraban a algo, no lo soltaban. Este pobre tipo. No le iba a gustar estar aquí.
Dejé escapar un largo suspiro.
― El primer paciente era un hombre de noventa y seis años con problemas de corazón. El segundo fue víctima de un derrame cerebral de ochenta y nueve años que tenía un DNR. Otro tuvo una lesión por aplastamiento en un accidente automovilístico: pude echar un vistazo a las radiografías, y nadie más que Dios podría haber salvado a ese hombre. El paciente cuatro recibió una herida de bala en la cabeza, que no necesito recordarte que es fatal en un noventa por ciento, la víctima estaba en coma sin evidencia de función del tronco cerebral a su llegada. El quinto era un paciente de cáncer en un hospicio, y el seis estaba tan séptico que estaba prácticamente muerto cuando llegó aquí. ―La vi a los ojos―. No. Fue. Su. Culpa. A veces ocurre.
Ella apretó los labios en una línea.
― A veces, pero no en tu primer día ―señaló.
Tenía que estar de acuerdo con eso. Las probabilidades eran un poco bajas, pero aun así.
― Sólo... envíame a todos los nuevos pacientes, ¿de acuerdo? ―dije un poco cansado―. Le falta otra hora, y nada de doctor Muerte. Por favor.
Ella me dio una mirada.
― Es grosero, ya sabes.
― ¿Cómo es él grosero?
― Le dijo a Jooheon que pusiera su teléfono en su casillero. Tú nunca nos obligas a guardar nuestros teléfonos.
― ¿No está Jooheon en una ruptura épica con Changkyun? Probablemente esté revisando su teléfono cada cinco segundos, probablemente yo lo habría hecho guardarlo también.
La puerta de la habitación ocho se abrió y salió un tipo blanco de cabello castaño rojizo vestido con un uniforme médico negro. Estaba de espaldas a mí, así que no podía ver su rostro. Lo observé quitarse los guantes y tirarlos a un cesto de desechos peligrosos, se pellizcó el puente de la nariz, respiró hondo y luego se arrastró hacia los vestidores con la cabeza agachada.
Jooheon salió de la habitación detrás de él y nos vio. Levantó siete dedos y sopló aire entre sus dientes.
Jihyo me lanzó una mirada de te lo dije y negué con la cabeza.
― Nada de doctor Muerte. Ahora ve, haz algo productivo.
Ella hizo un puchero por un segundo, pero luego se fue.
Mi teléfono celular sonó, y lo saqué.
JIMIN: Quiero ir a verte el 19.
Escribí mi respuesta:
YO: Estoy totalmente bien.
No estaba bien, pero tampoco iba a sacar a mi mejor amigo embarazado del cálido abrazo de su periodo de luna de miel para que viniera a pasar el rato conmigo en la casa encantada abandonada en la que se había convertido mi vida. Lo quería demasiado como para condenarlo.
Mi teléfono sonó en mi mano.
Me levanté, me metí en una habitación vacía y pulsé el botón Responder.
― Ya te dije que estoy bien ―le dije.
― No. Voy a ir. ¿A qué hora estarás libre?
― Jimin ―gruñí―. Solo quiero fingir que ese día es como cualquier otro día.
― No es como cualquier otro día, es el día en que tu divorcio es definitivo. Tiene mucha importancia.
― No voy a hacer nada estúpido. No voy a llamarlo borracho. No me voy a embriagar ni a vomitarme en el cabello…
― Estoy más preocupado por ti tirando cócteles Molotov a través de sus ventanas.
Resoplé.
― Supongo que es una preocupación válida ―murmuré.
No tenía exactamente un historial de ser tranquilo y racional cuando se trataba de Bogum. Cuando finalmente descubrí que me había estado engañando, me gustaría decir que actué con aplomo y gracia, una visión de dignidad frente a una insondable traición y angustia. Lo que en realidad hice fue perder la puta cabeza. Tiré mi anillo de matrimonio por el inodoro y regué sus plantas de interior con lejía, luego llamé a su mamá para hacerle saber qué tipo de hombre crio, y ese fui yo apenas comenzando. Me sorprendí incluso a mí mismo con los niveles de mezquindad en los que estuve dispuesto a hundirme. El gran final de las profundidades de mi depravación fue tan vergonzoso que le prohibí a Jimin que lo mencionara hasta el día de hoy.
― A menos que tengas una cita, iré a verte ―dijo.
― Ja. Claro. ―Me senté en una camilla y puse mi frente en mi mano.
Desde Bogum, había pasado por algunas de las peores citas en línea en la historia de Internet. La cantidad de basura que vi en Tinder durante el último año fue tan sombría que, en comparación, Bogum parecía el príncipe azul.
― ¿Aún no has tenido suerte? ―me preguntó.
― El mes pasado tuve una cita con un tipo que tenía un alcoholímetro ordenado por la corte instalado en su automóvil porque había tenido demasiadas infracciones por conducir ebrio, me pidió que soplara en él para que su auto arrancara. Estaba el que se presentó a nuestra cita de café con un tatuaje de una esvástica en el cuello. La última cita a la que fui, la esposa del chico, que no sabía que tenía, se presentó en el Benihana y preguntó si esto era lo que estaba haciendo con el dinero que dijo que necesitaba para los útiles escolares de los niños. Me dijo que no tenía hijos.
Él debe haber palidecido en el teléfono.
― Oh, asqueroso.
― No tienes idea de la suerte que tienes de haber encontrado a Hoseok. En serio. Haz un sacrificio a los dioses de las citas por eso. ―Vi mi reloj―. Me tengo que ir, estoy de turno. Te llamaré después del trabajo.
― Bueno, pero de verdad llámame ―dijo.
― De verdad te llamaré.
Colgamos y me senté por un momento solo viendo la pared. Ahí colgaba un gráfico de evaluación del dolor. Pequeñas caritas de dibujos animados en varias expresiones sobre niveles coincidentes de dolor. Una cara sonriente verde sobre el número cero. Una cara de llanto roja sobre el número diez.
Fijé mis ojos en el diez.
Logré no pensar demasiado en el diecinueve. Tenía la esperanza de que, si no me enfocaba en la fecha, tal vez tendría suerte y pasaría unos días antes de darme cuenta de que había ido y venido. No es como si mucho fuera a cambiar cuando se finalizara el divorcio. Bogum y yo habíamos estado separados durante un año, esto solo era el papeleo oficial.
Pero, aun así.
Tal vez Jimin tenía razón y no debería pasar solo por eso. En caso de que se me acercara sigilosamente y me diera un puñetazo.
La última hora de trabajo transcurrió sin incidentes. Tomé al único paciente que entró, -nadie murió-, pero para ser justos, era solo nuestro habitual Tipo de los chacos con otra conmoción cerebral, por lo que las probabilidades estaban a mi favor.
Me estaba preparando para irme cuando Jihyo volvió.
― Oye, Minjoon quiere hablar contigo antes de que te vayas. ―Sus ojos brillaban―. ¡Eso es todo! ―cantó―. Él te dará el puesto.
Minjoon era el actual jefe de urgencias del Royaume Northwestern. Se jubilaba este mes. Técnicamente se había retirado hace casi un año. Jimin consiguió su puesto y él se había ido, luego, un mes después, él renunció para mudarse al pequeño pueblo de su nuevo esposo en medio de la nada y abrir su propia clínica, por lo que Minjoon regresó.
― No hay forma de que la junta haya votado todavía, así que lo dudo. ―dije―. Pero agradezco la confianza.
Pero luego lo pensé, y tal vez él me daría el puesto.
Ninguna persona aparte de mí había levantado la mano para eso. Nadie más se estaba postulando. ¿Necesitaban siquiera votar? ¿De qué más querría hablarme Minjoon si no fuera de esto?
Caminé por el pasillo hacia su oficina, un poco emocionado. Quiero decir, asumir el nuevo trabajo iba a ser demasiado trabajo. Seis días a la semana, ochenta horas o más, pero estaba listo. Toda mi vida era el Hospital Royaume Northwestern. También podría trabajar a mi máximo potencial.
Toqué en el marco de su puerta.
― Hola. ¿Querías verme?
Minjoon vio hacia arriba y sonrió cálidamente.
― Adelante.
Estaba sentado detrás de su escritorio, con su cabello gris cuidadosamente peinado hacia atrás. Me recordaba a un dulce abuelo. Me gustaba. A todos les gustaba. Había estado en el puesto desde siempre.
― Cierra la puerta ―dijo, terminando algo que estaba firmando. Me deslicé en la silla frente a él.
Terminó su papeleo y lo movió a un lado y me dio una amplia sonrisa llena de dientes.
― ¿Cómo estás, Taehyung?
― Bien ―dije alegremente.
― ¿Y tu hermano, Yeonjun?
Asentí con la cabeza.
― Tan bien como se puede esperar.
― Bueno, me alegra escuchar eso. Una circunstancia tan desafortunada, pero tiene excelentes médicos.
Asentí.
― El Royaume Northwestern es el mejor. Hablando de eso, estoy emocionado de empezar, no es que esté deseando que te vayas ―añadí.
Él se rio.
― ¿Va a haber una votación? ―pregunté―. Nadie más se está postulando.
Se pasó los dedos por el estómago.
― Bueno, eso es de lo que quería hablar contigo. Quería decírtelo personalmente. He decidido retrasar mi jubilación unos meses más.
― Oh. ―Traté de disimular mi decepción―. Bueno. Pensé que Nari y tú se iban a mudar a una villa en Costa Rica.
Se rio con buen humor.
― Lo haremos, pero la selva puede esperar. Me gustaría darles a todos algo de tiempo para conocer al doctor Jeon antes de hacer una votación. Me parece lo justo.
Parpadeé hacia él.
― Lo lamento. ¿Quién?
Asintió en dirección a Urgencias.
― El doctor Jeon Jungkook. Empezó hoy. Fue jefe de urgencias en el Memorial West durante los últimos años. Es un estupendo chico. Bastante calificado.
Me quedé mudo durante diez segundos.
― ¿Estás retrasando la votación? ¿Por él?
― Para darle al equipo la oportunidad de conocerlo.
― Para darle una ventaja ―dije rotundamente.
Pareció un poco sorprendido por mi reacción.
― No, para que sea justo. Tú y yo sabemos que estas cosas pueden ser un poco un concurso de popularidad, y él merece una oportunidad clara.
Lo vi con incredulidad.
― De verdad vas a hacerlo. Retrasar la votación para que él tenga más posibilidades de ocupar el cargo. Yo he estado aquí diez años.
Me vio serio.
― Taehyung, tengo que considerar qué es lo mejor para el departamento. Siempre es preferible un grupo más amplio para elegir. No hay gloria en conseguir el trabajo por defecto…
― No sería por defecto. Sería por mérito. Diez años de mérito.
Me vio pacientemente.
― ¿Sabes? Jimin no fue elegido sin ser cuestionado. La competencia es saludable. Si el trabajo es tuyo, seguirá siendo tuyo en tres meses.
Me senté ahí tratando de respirar tranquilamente por la nariz. Necesité todo mi ser para no soltar: ¡Lo llaman doctor Muerte!
― Son solo tres meses ―continuó Minjoon―. Luego votaremos, y me iré a beber cocos a una playa en algún lugar y espero que tú estés justo donde quieres estar también. Disfruta de la calma antes de la tormenta, tómatelo con calma. Pasa algún tiempo con Yeonjun.
Dejé escapar un lento y controlado suspiro.
Minjoon probablemente conocía a este tal doctor Muerte. Debían ser amigos. Probablemente jugaban golf o algo así. Todo esto apestaba a nepotismo, pero ¿qué opción tenía? Si Minjoon había decidido no retirarse todavía, no había nada que pudiera hacer.
― Gracias por avisarme ―dije rígidamente. Me levanté y salí. En cuanto subí al auto llamé a Jimin.
― Odio al chico nuevo ―dije cuando contestó.
― Bueno, hola.
― Lo llaman doctor Muerte. Mató a siete pacientes hoy. Siete. Primer día.
― Bueno, sucede. ―Parecía distraído.
― Y escucha esto, Minjoon está postergando su retiro para que el chico nuevo pueda tener la oportunidad de obtener la posición de jefe. Es una mierda de club de chicos.
― Ajá ―murmuró.
Escuché por un segundo, entonces me hice para atrás horrorizado.
― ¡Oh, Dios! ¿Están besándose? ¡Estoy en el teléfono!
Él y Hoseok siempre estaban uno encima del otro. Creo que solo salían a tomar aire para comer.
Froté mi sien.
― ¿Puedes echarle un poco de agua fría y hablar conmigo? Estoy teniendo una crisis.
― Lo siento, espera ―susurró algo que no pude oír y se rio, luego él se rio.
Puse los ojos en blanco y esperé. Este año iba a ser mi historia de origen como villano, simplemente lo sabía.
Una puerta se cerró al fondo y él volvió a hablar.
― Okey. Estoy aquí. Cuéntame todo.
― Okey, entonces el chico nuevo es una transferencia importante del Memorial West. Supongo que él fue jefe ahí, por lo que Minjoon quiere retrasar la votación para que todos puedan conocerlo mejor. El tipo es un idiota total, las enfermeras lo odian…
― Bueno, si las enfermeras lo odian, no tienes de qué preocuparte.
― ¡Ese ni siquiera es el punto! ¿Crees que Minjoon haría esto si la transferencia fuera una mujer?
Lo escuché presionar botones en un microondas.
― Eh, sí. Sí. Minjoon es bastante justo. No me lo imagino haciendo de esto una cuestión de género.
― Se supone que debes estar de mi lado.
― Estoy de tu lado. Mira, no hay forma de que no lo consigas. Te hizo un favor. Él acaba de devolverte el verano sin que estés atado a urgencias durante ochenta horas a la semana. Yeonjun te necesita en este momento. Es mejor si estás libre durante los próximos meses mientras él se adapta.
Me quedé callado. Tal como iban las cosas con Yeonjun, probablemente lo vería tanto en urgencias como en casa. Empujé el nudo que siempre se me hacía en la garganta cuando pensaba en mi hermano menor.
― Entonces, ¿cómo es este chico nuevo? ―preguntó, claramente cambiando de tema.
― No tengo idea ―murmuré―. Es como un demonio de las sombras. Cada vez que estoy a punto de entrar en una habitación en la que él está, sale por la otra puerta. Le he visto la parte de atrás de la cabeza un par de veces, pero eso es todo.
― ¿No te presentaste cuando llegó ahí?
― Quiero decir, iba a hacerlo, pero nos dieron una paliza desde el momento en que llegué, y luego, cuando se calmó, no pude encontrarlo. Es como si el tipo se escondiera en un armario de suministros en algún lugar cuando no está declarando muerta a la gente.
― Mira ―dijo, volviendo al tema―. Todo el mundo te ama. Vas a ser el favorito, sin importar quién compita contigo. ¿Y ese chico nuevo? Le doy un mes. Las enfermeras se lo comerán vivo. Serás el primer jefe salvadoreño en la historia del Royaume a fines del verano, te lo prometo.
Lo oí abrir la puerta del microondas.
― Oye, cuando vaya, te haré bollos ―dijo.
Tuve que sonreír a pesar de mi estado de ánimo. Jimin haciendo bollos era comparable a mí saliendo y cortando leña: el infierno se congelaría primero. Realmente él cambió cuando conoció a Hoseok, y para mejor.
Apoyé el codo en la puerta del auto y puse la cabeza en la mano. Me sentí calmarme. Mi mejor amigo siempre me tranquilizaba. A veces odiaba eso de él. Hubo momentos en los que solo quería estar enojado, impulsándome hacia adelante con la fuerza de mi pura rabia. Estaba agradecido por mi capacidad de mantenerme furioso, especialmente durante el último año. La ira es un combustible poderoso. Podía ser muy motivador. Fortificante.
El único problema con la ira es que arde caliente y rápido. No tiende a quemarse por mucho tiempo.
La tristeza quema mucho. Dolor. Decepción.
Me di cuenta de que eso era lo que temía que iba a pasar el día diecinueve. Mi divorcio sería definitivo, mi rabia finalmente se extinguiría y me quedaría con lo que quedaba de mí.
Y eso no era mucho.