LEGACY — KOOKTAE

Summary

Algo pone el mundo de Kim Taehyung patas arriba. La causa: Jeon Jungkook, un carpintero ridículamente sexy, diez años más joven que él y tan informal como parece. Todo lo contrario del sofisticado chico de ciudad que es Taehyung. Y, sin embargo, la química entre ambos es innegable. Si bien los millonarios padres de Taehyung quieren que él continúe con el legado familiar y se convierta en un cirujano de renombre mundial, Taehyung no parece necesitar ni gloria ni fama. Le parece bien con llegar a ser un doctor de urgencias. Y cada minuto que pasa con Jungkook descubre lo que realmente es importante. Sin embargo, dejar que su relación se convierta en algo más que en una aventura a corto plazo significaría darle la espalda a su familia y renunciar a la oportunidad de ayudar a miles de personas. Llevar a Jungkook a su mundo es imposible y, a la vez, tampoco puede renunciar a la alegría que ha encontrado a su lado.

Genre
Romance
Author
rei
Status
Complete
Chapters
38
Rating
5.0 4 reviews
Age Rating
16+

UNO

Taehyung

Las polillas revoloteaban frente a las luces delanteras, que iluminaban una larga franja de hierba. Seguía agarrado al volante, con el corazón desbocado. Había dado un volantazo para esquivar a un mapache que había surgido de la niebla, y me había estrellado contra una cuneta poco profunda, al borde de la carretera. Estaba bien; temblando, pero sin un rasguño.

Intenté poner marcha atrás, pero los neumáticos patinaron en vano. Seguramente, había barro. Mierda. Debería haberme comprado el todoterreno en vez del sedán.

Apagué el motor, encendí las luces de emergencia y llamé a la asistencia de carretera. Me dijeron que debería esperar al menos una hora.

Perfecto. Simplemente, perfecto.

Estaba a dos horas por carretera de mi casa, atrapado en algún solitario lugar entre la funeraria que acababa de abandonar en Cedar Rapids, Iowa, y mi casa en Minneapolis. Estaba hambriento y quería ir al baño. Era el mejor final para la peor semana de mi vida.

Llamé a mi mejor amigo, Jimin, que respondió al primer tono.

— ¿Cómo ha ido tu viacrucis?

— Bueno, solo puedo decirte que ha terminado —dije recostándome en el asiento—. Acabo de estrellar el coche contra una cuneta.

— Vaya. ¿Te encuentras bien?

— Sí.

— ¿Has llamado a la grúa?

— Sí, llega en una hora.

Jimin aspiró aire entre los dientes.

— ¿No has podido cambiarte antes de irte? Seguro que has salido corriendo de allí como alma que persigue el diablo. ¿Dónde estás?

Miré por el parabrisas.

— No tengo ni idea. Estoy literalmente en mitad de la nada. Ni rastro de civilización.

— ¿El coche ha sufrido algún daño?

— No lo sé —dije—. No he podido moverlo para comprobarlo, pero no lo creo. —Me revolví incómodo en el asiento.

Me desabroché el cinturón de seguridad y recliné el asiento todo lo que pude. Me quité los zapatos de medio tacón y los tiré en el asiento del copiloto, luego me di la vuelta para bajarme la cremallera.

No había nadie en los alrededores y por la carretera no había pasado ningún coche durante más de media hora. Sin embargo, justo cuando empezaba el pantalón para usar otros, los faros de un coche se colaron por el parabrisas trasero. Desde luego, era mi día de suerte.

— Estupendo —suspiré acelerando mis movimientos.

Me sentía como si tuviera que quitarme en un tiempo récord una venda compresora de cuerpo entero. Escuché el portazo de un coche y me puse frenético. Forcejeé bajo el volante con las sujeciones de las medias y logré quitármelas antes de que una sombra se asomara por la ventanilla.

Un enorme perro lanudo apareció de la nada y se encaramó a la puerta. Entonces, un hombre blanco con barba y una chaqueta vaquera con cuello de lana se le acercó por detrás.

— ¡Bam! —El hombre apartó al perro y golpeó el cristal con los nudillos—. ¿Va todo bien ahí dentro?

— Estoy bien —dije, girándome para mirar a quien me hablaba—. Un mapache.

Se llevó la mano a la oreja.

— Lo siento, no puedo oír lo que dices.

Bajé la ventanilla medio centímetro.

— Perdí el control por culpa de un mapache —dije subiendo el tono de la voz.

El hombre parecía confundido.

— Sí, hay muchos por la zona. ¿Quieres que te remolque?

— No es necesario, he llamado a la grúa. Gracias de todos modos.

— Si has llamado a una grúa, entonces estás esperando a Wonpil. Y es posible que tengas que esperar un buen rato —dijo mirando hacia la carretera—. Acaba de pedirse su sexta cerveza en el Centro de Veteranos de Guerra en el Extranjero.

Cerré los ojos y exhalé un suspiro. Cuando los abrí de nuevo, el hombre lucía una sonrisa.

— Dame un segundo. Voy a sacarte de aquí.

No esperó mi respuesta. Simplemente, se dirigió a la parte trasera de mi automóvil. Me abroché la cremallera a toda prisa y cogí el teléfono móvil.

— Un hombre me está remolcando —susurré a Jimin.

Acomodé el retrovisor para intentar ver su matrícula, pero sus luces delanteras me cegaron. Escuché un ruido metálico en el exterior. El perro se encaramó de nuevo en la puerta y me miró por la ventanilla. Empezó a mover su peluda cola y ladró.

— ¿Eso es un perro? —preguntó Jimin.

— Sí, es el perro del hombre que pretende sacarme de aquí —dije inclinando la cabeza hacia el perro. Estaba lamiendo el cristal.

— ¿Por qué parece que te vaya a salir el corazón por la boca?

— Porque el tipo apareció justo cuando estaba peleándome con las medias moldeadoras —dije recogiéndolas del suelo para meterlas en el bolso—. Estaba medio desnudo cuando se acercó a la ventana.

Se rio tan fuerte que tuve que apartar el teléfono de la oreja.

— No tiene ninguna gracia —susurré.

— Todo lo contrario —respondió mientras seguía riendo—. ¿Y qué aspecto tiene? ¿Es el típico viejo verde?

— No, en realidad es bastante atractivo —dije intentando atisbar lo que estaba haciendo por el retrovisor.

— Qué sorpresa. ¿Y tú qué aspecto tienes?

Me eché un vistazo.

— Peinado, maquillado y metido en un traje de luto.

— ¿El de Dolce & Gabanna?

— Sí.

— Tremendamente sexi. Me quedaré a la espera por si acaso.

— Te lo agradezco.

— ¿Así que el funeral ha sido un auténtico desastre? —preguntó Jimin.

Dejé escapar un largo suspiro.

— Ha sido un asco. Todo el mundo preguntaba dónde estaba Bogum.

— ¿Y qué les dijiste?

— Nada. Que habíamos roto y que no quería hablar de ello. Además, obviamente, Seokjin tampoco apareció.

— Qué buen momento para estar en Camboya. Se está perdiendo toda la diversión —dijo Jimin.

Mi hermano gemelo tenía la maravillosa costumbre de evitar los dramas familiares. No podía echarle la culpa de que la tía abuela Lil muriera repentinamente en su residencia o de que me dejara sola en la encerrona familiar que se prolongó durante tres días hasta el funeral, pero, con todo, era típico de él.

Bajé la ventanilla un poco más para poder acariciar al perro. Tenía unas grandes cejas de perro viejo y el dorado de sus ojos parecía resplandecer cuando me miraba.

— Mi madre hizo un buen trabajo con el panegírico —dije, rascando la oreja del perro.

— No me sorprende.

— Y Bogum no dejó de escribirme todo el tiempo.

— Tampoco me sorprende. Su única virtud es no tener vergüenza. ¿Le respondiste?

— No —dije.

— Bien hecho.

Más ruidos desde el exterior.

— Bueno, mira, creo que tengo un plan —dijo Jimin—. Cuando vuelvas, ¿podríamos organizar una cita doble?

Solté un gemido.

— No te preocupes. No es nada retorcido.

Seguro. Sería como coser y cantar.

— Quedamos con los dos tíos más guapos que encontremos en Tinder. Alguien posando con un pez o tirándose en paracaídas. Los llevamos a la cafetería que hay delante de la oficina de Woosik, esa en la que desayuna todos los días a las once y media. Y luego, cuando aparezca, fingimos que nunca se nos habría pasado por la cabeza encontrarlo ahí. Entonces, tú derramas torpemente un poco de vino tinto sobre la camisa de mi cita y yo aprovecho para enrollarme con él.

Me atraganté con mi propia carcajada.

— Aunque me encantaría ayudarte a manchar la ropa de tu futuro exmarido —respondí mientras reía—, no tengo previsto tener una cita en mucho tiempo. Ahora mismo, en mi vida, lo último que necesito es otro hombre.

Jimin resopló con sorna.

— Sí, claro.

Suspiré abatido.

— En serio, nunca habíamos estado solteros al mismo tiempo —añadió—. Deberíamos aceptarlo y no andar con paños calientes. Podría ser el verano de los solteros de oro…

— Creo que me apetece más un verano de Los chicos de oro…

Jimin se tomó unos segundos para reflexionar.

— Es otra opción.

Escuché más ruidos metálicos en el exterior y sentí que el coche se movía, como si algo se hubiera enganchado en el parachoques.

— ¿Quieres tomar algo mañana? —preguntó Jimin.

— ¿A qué hora? Tengo pilates.

— Después.

— Vale, claro.

Advertí por el retrovisor que el hombre se acercaba otra vez. Dejé de acariciar al perro y subí la ventanilla hasta casi cerrarla por completo.

— Oye —susurré a Jimin—, el hombre ha vuelto, ahora estoy contigo.

El hombre apartó el perro como antes y se inclinó hacia la ventanilla para hablar conmigo.

— ¿Puedes poner el coche en punto muerto? —dijo por la rendija de un centímetro.

Asentí.

— Cuando te saque de la zanja, echa el freno y apaga el motor hasta que te quite las cadenas.

Asentí de nuevo y observé cómo se dirigía hacia su camioneta. Escuché un portazo y el ruido de su motor. Entonces, noté una sacudida y salí lentamente del terraplén. El hombre revisó mi coche con una linterna y comprobó el guardabarros.

Una libélula se posó en el capó. Se quedó allí completamente inmóvil mientras el hombre se agachaba para examinar los neumáticos. Luego, apagó la linterna y volvió a la parte trasera del coche. Más ruidos de cadenas, y un minuto después lo tenía de vuelta en la ventanilla.

— He echado un vistazo y no veo ningún daño. No deberías tener problemas para conducir.

— Gracias —dije, deslizando dos billetes de veinte dólares por la rendija.

Él sonrió.

— Esto es gratis. Conduce con cuidado.

Volvió a su camioneta y, según se adentraba en la niebla, tocó el claxon levantando amistosamente la mano.