Prólogo
La luz que eligió a la oscuridad
Antes de que los reinos tuvieran nombre,
antes de que la luna aprendiera a observar en silencio y la sombra descubriera cómo obedecer a un rey, existió una verdad que nadie se atrevió a pronunciar en voz alta:
La luz más pura no nace para reinar.
Nace para ser adorada.
Los ancestros de la Primera Civilización lo sabían. Por eso sellaron su conocimiento en piedra, en sangre y en profecías fragmentadas. Sabían que, algún día, un ser de luz absoluta caminaría entre ellos, portando un don capaz de sanar lo irremediable… y de despertar aquello que jamás debió despertar.
Y nació aquel bello ser al cual llamaron el Omega Bendito.
No porque estuviera a salvo, sino porque el mundo lo necesitaría más de lo que jamás lo protegería.
Mientras tanto, en los confines donde la noche se volvió eterna, otro destino se forjaba. Uno nacido del dolor, de la pérdida y de una promesa hecha a la muerte misma. Un rey sin alma, coronado por la oscuridad, condenado a existir cuando todo lo demás moría.
Un rey al que llamarían monstruo.
Un rey al que temerían… sin comprenderlo.
Las profecías nunca hablaron de amor. Jamás advirtieron que la luz podría elegir quedarse.
Ni que la oscuridad pudiera aprender a sostener sin destruir.
Solo dijeron esto:
Cuando la luna se quiebre, cuando la vida se ofrezca sin ser reclamada, y cuando la sombra recupere aquello que perdió, el mundo deberá sucumbir y renacer.
Ellos escucharían el eco de esa verdad.
Algunos intentarían controlarla.
Otros destruirla.
Otros huir.
Pero ninguno podría detener lo inevitable. Porque cuando la luz y la oscuridad se encuentran… ya no obedecen a dioses, ni a profecías, ni a reyes. Obedecen únicamente al vínculo que eligen.
Y esta… es la historia de esa elección.