Prólogo
El sudor frío resbalaba por mi espalda mientras la música retumbaba en las paredes de aquella mansión perdida en los bosques de Maine. El terciopelo de mi máscara me picaba en los pómulos, pero no me la quité. Esa noche, yo no era la invisible Mavis Valerius; era alguien más.
—Estás temblando —susurró él. Su voz era un roce de lija y miel, una frecuencia que vibraba directamente en mi pelvis.
—Es... es mi primera vez —confesé, y las palabras se sintieron pequeñas frente a su imponente figura. Él llevaba una máscara de cuervo, sombras negras que ocultaban sus ojos, pero podía sentir su mirada quemándome.
Él no se rió. No se alejó. En lugar de eso, tomó mi mano con una delicadeza que me desarmó. Sus dedos, callosos por las cuerdas de una guitarra, acariciaron mi mejilla.
—Entonces iré despacio, pequeña. No tienes nada que temer conmigo.
Esa noche, entre sábanas de seda negra y el eco de la lluvia contra el cristal de su camioneta de lujo donde terminamos por la falta de espacio en la casa, él fue mi mundo. Fue un caballero. Me hizo sentir que cada centímetro de mi piel era sagrado. Me entregué con la ceguera de quien cree haber encontrado un alma gemela en medio del caos.
Pero el sol es el peor enemigo de los secretos.
Desperté sola en el asiento trasero del Jeep Grand Cherokee, con el aroma de su perfume todavía impregnado en mi cabello, pero sin una nota, sin un nombre. Solo el silencio. Un silencio que se transformó en náusea cuando, semanas después, en el primer día de clases en St. Jude’s, escuché su risa.
Estaba apoyado contra un automóvil Mustang negro, rodeado de sus amigos, presumiendo de cómo una “niña ingenua” le había rogado que no parara durante las vacaciones.
—Ni siquiera sabía su nombre, pero lloró de lo bueno que soy —dijo Malachai Cross entre carcajadas, mientras sus amigos le daban palmadas en la espalda—. Fue el trofeo más fácil del verano.
Mi corazón no se rompió. Se endureció hasta convertirse en obsidiana. Sentí la bilis subir por mi garganta mientras apretaba las correas de mi mochila. Él no sabía quién era yo. No me reconoció sin la máscara.
Miré mis manos, las mismas que él había besado con ternura falsa. A partir de hoy, esas manos no tocarían el violín para agradar a nadie. Tocarían para destruir.
Él quería una historia de rock y excesos. Yo le daría una tragedia gótica de la que nunca podrá despertar.








