Un cortejo Involuntario.

Summary

Alondra es una asesina profesional con un talento especial: dejar su firma en la piel de sus víctimas. Pálida, fría y peligrosa, vive por el filo de su cuchillo y el peso de las monedas que gana... hasta que se cruza con él. Merlin -un joven tan elegante como inquietante- no se inmuta ante sus intentos de matarlo; al contrario, está convencido de que son gestos de un cortejo tan romántico como letal. Su familia, digna heredera del apellido Addams, opina lo mismo. Durante un año, Alondra lo acechó, lo hirió, y le envió partes de sus víctimas como "respuestas" a las cartas que él le mandaba. Él las atesoraba como si fueran flores secas. Ella, jamás supo que en la retorcida lógica de los Addams, ya estaban comprometidos. Ahora, el destino los reúne en la Academia Nevermore. Alondra, aburrida y con dinero de sobra, solo busca algo que la distraiga... pero Merlin tiene otros planes. Entre clases, pasillos góticos y un pueblo que esconde secretos, se reanudará un juego peligroso donde el filo de un cuchillo y el roce de una mano pueden significar lo mismo. Porque en esta historia, amar y matar son dos caras de la misma moneda Fanfic x Fanfic.

Genre
Romance
Author
Sǐwáng
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Planeo dividir esta novela en capitulos cortos pero largos jajaj, me canse de hacer capitulo x capitulo y cortos.

Palabras: 4606


La bruma cubría el viejo camino que conducía a la mansión Addams. Árboles retorcidos enmarcaban la carretera, y de tanto en tanto, un cuervo graznaba desde las ramas desnudas. Era un día perfecto para cualquiera que disfrutara del silencio... y de los secretos.

Alondraavanzaba por el sendero con pasos ligeros, su silueta casi flotando entre la niebla. Vestía ropa sencilla, pero su rostro angelical —y esa expresión calmada que nunca delataba del todo sus intenciones— contrastaban con la pequeña caja de herramientas que llevaba bajo el brazo. Dentro, descansaban instrumentos finos y afilados, cada uno listo para cumplir un trabajo muy específico.

Ella había oído rumores de la familia que vivía en esa colina: raros, peligrosos... fascinantes. Lo que no esperaba era encontrar, entre sus miembros, a alguien que llamara su atención como lo hizo él.

En el jardín, de pie junto a una vieja fuente cubierta de moho, estabaMerlin. Llevaba una camisa negra y un chaleco gris oscuro, con las manos metidas en los bolsillos. Su piel, blanca como cera, reflejaba la tenue luz del día, y su expresión era tan neutra que casi parecía una máscara. No se movía; parecía estar escuchando algo que sólo él podía oír.

Alondra se detuvo a observarlo desde la verja de hierro, apoyando una mano en la reja.Ese tono de piel... perfecto. Inmaculado. Un lienzo esperando ser marcado. Sintió el impulso de acercarse, de dejar su firma, como un pintor frente a una pared vacía.

Sin hacer ruido, abrió la verja, que chirrió como si lo hiciera a propósito. Merlin alzó la vista hacia ella, sin sorpresa, como si hubiera estado esperándola.

—No eres de por aquí —dijo, su voz tranquila pero cargada de curiosidad calculada.

—Tampoco tú —respondió Alondra con una sonrisa suave, acercándose paso a paso.—Yo vivo aquí —aclaró él, ladeando la cabeza.—No me refería a eso —replicó ella, y sus ojos se clavaron en la curva perfecta de su cuello.

Merlin mantuvo la mirada fija en ella, sin moverse, evaluándola como si fuera un enigma interesante.—¿Vienes por cortesía o por intención? —preguntó.

—Por ambas —dijo Alondra, y sus dedos rozaron el filo de una aguja oculta en su manga.

En ese momento, un aullido lejano interrumpió el silencio. No era un lobo; sonaba más... humano. Merlin sonrió apenas.—La cena está lista —comentó con calma—. ¿Quieres quedarte?

Alondra no respondió. Sólo pensó que quizá, después de cenar, podría empezar su obra pero antes de ella hablar la verja de hierro se cerró detrás de Alondra con un golpe que resonó en el aire frío. Dio unos pasos por el sendero de piedras cubiertas de musgo, sus zapatos apenas haciendo ruido. La mansión Addams se erguía frente a ella, sus torres inclinadas como si se estiraran para atrapar las nubes grises. Ventanas altas, cortinas pesadas... y la sensación de que cada sombra la observaba.

Merlin, aún de pie junto a la fuente, la miró avanzar. No se movió para guiarla ni para detenerla, simplemente esperó.

—No es común que alguien suba hasta aquí —comentó cuando ella estuvo a unos pasos—. La mayoría evita este lugar.—Quizá por eso vine —respondió Alondra, con esa suavidad en la voz que ocultaba una intención más afilada que cualquier hoja.

Él ladeó un poco la cabeza, estudiándola como si fuera una rareza en un gabinete de curiosidades.—Interesante elección de palabras.

El avance de alondra hacia la mansion, por la invitacion recibida de aquel chico de piel de lienzo, caminaron hacia aquel lugar, esperaba que dieran buena comida, las equisites de un vampiro.

La puerta principal se abrió con un chirrido prolongado yGómez Addamsapareció con su sonrisa característica.—¡Un visitante! Y tan joven. ¡Pasa, pasa! —dijo, extendiendo un brazo con teatralidad.

Alondra entró. El aire de la mansión era una mezcla de cera derretida, madera vieja y algo indefinible... como pólvora o tierra húmeda. El gran vestíbulo estaba decorado con cuadros de antepasados de miradas inquietantes, armaduras oxidadas y lámparas de araña cuyos cristales parecían susurrar entre sí.

Desde lo alto de la escalera,Morticiabajó con elegancia sobrenatural. Sus ojos, oscuros y calculadores, recorrieron a Alondra de arriba abajo.—Qué piel tan... tersa —dijo, como si estuviera evaluando la textura de una tela rara.—Gracias —respondió Alondra con una sonrisa educada.

Merlin caminó detrás de ella, siempre observándola. No la presentaba, no decía quién era ni por qué estaba allí. Sólo la seguía como si ya perteneciera al lugar.

Mientras Gómez y Morticia la guiaban por la mansión, Alondra tomaba nota mental de cada rincón: pasillos estrechos, cortinas pesadas que podían ocultar cualquier cosa, alfombras lo bastante gruesas como para amortiguar pasos. Pero su atención volvía siempre a Merlin.

En un momento, él se detuvo junto a una mesa donde descansaba una colección de cuchillos antiguos. Tomó uno, lo hizo girar entre los dedos y luego lo dejó exactamente en el mismo lugar.—¿Coleccionas? —preguntó ella, fingiendo casualidad.—No —respondió él—. Prefiero los objetos que ya tienen historia de uso.

El intercambio fue breve, pero suficiente para que Alondra entendiera que aquel chico no era del todo ingenuo.Y, quizá por eso, sintió más deseo de dejarle su marca.

En la cena, sentados a la larga mesa con candelabros torcidos,Tío Lucasles ofreció un plato de algo que parecía moverse por sí mismo. Alondra fingió probarlo, mientras observaba cómo Merlin cortaba la comida con precisión casi quirúrgica. En un instante calculado, ella dejó caer su servilleta al suelo. Cuando se inclinó para recogerla, sus dedos rozaron su muñeca, dejando un rastro mínimo, casi invisible, con el filo oculto que llevaba en el anillo.

Merlin miró la marca: un corte tan fino que apenas sangraba, pero lo suficiente para dejar una línea perfecta sobre su piel pálida.No dijo nada.En lugar de eso, sonrió.

—Qué gesto tan... personal —murmuró.Alondra sostuvo la mirada.—Considera que es... una presentación.

La cena terminó con un brindis improvisado de Gómez y una carcajada de Tío Lucas cuando la gelatina viva intentó escapar del plato de Pugsley.Merlin y Alondra se levantaron al mismo tiempo, y él la condujo —o más bien, la dejó seguirlo— por el pasillo principal.

La casa estaba en penumbra, iluminada solo por las velas que se retorcían con la corriente fría. El piso crujía bajo sus pasos. Alondra caminaba unos centímetros detrás, la mano derecha escondida en el bolsillo de su falda, donde ocultaba una fina aguja envenenada.

Apenas doblaron una esquina, ella dio un paso rápido, llevando la aguja hacia su cuello.

—Oh, ¡cómo juegan los jóvenes! —exclamó Morticia desde un sillón cercano, sin inmutarse.Alondra detuvo el movimiento, y Merlin... sonrió.—Sí, es un juego muy nuestro —respondió él, sin apartar los ojos de ella.

Morticia asintió con elegancia.—El amor verdadero siempre implica un poco de peligro.

Siguieron caminando. Alondra estaba decidida a intentarlo de nuevo.En el pasillo de las armaduras, aprovechó que Merlin se detuvo para observar una espada antigua y lanzó un movimiento rápido con un fino cable metálico, intentando rodear su cuello.

—¡Ah, lucha de esgrima improvisada! —dijo Gómez, apareciendo con una copa de vino en mano.—Exacto —contestó Merlin con absoluta calma, aflojando el cable y devolviéndoselo como si fuera parte del juego.

Gómez le guiñó un ojo a Alondra.—¡Vas ganando puntos, señorita! El romance necesita... tensión.

Más tarde, en el invernadero, rodeados de plantas carnívoras, Alondra decidió pasar a un método más directo: dejó caer una maceta desde lo alto, calculando que caería justo sobre él. Merlin se movió apenas un paso al costado y la maceta se estrelló a sus pies.

Abuela Addams, que estaba cortando hierbas venenosas, aplaudió.—¡Qué detalle tan encantador! ¡Así es como empieza un noviazgo de verdad!

Merlin recogió un fragmento de cerámica y lo dejó sobre la mesa.—No esperaba menos de ti —dijo, mirándola con ese gesto que no era exactamente una sonrisa, pero que parecía disfrutar del peligro.

Alondra, sin saber si sentirse frustrada o intrigada, guardó su siguiente ataque para más tarde.La familia Addams, mientras tanto, observaba a la joven asesina con una aprobación silenciosa, convencidos de que asistían a un cortejo tan elegante como letal.

no paso muco tiempo hasta que la luna alzo en su reino y cubrio todo con su dominios, claro que ella no iba a desaprovechar las luz de la luna.

La luna apenas iluminaba la mansión, proyectando sombras largas a través de las ventanas góticas.El pasillo que conducía a la habitación de Merlin estaba en silencio, salvo por el tic-tac lejano de un reloj antiguo.

Alondra avanzaba descalza, el filo de una pequeña daga oculta bajo la manga. Su respiración era lenta, controlada, y cada paso caía sobre los tablones más firmes para evitar crujidos.

Empujó la puerta sin hacer ruido. La habitación estaba iluminada solo por la luz plateada que se filtraba entre las cortinas. Merlin estaba en la cama, de espaldas, aparentemente dormido.

Alondra se acercó hasta el borde, levantó la daga y la colocó a escasos centímetros de su cuello.

—Llegas tarde —dijo él, sin girarse.

Ella se tensó, pero no retiró el arma.—No pensé que te importara.—Claro que importa. La espera es parte del encanto.

Sus palabras la desconcertaron un instante, pero se obligó a mantener la postura. Él se incorporó lentamente, sin mostrar miedo, y se sentó en el borde de la cama. La luz de la luna hacía que su piel pareciera aún más pálida.

—Eres muy constante —dijo Merlin—. Eso es... raro.

Antes de que pudiera responder, una voz se oyó desde el pasillo:—¡Qué cortejo tan lin...! —Morticia apareció a mitad de la frase, pero Alondra ya había salido por la ventana, dejando la cortina ondeando.

Morticia sonrió.—...do. —Terminó la palabra para sí misma y cerró la puerta, satisfecha.

Merlin, mirando la ventana abierta, comentó para nadie en particular:—Qué mujer tan encantadora.

No paso mucho ese incidente, la familia addams crei que alondra estaba cortejado a su hijo mayor, pero al parecer todos creen eso enos alondra, ella solo intenta marcar aquella piel, seria un buen marco si no fuera por que ese puede defenderse.

Aquellas “muestras de amor” eran casi todos los dias hasta que en una tarde nublada en la mansión. Merlin estaba en el invernadero, podando con calma una planta carnívora que parecía preferir dedos humanos a insectos.

Mientras cortaba una hoja, se hizo un pequeño corte en la muñeca. Un hilo de sangre fina recorrió su piel pálida.

Sonrió.La línea era fina, casi perfecta. Le recordó a ella.

Se quedó quieto, mirando la herida, y los recuerdos empezaron a fluir.

La mansión estaba helada aquella tarde de enero. El fuego en la chimenea apenas iluminaba el vestíbulo. Merlin bajaba las escaleras, con un libro bajo el brazo, cuando notó un olor metálico en el aire.

Alondra estaba al pie de la escalera, fingiendo acomodar una alfombra. El detalle era sutil: había soltado un par de escalones para que cedieran al peso.

Merlin bajó, sintiendo el leve crujido distinto bajo sus pies. Sonrió.—Curiosa forma de redecorar.

Ella se apartó, y él pasó... justo cuando el peldaño se rompió. Cayó con gracia calculada, rodando sobre la alfombra.Gómez, que llegaba en ese momento, aplaudió.—¡Acrobacias! ¡Eso sí es salud física!Alondra, sin esperar más, se escabulló por el pasillo antes de oír el resto.

Era abril, y el invernadero estaba lleno del aroma dulce y peligroso de las flores venenosas de Morticia.Alondra se ofreció a preparar té para Merlin “con ingredientes frescos”. Lo sirvió con un toque de extracto de Belladona, perfectamente dosificado.

Merlin tomó un sorbo, saboreó... y dejó la taza.—Delicioso. ¿Es nuevo?

Morticia, entrando con una cesta de hierbas, comentó:—Qué detalle tan romántico... —pero Alondra ya estaba abriendo la puerta para irse.

Merlin siguió bebiendo. No murió.Más tarde se quejaría de un leve cosquilleo en la lengua... como si fuera un guiño en vez de un intento de asesinato.

Julio. El calor había hecho que la familia Addams decidiera un paseo al lago cercano.Merlin estaba sentado en un pequeño bote, leyendo, mientras Alondra remaba en silencio.

De pronto, ella soltó un remo y, con un movimiento rápido, empujó el bote hacia la zona más profunda. La intención era clara: volcarlo y dejarlo a merced del fondo.

Pero Merlin se inclinó, hundiendo los dedos en el agua helada.—¿Sabías que hay plantas aquí que estrangulan a quien nada demasiado cerca? Fascinante.

El bote se inclinó peligrosamente... hasta queTío Lucaslanzó un ancla improvisada (hecha de dinamita apagada) para “dar emoción al paseo”.El bote se enderezó. Alondra tomó el otro remo, remando de vuelta a la orilla sin decir una palabra.

Octubre. La mansión estaba decorada para la temporada, aunque eso significaba más telarañas reales que artificiales.Merlin subió al desván para buscar un libro raro. Alondra lo esperaba allí, habiendo colocado una serie de cuchillas ocultas en la viga central, listas para caer con sólo tirar de una cuerda.

Cuando estuvo en posición, ella tiró.Pero en ese instante,Abuela Addamsabrió una ventana, y una ráfaga de viento desvió las cuchillas... para clavar una calabaza en la pared.—¡Hermoso corte! —dijo la abuela—. Me recuerda a mi primer beso.Alondra se fue antes de escuchar esa última frase.

Pero esta vez alondra tenia un cambio de planes.

Invierno otra vez.Alondra esperó a que Merlin estuviera en la biblioteca, solo, con las ventanas cerradas y el fuego bajo.Se acercó por detrás, distrayéndolo con una pregunta banal, y en un movimiento tan rápido como elegante, deslizó su cuchilla por su antebrazo.

El corte fue limpio, preciso. Su firma.

Merlin miró la sangre correr, con una calma inquietante.—Perfecta —murmuró.

Ella no dijo nada.Pero mientras lo veía, sintió que algo faltaba. No era solo la marca lo que buscaba.

Dinero.Llevaba un año allí, y cada momento con él había significado perder contratos, clientes... ingresos. No podía permitirse seguir perdiendo.

Para ella el dinero era escencial en su vida, digo como podra comer y vivir?

Esa noche, Alondra se presentó en la entrada, mochila en mano.—Me voy.

Merlin la miró desde la escalera.—¿Hice algo mal?—No. Sólo tengo que trabajar.

Él inclinó la cabeza, pensativo.—Así que... ¿me dejas para cortejar a otros?

Ella no respondió. Se dio la vuelta y caminó hacia la niebla, todavia pensaba en lo que dijo merlin, Mmm cortejo, cuando la han cortejado?

Merlin se quedó allí, observando hasta que desapareció. Luego, en voz baja, dijo:—Qué forma más fría y maravillosa de romper un corazón.

Alondra no tenia ni la mas remota idea que durante todo este tiempo que trato de asesinar a merlin oh minimo dejarle una marca de ella, creyo que lo estaba cortejado, pero si eso no lo sabe eso, tu no seras capas de poder decirle a alondra que esta cortejo a merlin, verdad?

No paso mucho tiempo fuera de aquella familia, alondra creyo casi por un momento que facilmente se convertiria en familiar tambien.

La ciudad donde se detuvo el tren tenía el tipo de niebla que parece prometer cosas, ya sea un misterio o una siesta eterna. Alondra bajó con la mochila al hombro y el bolsillo lleno de monedas; había pasado el último año cobrando bien, demasiado bien, hasta que las súplicas y los cheques comenzaron a escasear. Dinero no le faltaba, pero el ruido de las transacciones se había convertido en un zumbido molesto. Estaba aburrida, y el aburrimiento, para ella, era peor que la falta de contratos.

Se plantó frente a un puesto donde vendían hamburguesas. La compró sin ceremonias. No por hambre: por hábito. La carne sabía a lo que ahora le sonaba familiar —algo que no era exactamente de vaca— y le provocó una sonrisa torcida. “Mejor”, pensó. “Pero no me engañas: no es lo que me interesa”.

Mientras mordía, un cuervo negro aterrizó en la baranda a su lado, dejó caer una carta envuelta con cera negra y reclinó la cabeza, atento. Alondra resopló sin sorpresa. Ese cuervo era el mismo hijo de rastros que la había seguido todo el año. Merlin y su costumbre de mandarle mensajitos via mensajero emplumado: cartas, notas, y a veces pequeñas cosas envueltas —objetos que él tomaba por muestras de afecto. ¿Cómo diablos sabía el cuervo dónde encontrarla? Alondra había leído algo sobre la memoria de las aves y la ventaja de los negros en las rutas, pero eso no explicaba el empeño romántico del muchacho.

Abrió la nota con un gesto frío. No había palabras largas, solo un sello y una calcomanía de tinta, un dibujo torcido. Al lado venía un paquetito pequeño, atado con hilo. Lo desató por costumbre: dentro había un fragmento pequeño, pulido; Alondra no voltió la vista para verificar su origen. Guardó el paquete en la mochila, y por inercia le devolvió algo al cuervo —un paquetito diminuto también, envuelto en tela— que dejó en la baranda. Para ella, ese intercambio era práctico: pruebas de vida, favores cerrados. Para Merlin, sin duda, era un verdadero intercambio sentimental.

No había respondido con palabras a sus cartas nunca. Sus respuestas siempre fueron de un tipo distinto: objetos, restos tratados, una huella de los trabajos que hacía. Ella se encargaba de que llegaran limpios, casi ceremoniales. Luego, lo que sobraba —lo que para otros sería asqueroso— terminaba en su bolsillo o en su estómago; prefería comer lo que quedaba. No era sangre y espectáculo a lo grotesco; era rutina. Así vivía ella: sin sentimentalismos, con hambre de efectivo y de algo que la entretuviera.

Ese día, mientras aplastaba la última miga de pan, una mujer de cabello blanco como papel apareció a su lado como si siempre hubiera estado allí. No era difícil encontrarla: la mujer parecía surgir de la bruma, con una chalina que olía a hierbas y pasado. Miró a Alondra con una mezcla de curiosidad y reconocimiento.

—He oído hablar de ti —dijo la mujer con voz afilada, pero amable—. No es difícil si se presta atención. Hay un lugar para gente... como tú. Una academia para los que no encajan. Nevermore.

Alondra parpadeó. “¿Una escuela?” pensó. Había pasado años sin depender de nadie, sin entrenadores o mentores; su oficio no necesitaba aulas. Pero la oferta no venía al trapo: el aburrimiento la había vuelto receptiva, y además, no quería comprar ni alquilar nada todavía. Nunca fue mucho de establecerse.

—¿Qué ganas tú con esto? —preguntó, directa.—Nada que te robe la libertad —respondió la mujer—. Solo una cama y gente con quien no tendrás que fingir normalidad. Además, es gratis por ahora.

“Gratis” era una palabra que podía comprar su atención. Alondra asintió con un pequeño gesto. No era que creyera en los cuentos; era que necesitaba ocupar el tiempo.

Llegar a la academia fue como encontrarse con una versión institucional de la mansión Addams: una casa gigantesca con torres, piedras que crujían, y un bosque abrazándolo todo. No había un pentágono iluminado en el centro (gracias al cielo), pero había un parque que parecía devorar la luz del atardecer. Ella sonrió con la primera bocanada de aire: bueno, al menos tenía buen paisaje.

La recepción olía a cera y té de algas; en el comedor había mesas largas y un tablero con el menú que, para sorpresa de Alondra, listaba cosas que en otros lados estaban prohibidas: lobo en salsa, “pescado” de orilla (ella supo y no le dio más vueltas; había probado carne de sirena una vez y era exquisita, aunque ilegal para algunos). Recordó a los que había dejado atrás: la escuela no le pedía explicaciones, solo la aceptaba. Eso le bastó.

La mujer de cabello blanco la acompañó hasta la oficina de la directora, una mujer de gesto severo que Alondra decidió imaginarse “con cara de Mónica” por pura diversión. La directora se llamó Larissa y tenía esa mezcla de formalidad y algo cercano a la indiferencia que no molestó a Alondra. Le mostró un documento, sellos, reglas: horario, materias, y una línea que le llamó la atención: “Normas de habitación: no se permitirá la convivencia entre géneros en dormitorios.” Alondra arqueó una ceja y pensó en voz alta:

—¿En serio? ¿Ni un solo hombre en la habitación? Por favor.Larissa sonrió socarrona, pero sin entrar en conflicto. A la gente de la academia no le interesaban sus comentarios.

La directora la dejó con un guía de horarios: un chico llamado Enid que, a diferencia de lo que Alondra esperaba, era un chico (sí, un chico) con sonrisa franca y una camiseta demasiado colorida para el lugar. Enid la llevó por un tour que incluía el “pentágono” (un nombre que usaban para el patio central), el comedor, bibliotecas y un mapa del bosque.

—Te va a gustar —dijo Enid con entusiasmo—. Aquí hay de todo: vampiros perezosos, sirenas que estudian acústica (muy reservadas), licántropos que vienen por la clase de historia y chicos con rostros sin facciones que son terriblemente buenos en interpretaciones.Alondra observó a los rostros mientras pasaban: sin facciones, con ojos demasiado brillantes, con cicatrices. Todo le parecía normal. Mucho menos extraño que el mundo real donde los clientes soplaban fortuna y desaparecían.

Enid se detuvo frente a la puerta de su cuarto y le explicó lo del reglamento: “No meter hombres” le dijo, con tono muy serio, como si la norma fuera hecha para proteger algo sagrado. Alondra soltó una carcajada baja.

—¿Me crees así de simple? —respondió—. Imposible. Soy como una mantis: me lo como si se acerca demasiado.Enid parpadeó sorprendido y se rió nervioso; no estaba seguro de si era broma.

La llave del cuarto era una placa vieja con su nombre. Entró. El cuarto era austero, con una cama, un armario grande y una ventana que daba al bosque. No compartía habitación con Enid; le habían dado una para ella sola. Satisfecha, dejó la mochila en el suelo, abrió la ventana y miró el bosque. Era silencio y promesa: suficientes bocas por descubrir, si quisiera.

Esa noche, antes de dormir, encontró otra carta en la almohada: un trocito de tela con un sello del cuervo. Sabía que Merlin no la perdería de vista, aunque no quisiera. Sonrió con ironía y dejó la nota en un cajón. Aquí, en la academia, tal vez las cartas se convertirían en otro juego.

Afuera, el bosque susurró como si supiera algo que ella aún no sabía: que en esa escuela no se aprenderían solo técnicas y nombres, sino formas nuevas de aburrimiento, y también, quizá, de peligro. Alondra cerró los ojos. El dinero ya no la mantenía despierta; la novedad sí. Y al fin, eso bastaba.

El cuarto de Enid olía a pegamento de manualidades y a colonia barata; era pequeño, lleno de posters doblados y un colchón con sábanas demasiado alegres para aquel lugar. Alondra había dejado la mochila en el suelo y se tumbó en diagonal sobre la cama, leyendo una etiqueta de la almohada como si fuera un documento interesante. Enid, sentado en su escritorio, le hablaba de profesores, de clubes raros y de la mesa de comidas, donde un pescadito en conserva tenía más derechos que en otros lugares.

—No sé por qué te sorprende —dijo Enid, encogiéndose de hombros—. Aquí todo el mundo tiene algo raro. Incluso los libros tienen un humor peculiar.

Alondra rió, pero solo con la mitad de la boca. Le agradaba la facilidad de Enid, la manera despreocupada en que organizaba la vida; era una novedad después de años midiendo tiempos y billetes.

En ese instante alguien llamó en el pasillo y la puerta se abrió con la parsimonia de quien sabe que todos van a mirar. Entraron cuatro personas: un hombre de traje oscuro impecable y mirada tranquila, una mujer de rasgos afilados que caminaba como si el suelo fuera suyo y un niño pequeño que sujetaba la mano de la mujer con firmeza. Detrás, la directora Larissa cerraba la comitiva con paso solemne.

Y entre ellos, quieto como una estatua, estaba Merlin.

El cuarto guardó silencio por un par de segundos. La presencia de Merlin en el umbral era como una gota fría en el aire; no había hostilidad explícita, solo aquella clase de calma que obliga a que la gente se acomode en su lugar.

Enid miró a Merlin con curiosidad honesta, sin reconocerlo.—Eh... hola. ¿Eres nuevo roomi? —preguntó.

Merlin ladeó la cabeza y miró a Enid con los ojos del que mide piezas en un tablero.—Podría decirse que sí. —Su voz era baja y clara—. Soy Merlin.Enid sonrió y extendió una mano; Merlin no le tomo de la mano, el simple hecho de tener contacto era algo que no le causaba una buena sensacion de malestar bueno.

— Mi hijo es alergico a los colores— la voz del señor gomez saco de onda a enid.

Eso sin duda saco de onda a alondra, digo cuando estaban en la masion el aveces la sujetaba, oh le agarraba la mano, ph tal vez jamas se dio cuenta si habia contacto con alguien mas aparte de ella y la familia de merlin..

Detras de merlin estaba la directora con la familia de merlin, su hermosa madre, quien ella no nego que tuvo un panic muy profundo y a su padre, y su “tierno ” hermano, (sentira que pericles si podria sobrevivir a un canibalismo, por tanta carne), Morticia la miro y una sonrisa le dio al igual que el señor gomez, y pues pericles solo la saludo.

—Oh pero si es mi querida guadaña de sangre, hace mucho no teniamos comunicacion salvo los hermosos regalos que le dabas a merlin—

Ante eso alodnra solo alzo una ceja y miro a merlin, desde cuando ella le envia regalos? digo solo le dio resto de sus victimas, para que dejara de molestar.

Antes eso la directora weens vio calramente que alondra estaba involucrada con la familia addams, y tal vez era una amiga aun que era mentira para si misma, sabia que podria haber el tipico romance de los addams.

—Bueno merlin tu compañero de cuarto sera Enid Sinclair, el te dara un tour por toda la instalacion y tu horario, ya que tambien esta alondra esta la puede acompañar a ambos, mientras hablo con tus padres—

Ante eso alondra solo suspiro, apenas habian pasdo 15 minutos que ella se acosto en la cama de ahora merlin, dios si no fuera por que no es depediente de sus poderes, iria flotando pero eso haria que ella se volviera floja y perdiera resistencia.

Los tres salieron de aquel cuarto, alondra solo se coloco los audifonos y empezo a caminar meniando su cabeza, se le ocurrio un plan para salirse de esta.

—Enid perdona pero me acorde de que habra un examen malana en herbologia por lo cual no eh estudiado nada, as iq eu me voy, byeee—

Alondra corrio lo mas rapido dejando con la palabra a enid y una mirada amarga de merlin, quein solo rodeo los ojos, merlin sabia que tonta no eras y mucho menos creria esa semeante idiotes de examen mañana.

Soportar era lo que debia hacer ahora, lo unico que faltaba es que ahora la mismisima alondra se diera cuenta de que todos saben que merlin y ella son prometidos, todos saben menos ella, que sera la novia, que chiste verdad?

Pero dime lector, estas seguro de pasar tu vida con merlin? sabes como aman los addams? su amor es una locura que cualquiera no podria entender ni mucho menos tener, tu te atreves?.


Disculpen si ven errores de hortografia :,3