Capítulo 1
NARRADOR
Derek Hale se encontraba en la cocina de su hogar, muy ajetreado. Estaba preparando numerosos y variados dulces de Navidad, entre los cuales destacaban turrones de chocolate, muñecos de jengibre, roscón, galletas de hojarasca, magdalenas, y hojaldres. Eran tantos que podría alimentar a todo el pueblo si quisiera. Más al ojiverde solo le interesaba complacer a una persona.
Se acercaba rápidamente la noche y sabía que él llegaría pronto, lo que le llenaba de ilusión.
Durante muchísimos años la Navidad había sido una época horrible y terriblemente dolorosa para él. Al contrario de la mayoría de personas de su ciudad natal, Derek no tenía a nadie con quien celebrar dichas fechas tan especiales, puesto que había perdido absolutamente a toda su familia cuando era muy joven.
Se sentía inmensamente solo, y su sentimiento de soledad tan solo se incrementaba al ver a las personas disfrutando alegres con sus seres queridos. Motivo por el cual solía encerrarse en su casa y no salir hasta que la época navideña acabara, ya que era demasiado doloroso contemplar lo que él jamás podría volver a tener.
No obstante, todo cambió hace un par de años.
Santa, como cada año, iba recorriendo los hogares de todas personas de buen corazón, dejando en cada uno los regalos correspondientes. Mas, al deslizarse por la chimenea de la gran casa Hale, escucho un leve sollozo que le hizo detenerse.
No era un sollozo como los que, en más de una ocasión, había escuchado al entrar en los hogares a horas intempestivas. Aquel sonido transmitía verdadera tristeza y dolor.
Movido por un impulso, Santa se dirigió hacia el lugar de la casa de donde provenía, decidido a averiguar qué estaba ocurriendo.
Mientras recorría la enorme casa, Santa frunció el ceño, ya que no había ni una sola decoración navideña y todo estaba sumido en una oscuridad silenciosa que le resultaba extraña. Pero su confusión se desvaneció en cuanto vio a un hombre sentado en cuclillas en el suelo, llorando con un desconsuelo tan profundo que parecía el de un niño pequeño.
Su instinto le hizo acercarse al hombre y consolarlo, a pesar de que supuestamente según las reglas de su trabajo nadie debía verlo.
Santa se arrodilló junto al hombre y le frotó la espalda con sus manos cubiertas por sus suaves guantes, pero este se sobresaltó al sentir el contacto inesperado de otra persona.
Levantó la cabeza alarmado, pero al ver a quien tenía frente a él se quedó boquiabierto, incapaz de articular palabra.
Al principio Derek creyó que alguien había entrado en su casa con un disfraz bastante impresionante, más tras inspeccionarlo con sus sentidos sobrehumanos instantáneamente sintió la magia que emanaba del hombre de rojo, y comprendió de inmediato que no era un disfraz, sino que ante él se encontraba el verdadero Santa Claus.
Fue entonces cuando sus miradas se encontraron. En ese preciso momento ambos sintieron una conexión inmediata, al mismo tiempo que durante tan solo unos segundos, en los ojos de cada uno brilló la imagen de un copo de nieve idéntico.
— ¿Sa... Santa?– finalmente logró articular Derek en un pequeño murmullo desconcertado.
Siempre había imaginado a Santa Claus como un señor mayor, de barba y cabello completamente blancos, con una enorme barriga que se agitaba cuando reía. Pero a Derek la realidad le pareció infinitamente mejor, pues era imposible negar lo atractivo que le resultaba el hombre que tenía ante él.
El aludido asintió con una sonrisa, aún recuperándose del impacto que le habían provocado los ojos del otro hombre.
— Así es– respondió con dulzura, limpiando las lágrimas de aquellos bellos ojos– Aunque mi verdadero nombre es Stiles– aclaró, sin saber bien por qué.
Él jamás había revelado su nombre real a nadie desde que se convirtió en Santa Claus, ni siquiera a sus elfos más cercanos.
— Creía que no eras real...
— Dijo el hombre lobo– lo interrumpió Santa, soltando su profunda y característica risa y provocando que Hale se sonrojara.
— ¿Cómo...?– intentó preguntar, pero enseguida se respondió a sí mismo– Claro, eres Santa...
— ¿Si pensabas que yo no existía, entonces quien creías que te dejaba los regalos?– preguntó Santa con diversión, inclinando la cabeza con una suave sonrisa.
— No sé...– murmuró Hale sintiendo como el rubor le subía a las mejillas– Pensaba que era algún amigo.
Bajo la mirada, jugueteando con sus dedos al tiempo que buscaba palabras que no dolieran tanto.
— Aunque, para ser sincero... siempre me resultó muy extraño– continuó con la voz quebrada– Se acordaba de mí para dejarme algún regalo cada año, pero...– tragó saliva, sintiendo el peso de la deprimente verdad– no se acordaba de que estoy completamente solo...– soltó una risa amarga– Creo que... no pensé demasiado en de quien los dejaba por qué prefería imaginar que venían de alguien que todavía se acordaba de mí..., a quien todavía le importaba.
Levantó la vista hacia Santa, con sus ojos todavía brillando de tristeza.
— Gracias... por acordarte de mí, supongo– murmuró Derek con una mezcla de pesar y timidez, queriendo aligerar el intenso y dramático ambiente– Aunque, bueno... ese es tu trabajo, ¿no?– trato de sonreír, pero la mueca se quebró antes de formarse del todo.
Stiles sintió como su corazón se apretaba en su pecho al ver al hermoso hombre que tenía delante, tan roto y tan abatido, por lo que tratando de hacerle sentir algo mejor extendió su mano enguantada y acarició la mejilla del moreno.
Antes de ser Santa Claus, Stiles se había sentido enormemente solo, terriblemente roto y sin poder contar con nadie, la mayor parte de su vida, por lo que lo comprendía a la perfección como se sentía el lobo.
Stiles había perdido a sus padres siendo muy joven, demasiado joven para comprender que era la muerte, y el orfanato al que fue enviado era un lugar frío y horrible, donde la idea de recibir cariño era un sueño lejano.
Con los años, Stiles aprendió a sobrevivir, a hacerse pequeño, a no esperar nada de nadie. Y así, poco a poco, la esperanza dejó de existir en su interior.
Fue así hasta que, una noche mágica el anterior Santa, cuyo nombre real era Noah, apareció frente a él, lo miró con unos ojos sabios, cansados, pero llenos de bondad y le explicó con voz suave que había sido elegido para ser el próximo Santa Claus.
Stiles nunca se preguntó por que lo habían escogido a él. Tras toda su vida viviendo en la oscuridad simplemente se sintió afortunado de que le otorgaran semejante honor.
Desde aquel día, cada día agradecía a la magia que lo había elegido. Pues ser Santa no solo le devolvió la alegría, también le dio un propósito, un motivo para vivir, una razón para levantarse, para sonreír, para tener esperanza.
Santa deseaba poder otorgarle al hombre que tenía delante la misma alegría que él recibió en su día, por lo que le pidió a Derek que le explicara el motivo de su tristeza y de su soledad.
Stiles en el fondo sabía que aquello era una excusa, pues por algún motivo que desconocía deseaba con todo su ser conocer más a esa hermosura.
El ojiverde dudó. Al principio no quiso contárselo, puesto que hacía años que nadie lo escuchaba, y que no tenía a alguien con quien hablar. Las pocas amistades que había hecho en su vida se habían alejado con el tiempo, incapaces de soportar el carácter y actitud depresiva del ojiverde.
Pero Stiles insistió.
Sin embargo, al ver que al lobo estaba inseguro y que le costaba abrirse, fue el propio Stiles el que dio el primer paso. Él decidió dar ejemplo, confiándole su propio pasado, abriendo ante Derek esas heridas que casi nunca mostraba a nadie, confesando cómo había sido su vida antes de convertirse en Santa, cómo había sufrido, cómo la magia lo había salvado justo cuando él creía que ya no quedaba nada por lo que luchar.
Al sentirse identificado con el dolor del hombre de rojo, Derek no tardó en comenzar a hablar. Primero con torpeza, luego con más fluidez, hasta que las palabras se desbordaron. Le confesó todo su sufrimiento, año tras año acumulado.
Le habló de su pérdida, de las traiciones, de los silencios interminables, de la sensación de estar condenado a no ser querido jamás, de lo difícil que era fingir que no pasaba nada, cuando en realidad por dentro se desmoronaba un poco más cada día.
Y, sorprendentemente para él, hablar no lo destrozó. Al contrario, sintió un alivio inesperado al liberar por fin todo aquello que llevaba dentro.
Por primera vez en años se sintió escuchado. Se sintió visto.
Pero esa sensación no fue nada en comparación a cuando Santa lo estrechó entre sus fuertes brazos. Lo hizo con tanta ternura que Derek se quedó sin aliento por un instante. Sintió una calidez suave y envolvente expandirse en su pecho.
Sin embargo, mientras su rostro descansaba contra el pecho del hombre de rojo, una voz insistente surgió en su mente. Una voz fría y cruel, acostumbrada a apagar cualquier destello de esperanza en él.
“No deberías sentirte así. Él debe irse. Tiene un trabajo, un deber. Debe repartir regalos, no estar a tu lado. No te ilusiones... no lo volverás a ver.”
La idea le atravesó el corazón como una punzada. Porque era cierta. Stiles no pertenecía a su mundo. Él era Santa Claus, y eso significa que no se quedaría. No podía quedarse. Y aunque, con muchísima suerte, Derek pudiera verlo unos instantes cada Navidad, serían momentos fugaces, robados al tiempo. Visitas de un solo día.
Ese pensamiento le hizo bajar la mirada, temiendo que el abrazo terminara en cualquier momento, temiendo que esa calidez desapareciera, como todo lo bueno en su vida.
— Gracias... Stiles...– murmuró Derek, aferrándose unos segundos más a aquella calidez que había encontrado en los brazos del ojimiel– De verdad necesitaba algo así...– respiró hondo, y, con evidente esfuerzo, añadió en un murmullo– Pero... debes volver a repartir los regalos...
Fue un recordatorio no solo para Stiles, sino para que él mismo no olvidara quién era el otro hombre en realidad. Lo irónico era que él propio Stiles durante esos instantes, mientras sostenía al moreno entre sus brazos, también lo había olvidado. Sin saber explicar bien el motivo Stiles se había sentido completo de una manera que jamás había experimentado.
Derek alzó la mirada, y sus ojos verdes brillaron con una mezcla de tristeza y aceptación.
— El mundo te necesita...– dijo con una sonrisa apagada, la clase de sonrisa que intenta ser fuerte.
Mas, no tuvo fuerza para soltar el abrazo. Sentía que en esos brazos había encontrado algo que llevaba años buscando sin saberlo, había encontrado el lugar donde dejar de sentir frialdad y soledad.
— Joder... es cierto...– murmuró Stiles, rompiendo el abrazo a regañadientes.
A continuación se giró hacia la zona de la casa por la que había llegado, dispuesto a marcharse para seguir con su trabajo. Podía sentir cómo el deber tiraba de él, pero también podía sentir cómo su corazón tiraba en la dirección contraria.
Dio un paso, y luego otro.
Mas, justo cuando estaba a punto de alejarse, en su mente se rebeló una idea.
Se volvió de golpe, y miró a Derek directamente a los ojos. A esos preciosos ojos verdes que lo habían desarmado desde el primer segundo.
— Ven conmigo– soltó sin pensarlo.