Navidad en casa – Minsung ✨

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Summary

Minho volvió a casa después de diez años, justo en Navidad. Jisung nunca se fue... ni dejó de esperarlo. Fueron mejores amigos, casi algo más, y se separaron sin decir lo que sentían. Ahora, entre recuerdos, silencios incómodos y una última noche antes de Navidad, deberán decidir si el amor que nunca se confesó aún tiene un lugar donde volver. Porque a veces, el verdadero milagro no es regresar... sino animarse a quedarse. . . . . . . . . ▫️Único capítulo ✨ ▫️ Historia de mi propia autoría.

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ESPECIAL DE NAVIDAD 🎄

17 de diciembre

Minho:

El avión aterrizó en Seúl a las seis y veinte de la tarde.

Minho no se levantó de inmediato cuando apagaron la señal del cinturón. Se quedó sentado, con las manos apoyadas sobre los muslos, sintiendo cómo el murmullo del resto de los pasajeros se deslizaba a su alrededor sin tocarlo del todo. A través de la ventanilla, el cielo de invierno era de un gris apagado, sin nieve todavía, como si incluso el clima estuviera conteniéndose.

Había imaginado este regreso cientos de veces.

Ninguna se parecía a esto.

Tomó su abrigo del compartimiento superior y avanzó con pasos lentos por el pasillo. Cada movimiento tenía un peso extraño, como si su cuerpo supiera algo que su mente aún no terminaba de aceptar: esta vez no venía de paso.

El taxi lo dejó frente a la casa familiar poco después de las siete.

Las luces exteriores ya estaban encendidas, y una guirnalda torcida decoraba la puerta principal. La reconoció de inmediato.

Era la misma que su abuela insistía en usar todos los años, incluso cuando una mitad ya no encendía.

Al bajar, el frío le mordió la cara.

El barrio estaba igual.

Demasiado igual.

El mismo árbol frente a la casa de los Kim, la misma vereda agrietada, la misma farola que parpadeaba como si fuera a apagarse en cualquier momento. Minho se quedó quieto unos segundos, valija en mano, respirando despacio.

Estoy acá, pensó.

De verdad estoy acá.

Entró.

El olor a comida caliente lo envolvió de inmediato. Su madre apareció desde la cocina con una expresión que se le quebró apenas lo vio.

—Minho…

No dijo nada más. Lo abrazó con fuerza, como si quisiera anclarlo físicamente a ese lugar. Él respondió el abrazo con la misma intensidad, cerrando los ojos.

—Llegaste temprano —dijo ella al separarse, limpiándose una lágrima rápida—. Pensé que ibas a venir más cerca de Navidad.

—Quería… tiempo —respondió Minho.

No explicó para qué.

Esa noche cenaron juntos, hablaron de cosas pequeñas, de vecinos, de parientes lejanos. Minho respondió, sonrió cuando correspondía, pero su atención se deslizaba una y otra vez hacia la ventana.

Hacia el barrio.

Hacia las tres cuadras que los separaban.

Se fue a dormir temprano. O lo intentó.

Su habitación seguía siendo la misma. El escritorio contra la pared, el estante torcido, la mancha tenue en el techo que nunca se arregló del todo. Se sentó en la cama y dejó que el silencio lo envolviera.

Entonces, sin permiso, Jisung apareció en su mente.

No como era ahora —eso todavía no lo sabía—, sino como la última vez que lo había visto.

Dieciséis años.

Parado en la vereda.

Las manos en los bolsillos.

Esperando algo que nunca llegó.

Minho se pasó una mano por el rostro y cerró los ojos.

—No ahora —murmuró, como si pudiera negociar con sus recuerdos.

Pero no funcionó

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FLASHBACK

—¿De verdad te vas?

La pregunta había salido baja, casi accidental.

Jisung estaba apoyado contra la baranda de la escalera, mirándolo desde abajo. Minho sostenía la mochila en una mano. El taxi todavía no había llegado. Todavía había tiempo.

—Sí —respondió Minho—. Es una buena oportunidad.

Jisung asintió despacio.

—Ah.

Ese ah fue lo único que dijo.

Minho esperó. Esperó un reproche, una súplica, cualquier cosa que lo obligara a quedarse. Pero Jisung solo lo miró, con esa expresión demasiado adulta para sus dieciséis años.

—Bueno —dijo al final—. Suerte.

Y fue en ese instante, justo ahí, cuando Minho supo que había hecho algo irreversible

fin del flashback.

Minho abrió los ojos sobresaltado.

El reloj marcaba la una de la madrugada del 18 de diciembre.

Giró la cabeza hacia la pared, respirando hondo.

Todavía no lo vi, pensó.

Todavía no sé si sigue acá.

La idea lo tranquilizó y lo atormentó al mismo tiempo.

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Jisung // 17 de diciembre

Jisung supo que Minho había vuelto antes de verlo.

Fue un rumor primero. Una frase suelta en la panadería. Una mención casual en la boca de un vecino. Nada concreto, pero suficiente para que algo dentro de él se tensara como una cuerda vieja.

—El nieto de la señora Lee volvió, ¿no? —dijo alguien—. El que se fue al extranjero.

Jisung no levantó la vista del mostrador.

—¿Ah, sí?

—Sí, ayer o anteayer. Lo vi bajar del taxi.

El corazón le dio un golpe seco.

Volvió a su departamento con las manos temblorosas. Cerró la puerta con cuidado, apoyó la frente contra la madera y se quedó ahí unos segundos, respirando despacio.

No puede ser, pensó.

No ahora.

Caminó hasta el dormitorio y abrió el cajón inferior del placard. Debajo de ropa vieja, envuelto en una bolsa de tela, estaba el adorno.

Lo sacó con cuidado.

Era torpe, hecho a mano, con pintura descascarada y un lazo torcido. Una estrella que nunca había quedado simétrica. La habían hecho juntos una tarde cualquiera, riéndose, manchándose las manos.

Jisung la sostuvo entre los dedos como si fuera frágil.

Debajo, escondida entre papeles, estaba la foto.

Dos chicos demasiado jóvenes. Demasiado juntos. Sonriendo como si el mundo no pudiera tocarles.

En la parte de atrás, la letra desprolija decía:

“Siempre a tu lado ♡”

Jisung cerró los ojos.

—Mentiroso —susurró.

Pero aun así, volvió a guardar todo con cuidado.

La Navidad estaba cerca.

Y Minho también.

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18 de diciembre // Minho

El barrio tenía una forma particular de despertarse en invierno.

No era ruidoso, no del todo. Era más bien una suma de sonidos pequeños: una persiana que se levantaba, pasos apresurados sobre la vereda húmeda, el murmullo distante de una radio encendida demasiado temprano. Minho se apoyó en el marco de la ventana con una taza de café entre las manos y dejó que todo eso lo atravesara.

Había dormido poco.

Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Jisung —dieciséis años, la mochila colgada de un solo hombro, esa mirada que nunca reclamaba nada— volvía a instalarse en su pecho como una presión constante.

Todavía no lo vi, se recordó.

Tal vez ni siquiera quiera verme.

Esa posibilidad era la más lógica. Y, sin embargo, no era la que más miedo le daba. Lo que realmente lo aterraba era encontrárselo y descubrir que ya no significaba nada.

Salió de la casa poco después del mediodía. Dijo que iba a caminar un poco, a despejarse. Su madre lo miró con una expresión que no preguntaba nada, como si supiera que algunas cosas necesitaban silencio.

Caminó sin rumbo fijo, dejando que sus pies lo llevaran por calles conocidas. Pasó frente a la escuela primaria. Frente al pequeño parque donde solían sentarse en el pasto a hablar de cosas imposibles. Frente al edificio donde vivía Jisung.

No levantó la vista.

No todavía.

El frío le enrojecía la nariz y las manos, pero no se metió los dedos en los bolsillos. Necesitaba sentir algo físico, concreto, que lo mantuviera en el presente.

Diez años, pensó.

Diez años sin volver.

Había elegido creer que irse era la decisión correcta. Que la distancia iba a protegerlos a ambos. Que el tiempo iba a apagar lo que sentía.

Había sido un error.

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FLASHBACK

Tenía dieciocho y estaba sentado frente a la computadora, mirando la pantalla sin ver realmente nada. El correo de aceptación de la universidad seguía abierto.

—¿Eso es bueno o malo? —preguntó Jisung, asomándose por detrás de su hombro.

—Es… bueno —respondió Minho—. Muy bueno.

Jisung sonrió.

—Entonces felicitaciones.

Minho giró apenas la cabeza. Estaban demasiado cerca. Podía sentir el calor de su cuerpo, el olor familiar de su shampoo barato.

—Está lejos —añadió Minho.

—¿Tan lejos?

—Otro país.

La sonrisa de Jisung se volvió más pequeña, pero no desapareció.

—Igual vamos a seguir hablando, ¿no?

Minho asintió demasiado rápido.

—Claro.

En ese momento, lo creyó.

Fin del flashback.

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Minho volvió al presente con un nudo en la garganta.

Entró a una pequeña librería para resguardarse del frío. Recorrió los estantes sin prestar demasiada atención, hasta que algo le llamó la atención en una mesa central: adornos navideños artesanales, hechos a mano.

Uno en particular lo dejó inmóvil.

Era una estrella torcida, con la pintura descascarada y un lazo mal atado.

No podía ser la misma.

No tenía sentido.

Pero aun así, el recuerdo le golpeó el pecho con fuerza.

La nuestra, pensó.

Pagó sin pensar y salió con la bolsa en la mano, sintiéndose un poco ridículo y un poco desesperado.

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Jisung // 18 de diciembre

Jisung intentó convencerse de que podía seguir con su vida como si nada hubiera cambiado.

Fue al trabajo. Cumplió con sus tareas. Respondió cuando le hablaron. Pero cada sonido en la calle lo hacía levantar la vista. Cada figura masculina de cierta altura lo obligaba a mirar dos veces.

No lo había visto todavía.

Eso debería haberlo tranquilizado.

No lo hizo.

Al volver a casa, dejó las llaves sobre la mesa y se quitó el abrigo con movimientos lentos. El departamento estaba silencioso.

Demasiado.

Se sirvió un vaso de agua y se quedó de pie en la cocina, mirando un punto fijo de la pared. Pensó en Minho. En cómo siempre ocupaba espacio sin darse cuenta. En cómo su ausencia había dejado un vacío que nunca terminó de cerrarse.

No te hagas ilusiones, se dijo.

No vuelve por vos.

Pero el cuerpo no escuchaba razones.

Esa noche sacó la caja de adornos navideños. No tenía ganas de decorar, pero aun así lo hizo, con gestos automáticos. Cuando llegó al fondo de la caja, sus dedos se detuvieron.

La estrella.

La colgó en el pequeño árbol artificial que tenía desde hacía años. Quedó torcida, como siempre.

—Seguís igual de fea —murmuró.

Pero no la cambió de lugar.

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19 de diciembre

El cruce ocurrió sin que ninguno lo hubiera planeado.

Fue en la panadería de la esquina, a media mañana. Minho estaba apoyado contra el mostrador, esperando su pedido, cuando escuchó una risa que reconocería incluso entre mil.

Se giró despacio.

Jisung estaba a pocos metros, hablando con la vendedora. Tenía el abrigo abierto, el cabello ligeramente despeinado, las manos hundidas en los bolsillos. Se veía… real. No como un recuerdo.

Jisung levantó la vista y lo vio al mismo tiempo.

Esta vez no huyó.

Se quedaron mirándose unos segundos, sin sonreír, sin decir nada. El aire entre ellos parecía cargado de electricidad.

—Hola —dijo Minho al final.

—Hola.

No hubo abrazo. No hubo gesto de acercamiento. Solo esa palabra sencilla que escondía demasiadas cosas.

—Volviste —dijo Jisung, como una constatación.

—Sí.

—Por las fiestas.

—Y por… otras cosas.

Jisung arqueó apenas una ceja, pero no preguntó.

Salieron de la panadería casi al mismo tiempo. Caminaron uno al lado del otro, sin tocarse.

—¿Querés… tomar un café? —preguntó Minho, con cuidado—. Si no tenés apuro.

Jisung dudó. Lo hizo solo un segundo.

—Un rato.

No sabían todavía que ese “rato” iba a cambiarlo todo.

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Jisung

El café estaba tibio y amargo.

Jisung lo sostuvo entre las manos más tiempo del necesario, como si necesitara ese calor para anclarse al presente. Minho estaba sentado frente a él, inclinado apenas hacia adelante, los codos apoyados en la mesa, observándolo con una atención que le resultaba demasiado familiar.

Eso fue lo primero que le dolió: que lo mirara igual.

—No sabía que seguías viviendo acá —dijo Minho, rompiendo el silencio.

—Nunca me fui.

No fue un reproche.

Pero tampoco fue neutral.

Minho asintió despacio.

—Yo sí.

Jisung levantó la vista. Se encontraron los ojos por un segundo más de lo prudente. Bajó la mirada primero.

—¿Cuánto tiempo pensás quedarte? —preguntó.

—No lo sé todavía.

Esa respuesta, tan honesta como vaga, le revolvió algo en el pecho.

—Siempre decías eso —murmuró Jisung —. “No lo sé todavía”.

Minho esbozó una sonrisa breve, cansada.

—Supongo que algunas cosas no cambian tan fácil.

El silencio volvió a instalarse. No era incómodo, pero sí denso. Cada palabra parecía tener que abrirse paso con cuidado entre recuerdos que ninguno quería nombrar todavía.

—Te vi el otro día —dijo Jisung de pronto—. Cuando llegaste.

Minho alzó las cejas, sorprendido.

—¿En serio?

—Sí. Bajando del taxi.

—Y no… —se detuvo—. No me saludaste.

Jisung apretó los labios.

—No estaba listo.

Minho aceptó eso sin discutirlo. Ese gesto pequeño —no insistir— fue algo que Jisung no esperaba, y por eso mismo lo desarmó un poco.

—Yo tampoco sabía si estaba listo para verte —admitió Minho—. Pero supongo que nunca iba a estarlo.

El café se terminó demasiado rápido. El reloj avanzó sin pedir permiso.

—Tengo que volver al trabajo —dijo Jisung al levantarse.

—Claro —respondió Minho—. Gracias por… por esto.

Caminaron juntos hasta la puerta. Afuera, el frío los recibió con un golpe seco. Jisung se puso los guantes con movimientos lentos.

—Nos vemos —dijo.

No dijo cuándo.

No dijo si.

—Sí —respondió Minho—. Nos vemos.

Jisung se alejó sin mirar atrás.

Solo cuando dobló la esquina se permitió apoyar la espalda contra la pared y cerrar los ojos. La respiración le temblaba.

No volvió por mí, se repitió.

No te confundas.

Pero el corazón no entendía de advertencias.

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Minho se quedó un rato más en el café después de que Jisung se fuera. Observó la taza vacía frente a él, como si todavía pudiera leer algo en los restos oscuros del fondo.

Está acá, pensó otra vez.

Y me sigue doliendo igual.

Pagó y salió a la calle. Caminó sin rumbo durante horas, dejando que el frío le entumeciera los dedos, como si eso pudiera anestesiar lo que sentía por dentro.

Esa noche, al volver a la casa familiar, encontró a su madre sentada en el living, doblando ropa.

—¿Saliste con alguien? —preguntó, sin levantar la vista.

Minho dudó.

—Me encontré con un amigo.

Ella lo miró entonces. Lo observó con atención, como si tratara de reconocer en su rostro al chico que había criado.

—¿El de aquí cerca? —preguntó con suavidad—. El que venía siempre a cenar.

El corazón de Minho dio un salto.

—Sí.

Ella asintió despacio.

—Me preguntaba cuándo iba a pasar.

No dijo nada más. No hizo falta.

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FLASHBACK — Jisung

Tenía quince años.

Estaba sentado en el suelo de la habitación de Minho, rodeado de cuadernos y hojas sueltas. Minho estaba acostado boca arriba en la cama, con un brazo cubriéndose los ojos.

—¿No te da miedo irte tan lejos? —preguntó Jisung.

—Un poco —admitió Minho—. Pero también me da miedo quedarme.

Jisung frunció el ceño.

—¿Por qué?

Minho no respondió de inmediato. Bajó el brazo y lo miró. Jisung sintió ese peso en el pecho otra vez, esa sensación rara que no sabía nombrar.

—Porque si me quedo —dijo Minho despacio—, voy a querer cosas que no sé si puedo tener.

Jisung no entendió del todo esas palabras en ese momento. Pero algo en su tono, en la forma en que lo miraba, se le quedó grabado.

Esa noche, cuando volvió a su casa, se dio cuenta.

Estaba enamorado.

No fue un golpe. Fue una certeza tranquila, casi triste. Como si siempre hubiera estado ahí, esperando a que él fuera lo suficientemente grande para verla.

Fin del flashback

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20 de diciembre

Los días empezaron a repetirse de una forma extraña.

Minho y Jisung no se buscaban directamente, pero tampoco se evitaban. Se cruzaban en la calle, en los negocios del barrio, en la plaza. A veces hablaban unos minutos. A veces solo se miraban y seguían de largo.

Cada encuentro dejaba algo sin resolver.

Una tarde, mientras caminaban juntos en silencio, Minho se detuvo frente a un escaparate decorado con luces.

—¿Te acordás de esto? —preguntó.

Jisung siguió su mirada. Entre los adornos, colgaba una estrella torcida, parecida a la que tenían ambos.

—Sí —respondió—. La nuestra quedó horrible.

Minho sonrió.

—Pero la hicimos igual.

Jisung no respondió. El recuerdo le apretó el pecho.

—La tengo todavía —dijo Minho, sin pensar.

Jisung se giró lentamente.

—Yo también.

Se quedaron mirándose, sorprendidos por esa coincidencia que no lo era tanto.

Ninguno se animó a decir nada más.

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21 de diciembre // Minho

La casa olía a sopa caliente y a mandarinas recién peladas.

Minho se detuvo un segundo en la entrada, con la bufanda todavía puesta, escuchando las voces de su familia mezclarse con la radio baja. Canciones viejas de Navidad, esas que parecían existir solo para recordarte lo que ya no estaba.

—Llegaste justo —dijo su madre desde la cocina—. ¿Te quedás a cenar?

—Sí.

Respondió sin pensarlo.

Últimamente hacía eso: decía que sí antes de darse tiempo a dudar.

Mientras se sacaba el abrigo, sus ojos se desviaron hacia el mueble del living. Entre fotos familiares y recuerdos antiguos, algo llamó su atención.

Una caja pequeña, de cartón gastado.

La abrió despacio.

Ahí estaba.

El adorno.

Una estrella torpe, hecha con cartulina roja y brillantina mal pegada. En una punta, apenas visible, un corazón dibujado con birome negra.

Minho tragó saliva.

No puede ser.

—¿Eso? —dijo su madre al verlo—. Lo guardé todos estos años. Dijiste que no lo tirara.

Minho lo sostuvo con cuidado, como si fuera frágil de verdad.

—Lo hicimos juntos —murmuró.

Ella lo miró con una mezcla de ternura y algo más serio.

—Nunca volviste a ser el mismo después de irte.

Minho no respondió. Porque no sabía cómo explicar que la mitad de lo que dejó atrás estaba hecha de un solo nombre.

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Jisung

La invitación llegó de forma inesperada.

—Mi mamá preguntó si querías venir a cenar mañana —dijo Minho, nervioso, parados frente a la tienda de la esquina—. Si no querés, está bien.

Jisung lo miró. Lo vio inseguro por primera vez desde que había vuelto.

—Puedo ir —respondió—. Solo… como amigos.

Minho asintió rápido.

—Claro. Solo eso.

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22 de diciembre — La cena

La mesa era demasiado chica para tanta incomodidad.

Jisung se sentó frente a Minho. Evitaban mirarse más de lo necesario.

Cada tanto, sus rodillas se rozaban por debajo de la mesa, y ese contacto mínimo era suficiente para tensarlo todo.

—Hace mucho que no venías —comentó el padre de Minho—. Siempre preguntábamos por vos.

—El trabajo… —respondió Jisung —. Y bueno, la vida.

Minho bajó la mirada.

—¿Te acordás cuando venía a estudiar acá? —dijo la madre de Minho, sonriendo—. Siempre se quedaba hasta tarde.

—Sí —respondió Jisung —. Minho se dormía primero.

Una risa breve recorrió la mesa.

Minho levantó la vista, sorprendido.

—Eso no es verdad.

—Lo es —insistió Jiuso—. Te quedabas con el cuaderno abierto.

Se miraron. Sonrieron sin querer.

Y por un instante, el pasado se coló entre ellos como si nunca se hubiera ido.

Después de la cena, Minho se levantó.

—Tengo algo que mostrarte —le dijo a Jisung en voz baja.

Fueron al living. Minho abrió la caja.

—¿La tenés? —preguntó Jisung, incrédulo.

—Nunca la tiré.

Jisung tocó la estrella con cuidado.

—Yo también tengo la mía.

Minho levantó la vista.

—¿En serio?

Jisung asintió.

—Y la foto.

Minho sintió un nudo en la garganta.

—¿La que escribimos atrás?

—Esa.

El silencio se volvió espeso.

—¿Querés verla? —preguntó Jisung.

Minho tardó unos segundos en responder.

—Sí.

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FLASHBACK — La despedida // Minho (18) / Jisung (16)

El aeropuerto estaba lleno de ruido, pero entre ellos había un silencio extraño.

Minho tenía la mochila al hombro. Jisung apretaba la correa de la suya como si fuera un ancla.

—Entonces… —empezó Jisung —. ¿Cuándo volvés?

Minho miró el suelo.

—No lo sé.

Esa respuesta cayó como un golpe.

—¿Ni siquiera para Navidad?

Minho dudó.

—Tal vez no este año.

Jisung sintió algo romperse por dentro. Pero sonrió igual.

—Claro. Tiene sentido.

Minho levantó la vista, desesperado.

—No es que no quiera estar acá.

—No hace falta que lo expliques —dijo Jisung rápido—. Ya está.

Se miraron. Demasiado. Como si ambos supieran que ese momento era irrepetible.

—Cuidate —dijo Minho.

—Vos también.

Ninguno se movió.

Minho dio un paso adelante, luego se detuvo. Jisung hizo lo mismo.

Querían abrazarse. Decirse algo más. Decir todo.

Pero no lo hicieron.

Cuando Minho se dio vuelta para irse, Jisung apretó los labios para no llorar.

Si no me elige ahora, pensó, es porque nunca iba a hacerlo.

Fin del flashback

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Presente — 22 de diciembre

Jisung terminó de contar la historia en voz baja.

—Nunca me despedí de verdad —dijo Minho—. Me fui creyendo que así te hacía menos daño.

Jisung negó con la cabeza.

—Me hiciste más.

El silencio que siguió no fue cómodo. Pero fue honesto.

—Yo también tuve miedo —admitió Jisung —. Pensé que si decía algo… ibas a irte igual.

Minho lo miró.

—Nunca me fui por falta de amor.

Jisung apretó la estrella entre los dedos.

—Eso no lo sabía.

Y ahí quedó todo.

Colgando.

Esperando.

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23 de diciembre // Minho

La ciudad estaba distinta ese día.

No era algo visible, no exactamente. Era una sensación. Como si todo estuviera un poco más cargado de significado. Las luces parecían más brillantes. Las risas más lejanas. Las canciones más insistentes.

Minho caminaba con las manos en los bolsillos del abrigo, repasando mentalmente cada palabra que no había dicho la noche anterior.

Nunca me fui por falta de amor.

La frase le seguía retumbando en la cabeza.

Porque era verdad.

Pero no era completa.

Lo que nunca había dicho era que se fue porque amaba demasiado.

Porque quedarse significaba exponerse a perderlo todo.

Se detuvo frente a la panadería del barrio. La misma de siempre. Donde solían comprar cosas dulces después del colegio.

Y ahí estaba Jisung.

De espaldas, mirando las vitrinas, con el cuello del abrigo subido y el cabello ligeramente más largo que cuando eran adolescentes. Minho sintió el impulso infantil de llamarlo por su apodo, el que solo él usaba.

No lo hizo.

— Jisung.

El otro se giró igual. Como si lo hubiera sentido.

—Hola.

No sonrieron esta vez.

—¿Tenés un minuto? —preguntó Minho.

Jisung dudó. Luego asintió.

—Sí.

Entraron. El calor del lugar los envolvió. El olor a pan dulce y canela golpeó directo en la memoria.

—Siempre pedías lo mismo —dijo Jisung sin pensarlo—. Lo más simple.

Minho lo miró, sorprendido.

—Y vos cambiabas cada vez.

—Porque no quería parecer predecible.

Minho sonrió apenas.

—Nunca lo fuiste.

Se sentaron en una mesa pequeña, demasiado cerca. Minho notó cómo Jisung evitaba mirarlo directo.

—¿Te vas a quedar después de Navidad? —preguntó Jisung de pronto.

La pregunta cayó pesada.

—No lo sé —respondió Minho automáticamente.

Jisung soltó una risa seca.

—Claro.

—No lo digo como antes —se apresuró Minho—. No es que no quiera…

—Minho —lo interrumpió Jisung —. Está bien. No tenés que justificarte.

Pero su voz no sonaba bien.

—Sí tengo —dijo Minho, más firme de lo que esperaba—. Porque siempre hago eso. Me voy sin explicar. Te dejo con silencios que no te merecías.

Jisung apretó la taza entre las manos.

—¿Y ahora? —preguntó—. ¿Ahora qué querés hacer distinto?

Minho abrió la boca.

Y se detuvo.

Porque ahí estaba.

La línea que no se había animado a cruzar en diez años.

—Quiero… —empezó.

Jisung levantó la vista. Sus ojos tenían algo vulnerable, expectante.

Minho sintió miedo.

Y como tantas otras veces…

—Quiero arreglar las cosas —terminó.

La decepción pasó rápido por el rostro de Jisung, pero Minho la vio.

—Eso es muy vago —dijo Jisung, con suavidad—. Arreglar puede significar muchas cosas.

—Lo sé.

—Entonces decime cuál.

Minho respiró hondo.

Decilo.

Decilo ahora.

Pero la imagen del aeropuerto volvió como un golpe. Jisung esperando. Él dándose la vuelta.

—No hoy —dijo Minho en voz baja—. Todavía no.

Jisung cerró los ojos un segundo.

—Entiendo.

Pero no era verdad.

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Jisung

Se despidieron en la puerta de la panadería.

—Mañana es Nochebuena —dijo Minho—. ¿Nos vemos?

Jisung dudó.

—Voy a estar con mi familia.

—Yo también.

Se miraron.

—Que tengas una linda noche —dijo Minho.

—Vos también.

Jisung caminó varias cuadras antes de darse cuenta de que estaba temblando. No de frío. De cansancio.

Siempre soy yo el que espera, pensó.

Siempre.

Al llegar a su casa, su madre estaba decorando el árbol.

—¿Vas a ayudar o solo vas a mirar? —le preguntó, sonriendo.

Jisung se acercó en silencio. De una caja sacó la estrella vieja.

—¿Todavía la guardás? —preguntó ella.

—Sí.

—Pensé que la habías tirado.

—No pude.

Colgó la estrella. Luego sacó la foto.

Minho y él, sentados en el piso, riendo. En la parte de atrás, la letra torpe de un adolescente:

“Siempre a tu lado ♡”

Jisung tragó saliva.

—Mamá —dijo de pronto—. ¿Alguna vez te arrepentiste de no decir algo a tiempo?

Ella lo miró con atención.

—Muchas veces —respondió—. Por eso ahora trato de decir todo.

Aunque dé miedo.

Jisung sostuvo la foto contra su pecho.

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Minho — esa noche

Minho no podía dormir.

La casa estaba en silencio. Se levantó y fue al living. Sacó la estrella y la foto de la caja.

Las apoyó una al lado de la otra.

—Fui un cobarde —murmuró.

Recordó el momento exacto en que se enamoró.

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FLASHBACK — Minho (17)

Estaban en la terraza, mirando la ciudad.

Jisung hablaba sin parar, entusiasmado. Minho no escuchaba las palabras, solo el tono, la risa, la forma en que gesticulaba.

De pronto pensó:

No quiero un futuro donde él no esté.

El pensamiento lo asustó.

Ahí lo supo.

No era admiración.

No era cariño.

Era amor.

Y el miedo llegó inmediatamente después.

Fin del flashback

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Presente

Minho apretó los ojos.

—Mañana —se prometió—. Mañana no voy a callarme.

Afuera, la ciudad se preparaba para Navidad.

El tiempo se estaba acabando.

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24 de diciembre — Nochebuena // Jisung

La casa estaba llena de ruido.

Platos chocando, risas superpuestas, la televisión encendida con un programa que nadie miraba realmente. Jisung se movía entre la cocina y el comedor casi en automático, ayudando, alcanzando cosas, sonriendo cuando se lo pedían.

Por dentro, estaba en otro lado.

Cada canción navideña que sonaba parecía tener la misma melodía que su memoria. Una en especial —vieja, lenta— lo golpeó directo en el pecho.

La misma que sonaba la noche que hicieron el adorno.

— Jisung —llamó su madre—. ¿Estás bien?

—Sí —respondió rápido—. Solo cansado.

Se sentó a la mesa. Frente a él, un plato que todavía no había tocado.

Tal vez no pase nada, pensó.

Tal vez así es como se supone que termina.

La idea no lo calmó. Le dolió.

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Minho

La mesa familiar estaba completa.

Risas, brindis anticipados, anécdotas repetidas. Minho escuchaba todo con una sonrisa leve, pero no estaba ahí del todo.

Tenía el celular en el bolsillo. No había mensajes.

—¿Te pasa algo? —preguntó su tía.

—No —mintió—. Solo estoy pensando.

Su madre lo observaba en silencio. Esperó el momento justo.

—¿Te acordás lo que me dijiste cuando eras chico? —le preguntó de pronto—. Dijiste que no querías ser como tu abuelo.

Minho la miró.

—¿Por qué?

—Porque siempre se guardaba todo —continuó ella—. Y cuando quiso decirlo, ya era tarde.

Minho sintió un nudo en la garganta.

—No siempre podés esperar que las personas estén listas para vos —agregó ella, con voz suave pero firme—. Muchas veces el tiempo se acaba… y lo único que queda es arriesgarse.

El corazón de Minho empezó a latir con fuerza.

Miró el reloj.

23:30.

El aire pareció volverse más pesado.

Ahora, pensó.

O nunca.

Se levantó de golpe.

—Disculpen —dijo—. Tengo que irme.

—¿Ahora? —preguntó alguien.

—Sí. Perdón.

Tomó el abrigo. La estrella y la foto estaban en su bolsillo.

Salió corriendo.

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Jisung

Faltaban veinte minutos para medianoche.

Jisung se levantó de la mesa y fue al living. Se sentó en el sillón, con la foto en las manos.

Siempre a tu lado.

—Mentira —susurró.

El timbre sonó.

Todos se quedaron en silencio.

—¿Esperás a alguien? —preguntó su madre.

Jisung negó con la cabeza.

Ella fue hasta la puerta.

Jisung se quedó inmóvil.

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Minho

La puerta se abrió.

—¿Minho? —dijo la madre de Jisung, sorprendida—. ¿Qué hacés acá? Pensé que seguirías en el extranjero.

Minho estaba agitado, respirando fuerte.

—Hola, señora —dijo—. Disculpe, pero… necesito hablar con Jisung.

Ella lo miró unos segundos, confundida.

— Jisung —llamó—. Vení un momento.

Jisung apareció en el pasillo.

Cuando lo vio, el mundo se le detuvo.

—¿Minho?

—Necesito decirte algo —dijo Minho rápido, antes de que pudiera reaccionar—. Por favor, dejame hablar primero.

Jisung no se movió.

Minho dio un paso adelante.

—Me fui porque tenía miedo —empezó—. Porque te amaba más de lo que sabía manejar. Porque quedarme significaba elegirte… y no estaba listo para ser valiente.

La voz se le quebró.

—Nunca dejé de pensarte. Ni un solo día. Cada Navidad, cada aeropuerto, cada lugar nuevo… siempre estabas vos. Y pensé que volver ahora sería egoísta, que ya era tarde, que vos ya habías seguido adelante.

Jisung lo miraba, con los ojos brillantes.

—Pero no puedo seguir callándome —continuó Minho—. No quiero irme otra vez sin decirte que te amo. Que siempre te amé. Que si todavía hay una mínima posibilidad… quiero intentarlo.

Aunque tenga miedo. Aunque duela.

Jisung dio un paso adelante.

Y lo besó.

Minho se quedó helado. No respondió al principio. Luego, como si el cuerpo entendiera antes que la cabeza, cerró los ojos.

Jisung se separó apenas.

—Callate —dijo, con la voz temblorosa—. Me dejaste esperando diez años… ahora dejame hablar a mí.

Minho asintió, sin poder decir nada.

—Yo también te amé siempre —dijo Jisung —. Me enojé, te odié un poco, traté de olvidarte… pero nunca pude. Y si viniste hasta acá corriendo, a esta hora, es porque esta vez no vas a huir.

Minho negó con la cabeza.

—No.

El reloj marcó las doce.

Los fuegos artificiales empezaron a sonar a lo lejos.

Jisung apoyó la frente contra la de Minho.

—Entonces quedate.

Minho lo abrazó como si fuera la primera vez.

Como si fuera la última oportunidad.

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El futuro era incierto.

No había promesas grandilocuentes ni planes perfectamente trazados esa noche. No hablaron de mudanzas, ni de trabajos, ni de lo que vendría después de las fiestas. No hacía falta. Habían pasado demasiados años viviendo de supuestos y silencios como para necesitar ahora certezas inmediatas.

Lo único real era el abrazo.

Minho sostuvo a Jisung como si el mundo pudiera volver a arrebatárselo en cualquier momento. Sentía el latido del corazón del otro contra el suyo, rápido, desacompasado, vivo. Pensó que durante años había confundido amar con huir, proteger con callar, madurar con sacrificar lo que más importaba.

Ya no.

Amaba con una intensidad que a veces asustaba, incluso a él mismo, pero esta vez no iba a usar el miedo como excusa. Haría hasta lo imposible por hacer feliz a Jisung, no porque se lo debiera, sino porque lo elegía. Todos los días. Incluso en los días difíciles.

Jisung, por su parte, apoyó la cabeza en el pecho de Minho y cerró los ojos. Escuchar ese corazón le devolvía algo que creyó perdido para siempre: la sensación de hogar. No idealizaba el futuro, no pensaba que todo sería fácil. Sabía que habría reproches tardíos, heridas que sanar, inseguridades que volverían a asomar.

Pero también sabía algo más fuerte.

Seguiría a Minho hasta el fin del mundo si hacía falta. No desde la dependencia ni la espera silenciosa de antes, sino desde la decisión consciente de luchar por un amor que, después de tantos años, había regresado transformado, más honesto, más humano.

Cuando finalmente se separaron, el barrio seguía iluminado por luces navideñas y ecos lejanos de brindis ajenos. La vieja estrella colgaba todavía del árbol, torcida como siempre, y la foto descansaba sobre un mueble, testigo mudo de dos adolescentes que alguna vez prometieron estar siempre juntos sin saber cómo cumplirlo.

Esta vez, en cambio, sabían.

No porque el camino fuera claro, sino porque ya no caminarían solos.

Y por primera vez desde aquel aeropuerto, ninguno de los dos tuvo miedo de quedarse.

Fin...