La Muy Unida Familia Uzumaki
La luz de la tarde de Konoha se filtraba a través de las persianas, dibujando largas rayas anaranjadas sobre el suelo de madera del apartamento. Boruto Uzumaki se recostaba en el sofá, con los brazos cruzados y una expresión de fastidio grabada en su rostro. A su lado, su hermana menor Himawari suspiraba, jugando distraídamente con una de sus camisetas naranja, la misma que su padre solía usar.

—Una semana —murmuró Boruto, más para sí mismo que para su hermana—. Una puta semana en este lugar.
Himawari no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en la puerta, y un rubor sutil, casi imperceptible, tiñó sus mejillas. —No será tan malo, nii-san. Al menos... Papá se esfuerza.

—Ese ya no es Papá —replicó Boruto con un amargura que le sorprendió a sí mismo—. Esa es... Naruko. O como quiera que se llame ahora. Es extraño.
El divorcio había sido un terremoto silencioso en sus vidas. Un año atrás, su madre, Hinata, se había mudado con Hanabi, y el Hokage, el hombre más poderoso del mundo, había abdicado no solo de su cargo, sino de su identidad. Naruto Uzumaki, el Séptimo Hokage, el héroe de la Cuarta Gran Guerra Ninja, había decidido que su verdadero yo era una mujer. Ahora, era Naruko Uzumaki. Una mujer con el rostro, el cabello y la sonrisa de su padre, pero con un cuerpo que desafiaba toda lógica y biología. Pechos grandes, redondos y firmes que estiraban cualquier blusa que usara; unas caderas anchas y un culo que parecía esculpido por los dioses, que balanceaba con un ritmo hipnótico al caminar. Y, según los rumores que circulaban por Konoha con la velocidad de un Rasengan, conservaba el atributo más icónico de su yo masculino.
La puerta se abrió. Y allí estaba ella.
Naruko Uzumaki entró con dos bolsas de comestibles, sonriendo con esa calidez genuina que nunca había perdido. Llevaba un vestido de verano azul cielo, de tirantes finos, que apenas contenía su generoso busto. La tela se adhería a su cintura antes de estallar en una falda corta que acentuaba la curva de sus caderas y el volumen de su trasero. Sus piernas, largas y tonificadas, terminaban en unos pies descalzos que se movían con una gracia silenciosa por el apartamento.

—¡Estoy en casa! —anunció con una voz que era la misma de siempre, pero con una melodía más suave, más femenina—. ¡Traje ramen y helado!
Boruto se enderezó, su garganta seca. Miró a su padre... a su madre... a Naruko. Y una oleada de calor, confusa y violenta, recorrió su cuerpo. No era ira. No era disgusto. Era deseo. Un deseo profundo, retorcido, que había estado germinando en la oscuridad de su mente desde incluso antes del cambio. Siempre había visto a su padre como una figura imponente, poderosa. Pero últimamente, desde que el cuerpo de Naruto empezó a cambiar, a suavizarse, a llenarse en los lugares correctos, Boruto lo había empezado a ver de otra manera. Lo veía como una mujer. Una mujer increíblemente sexy. Y ahora, esa fantasía era real.
Himawari, por su parte, se levantó de un salto, su sonrisa era radiante, pero sus ojos tenían un brillo codicioso. —¡Bienvenida a casa, Kaachan! —exclamó, usando el término que nunca antes había usado con ella.
Naruko sonrió, pero una sombra de tristeza cruzó su rostro al ver la tensión en Boruto. —Boruto. Me alegro de que estés aquí. Sé que esto es... difícil.
—No es difícil —masculló él, evitando el contacto visual—. Es solo... raro.
Mientras Naruko se movía por la cocina, preparando la comida, el sonido de su voz, el susurro de su vestido contra su piel, el golpeteo rítmico de sus pies, todo se magnificaba para los hermanos. Boruto no podía dejar de mirarla. Cada vez que se inclinaba para coger algo, el escote de su vestido se abría, revelando la piel pálida y perfecta de sus pechos. Él se imaginaba cómo sería sentir ese peso en sus manos, cómo sería morder esos pezones. Su propia polla empezó a endurecerse en sus pantalones, una vergüenza ardiente que luchaba por contener.
Himawari, por su parte, tenía sus propios rituales. Cada vez que visitaba a Naruko, "encontraba" una excusa para ir al baño. Allí, robaba una prenda sucia del cesto de la ropa. Un par de bragas, un sujetador, una camiseta interior. El olor a su padre... a su madre... era una droga para ella. Mezclaba el aroma familiar de Naruto con un perfume floral y femenino, y un toque salvaje, algo exclusivamente suyo. Se encerraba, se ponía la prenda en la cara y se masturbaba furiosamente, imaginando mil escenarios. Imaginaba atarla a la cama, ponerle un arnés y follarla hasta que llorara, hasta que le suplicara por más. O imaginaba convencerla para que usara su enorme verga en ella, para que la tratara como la perra que ella sentía que era en secreto. Su propia humedad empapaba sus dedos mientras pensaba en el sabor, en la textura, en la sensación de ser llenada por la persona que más amaba y codiciaba.
La cena fue un ejercicio de tensión silenciosa. Naruko intentaba hacer conversación, preguntando por sus entrenamientos, por sus amigos. Boruto daba respuestas monosílabas. Himawari sonreía y participaba, pero sus manos bajo la mesa estaban apretadas en puños, luchando contra el impulso de saltar sobre la mesa y arrancarle la ropa a su progenitora.
—Sarada dice que te ha visto por el pueblo —dijo Himawari de repente—. Dijo que... te ves increíble. Que todos los chicos te miran.
Naruko se ruborizó, un gesto encantador en su nuevo rostro femenino. —Oh, bueno... eso es exagerado. Solo estoy tratando de sentirme cómoda en mi propia piel.
—Cómoda es poco decir —dijo una voz desde la puerta. Era Mitsuki, quien había entrado sin llamar, como solía hacer—. Uzumaki-sensei... perdón, Naruko-sama. Tu nueva apariencia ha causado un revuelo considerable. Los datos biológicos son... fascinantes.
Naruko se rio, un sonido musical. —Mitsuki, siempre tan directo. ¿Quieres un poco de ramen?
—Por favor. —Mitsuki se sentó, sus ojos serpenteantes analizando a Naruko con una intensidad clínica y casi predatoria—. El equilibrio hormonal y el desarrollo de características sexuales secundarias sin la supresión de las primarias es un fenómeno único. Debería escribir un artículo.
Boruto sintió un arrebato de rabia. —¿Por qué no te vas a tu laboratorio y dejas a Kaachan en paz?
Mitsuki lo miró con calma. —Solo estoy haciendo una observación. ¿No es cierto, Boruto, que la nueva forma de tu padre es estéticamente... superior? Su coeficiente de atracción visual ha aumentado en un 73.4% según mis cálculos.
Himawari soltó una risita. —Creo que es más que eso, Mitsuki-kun. Es... pornográfica.
La palabra colgó en el aire. Naruko se quedó paralizada, el cuenco de ramen a medio camino de su boca. Boroto miró a su hermana con incredulidad. Pero Mitsuki asintió en serio. —Es una descripción precisa. Las proporciones de su busto y glúteos se corresponden con los ideales estéticos de la estimulación erótica en el 89% de las culturas estudiadas. Además, la retención de su falo añade un elemento de transgresión que potencia el efecto.
Naruko bajó el cuenco, su rostro ardiente. —Chicos... por favor. No soy un experimento. Soy... yo.
—Lo sabemos, Kaachan —dijo Himawari, su voz ahora suave y reconfortante, aunque sus ojos brillaban con una luz traviesa—. Solo estamos diciendo que te ves bien. Muy, muy bien.
Naruko sonrió débilmente, aliviada por el cambio de tono, pero la tensión en el aire era tan densa que se podía cortar con un kunai. Mitsuki, con su falta total de filtro social, continuó su análisis mientras sorbía los fideos.
—De hecho, la reacción fisiológica de Boruto es un claro indicador. Su frecuencia cardíaca se ha acelerado, su dilatación pupilar es notable y hay un aumento significativo de flujo sanguíneo en su región pélvica. Es una respuesta de excitación sexual clásica.
Boroto se puso de pie de un salto, la silla cayendo hacia atrás con un estrépito. Su rostro era un tomate. —¡Cállate, Mitsuki! ¡No sabes de lo que hablas!
—Mis sensores nunca mienten, Boruto. Es un simple hecho biológico.
—¡Vete a la mierde! —gritó Boruto, señalando la puerta.
Naruko se interpuso, su cuerpo actuando como un escudo entre los dos chicos. —Basta, Boruto. Mitsuki, por favor, disculpa a mi hijo. Está... pasando por un momento difícil.
Mitsuki levantó las manos en un gesto de rendición, su expresión inmutable. —Entendido. La agresividad es otra manifestación del conflicto interno. Iré a recopilar más datos. Nos vemos, Boruto. Himawari. Naruko-sama. —Y con eso, se desvaneció tan silenciosamente como había aparecido.
El silencio que siguió fue peor. Boruto estaba de pie, temblando de ira y vergüenza. Naruko lo miró con una compasión que lo desgarraba por dentro. Él no quería su compasión. Quería...
—Boruto, cariño... —empezó a decir Naruko, acercándose una mano.
—¡No me toques! —rugió él, retrocediendo como si hubiera sido quemado—. ¿No entiendes? ¡No puedo soportarlo! ¡No puedo soportarte así! ¡Eres mi padre! ¡Mi joder padre! ¡Y mírate! ¡Pareces una puta de esos dibujos que Shikadai esconde debajo de su cama!
Las palabras salieron como veneno, y en el instante en que las dijo, Boruto deseó poder devorarlas. La cara de Naruko se descompuso. Su sonrisa se quebró, y sus ojos azules, los mismos ojos de héroe que habían inspirado a toda una aldea, se llenaron de un dolor tan profundo que parecía poder ahogar a todos en la habitación. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla.
—Boruto... —susurró, su voz temblorosa—. Yo... yo solo quería ser feliz. Quiero que mis hijos... que me quieran.
Himawari se movió entonces. Con una agilidad y una calma que no se correspondían con su edad, se acercó a Naruko y la abrazó por la cintura, presionando su mejilla contra el suave y generoso pecho de su progenitora. —Nii-san es un idiota, Kaachan. No te hagas caso. A mí me encantas. Me encantas tal y como eres.
Mientras decía esto, Himawari deslizó una de sus manos hacia abajo, sutilmente, hasta que sus dedos rozaron la curva del culo de Naruko a través del fino vestido. El contacto fue eléctrico. Naruko se estremeció, un sobresalto involuntario de placer mezclado con el shock de la grosería de Boruto y la extraña posesividad de Himawari.
—Hima... —dijo Naruko, su voz un poco ahogada.
—Está bien, Kaachan. Te protegeré del tonto de nii-san —dijo Himawari, y su voz tenía una nota, un matiz de dominio que era nuevo y excitante.
Boruto observaba la escena, sus puños apretados hasta que los nudillos se pusieron blancos. La ira se estaba desvaneciendo, reemplazada por algo mucho más complejo y peligroso. Ver a su hermana tan cerca, tocando a la mujer que él deseaba, encendió una llama de celos en su vientre. Él quería ser el que la consolaba. Él quería ser el que la tocaba. Él quería ser el que la hacía gemir.
—¿Qué estás haciendo, Hima? —preguntó Boruto, su voz baja y gutural.
—Consolando a nuestra madre. ¿O es que acaso tú lo harías mejor? —replicó Himawari sin soltar a Naruko, desafiándolo con la mirada por encima del hombro de su progenitora.
La provocación fue todo lo que Boruto necesitaba. Dio un paso adelante, su cuerpo moviéndose con la gracia de un shinobi entrenado. Se detuvo justo detrás de Naruko, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su espalda. El aroma a lavanda y a algo más, algo exclusivamente Naruto/Naruko, inundó sus sentidos.
—No necesitas que te consuele —murmuró Boruto al oído de Naruko, su voz un ronco susurro que hizo que se le erizara la piel del cuello—. Necesitas que alguien te recuerde quién eres. No eres una víctima. Eres Naruto Uzumaki. Eres fuerte.
Naruko estaba atrapada. Himawari frente a ella, abrazada a su pecho, sus dedos acariciando la parte baja de su espalda. Boruto detrás de ella, su aliento caliente en su cuello, su presencia dominante y masculina. Su corazón martilleaba en su pecho, un tambor salvaje de confusión y un creciente y perverso despertar. Se sentía vulnerable, expuesta. Y, para su horror y fascinación, sentía que le gustaba. El sumiso y amable Naruto siempre había anhelado que alguien tomara el control, que alguien le dijera qué hacer. Y ahora, sus propios hijos, las dos personas que más amaba en el mundo, estaban haciéndolo precisamente eso.
—Boruto... Himawari... esto... esto está mal —susurró Naruko, pero su protesta sonaba débil, incluso a sus propios oídos.
—¿Qué está mal, Kaachan? —preguntó Himawari, levantando la cabeza para mirarla a los ojos. Su rostro estaba a centímetros del suyo—. ¿Que te queramos? ¿Que te encontremos hermosa? ¿Que te deseemos?
La última pregunta colgó en el aire, una confesión directa y sin rodeos. Boruto, detrás de ella, deslizó sus manos y las posó sobre sus caderas, atrapándola entre él y su hermana. Sus pulgares se frotaron contra la tela del vestido, justo sobre el hueso de la cadera.
—Ella tiene razón, Kaachan —dijo Boruto, su voz vibrando contra su piel—. Te deseamos. Te hemos deseado desde antes de que cambiaras. Yo... yo siempre te he deseado.
La confesión de Boruto fue la gota que colmó el vaso. La barrera se rompió. El sumiso interior de Naruko, la parte de ella que siempre había soñado con ser dominada, con ser usada para el placer de otros, se liberó de sus cadenas. El dolor por las palabras de Boruto se transformó en un hambre voraz. La ternura por Himawari se convirtió en un lujurioso anhelo.
Se giró lentamente, atrapada entre los dos cuerpos jóvenes y ardientes. Miró a Boruto, a los ojos azules que eran un espejo de los suyos, pero llenos de un fuego masculino y posesivo. Luego miró a Himawari, a los ojos azules idénticos, pero que ardían con una llama de poder femenino y perversión.
—Si... si me desean... —dijo Naruko, su voz apenas un hilo, temblando de anticipación—. Entonces... tómenme.
La invitación fue la señal. Himawari fue la primera en actuar. Se levantó sobre la punta de los pies y, sin dudarlo un segundo, selló sus labios sobre los de su madre. El beso no fue tierno. Fue voraz, dominante. Himawari mordió el labio inferior de Naruko, exigiendo entrada, y su lengua se introdujo en su boca, explorando, reclamando.
...Naruko respondió con un gemido, un sonido ahogado de sumisión y placer puro que fue absorbido por la boca voraz de su hija. Nunca había sido besada así. Con Hinata, los besos eran suaves, respetuosos, llenos de un amor tranquilo. Esto era un asalto. Una toma de posesión. Y una parte de ella, una parte que había estado dormida durante toda una vida de heroísmo y responsabilidad, se despertó gritando de alegría.
Mientras Himawari la devoraba, Boruto actuó. Con una ferocidad que heredó de su linaje Uzumaki, agarró el vestido de Naruko por la espalda y, con un solo tironón violento, desgarró la tela. El sonido del rasgón resonó en el apartamento, seguido por el jadeo de Naruko cuando el aire frío de la habitación golpeó su espalda desnuda. El vestido azul cielo cayó a sus pies, dejándola solo con un par de bragas de encaje negro que apenas cubrían nada y un sujetador a juego que luchaba heroicamente por contener sus pechos.

—¡Boruto! —exclamó Himawari, separando sus labios un instante, sus ojos brillando de aprobación y lujuria—. ¡Bien hecho! ¡Queremos verla toda!
Boruto no respondió. Estaba hipnotizado. La piel de su espalda era perfecta, suave y pálida. Sus hombros eran delicados, pero la musculatura de su espalda aún conservaba la fuerza de un shinobi. Era la mezcla perfecta de poder y feminidad. Deslizó sus manos por su espalda, sintiendo la piel temblar bajo su toque. Llegó hasta el cierre del sujetador y, con una destreza que no sabía que poseía, lo abrió.
El sujetador cayó hacia adelante, liberando los pechos que habían sido el tema de fantasías y rumores en toda Konoha. Eran enormes, pesados, con unos pezones rosados y erectos que parecían suplicar ser tocados. Himawari soltó un pequeño grito de triunfo y se arrojó sobre ellos, como un niño con un nuevo juguete. Tomó un pezón en su boca y empezó a succionar con fuerza, mordisqueando la piel sensible con sus dientes mientras su mano se apoderaba del otro seno, apretándolo, masajeándolo, jugando con él.
—¡Ahhh! Hima! ¡Así! ¡Más fuerte! —gimió Naruko, su cabeza echada hacia atrás, apoyándose en el hombro de Boruto para no caer. El dolor se mezclaba con el placer en una espiral ascendente que la nublaba el juicio. Se sentía como un objeto, un trofeo de guerra being repartido entre los vencedores, y la idea la excitaba hasta las raíces.
Boruto observaba a su hermana, una mezcla de asombro y celos ardiendo en él. Se agachó y, siguiendo su ejemplo, tomó el otro pezón en su boca. La sensación era increíble. La piel era suave, el pezón duro y lleno de sabor a ella. Succionó con la misma fuerza que Himawari, creando un ritmo simétrico de succión y mordisco que hizo que las piernas de Naruko temblaran. Su polla, ya dura como una roca, se apretaba contra el pantalón, dolorosamente excitada por la situación. Se frotaba contra el culo de Naruko, y cada movimiento era una tortura deliciosa.
—Mierda... eres perfecta, Kaachan —jadeó Boruto, levantando la cabeza por un segundo para mirarla—. Eres la hembra más puta que he visto jamás.
El lenguaje soez, las palabras humillantes, solo sirvieron para encender más el fuego de Naruko. —Sí... sí... soy vuestra puta... vuestra hembra...
Himawari se rio, un sonido bajo y sexy. —Buena chica. Ya estás aprendiendo. Pero te falta algo. —Con un movimiento rápido, se arrodilló frente a Naruko. Sus ojos estaban fijos en el bulto prominente que se formaba bajo el frágil tejido de sus bragas de encaje. —Vamos a ver el tesoro.
Con las manos temblando, Himawari agarró la cintura de las bragas y las deslizó hacia abajo, despacio, deliberadamente. La tela pasó por las caderas anchas, por los muslos firmes, hasta caer a los pies. Y entonces, lo reveló.
Allí estaba. El falo de Naruto Uzumaki. Inmenso, poderoso, circuncidado, con las venas marcadas y erecto, palpitando en el aire fresco del apartamento. Debajo de él, un saco peludo y pesado contenía dos testículos que parecían llenos de una vida propia. Era una contradicción viviente, una obra de arte erótica: el cuerpo de una diosa del sexo equipado con el arma de un dios de la fertilidad.
Boruto se quedó sin aliento. Él había visto a su padre desnudo cuando era niño, en los baños públicos o en el río. Pero esto... esto era diferente. Esto no era el falo de su padre. Era el falo de *su* mujer. Una mujer que él iba a follar.
Himawari, en cambio, no dudó. Se arrodilló completamente, como en oración ante un altar de carne. Acercó su cara y aspiró profundamente, oliendo el aroma masculino y limpio de su progenitora. —Huele a hombre... a padre... y a puta. Me encanta.
Y entonces, con la punta de su lengua, lamió la base del falo, desde donde se unía al escroto hasta la punta. Naruko gritó, un grito agudo de placer inesperado. Sus piernas cedieron y habría caído si Boruto no la hubiera sostenido fuertemente por la cintura.
—¡Tranquila, Kaachan —dijo Boruto en su oído, su voz un gruñido animal—. La noche es larga. Y apenas estamos empezando.
Himawari, viendo la reacción, sonrió. Volvió a lamer, esta vez con más confianza, trazando las venas gruesas con la punta de su lengua. Luego, abrió la boca y se tragó la cabeza, su labio inferior rozando el frenillo. Naruko arqueó la espalda, empujando sus pechos hacia el pecho de Boruto, que seguía sujetándola desde atrás. La doble estimulación era abrumadora. La boca caliente y experta de su hija en su polla, y las manos fuertes y posesivas de su hijo en su cuerpo.
—¡Sí! ¡Hima! ¡Chúpamela! ¡Chúpame la verga como la zorra que eres! —gritó Naruko, abandonándose por completo a la depravación del momento. Las palabras salían solas, sucias, naturales.
Himawari respondió con un gemido de sumisión y se sumergió a fondo. Tomó tanta carne como pudo en su boca, moviendo la cabeza hacia arriba y hacia abajo, su mano derecha agarrando la base y apretando rítmicamente mientras su izquierda se deslizaba entre sus propias piernas, frotándose el clítoris a través de la tela de su falda.
Boruto, mientras tanto, no estaba ocioso. Con una mano, seguía masajeando un pecho de Naruko, pellizcando y retorciendo el pezón. Con la otra, desabrochó sus propios pantalones, liberando su propia erección, que no era tan grande como la de su madre, pero era igualmente orgullosa y dura. La frotó contra el culo desnudo de Naruko, deslizándola por el surco de sus nalgas.
—¿Lo sientes, Kaachan? —susurró—. ¿Sientes lo que me haces? Estoy a punto de reventarte este culo.
Naruko solo podía gemir y asentir, su cuerpo convertido en un instrumento de placer que sus hijos tocaban con maestría. Se sentía dividida, partida en dos, cada mitad siendo devorada por uno de sus vástagos. Y era el paraíso.
Himawari aumentó el ritmo, su cabeza moviéndose como un émbolo, sus saliva goteando por el eje de la polla de su madre y cayendo al suelo. El sonido de sus succiones húmedas llenaba la habitación, mezclado con los gemidos de Naruko y los jadeos de Boruto.
—Voy a correrme, Hima... voy a correrme en tu boca de zorra... —avisó Naruko, su voz tensa.
—¡No, todavía no! —ordenó Himawari, retirando su boca de repente con un pop húmedo y lascivo. Un hilo de saliva brillaba entre sus labios y la cabeza del falo de Naruko. Su rostro estaba enrojecido, sus ojos brillaban con una autoridad feroz y desafiante—. No te permites correrte hasta que yo lo diga. Entendido, zorra?
Naruko, whose mind was a haze of lust and submission, could only nod frantically. "S-sí, Hima-sama... entendido."
The use of the honorific "-sama" sent a jolt of power through Himawari. She smiled, a slow, predatory smile. "That's better. Now, Boruto, I think our mother is a little too comfortable. Let's make her more useful."
Boruto grinned, understanding his sister's intention instantly. He let go of Naruko's waist for a moment and grabbed her by the hair, not roughly enough to cause real pain, but with enough force to establish his dominance. He guided her, forcing her to bend over the low coffee table in the center of the room. Her massive breasts squashed against the polished wood, and her ass, that glorious, pornographic ass, was raised high in the air, completely exposed and vulnerable.
"Qué buen culo, Kaachan," Boruto growled, running his hand over the smooth, firm flesh. He gave it a hard slap, the sound echoing like a gunshot. Naruko yelped, a mix of pain and pleasure. A red handprint quickly formed on her pale skin.
"Again," she whimpered. "Hit me again."
Boruto obliged, spanking the other cheek, then the first one again. He alternated, turning her ass a beautiful shade of crimson while Naruko moaned and pushed back against his hand, begging for more.
Himawari watched the scene, her own hand working furiously inside her panties. She was soaked. Seeing her brother dominate their mother was the hottest thing she had ever witnessed. But she had her own plans. She walked over to the sofa, where she had left her handbag. From inside, she pulled out a sleek, black harness and a sizable, realistic-looking dildo. It was her "special toy," one she used for her own fantasies. She had brought it hoping, praying, that an opportunity like this would arise.
She stepped into the harness and buckled it tightly around her waist. The dildo jutted out from her hips, looking both ridiculous and incredibly powerful on her small frame. She looked like a tiny, beautiful goddess of war, ready to conquer and claim.
"Nii-san," she said, her voice firm. "Move aside. It's my turn to play."
Boruto looked over his shoulder and saw his sister, armed and ready. A wide, wicked grin spread across his face. He stepped back, giving her the stage. "Be my guest, Hima. Let's see what you've got."
Himawari knelt behind Naruko, who was still bent over the table, panting and trembling from the spanking. Himawari ran the head of the silicone cock along Naruko's dripping slit, teasing her.
"¿Sientes esto, Kaachan?" Himawari purred. "This is what I'm going to fuck you with. I'm going to fuck you until you can't walk. I'm going to fuck you until you forget you were ever a man. You're just my little fucktoy now, aren't you?"
"Sí... sí... soy tu juguete... por favor, Hima-sama... fóllame..." Naruko begged, her voice broken with need.
With a single, powerful thrust of her hips, Himawari buried the dildo inside her mother. Naruko screamed, a raw, guttural sound of ecstasy as she was stretched and filled. Himawari didn't give her time to adjust. She immediately set a brutal pace, slamming her hips against Naruko's red ass, the sound of flesh hitting flesh filling the room.
"¡Toma! ¡Toda! —gritó Himawari, con el rostro contorsionado por el esfuerzo y el placer—. ¡Toma la polla de tu hija! ¡Quién es tu jefa ahora, eh? ¿Quién te posee?"
"¡Tú! ¡Tú eres mi jefa! ¡Hima-sama me posee!" gritó Naruko de vuelta, cada embestida del arnés la acercaba más al borde.
Boruto, viendo a su hermana follar a su madre con tal ferocidad, sintió una oleada de deseo tan intensa que casi lo derribó. Se acercó, arrodillándose frente a la cabeza de Naruko. Agarró su cabello rubio y levantó su cabeza.
"Abre la boca," ordenó.
Naruko obedeció al instante, su boca abierta y ansiosa. Boruto guio su propia polla erecta entre sus labios. El calor y la humedad la envolvieron, y él soltó un gemido. Empezó a mover las caderas, follando la boca de su madre al mismo ritmo que Himawari follaba su coño.
Estaban atrapados en un tren de placer incestuoso. Himawari desde atrás, con su dildo de goma, reclamando el coño de su madre. Boruto desde el frente, con su carne caliente, reclamando su garganta. Naruko en el centro, el objeto de su deseo, siendo usada y llenada por ambos lados. Lágrimas de placer corrían por sus mejillas, mezclándose con la saliva que se escapaba de la comisura de sus labios. El mundo se había reducido a esto: a los cuerpos de sus hijos, a sus olores, a sus sonidos, a la sensación de ser completamente y absolutamente poseída.
"La estoy follando bien, nii-san," jadeó Himawari, sin detener su ritmo. "¿La ves? ¡Se lo está tragando todo! ¡Nuestra madre es una zorra nata!"
"La mejor zorra de todas," respondió Boruto, empujando más profundo, sintiendo la garganta de Naruko contra su cabeza. "Y es toda nuestra."
El ritmo se volvió más frenético, más desesperado. Los tres estaban acercándose al clímax, un precipicio hacia el que se precipitaban a toda velocidad. Himawari alcanzó hacia adelante y agarró el pelo de Naruko, tirando de su cabeza hacia atrás mientras seguía follándola, lo que hizo que su garganta se alineara perfectamente con la polla de Boruto.
"¡Corre! ¡Corre dentro de ella, nii-san! ¡Llénala!" gritó Himawari.
Esa fue la señal. Con un rugido, Boruto se hundió hasta los huevos en la boca de su madre y explotó. Un torrente de semen caliente y espeso disparó directamente hacia su garganta. Naruko se tragó instintivamente, tragando y tragando, pero era demasiado, demasiado rápido. El semen le chorreó por las comisuras de los labios, goteando sobre la mesa de café.
La sensación de ser llenada por el semen de su hijo fue lo que empujó a Naruko al borde. Su cuerpo se arqueó, sus músculos se contrajeron, y un grito silencioso se formó en su garganta mientras un orgasmo devastador la sacudía. Sus piernas temblaron incontrolablemente y su coño se contrajo violentamente alrededor del dildo de Himawari.
Sentir los espasmos del orgasmo de su madre fue suficiente para Himawari. Con un grito agudo, se hundió una última vez, su propio clítoris rozando el arnés de la manera perfecta, y se desmoronó sobre la espalda de Naruko, jadeando y temblando.
Los tres cayeron en un montón de miembros y sudor sobre la alfombra. El único sonido en el apartamento era el de su respiración pesada, que intentaba recuperar el aire. Boruto se retiró de la boca de Naruko, que tosió un poco, un hilo de semen brillando en su barbilla. Himawari se desabrochó el arnés y dejó que el dildo cayera al suelo con un golpe sordo.
Por un momento, nadie dijo nada. La realidad de lo que habían hecho empezaba a asentarse. No era una fantasía. No era un sueño. Habían cruzado una línea, una línea que nunca debería haber sido siquiera vislumbrada.
Boruto fue el primero en hablar. Se acercó a Naruko, que yacía boca arriba, con los ojos cerrados, una mezcla de agotamiento y felicidad en su rostro. Le acarició la mejilla, esta vez con una ternura que contrastaba con su ferocidad anterior.
"Kaachan..." susurró.
Naruko abrió los ojos. Eran brillantes, llenos de lágrimas, pero no eran lágrimas de arrepentimiento. Eran lágrimas de liberación.
"Boruto... Hima..." dijo, su voz ronca. "Gracias."
Himawari se acurrucó en el otro lado de Naruko, apoyando su cabeza en el hombro opuesto, su mano encontrando la de su madre y entrelazando sus dedos. El silencio que siguió no fue incómodo. Era cálido, sacio, el silencio que sigue a una tormenta violenta y necesaria. El olor a sexo, a sudor y a semen llenaba el aire, un perfume nuevo y sagrado para los tres.
—No... no deberíamos haber hecho eso —murmuró Naruko, pero las palabras carecían de convicción. Era lo que se suponía que debía decir, no lo que sentía—. Soy vuestra madre. Es... un pecado. Es incorrecto.
—¿Te sentiste mal, Kaachan? —preguntó Boruto, su voz baja y suave. Siguió acariciando su mejilla, su pulgar rozando la piel manchada por las lágrimas—. ¿Alguna parte de ti, mientras te lo estábamos follando, pensó que estaba mal?
Naruko se quedó en silenculo. Su mente, esa parte racional que había sido el Séptimo Hokage, luchaba por encontrar una respuesta, una justificación, una forma de encajar lo que acababa de pasar en su mundo. Pero su cuerpo, su alma, su nuevo ser femenino y sumiso, ya tenía la respuesta.
—No —susurró finalmente, cerrando los ojos con vergüenza y aceptación—. No... me sentía... viva. Me sentía deseada. Me sentía... completa.
—Exacto —dijo Himawari, su voz llena de una sabiduría que no debería tener a su edad—. Lo incorrecto sería haber seguido fingiendo. Lo incorrecto sería haber desperdiciado esto. Esto no es un pecado, Kaachan. Esto es... destino.
Boruto asintió, su mirada fija en el cuerpo de su madre. La luz de la tarde se había convertido en el brillo dorado del atardecer, y bañaba su piel, haciéndola brillar. Sus pechos se elevaban y caían con cada respiración, todavía marcados por las mordeduras y los chupetones de sus hijos. Su vientre suave y su coño enrojecido y humedecido por el jugo de Himawari. Y entre sus piernas, su falo, ahora semi-erguecto, descansando sobre su muslo, un testamento silencioso de su dualidad.
—Hima tiene razón —dijo Boruto—. Siempre te he deseado. Incluso antes. Cuando eras Papá. Veía tu fuerza, tu poder... y quería dominarlo. Quería ser el que te hacía gritar. Pero ahora... ahora es mil veces peor. Eres todo lo que siempre quisiste ser, y todo lo que yo siempre he querido poseer.
Se inclinó y la besó. Este beso fue diferente al de Himawari. No era una toma de posesión, era una rendición. Un beso lleno de un amor tan profundo y retorcido que dolía. Naruko respondió con pasión, sus brazos rodeando su cuello, tirándolo hacia ella. Quería sentir su peso, su fuerza, su masculinidad.
Himawari los observó, una sonrisa satisfecha en sus labios. Se sentía como la directora de una orquesta perfecta. Había orchestrado la caída de su madre, y la había disfrutado inmensamente. Pero su trabajo no había terminado. Aún había territorios por conquistar.
Mientras Boruto y Naruko se besaban, Himawari se deslizó hacia abajo, su cuerpo moviéndose como una serpiente. Pasó por los pechos de su madre, dándole un lametazo rápido a un pezón todavía sensible, y continuó su descenso. Se detuvo frente al falo semierecto de Naruko. Aún estaba cubierto con la saliva de Himawari y los restos del semen de Boruto. Para Himawari, era la cena más deliciosa que podía imaginar.
Con una delicadeza reverencial, tomó el miembro en sus manos. Estaba caliente, pesado, lleno de vida. Se acercó y lo limpió con la lengua, lamiendo cada rastro de su hermano y de sí misma. Naruko se estremeció, rompiendo el beso con Boruto para mirar hacia abajo.
—Hima... ¿qué... qué haces?
—Estoy limpiando, Kaachan —dijo Himawari con una inocencia falsa—. Y preparando el postre. Siempre he querido probar esto. Siempre he querido saber a qué sabe la verga de mi padre.
Y con eso, se lo tragó de nuevo. Pero esta vez no era con la ferocidad de antes. Era lento, metódico, exploratorio. Lo lamió desde la base hasta la punta, prestó atención a cada vena, a cada pliegue de piel. Jugó con las pelotas de Naruko, masajeándolas suavemente, sintiendo su peso.
Boruto observaba, fascinado. Su polla, que se había ablandado un poco después de su orgasmo, empezó a endurecerse de nuevo. Ver a su hermana tan devotamente entregada a la polla de su madre era una de las vistas más eróticas que había presenciado.
—Te está haciendo bien, ¿eh, Kaachan? —susurró Boruto en el oído de Naruko, su mano bajando para masajearle el culo, todavía enrojecido por sus bofetadas—. ¿Te gusta cómo nuestra pequeña Hima te chupa la verga?
—Sí... Dios, sí... —gimió Naruko, su cabeza echada hacia atrás, perdiéndose de nuevo en la niebla del placer—. Es una experta... una pequeña zorra experta...
Himawari escuchó las palabras y sonrió internamente. Aumentó la velocidad, su cabeza moviéndose con más confianza. Usaba su lengua, sus labios, incluso un poco de dientes, para llevar a Naruko al éxtasis. La mano de Naruko encontró la cabeza de su hija, sus dedos enredándose en su cabello, no para guiarla, sino para anclarse a la realidad.
—Mierda... Hima... voy a... voy a correrme de nuevo... —avisó Naruko, su cuerpo tenso.
Esta vez, Himawari no se detuvo. Aumentó la succión, su mano apretando la base y moviéndose hacia arriba y hacia abajo al unísono con su boca. Quería probarlo. Quería tragar todo.
Con un gemido prolongado, Naruko explotó. Un chorro de semen caliente y denso golpeó el fondo de la garganta de Himawari. Era diferente al de Boruto. Más espeso, con un sabor más salado y masculino. Himawari se tragó ávidamente, su garganta trabajando para no perder una sola gota. Se bebió hasta la última gota, y cuando Naruko terminó de temblar, la limpió meticulosamente con su lengua, asegurándose de que no quedara nada.
Cuando se retiró, sus labios brillaban y tenía una expresión de triunfo puro. —Delicioso, Kaachan. Mejor de lo que imaginaba.
Naruko solo podía gemir, su cuerpo completamente exhausto, pero feliz. Se sentía drenada, usada, y más amada que nunca en su vida.
Boruto, con su polla de nuevo dura como el acero, tenía otras ideas. Se levantó y fue a la cocina, volviendo con una botella de aceite de cocina.
—Nii-san... —dijo Himawari, sus ojos brillando de comprensión—. ¿Vas a...?
—Voy a tomar lo que es mío —dijo Boruto, su voz baja y peligrosa—. La follé por la boca. Tú la follaste por el coño. Me toca a mí su culo. Y no voy a ser delicado.
Naruko oyó esto y un escalofrío de miedo y anticipación recorrió su espina dorsal. Nunca había hecho eso. Ni como hombre ni como mujer. La idea era aterradora, pero también increíblemente excitante. Entregarse por completo a su hijo, en el lugar más íntimo y prohibido.
—Boruto... sé... sé gentil... —susurró.
—No, Kaachan —dijo Himawari, acercándose y besándola, esta vez suavemente, un beso de hermana a madre—. No va a ser gentil. Y tú no vas a querer que lo sea. Vas a querer que te rompa. ¿Verdad?
Naruko miró a Himawari, luego a Boruto, que estaba vertiendo aceite sobre su polla erecta. Asintió lentamente.
—Sí... rómpeme —susurró Naruko, su voz temblando de una mezcla de miedo y un deseo tan profundo que aterrorizaba.
Boruto sonrió, una sonrisa de depredador que había heredado del clan Uzumaki por parte de su padre. Se arrodilló detrás de ella, mientras Himawari se movía para estar frente a ella, tomándole la cara entre sus manos y obligándola a mirarla a los ojos.
—Mírame, Kaachan —ordenó Himawari, su voz suave pero firme—. Mírame mientras te lo mete. Quiero ver tu cara cuando te rompa por dentro.
Naruko asintió, sus ojos fijos en los de su hija, que eran un mar de azul y lujuria. Boruto, mientras tanto, posicionó la cabeza de su polla aceitada en el pequeño y apretado anillo de su madre. Era tan pequeño, tan pálido. Parecía imposible que pudiera recibir lo que él le iba a dar.
—Relájate, Kaachan —dijo Boruto, más para sí mismo que para ella. Estaba tan excitado que temía correrse antes de siquiera entrar.
Con una presión lenta y constante, empezó a empujar. Naruko gimió, un sonido agudo de dolor y placer. La resistencia era increíble. Era como intentar entrar en una fortaleza sellada. Él empujó más fuerte, y con un pop audible y húmedo, la cabeza de su polla atravesó el anillo muscular y se deslizó hacia dentro.
—¡AHHHH! —gritó Naruko, sus ojos abriéndose como platos por el shock y la sensación abrumadora de ser estirada de una manera que nunca antes había experimentado. El dolor era agudo, pero underneath it, una corriente de placer puro y sucio corría por su espina dorsal.
—¡Ya está dentro! ¡Ya está dentro, Kaachan! —exclamó Himawari, su rostro iluminado por el triunfo—. ¡La polla de tu hijo está en tu culo! ¡¿Cómo se siente?! ¿Te gusta?!
—¡Sí! ¡Dios mío, sí! —gimió Naruko, lágrimas de placer corriendo por sus mejillas—. ¡Siento tan lleno! ¡Tan sucia!
Boruto no necesitaba más animación. Con un gruñido salvaje, hundió el resto de su polla hasta los huevos. Su vientre golpeó contra las mejillas enrojecidas de su madre, y el sonido de carne contra carne resonó en la habitación. Se quedó quieto un momento, permitiéndole a ella acostumbrarse, permitiéndose a sí mismo saborear la sensación del apretado y caliente canal anal de su madre.
—Te joderé que sí que te gusta —dijo Boruto, y empezó a moverse.
Su ritmo era lento al principio, un balanceo deliberado hacia adelante y hacia atrás. Cada embestida hacía que Naruko soltara un gemido. Himawari mantenía su cara inmóvil, obligándola a mantener el contacto visual, absorbiendo cada expresión de éxtasis en el rostro de su madre. El apartamento se llenó de los sonidos de la sodomía: los jadeos de Boruto, los gemidos ahogados de Naruko y el sonido rítmico y pegajoso de la polla de Boruto moviéndose dentro del culo de su madre.
—Más rápido, nii-san —pidió Himawari, su propia excitación creciendo al ver el espectáculo—. Fóllala más duro. Hazle gritar.
Boruto obedeció. Aumentó la velocidad, sus caderas convirtiéndose en una borrosa mientras la follaba con una fuerza brutal. La mesa de café se movía con cada embestida. Naruko ya no formaba palabras coherentemente. Solo emitía una serie de gritos y gemidos inarticulados, su cuerpo siendo sacudido violentamente. Su polla, que había estado flácida después de su segundo orgasmo, empezó a endurecerse de nuevo, golpeando su estómago con cada embestida de su hijo.
—¡Mira! ¡Se está poniendo dura otra vez! —rió Himawari, señalando—. ¡A nuestra puta madre le gusta tanto que le follan el culo que se le pone dura! ¡Qué cerda!
El lenguaje humillante solo excitaba más a Naruko. Se sentía reducida a su componente más animal, un ser hecho solo para el placer, y la idea la volvía loca.
—¡Voy a correrme! ¡Voy a correrme en tu culo, Kaachan! —rugió Boruto, su ritmo volviéndose errático.
—¡Sí! ¡Corre! ¡Llénemelo! ¡Lléneme el culo con tu semen, mi amor! —suplicó Naruko.
Con un último rugido, Boruto se hundió hasta el fondo y explotó. Naruko sintió una oleada de calor líquido llenando sus entrañas, una sensación tan íntima y prohibida que la desencadenó. Su propio falo, sin que nadie lo tocara, empezó a latir y disparó un chorro de semen sobre su propio estómago y pechos, un tercer orgasmo que la dejó completamente vacía y temblando.
Boruto se derrumbó sobre su espalda, ambos jadeando, agotados. Himawari los observó, una sonrisa de pura satisfacción en su rostro. Se inclinó y lamió el semen de Naruko del estómago, saboreando la mezcla de su madre y su hermano.
—Qué buen espectáculo —dijo Himawari, acariciando el cabello sudado de su madre—. Pero la noche, Kaachan, la noche es joven. Y aún no hemos terminado.
---
Después de un largo descanso, en el que yacieron en un montón en el suelo del salón, recuperando el aliento y besándose suavemente, la dinámica empezó a cambiar de nuevo. La energía de Boruto se había desvanecido, reemplazada por un sueño sacio. Himawari, sin embargo, estaba lejos de terminar. Su cuerpo zumbaba con una energía que solo podía ser saciada por una cosa.
Se levantó y se paró sobre ellos, una figura pequeña pero formidable en la luz de la luna que ahora se filtraba por la ventana.
—Me aburrí —dijo, con una petulancia que era claramente falsa—. Boruto se ha quedado dormido como un bebé. Y tú, Kaachan, estás toda usada y floja. Creo que es hora de que la verdadera jefa de la familia se hiciera cargo.
Naruko la miró, confundida. —Hima... ¿qué...?
Himawari se agachó y, con una fuerza que sorprendió a Naruko, la hizo rodar boca arriba. Luego, se montó sobre su pecho, sus rodillas presionando los hombros de su madre, su coño, todavía cubierto por los restos de su jugo y el lubricante del dildo, a solo centímetros de su cara.
—Te has corrido dos veces, Kaachan. Y yo ni una sola vez. Es injusto —dijo Himawari, su voz un murmullo bajo y dominante—. Así que vas a arreglarlo. Vas a follarme.
Naruko sintió un escalofrío. La idea de tomar el control, de ser la que daba placer, era a la vez aterradora y increíblemente excitante. Su falo, que había estado flácido, empezó a responder a la proximidad del coño de su hija.
—Pero... Hima... yo no sé... nunca he...
—¡Calla! —interrumpió Himawari—. No necesitas saber. Solo necesitas hacerlo. Ahora, levántate. Quiero montarme en la verga de mi padre.
La orden fue inequívoca. Naruko, sintiendo una nueva ola de sumisión, esta vez a la voluntad de su hija, hizo lo que le decían. Se incorporó, su cuerpo dolorido pero ansioso. Himawari se levantó y se paró frente a ella, sus ojos ardiendo de desafío. Se agachó y tomó el falo de Naruko en su mano, que ya estaba medio erguecto y creciendo rápidamente. Lo masajeó, apretándolo, sintiéndolo latir y endurecerse en su mano.
—Así está mejor —dijo Himawari, satisfecha—. Ahora, acuéstate de nuevo, en la cama. Quiero que me folles como a una mujer.
Naruko obedeció, moviéndose con torpeza hacia el dormitorio principal y tendiéndose de espaldas en la gran cama. Su polla se erguía ahora orgullosamente sobre su vientre, un monumento a su dualidad, pulsando con un poder recién descubierto. La sumisión que había disfrutado tan inmensamente se estaba desvaneciendo, reemplazada por algo más primitivo, más antiguo. El instinto de un depredador que ha olido sangre. El instinto de un padre, un semejante, que está a punto de tomar lo que es suyo.
Himawari entró en el dormitorio como una reina entrando en su sala del trono. La luz de la luna bañaba su cuerpo, y por primera vez, Naruko la vio de verdad. Ya no era su pequeña hija inocente. Tenía dieciocho años, y su cuerpo era una réplica perfecta y mejorada del de su madre en esa edad. Pechos llenos y altos, una cintura que se estrechaba dramáticamente antes de ensancharse en unas caderas que gritaban "fecundidad". Sus piernas eran largas y esbeltas. Pero eran sus ojos los que habían cambiado. Ya no solo contenían la traviesa lujuria de antes. Ahora había un desafío, una provocación. Una invitación a la guerra.
—Entonces, ¿ésta es la gran bestia? —dijo Himawari, acercándose a la cama y pasando su dedo por la longitud del falo de Naruko, que se estremeció al contacto—. No parece tan impresionante. Veremos si es suficiente para mí.
Eso fue todo lo que Naruko necesitó oír.
En un movimiento fluido y rápido, un destello de la velocidad que una vez tuvo como el Hokage más rápido, se sentó y agarró a Himawari por la muñeca. La tiró hacia la cama. Himawari soltó un pequeño grito de sorpresa, cayendo de espaldas sobre el edredón. Antes de que pudiera reaccionar, Naruko estaba sobre ella. No era la Naruko sumisa y temblorosa de antes. Esta era una depredadora. Sus ojos azules brillaban con un fuego frío y posesivo.
—¿Impresionante, pequeña zorra? —siseó Naruko, su voz un gruñido bajo que vibraba en el pecho de Himawari—. Te enseñaré lo que es impresionante. Te enseñaré lo que significa ser follada por un Uzumaki.
Sin más preámbulos, agarró sus piernas y las separamos brutalamente, colocándolas sobre sus hombros. Himawari estaba completamente expuesta, su coño humedeciéndose visiblemente, una mezcla de miedo y anticipación en sus ojos. Naruko alineó la cabeza de su inmenso falo con la entrada de su hija y, con una sola embestida potente, se enterró hasta el fondo.
—¡¡DIOS!! —gritó Himawari, un grito de dolor y placer puro y sin filtros. Nunca había sentido algo así. El dildo de Himawari no era nada comparado con esto. El calor, la dureza, la textura de la carne viva llenándola, estirándola hasta su límite absoluto, era abrumador.
Naruko no le dio tiempo a adaptarse. Empezó a follarla con una ferocidad brutal, un ritmo de samba salvaje que sacudía toda la cama. Cada embestida era profunda, poderosa, diseñada para dominar, para marcar. El sonido de su pelvis golpeando contra el de Himawari era un golpe seco y rítmico, como un tambor de guerra.
—¿Lo sientes, Hima? —rugió Naruko, sus pechos gigantes balanceándose sobre el rostro de su hija—. ¿Sientes la verga de tu padre en tu entraña? ¿Te gusta? ¿Te gusta que te trate como la perra en celo que eres?
—¡SÍ! ¡SÍ, KAACHAN! ¡FÓLLAME! ¡DESTROZAME! —gritó Himawari, sus uñas arañando la espalda de Naruko, dejando rayones rojos en su piel—. ¡SOY TU PUTA! ¡SOY TU ZORRA!
Naruko la agarró por el cuello, no lo suficientemente fuerte para sofocarla, sino como una muestra de dominio absoluto. La apretó contra el colchón mientras la follaba, sus ojos clavados en los de ella.
—Mía —gruñó Naruko—. Este coño es mío. Eres mía. Nunca más te follará nadie más. Solo yo.
Tras varios minutos de esta posición brutal, Naruko se detuvo de repente, saliéndose de ella con un pop húmedo. Himawari gimió, sintiéndose vacía de repente.
—Girate —ordenó Naruko—. Ponte a cuatro patas. Como la perra que eres.
Himawari obedeció al instante, su cuerpo temblando de excitación. Se arrodilló en la cama, apoyando sus manos y presentándole su culo perfecto a su madre. Naruko se arrodilló detrás de ella, admirando la vista. Le dio una bofetada tan fuerte que la mano de Naruko dolía.
—¡Otra! —gimió Himawari.
Naruko se la dio, y otra, y otra, hasta que el culo de Himawari estaba tan rojo como el de ella lo había estado antes. Luego, volvió a entrar en ella, esta vez desde atrás. El ángulo era diferente, más profundo, y cada embestida golpeaba un punto dentro de Himawari que la hacía gritar.
Naruko la agarró por el pelo, tirando de su cabeza hacia atrás. —¿Aún te sientes valiente, pequeña zorra? ¿Aún crees que puedes dominarme?
—¡Nunca! —jadeó Himawari—. ¡Tú eres mi jefa! ¡Tú eres mi diosa!
Naruko la folló así durante lo que pareció una eternidad, cambiando el ritmo, de lento y profundo a rápido y brutal. Luego, la hizo girar de nuevo, esta vez tumbándola sobre su lado. Levantó una de las piernas de Himawari y se la echó sobre el hombro, volviendo a entrar en ella desde un ángulo nuevo y tortuoso.
—¿Qué tal esto? —preguntó Naruko, su voz un susurro malvado—. ¿Sientes cómo te abro por dentro?
Himawari solo podía gemir y balbucear, su mente completamente borrada por el placer. Su cuerpo ya no le pertenecía. Era un simple juguete para el placer de su madre.
Luego, Naruko se acostó de espaldas. —Ven. Sobre mí. Cabálgame.
Himawari, con las piernas temblando tanto que apenas podía sostenerse, se subió sobre la cintura de Naruko. Se deslizó hacia abajo, empalándose en el falo erecto de su madre. Esta vez, ella tenía el control, pero era una ilusión. Naruko la agarró por las caderas y la ayudó a moverse, levantando las caderas para encontrarse con cada descenso de su hija, follando desde abajo con una fuerza inagotable.
—Tócate —ordenó Naruko—. Tócate el clítoris. Quiero verte correrte encima de mí.
Himawari obedeció, su mano encontrando su propio clítoris hinchado y sensible. Se frotó, el doble estímulo del falo dentro de ella y sus dedos en su clítoris era demasiado.
—¡Kaachan... voy a... voy a correrme! —gritó Himawari, su cuerpo arqueándose.
—¡Corre, mi pequeña zorra! ¡Corre para tu madre! —rugió Naruko, dándole una última embestida desde abajo.
El mundo de Himawari se hizo añicos. Un orgasmo tan poderoso, tan devastador, recorrió su cuerpo que perdió el conocimiento por un segundo. Sus músculos se contrajieron violentamente alrededor del falo de Naruko, y un chorro de líquido salió de ella, empapando a su madre.
Pero Naruko no había terminado. Mientras Himawari temblaba, inmersa en el aftershock de su orgasmo, Naruko la levantó como si no pesara nada. La llevó, con su polla todavía dentro de ella, hasta la pared del dormitorio. Empujó a Himawari contra la pared, su espalda golpeando el yeso.
—Última ronda, mi amor —siseó Naruko en su oído, su aliento caliente contra la piel sudorosa de su hija—. Voy a marcarte. Voy a asegurarme de que cada vez que camines, sientas mi polla dentro de ti.
Y con eso, comenzó el asalto final. No había ritmo, no hay técnica. Solo era una fuerza bruta, pura y animal. Naruko la follaba contra la pared, cada embestida levantaba a Himawari del suelo. Sus piernas estaban envueltas alrededor de la cintura de Naruko, inútiles, colgando mientras su cuerpo era usado sin piedad. El dolor se había fusionado con el placer hasta convertirse en una única sensación abrumadora. Himawari ya no gritaba. Solo emitía pequeños jadeos y sollozos, su cabeza caída hacia atrás, sus ojos vidriosos y sin ver. Su cuerpo había entrado en un estado de éxtasis continuo, una serie de pequeños orgasmos que se sucedían unos a otros sin descanso. Era un barco en medio de un huracán, sacudida sin control por las olas de placer que su madre desataba sobre ella.
Naruko sentía los espasmos incontrolables del coño de su hija alrededor de su polla, y la sensación la empujó al borde. Miró el rostro de su hija, completamente destruido por el placer, y sintió una oleada de poder y amor tan intensa que fue lo último que pudo soportar.
—¡MÍA! —rugió, y con una embestida final, tan profunda que sintió que golpeaba el útero de su hija, explotó.
Un torrente de semen, el más grande y potente de la noche, disparó dentro de Himawari. Era tanta cantidad que Himawari lo sintió llenarla, una inundación de calor que la empujó más allá de sus límites. Su cuerpo se tensó en un arco perfecto, un último grito silencoso se escapó de sus labios, y luego, se fue. Sus ojos se cerraron y su cuerpo se fue laxo, desmayándose por completo, vencida por la sobrecarga sensorial.
Naruko se mantuvo en su sitio durante un largo minuto, su cuerpo temblando mientras las últimas contracciones de su orgasmo la recorrían. Luego, lentamente, se retiró. Un torrente de semen, una mezcla de suyo y de los restos de su hija, goteó de las piernas de Himawari y cayó al suelo. Con una delicadeza que contrastaba violentamente con su ferocidad anterior, Naruko bajó el cuerpo inerte de su hija y la cargó en brazos. Era pesada, pero para ella, que una vez había cargado un monstruo de cola sobre sus espaldas, no era nada.
La llevó a la cama y la tendió suavemente, cubriéndola con el edredón. La observó dormir, su rostro tranquilo, su cuerpo marcado con las señales de su pasión. Una extraña mezcla de orgullo, amor y una pizca de remordimiento la llenó. Pero no había tiempo para eso.
Volvió al salón. Boruto seguía durmiendo en el suelo, roncando suavemente, un niño de nuevo después de su ferocidad anterior. Naruko lo miró con una ternura infinita. Se agachó y, con la misma facilidad, lo levantó en brazos. También lo llevó al dormitorio y lo acostó junto a su hermana. Los dos, durmiendo juntos, se veían pacíficos, inocentes de nuevo. Ella había destrozado su inocencia, y en el proceso, había destrozado la suya propia. Pero una parte de ella, una parte oscura y egoísta, no lo lamentaba.
Cerró la puerta del dormitorio principal con cuidado, dejando a sus hijos en su nido de pecado y placer. Se sintió sucia, cubierta de sudor, semen y el jugo de su hija. Necesitaba una ducha.
El agua caliente de la ducha fue un bálsamo. Lavó su cuerpo, la gravedad de lo que había hecho empezando a pesar sobre ella. Había cruzado una línea no solo con sus hijos, sino con la memoria de su esposa. Mientras el agua caía, su mente, sin la distracción del lujurioso frenesí, empezó a divagar. El cuerpo de Himawari, su sumisión, su ferocidad... le recordaba a alguien. Le recordaba a Hinata.
Recordó la noche de su boda. Hinata, tan tímida, tan pura. Recordaba cómo la había desvestido, revelando un cuerpo perfecto, esculpido como el de una diosa. Pechos pequeños pero perfectos, una cintura de avispa, una piel que brillaba como la porcelana. Recordaba su sumisión, cómo le había suplicado con la mirada, cómo se había entregado a él por completo esa noche. Había sido tierno, amoroso. Pero ahora, recordándolo a través de la lente de lo que acababa de hacer con Himawari, esa sumisión se sentía diferente. Se sentía... excitante. Se preguntaba qué habría pasado si hubiera sido más brutal con ella, si la hubiera tratado como a la zorra que, en el fondo, quizás siempre había querido ser.
Su polla, que había estado flácida y satisfecha, empezó a endurecerse de nuevo bajo el agua caliente. Se sorprendió. Pensó que estaba vacía, agotada. Pero el pensamiento de Hinata, la imagen de su esposa tímida y sumisa siendo dominada, encendió una nueva llama.
Terminó la ducha y se secó. Mientras se secaba el pelo, sus ojos se posaron en el armario. En un rincón, olvidado, colgaba un babydoll de encaje y satén rosado oscuro que Hinata había usado una vez, hacía mucho tiempo. Nunca se había deshecho de él. Se acercó y lo tocó. La tela era suave, fría. Se lo puso. El tejido se adhería a su piel, demasiado justo en sus pechos grandes, demasiado corto, apenas cubriéndole el culo. Se miró en el espejo. Se veía ridículo y, al mismo tiempo, increíblemente sexy. Una mujer con el cuerpo de una diosa del sexo, vestida con la prenda de la mujer a la que había amado.

No podía dormir en esa cama, en esa habitación saturada con el olor de lo que había hecho. Fue al cuarto de huéspedes. La cama estaba fría y limpia. Se acostó, el babydoll de seda rozando sus piernas. Cerró los ojos, pero el sueño no vino. Su mente estaba en llamas.

Repasaba la noche en bucle. La boca de Himawari en su polla. El culo de Boruto apretándose alrededor de ella. Los gemidos, los gritos, el sabor de la piel de sus hijos. Era un paraíso infernal. Y luego, la imagen de Hinata se superpuso. Himawari, con su cuerpo similar al de Hinata, rogándole que la follara. Y luego, la propia Hinata, con sus ojos de pálida lavanda, mirándola con la misma mezcla de miedo y deseo.
Su mano se deslizó hacia abajo, bajo el babydoll, y agarró su polla, ya completamente erecta. Empezó a masturbarse, lentamente, saboreando el momento.
*Qué locura*, pensó. *Qué hermosa, retorcida, perfecta locura*.
Imaginó una escena. La cama era más grande. Él, o ella, Naruko, estaba en el centro. Himawari a un lado, Boruto al otro. Y al pie de la cama, dos figuras más. Hinata, con su cuerpo perfecto y su sumisión eterna. Y Hanabi, la hermana menor de Hinata, más atrevida, más salvaje, con los mismos ojos de halcón pero con un fuego que Hinata nunca tuvo.
Imaginó a Hanabi agarrándolo por el pelo, obligándolo a lamer el coño de su hermana mientras Himawari le montaba la cara y Boruto la follaba por el culo. Imagen sobre imagen, fantasía sobre fantasía, se acumulaban en su mente. Una orgía familiar. Los Uzumaki y los Hyuga, unidos por la sangre y el lujurio más profundo y prohibido. Su polla palpitaba en su mano, caliente y pesada.
El pensamiento final, el que la empujó al borde, fue la imagen de Hinata y Hanabi, de rodillas frente a ella, sus lenguas extendidas, esperando a que se corriera en sus caras.
Con un gemido ahogado, Naruko se corrió. Un chorro de semen caliente salpicó su vientre y el babydoll de seda de Hinata.
Un segundo hantes de quedar completamente dormida, abrió uno de sus ojos para observar con una sonrisa su gran polla por fin flácida desparramada sobre el babydoll ahora completamente manchado por su semen.
-- Te... tenemos que hacer eso... -- con eso último dicho el peli rubio sucumbió completamente al sueño y cansancio que su cuerpo tenía quedando completamente dormido.
Yyyyyyyyyyyyyyyyy FIIIIIIINNNNN
Espero que todos les haya gustado está historia, como saben yo no soy muy constante que digamos (sorry😅) pero no podía dejarlos finalizar el año sin al menos darles otros de mis fics, pero esta ves con un Naruto transexual y no futanaris jsjsj. Eso fue porque simplemente quería probar algo nuevo.
Bueno espero que les allá gustado y nos vemos la próxima que tenga feliz año y espero que Allan tenido una feliz navidad😁