Prólogo
Hay amores que no saben irse.
Que no entienden el adiós
porque nunca aprendieron a amar.
No siempre tienen nombre.
No siempre tienen rostro.
Pero saben esperar.
Se instalan despacio.
Primero como recuerdo.
Luego como voz. Y al final no sabes que es real o no.
Hubo amor.
De ese que promete eternidad
sin saber lo que cuesta sostenerla.
De ese que jura proteger
mientras va tomando algo a cambio.
Amó como saben amar las sombras:
con intensidad,
con hambre,
con una devoción que no distingue entre cuidar y poseer.
Y yo también amé.
Aunque doliera.
Aunque me perdiera.
Aunque supiera, muy dentro,
que lo malo pesaba más que lo bueno
y aun así me quedé.
Porque lo que te habita no se va cuando lo decides.
Se aferra.
Te detiene las manos cuando intentas soltar.
Se apodera de lo que sientes
y lo confunde con necesidad.
No todo lo que ama sabe quedarse bien.
Algunas presencias no quieren salvarte.
Quieren ser indispensables.
Y cuando eso ocurre,
ya no se trata de miedo.
Se trata de elegir
si vivir con lo que te ama
o sobrevivir a lo que te habita.








