Parte única.
En diciembre, las calles de Holmes Chapel se llenan de olor a canela tostada, vainilla y mantequilla caliente. Los cachorros corren entre la nieve y parejas recién enlazadas caminan de la mano alrededor de la pequeña plaza. En el centro de todo se encuentra una panadería con sus hornos trabajando sin descansar; es probablemente el local más antiguo del lugar. Resplandece entre luces y adornos navideños y envuelve a los residentes entre roles de canela y bizcochos. Por fuera se pueden apreciar parejas adolescentes tardar bajo su techado solo para ser atrapados por los muérdagos del lugar, o cachorros pegados al escaparate solo para ver a Papá Noel vender panqueques.
Para Louis, Holmes Chapel no termina por brindarle la sensación de hogar. Es la primera Navidad que pasa fuera de casa, lejos de su madre y sus seis hermanos, sin incluir a los pequeños cachorros que estos ya tienen. La familia de Louis es grande y hasta un poco sofocante, y aunque muchas veces en las fiestas se quejaba de ellos, no puede evitar admitir que hoy los extraña.
Así que, mientras está parado en la mitad de la plaza, no puede evitar antojarse de un chocolate caliente y un panqué navideño como los que suele preparar su madre en casa.
Cuando Louis entra en Cat Muffins, puede sentir el calor meterse bajo su abrigo y subir hasta sus orejas. Frota sus manos suavemente mientras recorre los pasillos iluminados con aquella luz dorada. Hay una ardua y significativa decoración navideña: guirnaldas en todo el interior, esferas, moños y listones. Cada vitrina tiene un dibujo de un elfo navideño diciéndote qué es lo que vende.
Pero no es hasta que Louis se acerca al mostrador que sus fosas nasales se hinchan. El olor es suave, cálido y dulce, pero quema el interior del alfa, que pronto se siente enjaulado. Louis respira con fuerza y voltea a todos lados. Su boca se humedece involuntariamente y su lengua se siente caliente. Cuando logra recuperar el aliento, levanta la vista y se encuentra con una barba absurdamente blanca y larga, unos ojos verdes grandes que lo observan curiosos detrás de un alambre dorado que finge ser unos lentes, y el clásico gorro de Santa Claus.
Louis sonríe, sintiéndose tonto, pero no tanto como el alfa que porta el traje rojo.
Cuando se gira hacia la vitrina más cercana, Louis aún sigue un poco borracho por aquel olor. Aunque siempre ha sido más sensible de lo normal a los aromas, siempre lo ha manejado bien. Sin embargo, al encontrarse en una zona donde hay betas parloteando, alfas haciendo sus compras, omegas en cinta o con sus cachorros, podría ser demasiado. Eso, más el aroma dulce de los postres del lugar, podría ser excesivo.
Se acerca a la caja e ignora al hombre del traje rojo que lo mira con atención. Pide su taza de chocolate caliente y sale de la panadería conteniendo el aliento. Cuando llega a casa, no le sorprende entrar en celo diez horas después.
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Habian pasado más de dos días desde el celo más precoz y humillante que Louis pueda recordar. No es que se catalogue como puritano, pero ni cuando era un alfa adolescente había entrado en celo de aquella manera. Su chocolate caliente, ahora frío, seguía en la encimera, burlándose de su poco autocontrol. Louis gruñó. Era estúpido. Solo estaba muy cerca de su celo, eso era todo, y para comprobarlo volvería a Cat Muffins ese día después del trabajo.
En su última visita, el local había estado rebosante de personas. No era que ahora estuviera vacío, simplemente era más fácil caminar entre los pasillos. Podría ser un día de suerte para Louis. Solo que no lo fue.
La respiración de Louis se contrajo, su pecho se sintió demasiado pesado y su boca... su boca parecía un mar encerrado. En esta ocasión solo había una pareja de betas con su cachorro frente a la vitrina de donas, una alfa en la zona de los pasteles y el alfa envuelto en el disfraz de Santa. No había ningún omega que pudiera alertarlo de esa manera.
Respirando profundamente, Louis llegó a la conclusión de que era una receta. Un maldito postre era lo que lo estaba haciendo actuar como una bestia, y él lo encontraría.
Por eso ignoró, una vez mas, el ceño fruncido del Santa del mostrador cuando volvió al siguiente día por la mañana. Al ser las siete, el Santa poseía un cabello castaño chocolatoso lleno de rizos y no llevaba anteojos ni barba. Por lo que Louis no pudo evitar notar que tenía unos labios gruesos y rosados. El olor lo ponía tan cachondo que ahora estaba fantaseando con los labios del pobre cajero.
Para no sentir que se estaba volviendo loco, Louis carraspeó, ignoró su impulso por olfatear todo el mostrador como si fuera un cachorro de pastoreo y se acercó al cajero.
No pienses en el aroma, se repitió internamente.
—¿Todavía tienen galletas de chispas?
Su voz salió un poco rota, débil. Había sido patético, pero decidió ignorarlo y mantenerse en su lugar. Cosas más vergonzosas le habían pasado antes y seguía vivo.
—Solo una docena.
La respuesta escueta hizo que Louis levantara una ceja. Bueno, ya había logrado incomodar al empleado a tal grado que la venta sería incómoda a partir de ahora. Suspiró mientras asentía y sacaba su billetera.
—La llevaré.
La pequeña oficina de Louis disfrutó de unas galletas recién horneadas esa mañana.
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Habían pasado tres días desde su última visita a Cat Muffins y faltaban dos para Navidad y su propio cumpleaños. Pensó que la miseria de pasar las festividades solo iba a lograr que se olvidara del asunto, pero la bolsa de papel con el gato impreso se burlaba de su inexistente autocontrol.
Esa noche, Louis tomó su bufanda verde y salió de casa. Su nariz sería su propia guía.
Cuando entró a la panadería, Louis deseó que el ser que inventó poner campanas en las puertas hubiera muerto muy lento, e ignoró la mirada del chico de ojos verdes detrás del mostrador. Tomó la charola más grande y, con ayuda de su nariz, tomó una pieza de cada versión de cada postre que pudo encontrar. Rol de canela, tronco navideño, panqués, mini tartas y un sinfín de pan dulce fueron amontonándose sobre su charola. Con los brazos saturados, llegó al mostrador con la carga intacta.
—¿Quieres comprar mi panadería?
Louis levantó el rostro con rapidez y quizá por ello fue que el aroma lo golpeó. No pudo esconder la manera en que respiró, aunque sí la forma en que estaba salivando por ello.
—Solo soy nuevo aquí —admitió—. Creo que tu local me hechizó.
El chico detrás del mostrador sonrió mientras empacaba el asombroso pedido de Louis, dejándole ver lo cristalinos que eran sus ojos.
—Muchos dicen que tiene ese efecto, y eso espero. Quiero que esto llegue hasta mis bisnietos.
Ambos rieron entre dientes, aunque Louis no apartaba la vista del hombre. No podía evitar buscar detrás de él, donde podría estar la fuente de aquel aroma.
—Bueno, creo que si eso quieres, lo conseguirás con ese postre si lo pones a la venta.
El rizado lo miró con confusión, su ceño ligeramente fruncido sin comprender lo que el alfa decía. Louis tuvo que tragar para poder hablar.
—Ya sabes... el de ese olor. Chocolate, miel, tal vez... ¿bombón de melocotón?
Al escuchar lo último, el Santa se puso rígido y terminó de cobrar con una sonrisa, o una mueca de ella. Louis pensó que quizá era alguien celoso con sus recetas. Minutos después salió con cinco bolsas de piezas azucaradas.
Louis probó cada una de ellas sin tener éxito. ¿Qué estaba mal? ¿Qué era aquello que lo estaba volviendo loco? Su departamento apestaba a dulce y era una locura de envolturas. Pero su mente no podía ir más allá del aroma de ese lugar.
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La tarde del día veinticuatro, después de la llamada de su madre, Louis lo volvió a intentar.
Una vez más dejó que su nariz lo guiara, pero no tomó ninguno hasta dar con el aroma exacto. Louis no supo cuánto tiempo llevaba ahí hasta que escuchó un estruendo en la puerta; no solo las campanas, la puerta había sonado más fuerte por el aire afuera. La oscuridad de la noche había llegado, tomando al alfa por sorpresa. Fue también cuando se percató de que el lugar estaba medio vacío y el Santa Claus ya no llevaba gorro ni barba. Ahora barría tras el mostrador y portaba un delantal lleno de harina y dulce de leche sobre su perfecto traje rojo.
—¿Te faltó algo por probar?
Louis ni siquiera se sonrojó. Le pareció demasiado descarado aquel alfa, pero no debatió. Solo volteó con una sonrisa ladeada. Aquel Santa era encantador; sería una cita perfecta si se tratara de un beta.
—Creo que sí, pero no sé cuál es.
El chico del mostrador volvió a sonreír, como si a Louis se le estuviera pasando algo. Eso le sorprendió por la manera en la que se había comportado en su encuentro anterior. No pudo negar que en esta ocasión le pareció demasiado dulce y tierno.
—Amigo, no tengo nada nuevo. Siguen siendo los mismos cuando te llevaste cada uno de ellos. El menú de diciembre no cambia hasta entrando el año.
Louis se acercó al mostrador y negó con la cabeza.
—Soy Louis, vengo de Doncaster —se presentó, sintiéndose absurdo. ¿Qué le importaba al vendedor quién era?—. El aroma que te describí ayer me está volviendo loco. Lo he buscado desde la primera vez que entré aquí, pero no sé de dónde viene.
Louis vio una pizca de algo que no pudo entender en los ojos del rizado.
—Me niego a creer que es la mezcla de todos los postres de aquí.
El chico del mostrador se puso un poco serio e incómodo. No hubo rastro de la sonrisa pícara de minutos antes. Empezó a frotar sus dedos sobre la palma de su mano ligeramente, un gesto que Louis observó de forma involuntaria. Con tantas hermanas, había aprendido a no enfatizar cosas que la gente hacía por nerviosismo para no incomodarlos más, aunque no entendía por qué el tema lo incomodaba tanto.
Así que Louis volvió a repetir:
—Es como un aroma a chocolate, miel... quizá tan suave como el bombón. No sé cómo explicarlo aún. Se siente tan intenso incluso ahora, y no puede ser que no encuentre de dónde provenga.
El chico del mostrador siguió mirándolo en silencio.
—Quizá es una combinación de las galletas gourmet. Por lo general, siempre me dicen que esa área de la panadería huele muy bien.
Louis volteó hacia el área de las galletas gourmet y frunció el ceño. ¡Claro que no era ese lugar! Ya había pasado por ahí tres veces antes, cuando notó que había una galleta exactamente con chocolate y bombón. ¡Y no era! ¡Claro que no!
Cuando volteó de nuevo al mostrador, el chico se estaba quitando el delantal y cerrando la caja. Cuando se enderezó, dejó ver que era un poco más alto, y esos pantalones rojos parecían pintados sobre sus piernas. Fue su turno de mirar al alfa de ojos azules y mostrar una sonrisa.
—Lo siento, Louis. Me encantaría ayudarte, pero es Nochebuena y tengo que ir a casa.
Louis tuvo el descaro de lucir avergonzado hasta ese momento.
—Lo siento, yo... discúlpame —repitió nervioso—. Realmente lo siento, amigo. No quería atrasarte en tu salida.
El chico asintió con la cabeza y empezó a guardar todo. En eso salieron un par de omegas de la parte de atrás y se despidieron del chico de ojos verdes. Louis se mantuvo ahí, sintiéndose un imbécil, solo para escuchar:
—Adiós, Harry. Buenas noches y feliz Navidad.
El chico, que ahora se llamaba Harry, las alcanzó y les dio un abrazo, deseándoles feliz Navidad antes de que se fueran. Louis, al darse cuenta de que eran omegas, solo registró sus aromas en su mente. No percibió el aroma que buscaba. No había más explicación: Louis estaba buscando un postre, no a una persona.
Cuando las chicas salieron, Louis, con la moral por el suelo, se encaminó hacia la entrada, dispuesto a irse. Pero no quiso dejar al chico llamado Harry solo en la panadería por su culpa, así que lo esperó. Fue cuando estaban afuera cerrando los ventanales que Harry le dijo:
—Descuida, Louis. Todavía quedan más días de diciembre en los que puedes seguir probando los postres. Pero temo que vayas a enfermar de tanto azúcar que consumes.
Louis rió, contagiando a Harry, quien soltó un escandaloso croar en su risa, lo que provocó que el alfa de ojos azules riera más fuerte. El chico de ojos verdes se tapó la boca con las manos, avergonzado, con las mejillas rojas como una manzana, y siguió riendo. Louis solo pudo observarlo, cautivado, un tanto embelesado.
—Probablemente estoy tomando esto demasiado en serio —admitió entre risas—. Quizá es una combinación de todo y yo simplemente estoy actuando como un loco obsesionado. Pero incluso tú —señaló a Harry, que dejó de reír poco a poco y se mantuvo tímido tras su bufanda roja—, aquí afuera todavía huele. Probablemente sea solo la magia de los postres de tu local.
Harry asintió con una risa entre dientes y, solo por un momento, Louis percibió la sonrisa como nerviosa. Pensó que había sido demasiado azúcar por ese día, así que decidió ignorarlo.
—Feliz Navidad, Louis. Que te la pases muy bien.
—Feliz Navidad, Harry —llevó una mano a su nuca y se rascó nerviosamente. Chasqueó los labios y maldijo entre dientes, mordió su labio inferior y, sin saber por qué, lo dijo—. También es mi cumpleaños.
En su mente sonaba menos patético y extraño. También en su mente, Harry no volteaba tan confundido, sino que sonreía de esa forma tan tierna y pronunciada.
—Feliz cumpleaños, Louis —capturó su labio inferior entre sus dientes y añadió—. Puedes venir por un postre gratis.
—¿Abrirás la mañana de Navidad?
—No. Te espero el día veintiséis.
Louis asintió.
—Muy bien, aquí estaré.
Y claro que lo estaría.
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Negándose a sentirse solo o triste la noche de Navidad, Louis salió de su nuevo apartamento y caminó por la ciudad sin pensarlo demasiado, a paso lento. La verdad es que no había salido a conocer el lugar correctamente a pesar de haber llegado a principios de mes. No era como si ahora pudiera ver mucho: familias paseando o tomándose fotos, niños jugando guerras de bolas de nieve y uno que otro lugar solo y tranquilo.
Cuando decidió comprar un vino y volver a casa, el aroma lo golpeó de nuevo. Eran ya las nueve de la noche y claramente la panadería no había abierto ese día. Su estómago se endureció, su respiración se contrajo y su boca parecía derretirse por dentro. Estaba acabado. Observó a los lados y las familias parecían haber desaparecido.
Así que comenzó a olfatear.
Pasó tras el enorme kiosco del parque; el aroma estaba cerca, pero nada. Inhaló con mayor fuerza y siguió caminando.
Bajo un farol estaba una figura esbelta, alta aunque no lo suficiente para Louis. Frotaba sus manos por el frío y, cuando buscó darse calor con su aliento, Louis no se contuvo. Esa persona, ese omega, era el dueño de aquel aroma que lo había estado volviendo loco. Sus pies se movieron por sí solos y solo se dio cuenta cuando la figura volteó alarmada.
Se encontró con esos bonitos ojos verdes, que suavizaron su expresión al verlo.
—Lou...
—Tú —lo interrumpió Louis—. Eres tú.
Harry lo miró con confusión; sus cejas se alzaron y el rojo de sus mejillas, provocado por el frío, era evidente. La punta de su nariz parecía congelada. Aun así, Louis seguía absorto en su reciente descubrimiento. Incluso cuando sentía la boca húmeda y llena, no podía dejar de observar a Harry de arriba abajo.
Físicamente era un alfa, pero ese aroma... sin duda era suyo. Y Louis sabía que no había manera de que su propio alfa estuviera volviéndose loco por el aroma de otro sin motivo.
Inhaló ruidosamente y el olor de Harry inundó su pecho. Su alfa casi ronroneó; ahí mismo podría haber bailado cualquier ritual de apareamiento, aunque no conociera ninguno.
—¿Louis?
La voz cautelosa del rizado lo sacó de sus pensamientos.
—Eres tú... es tu aroma.
Louis lo dijo sin permiso ni negación. Estaba cautivado por instinto, por cuerpo, y no podía ignorar que pronto lo estaría también en alma. Dio un par de pasos y se inclinó sobre Harry cuando este chocó contra la pared. Fue solo entonces cuando se percató de que el farol estaba a un costado del tejado de Cat Muffins, del cual sobresalía un enorme arreglo navideño que dejaba entrever un par de muérdagos.
Louis sonrió. Bendita fuera la magia de la Navidad.
Cuando volvió la vista a Harry, aquellos ojos que habían sido cristalinos al reír ahora se veían oscuros, pero seguían irradiando calidez. Harry batió las pestañas y, segundos después, se liberó de la bufanda, dejando ver sus labios entreabiertos: ligeramente rosados, demasiado carnosos, demasiado apetecibles.
Louis gruñó, sintiéndose demasiado satisfecho, con una calidez extendiéndose por el pecho.
Pasó su mano por una de las mejillas de Harry, la acarició con suavidad y dejó que su pulgar delineara el pómulo, hasta que su agarre se afianzó entre el cuello y la mandíbula. Atrajo el rostro de Harry sin apartar la vista de su boca; solo un par de segundos para encontrarse con sus ojos. El pecho del alfa pudo haber explotado ahí mismo.
O cuando sus labios finalmente se unieron.
Los labios del alfa atraparon la boca del —ahora confirmado— omega. Se besaron con lentitud, recorriendo cada parte como si intentaran memorizarla, como si supieran que, desde ese momento, esos labios les pertenecerían.
El aroma, ahora tan intenso, inundó a Louis casi como había deseado desde el principio.
—Eres tú —dijo con la voz estrangulada, y rió para sí mismo, aunque alcanzó a escuchar la risa suave del otro—. Mi omega... eres mi omega.
Louis dijo lo último con devoción y admiración; sus ojos brillaban como si acabara de encontrar el paisaje más hermoso. A cambio, recibió una sonrisa tímida y un beso corto sobre los labios.
—Te habías tardado —murmuró Harry—. Por un momento pensé que no llegarías.
Fin.
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Realicé esta historia a partir de un tweet en inglés que decía algo como: "pov: un omega es panadero para poder ocultar su condición y el alfa decide que va a probar todos los postres de la panadería hasta encontrar de dónde viene el aroma".
Olvidé guardar el tweet :(
Y esto fue lo que salió. También extrañaba mucho escribir sobre ellos.