Relato I: Navidad sobre el hielo

Cuentan las leyendas que los deseos que se piden por Navidad se cumplen.
Lo que no suelen contar es que, a veces, para construir algo nuevo, primero hay que derribar lo viejo hasta los cimientos.
Así comienza esta historia:
Una semana atrás, bajo la sombra imponente del abeto del Rockefeller Center, Ginger había cerrado los ojos con fuerza. El frío le calaba los huesos, pero ella apenas lo notaba; estaba demasiado concentrada en el resplandor de las cincuenta mil luces que coronaban el árbol.
Y allí,rodeada de villancicos, turistas y destellos dorados, pidió un deseo cerrando los ojos con todas sus fuerzas:
Que el dolor de su tobillo desapareciera y que su vida, por una vez, fuera más fácil.
El universo, sin embargo, tenía una forma curiosa de interpretar los deseos.
Una semana después, Ginger estaba sentada en la fría camilla de una consulta médica, con los dedos entrelazados sobre el regazo y la mirada fija en el techo blanco, luchando por no llorar.
El doctor Paterson cerró la carpeta con un suspiro contenido.
—Ginger… —dijo con cuidado—. Tus lesiones son permanentes. El tendón de Aquiles y las fracturas por estrés no soportarán más impacto.
Ella contuvo la respiración.Sabia lo que venía a continuación.
—Si quieres seguir bailando —continuó él—, tendrás que buscar una alternativa que no castigue esa zona.
Su mundo se detuvo.
Ante sus ojos desfilaron recuerdos de toda una vida: su primera clase de ballet con apenas tres años, los ensayos interminables, los escenarios, los saltos, las puntas doloridas. Todo aquello que había sido su hogar.
—No tengo alternativas —susurró.
El médico bajó la mirada.
—Lo siento, Gin. Has llegado al final del camino.
Las lágrimas, contenidas hasta entonces, comenzaron a caer sin control.
Tras despedirse, Ginger salió a caminar sin rumbo por las calles de Nueva York.
Quedarse sin trabajo era lo último que necesitaba.
Tres semanas antes, Leonard, su novio de toda la vida, la había abandonado dejando un post-it en la nevera.
“Gin, lo nuestro no funciona. He conocido a alguien. Suerte.”
Se había marchado llevándose los ahorros, los caprichos tecnológicos comprados con su dinero e incluso la televisión.
Desde aquel día, todo se había torcido.
Y ni siquiera el deseo pedido bajo el árbol más mágico de Nueva York había sido suficiente para cambiar su suerte.
Mientras caminaba sin rumbo, notó cómo su teléfono vibraba dentro del bolsillo del abrigo.
No necesitó mirarlo para saber de quién era el mensaje.
Sacó el móvil y, como esperaba, era de Michael. Su coreógrafo. O, al menos, lo había sido hasta hacía apenas media hora.
“El doctor Paterson me ha llamado. Ya habíamos hablado de esto, cariño. La única opción que te queda para seguir en movimiento es algo que absorba la carga de los pasos. Y no, no es ballet.”
Ginger apretó los labios, indignada. Ni siquiera le había ofrecido quedarse en la compañía como asistente.
Tantos años dejándose la piel para llegar a primera bailarina… ¿para qué?
El mensaje continuaba.
“Hablé con Marcia. Si aprendes a patinar sobre hielo y eres capaz de adaptarte a las coreografías de Frozen, está dispuesta a darte una oportunidad en el elenco del teatro de hielo de Broadway.”
Ginger se detuvo en mitad de la acera.
“Las botas son rígidas,y absorberán el impacto. Tienes coordinación, ritmo… y la paciencia de una bailarina para aprender rápido. Puedes hacerlo.”
Las lágrimas volvieron a desbordarse mientras leía.
No. No era ballet.
No era la vida que había imaginado.
Pero quizá… solo quizá…
era un nuevo comienzo.
Uno que la sacaría del agujero negro en el que se encontraba.
Tras varias horas paseando por Central Park, sopesando qué hacer con su futuro, Ginger llegó por fin a su apartamento.
Buscó las llaves en el bolso y abrió la puerta…
En cuanto lo hizo, dejó caer el abrigo y el bolso al suelo.
Su casa era un caos.
Kali, su gata negra de mirada conspiradora, había decidido vengarse por su tardanza redecorando el apartamento: plantas volcadas, cojines desparramados y restos de papel por todas partes.
—¡Kali! —exclamó Ginger, respirando hondo—. Hoy no… por favor. Hoy no es el día para aventuras, pequeña destructora.
Y entonces lo vio.
Justo antes de que pudiera atraparla, la gata saltó al apartamento contiguo.
—No, no, no…
Sin perder tiempo en regañarla, Ginger volvió a calzarse las botas que acababa de quitarse y se dirigió al piso del nuevo vecino.
Llamó con suavidad, conteniendo la respiración.
Desde dentro se oía el mismo sonido de caos que en su propia casa. Kali estaba, sin duda, haciendo de las suyas.
Cuando la puerta se abrió, la gata aprovechó el hueco y salió disparada para esconderse tras las piernas de Ginger.
—¡Oh, lo siento! —dijo ella, agachándose para cogerla en brazos—. Mi gata es un poco… caótica.
El hombre que apareció ante ella frunció el ceño, claramente de mal humor.
Tenía el pelo despeinado y estaba sin camiseta, como recién salido de la ducha. Ginger no pudo evitar fijarse, solo un segundo, en los músculos marcados y en la línea de su torso que se perdía bajo el pantalón del chándal.
—¿Y tú qué estás mirando? —gruñó él.
—¡Oh,nada! —respondió ella, alzando las manos—. Nada en absoluto. Aunque… quizá deberías ponerte una camiseta. Estamos en diciembre.
Él señaló unos jirones de tela tirados en el suelo.
—Lo haría, pero tu gata la ha destrozado mientras me duchaba. Es la única que tenía. El camión de la mudanza está atrapado por la nieve.
Ginger suspiró, sintiéndose culpable.
—Bueno, supongo que estoy obligada a reparar los daños —dijo—. Soy Ginger, por cierto. Tú nueva vecina.
—Jax —respondió él—. Ginger, que sepas que estoy empezando a odiar a tu gata.
Kali ronroneó, ajena a todo.
—De verdad lo siento —añadió Ginger—. Si quieres, puedo prestarte una camiseta de mi ex.
Jax dudó, incómodo, pero finalmente asintió.
—No tengo otra opción.
Al entrar en el apartamento de Ginger, abrió los ojos con sorpresa.
—¿Te han robado?
—No —respondió ella, riendo—. Todo esto es culpa de Kali.
—Espera, ¿ Has llamado a tu gata como a la diosa hindú de la destrucción?
—Exacto. Era de mi ex… pero se fue con todo nuestro dinero y me dejó a la psicópata.
Jax no pudo evitar sonreír.Jamas había conocido a una mujer tan peculiar
Cuando se puso la camiseta que Ginger le ofreció, esta se ajustó a su torso y a sus brazos como una segunda piel.
Jax respiró hondo, resignado.
Claramente, el novio de Ginger había sido un escuálido. La tela marcaba cada línea de sus músculos.
Ginger se inclinó un poco, recogiendo uno de los cojines volcados, y la gata aprovechó para lanzarse hacia otra parte del apartamento, causando otro pequeño caos.
Cuando levantó la mirada hacia él se quedó muda al verlo de cerca, sintiendo un cosquilleo extraño que no esperaba.
—¿Estás bien? —preguntó Jax, levantando una ceja al notar su silencio.
Antes de que Ginger pudiera responder, su móvil sonó con insistencia en su casa.
—Lo siento… —dijo él, dando un paso hacia la puerta.— Esto… tengo que atenderlo.
Con un último vistazo rápido a Ginger y Kali, salió corriendo del apartamento, dejándola con el caos, la gata y una sensación inesperadamente intensa que no sabía muy bien cómo gestionar.
Ginger colocó el último cojín en su sitio y, con un suspiro largo, se dejó caer sobre la cama. El caos finalmente había terminado… por ahora.
Kali saltó sobre su regazo, ronroneando y buscando atención, como si nada hubiese pasado.
Miró el techo, todavía con el recuerdo de Jax y su camiseta ajustada aún fresco en la mente. Un extraño calor le subió al rostro y, al mismo tiempo, una determinación silenciosa se asentó en su pecho.
Mañana iría al centro comercial y le compraría algunas camisetas.
Al día siguiente, la ciudad amaneció cubierta de nieve y el espíritu navideño ya flotaba en el aire. Decidió hacerle caso a Michael y probar a encontrar su nuevo camino, paso a paso, giro a giro. Ella seguiría bailando sobre cualquier superficie que la dejara seguir adelante.
Cogió el móvil para echarle un vistazo al enlace que le había enviado ayer antes de acostarse: “Lecciones de patinaje para principiantes”.
Lo hojeó lentamente. Nunca había patinado en su vida. Le había insistido muchas veces a Leonard, para que la llevase alguna vez, pero él siempre se mostraba reacio.
Según él, era una tontería. Leonard siempre había sido así. Reacio a practicar cualquier deporte que no fuese digital. Solo toleraba que ella hiciera ballet, porque era lo que aportaba dinero… a ambos.
Apartó de su mente todos los recuerdos amargos y decidió acercarse a la pista de hielo para echar un vistazo.
Al llegar, se sentó en los bancos, mientras observaba a través de la barrera de cristal que la separaba de la pista.
Al otro lado, uno de los monitores enseñaba a un grupo de adolescentes a hacer piruetas imposibles. Por como se movían, claramente, aquellos chicos no eran principiantes.
Ginger no pudo apartar la mirada. Los movimientos del monitor eran fluidos y elegantes.. Era casi como estar viendo un ballet sobre hielo. Su cuerpo masculino recorría la pista con gracia, precisión y fuerza contenida,
Se quedó embobada contemplando cómo hacía giros y saltos que parecían desafiar la gravedad.
—Cuando aprenda… —murmuró para sí misma, con una sonrisa que no podía ocultar— será como hacer ballet, solo que sobre hielo.
Animada por la idea, decidió probarse los patines. “No puede ser tan difícil…”, se dijo, mientras se arrodillaba para atarse las botas.
Gran error.
En cuanto entró en el hielo, un ligero desequilibrio hizo que sus pies se movieran de manera torpe.
El hielo era traicionero.
Pero Ginger no iba a acobardarse.
Aprendería a patinar.
Así que poco a poco, tambaleándose, y con las manos extendidas en busca de apoyo, mientras su corazón latía a mil por hora, se lanzó a la pista.
Un resbalón casi hizo que cayese de culo pero resistió en pie.
—Vale… esto es más complicado de lo que imaginaba —susurró, con una mezcla de frustración y risa nerviosa—. Pero… puedo con esto. Tengo que poder.
Se agarró con fuerza a las barras, intentando deslizarse lentamente por la pista.
Necesitaba controlar ese pequeño tembleque que la hacía tambalearse.
Concentrada en no caerse, no se dio cuenta de que se estaba acercando demasiado a la zona donde estaban practicando los adolescentes.
Cuando se vio un poco más segura, probó a soltarse de las barras. Al principio, pensó que ya lo tenía controlado, pero, un movimiento torpe la impulsó hacia atrás… iba a darse un buen culetazo.
Sin embargo, el golpe no llegó.
Chocó de espaldas contra lo que creyó que era un muro cálido y firme.
Obviamente, no era un muro.
—¡Ay! —exclamó, sorprendida y un poco sonrojada.
Se giró de inmediato, para mirar quién la había salvado de semejante golpe.
La sorpresa fue mayúscula.
Frente a ella estaba Jax.
Él era el monitor al que había estado admirando desde el otro lado de la pista.
Su presencia, y la cercanía a su cuerpo, hicieron que Ginger tragara saliva.
No podía apartar los ojos de su cuerpo y de la seguridad que transmitía incluso mientras la sostenía mientras se tambaleaba.
—¿Todo bien? —preguntó él, con una mezcla de preocupación y diversión.—No esperaba verte aquí.
Una vez que la estabilizó, se alejo un poco de ella mientras cruzaba los brazos.
—Sí… sí, claro —respondió Ginger, intentando recomponerse y mantener el equilibrio.—Solo… estaba practicando mi técnica de… caída controlada.
Jax arqueó una ceja, sonriendo levemente.
—Mmm… me gusta tu estilo de caída. Te sale natural.
Ginger soltó una carcajada y dudó un segundo antes de hablar, balanceándose torpemente sobre sus patines.
—Para que lo sepas —dijo al fin, con una sonrisa divertida—… aunque no lo parezca, este es mi primer día patinando.
Jax alzó una ceja, claramente incrédulo.
—¡Vaya! —respondió sonriendo.—Si no me lo hubieses dicho, no lo hubiese notado.
Ginger rió, y le sorprendió incluso a ella misma. Hacía días que no se reía así, sin pensar.
—Pues créetelo. He decidido apuntarme a clases. Supongo que todos tenemos que empezar por algún sitio, ¿no?.
Antes de que él pudiera responderle, un coro exagerado de “uuuh” y ruiditos de besos resonó desde el otro extremo de la pista.
Los chicos que entrenaba Jax no disimulaban en absoluto, mirándonos entre risas.
—Profeeee —canturreó uno de ellos—, ¿nos la presentas o qué?
Jax cerró los ojos un segundo y negó con la cabeza. Cuando volvió a mirarla, tenía las mejillas ligeramente sonrojadas.
—Lo siento —murmuró—. Son… imposibles.
—No te preocupes, he escuchado cosas peores —respondió ella, encogiéndose de hombros.
El le dedicó una sonrisa que hizo que mil mariposas revoloteasen por su estómago.
—Bueno —dijo él, retrocediendo hacia su grupo—Nos veremos por aquí.
—Eso parece.
Mientras Jax regresaba con sus alumnos entre bromas y empujones, Ginger se quedó mirándolo un instante más de lo necesario. Luego bajó la vista a sus patines… y se dio cuenta de algo inesperado.
Por primera vez en mucho tiempo, se sentía feliz.
Además, la idea de aprender patinaje, que antes parecía un simple desafío, empezaba a mezclarse con algo inesperadamente atractivo: la presencia de Jax en la pista.
Los días comenzaron a encadenarse unos con otros casi sin que Ginger se diera cuenta.
Kali, había tomado una decisión muy clara: no pertenecía a una sola casa.
La gata apareció una mañana en el piso de Jax como si llevara toda la vida viviendo allí. Se apropió del sofá, arañó una cortina y derribó una taza antes de volver a desaparecer misteriosamente.
Esa misma tarde, Jax llamó a la puerta de Ginger con la gata bajo el brazo.
—Creo que esto es tuyo —dijo, serio… hasta que Kali le mordisqueó la manga.
—Lo siento —respondió Ginger, intentando no reír—. Parece que ha decidido tener doble residencia.
A partir de ahí, se convirtió en costumbre.
Un día Kali dormía sobre la almohada de Jax. Al día siguiente, aparecía en la cocina de Ginger como si nada. Eso sí, dejando siempre un rastro de caos a su paso.
Ellos se lo tomaban a risa.
Jax llamaba a su puerta casi a diario, devolviéndole a la gata loca con comentarios sarcásticos y alguna que otra sonrisa cansada tras los entrenamientos.
—Tu hija ha intentado asesinarme otra vez —decía él.
—Está explorando sus límites —respondía ella fingiendo seriedad—Como todos los hijos. Tienes que entenderla.
Poco a poco, sin darse cuenta, dejaron de ser solo vecinos.
Se saludaban en el rellano, hablaban de cosas sin importancia cuando Jax le devolvía a Kali, o cuando ella tenía que ir a buscarla.
A veces, solo compartían el silencio mientras subían en el ascensor.
No era nada grande.
Pero era… cómodo.
Y para Ginger, en ese momento de su vida, eso ya era mucho.
Ginger llevaba más de diez minutos sentada en la silla del despacho, balanceando nerviosa la punta de la bota.
Michael, a su lado, revisaba el móvil con gesto distraído, pero de vez en cuando le dedicaba una mirada de apoyo. Había insistido en acompañarla, como si temiese que en cualquier momento fuese a echarse atrás.
—Tranquila —le dijo en voz baja—. Solo es una entrevista para conocerte, ya han aceptado tú solicitud para tomar clases.
Ella asintió, aunque tenía el estómago hecho un nudo.
Cuando entró el director de la pista de hielo la saludó con amabilidad y rápidamente comenzó a explicarle los horarios, normas y posibilidades de adaptación para alumnos adultos sin experiencia previa.
Ginger asentía, mientras escuchaba concentrada,e intentando no pensar en lo mucho que aquello significaba para ella.
De pronto, comenzaron a escuchar unas voces provenientes del pasillo. Seguida de risas y pasos apresurados.
De pronto se escuchó una voz masculina que Ginger reconoció al instante.
La mirada del director se iluminó.
—Debe de ser el monitor del que les hablaba —dijo—. El que se encargará de tus clases.
Ginger sonrió sin poder evitarlo.
Jax.
La idea de entrenar con él le provocó una mezcla de nervios y una expectación inesperadamente agradable.
Hasta que escuchó mejor.
—Vengo a hablar con el jefe —decía Jax al otro lado de la puerta, con un tono cansado—Es sobre la bailarina tullida esa.
La palabra le atravesó el pecho como un golpe seco.
—Dice que ahora quiere aprender a patinar —continuó, con desprecoo.— Seguro que es otra princesa mimada que se cree especial.
La sonrisa se le congeló en la cara.
Durante un segundo, nadie habló dentro del despacho.
Michael levantó la vista del móvil, frunciendo el ceño. El director apretó los labios, visiblemente molesto, justo cuando la puerta se abrió.
Jax entró… y se quedó completamente inmóvil.
Su expresión pasó del fastidio a la sorpresa, y de ahí a algo muy parecido al pánico.
—¿Ginger…?
Ella se levantó despacio, con una calma que no sentía en absoluto.
—No hace falta que te molestes. —dijo, con la voz firme.—Ya no quiero entrenar.
—Ginger —intervino el director—, espera, ha habido un malentendido…
—No —lo cortó ella, mirándolo solo un segundo antes de volver la vista hacia Jax—. No lo ha habido.
Jax abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
—Pensándolo bien —añadió ella, con una sonrisa tensa—, como soy una princesa mimada… puedo cambiar de opinión cuando me dé la gana, ¿no?. Quiero entrenar, pero no con él.
El silencio que siguió fue incómodo y pesado.
Sin esperar respuesta, Ginger cogió el bolso y salió del despacho.
Mientras avanzaba por el pasillo, escuchó cómo la puerta se cerraba de golpe tras ella.
Y después, la voz del director con tono autoritario.
—¡Lo que acabas de decir es completamente inaceptable!.
Pero Ginger no se detuvo.
Siguió caminando, con el corazón latiéndole con fuerza. Salió del edificio dejando atrás la pista de hielo… y a Jax recibiendo una bronca que, por una vez, no le importó escuchar.
Eran más de las diez de la noche cuando escuchó que sonaba el timbre de la puerta.
Ginger estaba echa una bola en su sillón del salón y le ardian los ojos de tanto llorar.
El timbre sonó de nuevo.
Suspiró, se secó la cara con la manga del jersey y se levantó despacio. Cuando abrió la puerta, lo vio.
Jax sostenía a Kali en brazos.
La gata, traidora como siempre, ronroneaba feliz.
—Se me ha vuelto a colar —dijo él en voz baja—. Estaba en mi cocina comiéndose mi cena.
Ginger bajó la mirada. Él se dió cuenta de que ella tenía los ojos hinchados, la piel tirante y el rastro inconfundible de lágrimas recientes.
Jax tragó saliva.
—Ginger, yo…
Ella alargó los brazos sin decir nada y cogió a la gata.
Kali se acomodó contra su pecho como si aquel fuese el lugar más seguro del mundo.
—No —dijo Ginger, con la voz cansada—. No quiero escucharte.
Jax se quedó quieto en el umbral.
—Lo siento —insistió—. No sabía que eras tú. Si llego a saberlo…
—Eso es lo de menos —lo interrumpió ella, alzando la mirada por primera vez—. Lo dijiste. Y fuiste sincero. Eso era lo que pensabas realmente.
Él apretó la mandíbula.
—He sido un imbécil.
—Sí —asintió ella—. Y hoy no tengo fuerzas para gestionarlo.
El silencio se instaló entre los dos. Kali bostezó, completamente indiferente al drama humano.
—Mañana comparé un panel para separar nuestras terrazas. —añadió Ginger, dando un paso atrás—. Para que no tengas que volver a traerla.
Jax frunció el ceño.
—No hace falta que…
—Buenas noches, Jax.
Lo que más le dolió a Jax era que, en su tono de voz no había enfado ni rabia. Solo una gran decepción.
Antes de que él pudiera responderle, Ginger cerró la puerta con suavidad.
Del otro lado, Jax se quedó mirando la madera durante unos segundos, con la sensación incómoda de haber roto algo frágil…y sin saber muy bien cómo podría arreglarlo.
Durante los días siguientes, Ginger hizo exactamente lo que había estado haciendo toda la vida: lamer sus heridas, levantarse, respirar profundo… y seguir adelante.
Llevaba días yendo a la pista sin esperar que nadie le ayudase porque todos los monitores estaban con sus cupos de alumnos llenos.
Cada día, se ataba los patines sola y entraba en la pista.
Al principio, se limitó a deslizarse cerca de la barandilla, repitiendo ejercicios básicos que había visto en Youtube. También observaba e imitaba a los profesores que había a su alrededor. Si se caía. Se levantaba. Así continuamente.
No había música.
No había público.
Solo ella y el hielo.
Desde el otro lado de la pista, Jax la observaba sin acercarse. Varias veces amagó con ir hacia ella, pero Ginger hacia todo lo posible por evitar mirarlo. O bien giraba hacia otra dirección o salía del hielo como si no lo hubiera visto.
Él lo entendió.
No insistió.
Fue Marcus, uno de los compañeros de Jax, quien hizo lo que él tanto deseaba hacer. Ofrecerle su ayuda.
—Oye —le dijo a Ginger, apoyándose en la barandilla—. Si te apetece, puedo ayudarte con los pasos básicos. Podemos practicar tú técnica y el equilibrio.
Ella dudó unos segundos y después sonrió.
—Vale, me vendría bien tú ayuda.—admitió al final.
Desde la distancia, Jax los vio practicar juntos. Vio cómo Marcus le explicaba la postura, y cómo Ginger asentía concentrada. También vio cómo reía cuando casi perdía el equilibrio y cómo, poco a poco, empezaba a moverse con más seguridad sobre el hielo.
Y entendió algo con claridaddolorosa:
No tenía derecho a estar celoso.
No después de lo que había hecho.
Aquella noche, después de su entrenamiento con Marcus, volvió a sonar el timbre de su apartamento.
Ginger ya estaba en pijama, con el pelo recogido de cualquier manera y Kali enroscada sobre la encimera de la cocina.
Cuando abrió… se encontró con Jax plantado delante. Parecía bastante serio y decidido.
—No me voy a ir —dijo antes de que ella pudiera hablar—. No hasta que me escuches.
Ginger apretó los labios.
—No tengo nada que escuchar.
Intentó cerrar la puerta, pero él puso la mano en el marco.
—Por favor.
—Quita la mano, Jax.
—No.
Se miraron unos segundos.
Ella estaba cansada. Él, tenso.
Finalmente, Ginger cedió con un suspiro seco y se apartó.
—Tienes cinco minutos.
Jax entró despacio, como si temiese que ella cambiase de opinión.
—Solo necesito dos. Gin, aunque no lo creas siempre he sido un bocazas... —empezó—. Digo las cosas sin pensar. Me creo gracioso cuando no lo soy. Y sí… eso ya me costó un trabajo en Canadá.
Ella se cruzó de brazos.
—No es mi problema.
—Lo sé —asintió él— Pero quería que lo supieras. Por eso acabé en Nueva York.Meti la para con un comentario en Quebec y me echaron. Pensé que aquí podría empezar de cero… pero sigo siendo el mismo idiota que no aprende de sus errores.
Ginger desvió la mirada. El pensó que ella no responderia, pero lo hizo.
—Me dolió, Jax.—dijo en voz baja.
El asintió
—Lo sé y no sabes cuánto me arrepiento. Verte ahí dentro, saber que escuchaste lo que dije… me hizo sentir horrible. Sé que te hice daño, y eso es lo único que importa. Ojalá pudiese borrarlo.
Ella respiró hondo.
—No necesito que me salves —dijo finalmente—. Ya he pasado suficiente como para permitir que alguien vuelva a hacerme sentir pequeña.
Jax dio un paso atrás.
—No quiero salvarte. Solo quería que supieras que lo siento de verdad.
El silencio se alargó más de lo necesario.
Kali saltó al suelo y se acercó a él, rozándole el tobillo como si diera su veredicto.
Ginger soltó el aire despacio.
—Acepto tus disculpas —dijo al fin—. Pero no vuelvas a hablar así de nadie, ¿De acuerdo?. Nunca sabes cuánto daño puedes hacer.
Jax asintió.
—No lo haré.
Ella abrió la puerta y le hizo un gesto con la cabeza.
—Buenas noches, Jax.
—Buenas noches, Gin.
Esta vez, cuando él se marchó, Ginger no cerró con rabia.
Y eso… ya queria decir algo.
Al día siguiente, cuando Ginger llegó a la pista vio a Jax, hablando con Marcus junto a la barandilla.
Cuando la vio entrar, no sonrió ni se acercó de inmediato. Terminó la conversación, le dio una palmada en el hombro a su compañero y entonces si patinó hacia ella.
—He traspasado mis clases —dijo, sin rodeos—. A partir de hoy, entreno contigo.
Ginger frunció el ceño.
—¿Eso es una pregunta o una decisión?
—Mas bien una propuesta —corrigió—. Y puedes decir que no.
Ella lo observó unos segundos.
—De acuerdo —respondió finalmente—. Pero aquí no hay favoritismos.
—Nunca los tengo. Ya deberías saberlo. —dijo él con tono serio.
Las semanas siguientes se convirtieron en una rutina entre ellos.
Entrenaban a primera hora, cuando la pista aún estaba casi vacía. Jax corregía su postura con indicaciones precisas,enseñándole las técnicas más eficientes.
—Relaja los hombros. Bien. Ahora flexiona más las rodillas.
Aunque ambos intentaban ser profesionales, el hielo obligaba a la cercanía.
Sus manos, grandes y fuertes, se posaban a veces en su cintura para guiar un giro. O en su antebrazo, ajustando la dirección. Cada roce era breve… y pero enviaba una corriente de electricidad a todo su cuerpo.
Ginger sentía cómo el pulso se le aceleraba cuando él se colocaba detrás para ayudarla a deslizarse recta, su pecho apenas rozando su espalda, su respiración cálida junto a su oído.
—Así… —murmuraba—. Déjate llevar.
Y ella lo hacía.
Su cuerpo respondía con una rapidez que la sorprendía. La memoria del ballet despertaba en cada movimiento. La gracia. El equilibrio. La disciplina.
Una mañana, sin pensarlo demasiado, se atrevió con una pequeña pirueta.
No fue perfecta.
Pero fue su primera pirueta.
—¿¡Lo has visto!? —preguntó, emocionada.
Jax la miraba con una mezcla de orgullo y algo más profundo.
—Claro que lo he visto —respondió—. Y ha sido precioso.
Cuando intentó repetirla, perdió el equilibrio al aterrizar. Jax reaccionó de inmediato, rodeándole la cintura y frenando la caída.
Quedaron muy cerca.
Demasiado.
Durante un segundo, ninguno se movió.
Ginger notó el calor de sus manos incluso a través de la ropa.
Jax tragó saliva.
—¿Estás bien? —preguntó, con la voz ligeramente más grave.
—Sí… —susurró ella—. Creo que sí.
Se separaron despacio.
Desde ese día, los roces fueron inevitables. Una mano que tardaba un segundo de más en soltarse. Una mirada que se alargaba. Sonrisas que aparecían sin permiso.
Y, aun así, ninguno cruzó la línea.
No era el momento.
Pero el hielo ya no era lo único que se estaba derritiendo.
Una tarde, tras terminar el entrenamiento, Jax no se apresuró a recoger sus cosas como de costumbre.
Se quedó apoyado en la barandilla, observándola mientras Ginger se quitaba los patines.
Tenía las mejillas sonrosadas por el esfuerzo y el pelo recogido de cualquier manera, con algunos mechones rebeldes escapándose.
—¿Tienes planes para cenar? —preguntó él, con un tono aparentemente casual.
Ginger alzó la vista, sorprendida.
—La verdad es que no.
Jax dudó un segundo.
—Entonces… ¿te apetece que salgamos a dar una vuelta? Hay un sitio cerca donde hacen una pizza exquisita.
Ella sonrió.
—Después de sobrevivir a tus entrenamientos, creo que me lo he ganado.
Cenaron entre risas, mientras se contaban anécdotas graciosas, hablaban de sus grupos de música favoritos, y de los sueños que nunca habían dicho en voz alta. No hubo prisas ni silencios incómodos.
Cuando salieron a la calle, Nueva York olía distinto.
La primavera empezaba a abrirse paso entre el asfalto. Aunque las noches aún eran frescas.
Caminaron sin rumbo fijo, hombro con hombro, hasta que Ginger se estremeció ligeramente al cruzar por una corriente de aire.
Jax no dijo nada. Se quitó la chaqueta y se la colocó sobre los hombros con un gesto natural.
—Gracias —murmuró ella, cerrándola contra su pecho.
—No quiero que te enfríes —respondió él—. No soy bueno preparando sopas para el resfriado.
El Rockefeller Center apareció ante ellos casi sin darse cuenta.
Las luces eran más suaves que en Navidad, pero el lugar seguía teniendo algo mágico.
En el centro, un estallido de color capturó la atención de Ginger.
—Espera… —dijo, deteniéndose—. ¿Lo ves?
Un jardín efímero se extendía ante ellos.
La Primavera Florece.
Una exposición inmersiva de flores gigantes, colores imposibles y formas que parecían sacadas de un sueño.
—¿Entramos? —preguntó ella, con timidez.
Jax asintió sonriente.
—Claro.
Mientras caminaban entre las flores, el ruido de la ciudad desapareció.
Sin pensarlo demasiado, Jax entrelazó sus dedos con los de Ginger.
Ella no se apartó.
Al contrario, apretó su mano con suavidad.
Avanzaron despacio por aquel jardín, rodeados de colores vivos y fragancias ligeras, hasta que Ginger se detuvo en seco.
Reconocía aquel lugar.
Justo allí, meses atrás, había cerrado los ojos bajo el árbol de Navidad y pedido un deseo desesperado.
Jax la observó, sin comprender de dónde surgía la emoción de Ginger.
—¿Sabes? —susurró ella—. En navidad, en este mismo lugar, pedí que todo dejara de doler. Solo quería ser feliz.
Jax levantó una mano y le apartó con delicadeza un mechón de pelo del rostro.
—¿Y se cumplió?
Ginger alzó los ojos hacia él. En su mirada ya no había derrota. Había felicidad.
—Sí. Creo que sí.
Jax se inclinó despacio, dándole tiempo para apartarse.
Ella no lo hizo.
Cuando sus labios se encontraron, fue un beso lento, como si ambos respiraran al mismo ritmo.
El mundo quedó suspendido mientras el calor le recorría el cuerpo en una oleada de deseo y alegría. Despertando algo que había mantenido en silencio demasiado tiempo.
Ginger apoyó las manos en su espalda, acercándolo un poco más, como si temiera que aquel momento perfecto pudiera romperse de un segundo a otro.
El beso se profundizó sin prisa, cargado de una emoción nueva. A la que ninguno le puso nombre.
No había miedo ni dudas, solo la certeza de estar, exactamente, en el lugar donde debían estar.
A veces, pensó, la vida tenía que desmoronarse por completo para reconstruirse con más belleza. Y aquel beso, bajo las luces del Rockefeller Center, era la prueba.
Un año después:
La obra aún no había comenzado y Ginger ya tenía el corazón desbocado.
Desde el lateral del escenario, vestida con el traje de Anna, observaba el teatro de hielo de Broadway lleno hasta los topes. Las luces, el murmullo expectante, la música preparándose al otro lado… todo vibraba con una energía que conocía bien.
Aunque ya no era ballet.
Pero seguía siendo danza.
Seguía siendo su pasión.
Se ajustó los guantes, respiró profundo y cerró los ojos un segundo. Su tobillo estaba firme. No tenía que sentir miedo.
Entre bambalinas, Michael le dedicó una sonrisa orgullosa.
—Te lo dije —susurró emocionado.—Naciste para esto.
Ginger sonrió.
Un poco más atrás, sus nuevos amigos de la pista de hielo le hicieron gestos exagerados de ánimo, provocándole una risa nerviosa que la ayudó a soltar la tensión.
Y entonces lo vio.
Jax estaba de pie, apoyado contra la pared, con Kali en brazos. La gata llevaba un diminuto lazo azul sujeto al collar y observaba todo con la misma expresión conspiradora de siempre.
Cuando sus miradas se cruzaron, Jax levantó el pulgar, le guiñó un ojo, e hizo que Kali levantase su patita en señal de apoyo.
Ginger sintió cómo su amor se multiplicó por mil. Jax había sido su mejor apoya durante todos estos meses.
Todo lo que había perdido, todo lo que había dolido… la había traído hasta ese instante.
La música comenzó.
Y la función dio comienzo.
Ginger salió al escenario y, cuando la primera luz la envolvió, ya no tuvo miedo. Solo libertad. Cada giro, cada salto estaba lleno de felicidad.
El público aplaudió, se rió, se emocionó.
Y cuando llegó el final, el teatro entero se puso en pie.
Desde bambalinas, Jax aplaudía como si el mundo dependiera de ello. Inclusó vio a Kali maullar para apoyarla.
Ginger hizo la reverencia final con los ojos brillantes.
Había sobrevivido al derrumbe de su vida.
Había aprendido a volar de otra forma.
Y mientras el aplauso la envolvía, supo que aquel deseo de Navidad, torpemente formulado un año atrás, se había cumplido.
No como ella lo había pedido.
Sino mucho mejor.
Fin.
Nota final de la autora:
Si te ha gustado esta historia, no olvides dejar tu comentario y un corazón ❤️.
De verdad, ayudan muchísimo más de lo que imaginas.
Y recuerda, si hay algún tipo de historia romántica que te apetezca leer —un tropo concreto, una idea, un escenario o una dinámica— déjamelo en los comentarios o mándame un mensaje. Me encanta leeros y muchas historias nacen ahí.
Espero que hayas disfrutado acompañando a Ginger y Jax tanto como yo disfruté escribiéndolos.
Nos leemos muy pronto 🤍