LOS CUENTOS DE MERRIETTE

All Rights Reserved ©

Summary

No hay monstruos bajo la cama: el verdadero horror vive en la mente. Los cuentos de terror psicológico no gritan, susurran. Se infiltran despacio, sembrando dudas, distorsionando la realidad y obligándote a desconfiar de tus propios pensamientos. Cada historia es un espejo incómodo donde el miedo no huye... espera. Y cuando terminas de leer, algo queda contigo. Esta novela se basa en breves e intensos cuentos de terror que te hará estremecer.

Genre
Horror
Author
Jose
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

I- LA VISITA


Hay lugares que no necesitan estar malditos para enfermarte. Basta con que recuerden.

San Diodoro era uno de esos sitios.

No fui allí por valentía, tampoco por curiosidad. Fui porque ya no podía seguir fingiendo que el recuerdo no me estaba matando por dentro. Durante semanas había dormido menos de tres horas. Cada vez que cerraba los ojos, el mismo olor volvía: madera vieja, plástico derretido, cabello quemado. No eran imágenes claras, eran fragmentos sensoriales, sueltos, sin orden, como si alguien hubiera abierto un cajón mental que llevaba décadas sellado. El detonante fue trivial. Ridículo, incluso.

Una carta.

Había heredado la baraja de tarot de mi tía Rosario cuando murió. Ella decía que no leía el futuro: "solo escucho lo que ya pasó y sigue gritando". Nunca le presté atención, hasta que una noche, medio dormido con la incertidumbre acechando, saqué una carta al azar.

El Diablo.

Desperté empapado en sudor, con una presión insoportable en el pecho, convencido de que alguien estaba de pie junto a mi cama, observándome desde la oscuridad. Era un sueño, pero el olor volvió. El mismo olor. Esa noche supe que no era un recuerdo suelto, era algo que seguía activo. Y todos los caminos mentales me llevaban a él. A Eusebio Fariñas..

El antiguo propietario y vecino.

El hombre que quemó viva a una familia entera.

El hombre que nunca explicó por qué.

El hombre que murió arrancándose los ojos, diciendo que "no podía dejar de verlos".

Yo tenía siete años cuando ocurrió el incendio. Vivíamos pared con pared y nadie volvió a hablar del tema en el pueblo. Algún que otro jovenzuelo preguntaba por curiosidad o morbo, pero casi siempre el tema era desviado. La casa fue demolida y el solar quedó vacío. El silencio se solidificó con el tiempo, como una costra. Pero el silencio no borra, solo encapsula. Y ahora estaba goteando. Por eso fui al cementerio.

No para invocar nada.

No para jugar.

Fui porque necesitaba cerrar algo, aunque no sabía exactamente qué.

Pensé que si alguien podía responder, era él. Ese fue mi error.

Llegar a San Diodoro implicó desviarme tres veces. El camino se estrechaba de forma antinatural, como si el asfalto hubiera sido empujado hacia dentro con los años. Los árboles crecían torcidos, inclinándose hacia la carretera, sus ramas secas rozando el coche como dedos. Apagué la radio porque el ruido me provocaba náuseas. El silencio tampoco ayudó. Era un silencio irregular, pulsante. Como si se contrajera.

El cementerio no aparece en los mapas actuales. Si lo buscas en el GPS, la pantalla se queda en blanco durante un segundo, como si dudara, y luego te redirige a una gasolinera abandonada o a un tramo de carretera sin salida. Eso debería haber sido la primera advertencia.

San Diodoro olía a humedad vieja, a flores muertas que nunca fueron recogidas. El aire era espeso, casi masticable. Cada respiración me dejaba una sensación metálica en la lengua. Avancé contando pasos, porque el silencio era tan absoluto que necesitaba imponerle una estructura. Uno... dos... tres... El sonido de mis deportivas parecía llegar tarde, como si el suelo decidiera cuándo aceptarlo. Aparqué junto a una valla oxidada. No había cartel, no había indicaciones. La verja no estaba cerrada, tampoco abierta, simplemente... no estaba. El hueco entre los pilares parecía un diente arrancado a la fuerza, con bordes irregulares de óxido y piedra astillada. Crucé sin pensar, con la baraja de tarot apretada contra el pecho, sintiendo cómo el cartón vibraba ligeramente, como si tuviera pulso. No creía en fantasmas, o al menos no del todo, pero sí creía en la culpa, en la memoria, en la manera en que los lugares se pudren cuando algo terrible ocurre y nadie lo nombra.

El aire cambió al cruzar.

No de golpe, de forma progresiva, como cuando bajas a una piscina fría y el cuerpo tarda en reaccionar. El olor a tierra húmeda era demasiado intenso, demasiado antiguo. No olía a lluvia reciente, olía a agua atrapada durante décadas. San Diodoro no parecía un cementerio abandonado. Parecía un cementerio al que nadie había terminado de enterrar: las lápidas estaban torcidas, hundidas en ángulos imposibles. Algunas tenían nombres borrados, no por el tiempo, sino por algo más violento, como si alguien hubiera raspado las letras con desesperación. Otras en cambio no tenían nada escrito.

Conté mis pasos para no pensar de nuevo. Cuatro... cinco... seis...

El suelo crujía bajo mis pies, pero no era grava. Era un crujido húmedo, blando, como caminar sobre algo que preferiría no ser pisado. Sentía el estómago revuelto. No miedo aún. ¿Anticipación? Sí, eso es, es el cuerpo preparándose para algo que la mente aún no había aceptado.

La tumba de Eusebio estaba al fondo. No había cruz, no había flores. Solo una losa ennegrecida y una placa metálica con un número. El mármol estaba agrietado, como si el calor lo hubiera deformado desde abajo. Me arrodillé. El frío del suelo atravesó la ropa. El contacto fue tan desagradable que casi retrocedí, era como tocar carne muerta que todavía conserva temperatura. Saqué la baraja. Las cartas parecían más pesadas de lo normal.

―Solo una tirada ―susurré―. Solo respuestas.

Extendí el paño negro sobre la tierra. El tejido se manchó de inmediato. No de barro, de algo más oscuro, más espeso. Respiré hondo. No creía que fuera a pasar nada. Eso me repetí varias veces, pero una parte de mí ―la misma que llevaba semanas despertándose ahogada― esperaba que sí. Barajé. El sonido fue obscenamente alto. Cada carta al deslizarse producía un roce seco, como huesos chocando entre sí. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío nocturno.

―Eusebio ―dije, con la voz más baja de lo necesario―. Necesito entender.

Coloqué las cartas para una tirada simple: pasado, presente y futuro, influencia y verdad oculta. La primera cayó antes de que pudiera colocarla. El Diablo. Un mareo súbito me obligó a apoyar la mano en el suelo. El aire se volvió denso, pesado, como si alguien hubiera cerrado una habitación invisible a mi alrededor. La segunda carta: La Torre.Un ruido seco resonó a mi espalda. No un paso. No un crujido natural, algo forzado, como una articulación moviéndose sin permiso.

No me giré.

―¿Por qué lo hiciste? ―pregunté, notando cómo la saliva se volvía espesa en mi boca.

La tercera carta se deslizó sola. El Juicio. El dibujo parecía alterado. Las figuras no ascendían, se retorcían. Sus bocas estaban abiertas en gritos silenciosos. Y ahí fue cuando el olor llegó de golpe. Humo. Viejo. Persistente. El mismo olor que había inundado la habitación quella noche. Sentí arcadas, me cubrí la boca por si el vomito salía disparado. El estómago se contrajo con violencia, pero no vomité aún. El cuerpo parecía querer conservar algo, como si expulsarlo fuera peligroso.

―¿Los oías? ―susurré. Mi voz no parecía mía, salió quebrada, como si hubiera tenido que atravesar un conducto demasiado estrecho para existir. En cuanto las palabras abandonaron mi boca, sentí un arrepentimiento inmediato, casi doloroso, como si hubiera cometido una infracción física, no moral. Preguntar aquello fue como apoyar el oído contra una pared que estaba ardiendo por dentro―. ¿Mientras ardían?

El suelo vibró. No un temblor fuerte, un pulso, rítmico. El silencio que siguió fue insoportable. No era ausencia de sonido, era contención, como si algo enorme hubiera dejado de moverse de golpe, solo para asegurarse de que yo estaba prestando atención. Sentí cómo el estómago se me contraía con violencia, un nudo profundo que me empujó las vísceras hacia arriba. Tragué saliva, pero no alivió nada; la garganta estaba seca, áspera, como si ya hubiera inhalado humo.

No fue un temblor brusco, ni lo suficientemente fuerte como para justificar una reacción racional. Fue peor. Fue un pulso, lento, rítmico, constante. Como un latido que no pertenecía a ningún cuerpo humano. Cada vibración subía desde la tierra hasta mis rodillas, se deslizaba por los huesos y se detenía en el pecho, donde hacía eco. Sentí que mi corazón intentaba acompasarse a ese ritmo ajeno, y la idea me produjo una oleada de pánico tan intensa que estuve a punto de perder el equilibrio. Quise apartarme, el cuerpo lo intentó, pero no respondió.

Había una sensación nueva, algo que nunca antes había experimentado: la certeza absoluta de que no estaba solo y de que nunca lo había estado. No una presencia detrás de mí. No a mi lado. Debajo. Alrededor. Dentro del espacio mismo.

―Siempre ―respondió una voz que no provenía de ningún punto fijo. La palabra no llegó por el oído, llegó por dentro. No hubo dirección, no hubo distancia. La voz no viajó por el aire; apareció directamente en mi cabeza, superpuesta a mis pensamientos, desplazándolos como un objeto pesado arrojado sobre una mesa. Sentí una presión inmediata detrás de los ojos, como si el cráneo se hubiera vuelto demasiado pequeño para contener lo que acababa de entrar. No era una voz humana. No del todo. Tenía cadencia, intención, pero carecía de algo esencial: aliento. No respiraba, no pausaba. No necesitaba hacerlo―. El fuego no calla...―con cada sílaba, el calor aumentaba. No como una llama visible, sino como cuando recuerdas una quemadura y el cuerpo reacciona solo. La piel me hormigueaba, especialmente en los brazos y el cuello. El sudor brotó de golpe, frío, pegajoso, y aun así sentía que me estaba sofocando―... se expande.

Esa palabra me atravesó como una certeza nauseabunda. Se expande. No termina, no consume y desaparece. Se queda, se filtra, se adhiere. La idea se desplegó en mi mente sin que pudiera detenerla: el fuego como memoria, como algo que aprende la forma de las cosas que toca y luego las repite eternamente.

Las piernas comenzaron a temblarme. No de frío. De agotamiento súbito, como si hubiera corrido durante horas sin darme cuenta. Sentí una presión brutal en el pecho, un peso que me obligó a inclinarme hacia delante. El aire entraba, pero no alcanzaba. Cada respiración era incompleta, inútil. La náusea regresó con violencia.

La cuarta carta tembló antes de caer.

No fue el movimiento lo que me aterrorizó, sino la sincronía, como si la baraja hubiera estado esperando esa respuesta, como si la voz hubiera pasado a través de mí para llegar hasta las cartas. Cuando el cartón tocó el paño, el sonido fue húmedo, desagradable, demasiado parecido al de algo vivo siendo colocado sobre una superficie fría. En ese instante comprendí algo con una claridad devastadora: no estaba escuchando un recuerdo. No estaba evocando un trauma. No estaba imaginando nada.

Había preguntado y algo había contestado. Y el miedo que sentí entonces no fue miedo a morir, ni siquiera miedo a lo sobrenatural, fue el miedo primitivo, infantil y absoluto de darse cuenta de que hay cosas que te oyen cuando hablas... y que recuerdan que lo hiciste.

El Ermitaño.

Una risa seca surgió de debajo de la losa. No burlona, satisfecha.

―Ellos creían que las paredes los protegían ―dijo Eusebio―. Que cerrar los ojos servía de algo.

El calor empezó a subir. No como una hoguera inmediata, como una fiebre lenta que se instala en los huesos. El sudor me corría por la espalda y la respiración se volvió irregular.

―¿Te arrepientes? ―pregunté, temblando. Estaba a punto de desmayarme. No quería mirar a ningún lado que no fuesen las cartas, no quería ni siquiera sentir el pulso de la sien que pegaba con fuerza.

Silencio. Luego se escuchó:

―No.

El vómito subió sin aviso. Me incliné hacia delante y expulsé bilis sobre la tumba. El sabor ácido me quemó la garganta. Las arcadas continuaron hasta que sentí que el estómago intentaba darse la vuelta. Algo se movió bajo la tierra. La superficie frente a mí empezó a deformarse. No como una mano emergiendo, no de forma clara, era más bien como si la tierra estuviera recordando una forma, un rostro, sin ojos.

Las cuencas expulsaban humo lento.

―No deberías haber venido ―dijo―. Los muertos no responden preguntas. Las contagian.

El espacio se estrechaba sin prisa, con paciencia. La frase no sonó como una advertencia, sonó como un diagnóstico. En el mismo instante en que la escuché, sentí algo desplazarse dentro de mí, como si una pieza mal encajada hubiera terminado de asentarse a la fuerza. No fue un sobresalto inmediato. Fue peor: una certeza pesada, viscosa, que se deslizó por el pecho y se instaló en el estómago. Las palabras no se quedaron en el aire; se me pegaron a la piel, como hollín invisible. Quise taparme los oídos. El impulso fue automático, desesperado, pero mis brazos no respondieron, era como si el cuerpo hubiera decidido que ya no tenía derecho a defenderse.

Entonces lo noté.

Las lápidas no se movieron de golpe, eso habría sido misericordioso. Se acercaban milímetro a milímetro, con una lentitud obscena, casi cuidadosa. No había ruido de piedra arrastrándose, ni crujidos evidentes, el movimiento era tan sutil que, por un segundo, dudé de mí mismo. Pensé que tal vez era yo el que estaba encogiéndose, o que el espacio se estaba deformando de alguna manera imposible. El aire se volvió más espeso. Cada respiración requería un esfuerzo consciente, sentía los pulmones expandirse contra algo que ofrecía resistencia, como si el propio ambiente se negara a dejarme pasar oxígeno. El pecho me dolía, no como un pinchazo, sino como una presión constante, aplastante, que me obligaba a inclinarme ligeramente hacia delante, protegiendo los órganos, como un animal acorralado. El suelo parecía más cerca, las paredes invisibles también.

La sensación de encierro llegó antes que el miedo pleno. Una incomodidad primitiva, casi infantil, la misma que aparece cuando te das cuenta de que no puedes estirar las piernas en un espacio demasiado pequeño. Solo que aquí no había escape posible, no había dirección hacia la que moverse. El cementerio entero se estaba replegando sobre mí, con una paciencia cruel, como si supiera que no hacía falta apresurarse. El olor volvió a intensificarse. No era solo humo, era algo más profundo. Algo impregnado, como ropa guardada durante años en un lugar donde ocurrió una tragedia y nunca se ventiló. El estómago se me revolvió, sentí la bilis subir lentamente, quemándome la garganta. Tragué saliva una y otra vez, pero no lograba deshacerme de esa sensación pegajosa, nauseabunda, de estar inhalando algo que no debería seguir existiendo.

Mi voz salió rota, irreconocible. No temblaba solo por el miedo. Temblaba por el esfuerzo de seguir hablando. Cada palabra parecía arrancada de un lugar demasiado profundo, como si tuviera que escarbar dentro de mí para sacarla. Noté humedad en la cara y tardé unos segundos en entender que estaba llorando. No lloraba de forma ruidosa, lo hacía como se llora cuando el cuerpo ya está agotado.

―Quería dejar de olerlo... ―continué, con la garganta cerrándose―. De verlo.

Las imágenes me golpearon sin orden. Fragmentos, destellos. No una escena completa, sino sensaciones sueltas: el reflejo anaranjado en los cristales, el calor que no tenía fuente visible, la idea absurda de que algo tan horrible podía parecer hipnótico. Sentí un asco profundo hacia mí mismo, tan intenso que me dio ganas de arrancarme la piel, como si así pudiera desprenderme de esos recuerdos adheridos. Las lápidas estaban más cerca ahora. Demasiado.

Podía sentir el frío de la piedra a centímetros de la piel, aunque no me tocaban todavía. Esa cercanía era peor que el contacto. Era la promesa de un encierro total, inevitable. El espacio ya no me pertenecía. Yo era el elemento sobrante. Me di cuenta entonces de que el miedo había cambiado. Ya no era miedo a lo sobrenatural, ni siquiera miedo a morir, era el terror absoluto de comprender que no había venido a cerrar nada. Había venido a abrir algo que llevaba años esperando. Y el cementerio, las lápidas, la voz... Todos parecían saberlo desde el principio.

―Yo solo quería cerrar esto ―dije.

―¿Ver qué? ―preguntó.

Y entonces el recuerdo se abrió del todo.

Yo, niño, en la ventana. La casa de al lado iluminada en naranja. Las sombras moviéndose tras las cortinas. Los golpes contra la pared compartida.

No gritos. Nunca gritos. Recordé haber pensado que era bonito, como una hoguera grande. Recordé sonreír.

Sentí un dolor agudo en el pecho, como si algo se desgarrara desde dentro.

―Tú también estabas allí ―dijo Eusebio―. Tú también mirabas.

Las llamas empezaron a rodearnos. No quemaban árboles ni lápidas. Quemaban el aire. El espacio se ondulaba. Respirar era cada vez más difícil, cada inhalación traía ceniza imaginaria que raspaba la garganta.

―Los niños miran mejor ―continuó―. No tienen filtros.

Las cartas comenzaron a arder una a una, revelando imágenes nuevas: mi rostro adulto superpuesto al infantil. Mi silencio durante años. Mi negación.

―La culpa no desaparece ―dijo―. Solo cambia de forma.

El suelo cedió.

Caí, no a la oscuridad, si no al ruido.

Gritos que nunca escuché en vida. Golpes. Respiraciones desesperadas. El calor era insoportable. Sentía la piel arder sin quemarse. El cuerpo entró en pánico. El corazón latía tan rápido que pensé que iba a reventar. Intenté gritar y no salió sonido. Vi la familia, no como personas, como presencias atrapadas.

―Ellos también preguntaron ―dijo Eusebio, ahora en todas partes―. Querían respuestas. Querían silencio.

Una carta flotó frente a mí.

La Muerte.

―No es un final ―susurró―. Es una transmisión.

Eusebio no quemó solo a una familia, quemó un límite. Y yo estaba mirando cuando ardió. No vengo a preguntarle por qué lo hizo, vengo a descubrir por qué sigo cargándolo. El fuego no calla porque alguien lo sigue escuchando. Y ahora que he preguntado... el turno de responder es mio. No aparece La Estrella, por lo que no hay consuelo; tampoco La Templanza, por lo que tampoco habrá integración; ni El Mundo con el cierre. Ni El Loco con su escapatoria. Solo cartas de sombra, ruptura, conciencia y transformación forzada. Es una tirada en la que un tarotista serio la detendría.

Desperté en mi cama, convulsionando. El olor seguía allí. Sobre la mesilla: la baraja. Quemada.

Excepto una carta. El Juicio. Desde la pared llegó un golpe. Luego otro. Rítmico, constante, como alguien intentando salir. Y comprendí, con una claridad tan brutal que me provocó nuevas arcadas, que Eusebio no quería ser entendido.

Quería seguir siendo visto.

Y ahora, cada vez que cierro los ojos, alguien más mira conmigo.